El conflicto israelí-palestino hunde sus raíces en las aspiraciones nacionalistas del movimiento sionista en el siglo XIX. El surgimiento del sionismo político promovido por figuras como Theodor Herzl buscó establecer un Estado para el pueblo judío en Palestina, entonces bajo dominio otomano.
Este proyecto ganó impulso después de que Reino Unido se hiciera con el control de la región durante la Primera Guerra Mundial. La potencia colonial expresó su apoyo a un "hogar nacional judío" con la Declaración Balfour de 1917, sentando las bases para la colonización judía de Palestina, donde habitaba una mayoría árabe.
El origen del conflicto israelí-palestino
Durante el Mandato Británico de Palestina (1920-1948), las tensiones entre la comunidad sionista y el pueblo árabe palestino se intensificaron, marcadas por revueltas como la de 1936-1939 y políticas migratorias que favorecieron a los judíos europeos.
La atrocidad nazi galvanizó a la comunidad internacional, que en 1947 respaldó el Plan de Partición de la ONU (Resolución 181), proponiendo dos Estados: uno judío (55% del territorio) y otro árabe (45%), con Jerusalén bajo control internacional.
Los líderes sionistas aceptaron el plan, pero los árabes palestinos y los Estados vecinos lo rechazaron al considerarlo una imposición colonial que ignoraba sus derechos históricos y demográficos.
La declaración de independencia de Israel en 1948 desencadenó la primera guerra árabe-israelí. Una coalición de países árabes –Egipto, Siria, Jordania, Líbano e Irak– intervino, pero Israel, mejor organizado y con apoyo externo, no solo resistió, sino que expandió su territorio hasta el 78% de la Palestina histórica.
Este conflicto, conocido por los palestinos como Nakba, resultó en el desplazamiento forzado de más de 700.000 palestinos, cuyos descendientes aún viven como refugiados en Gaza, Cisjordania, Jordania, Líbano y Siria. Asimismo, la Franja de Gaza quedó bajo control egipcio y Cisjordania fue anexada por Jordania.
La Guerra de los Seis Días (1967) marcó un punto de inflexión: el Estado hebreo ocupó Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este, los Altos del Golán sirios y el Sinaí egipcio. La Resolución 242 del Consejo de Seguridad de la ONU exigió la retirada israelí de los territorios ocupados a cambio de reconocimiento mutuo, pero nunca se implementó.
La resistencia palestina se intensifica
La derrota de los ejércitos árabes impulsó a los palestinos a luchar con sus propias fuerzas, adoptando estrategias de resistencia, incluyendo acciones armadas lideradas por la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), fundada en 1964, con Al Fatah como su principal representante.
La guerra de Yom Kippur de 1973 reforzó la percepción de Israel como potencia regional respaldada por Occidente. A su vez, los Acuerdos de Camp David (1978) marcaron la ruptura de la unidad árabe, ya que Egipto reconoció al Estado de Israel a cambio de la devolución del Sinaí.
La resistencia palestina con la Primera Intifada (1987-1993) contra el sistema de apartheid obligó a Israel a negociar al hacer insostenible la ocupación militar de los territorios palestinos. Los Acuerdos de Oslo (1993), mediados por Estados Unidos y Noruega, prometieron una solución con dos Estados.
Tel Aviv reconoció a la OLP y esta renunció a la lucha armada, aceptando la existencia israelí. Se creó la Autoridad Nacional Palestina (ANP) para administrar partes de Cisjordania y Gaza, pero nunca se estableció un Estado palestino.
Hamás, surgido en 1987 durante la Primera Intifada como movimiento de resistencia islamista, ganó relevancia al capitalizar el descontento con la corrupción de la ANP y la falta de avances hacia la independencia. Su victoria electoral en 2006 generó una crisis política ante el rechazo de Occidente e Israel a que esta fuerza gobernase y la negativa de Al Fatah a ceder el poder.

En 2007, Hamás tomó el control de Gaza, intensificando el conflicto israelí-palestino y dividiendo el territorio palestino: gobernó el enclave bajo un bloqueo israelí-egipcio, mientras que la ANP mantuvo una frágil autoridad en Cisjordania cooperando en seguridad con el Estado hebreo.
Las guerras en Gaza (2008-2009, 2012, 2014, 2021 y 2023) reflejan los constantes intentos de los palestinos de levantar el asedio al que está sometido el territorio. Mientras, la anexión de Jerusalén Este (1980) y la expansión de asentamientos judíos –considerados ilegales por el derecho internacional– han fragmentado Cisjordania, dificultando la viabilidad de un Estado palestino.
Asimismo, en la política israelí se han ido instalando gobiernos cada vez más a la derecha, con fuerzas políticas que defienden abiertamente el supremacismo judío y apuestan por la anexión de los territorios palestinos de Gaza y Cisjordania, planteando la expulsión o el exterminio de la población palestina como "solución" al conflicto israelí-palestino.
En paralelo, la normalización de relaciones entre Israel y algunos países árabes –mediante los Acuerdos de Abraham de 2020– marginó la causa palestina. No obstante, la resistencia persiste, con movimientos como la Gran Marcha del Retorno (2018-2019) o las protestas en Jerusalén.
El 7 de octubre de 2023, el ataque sorpresa de Hamás y la posterior ofensiva israelí en Gaza volvieron a poner en el centro del tablero de Oriente Medio el conflicto israelí-palestino y la necesidad de la autodeterminación nacional. Sin embargo, con el genocidio en el enclave y el intento de limpieza étnica, cada vez parece más cercana la posibilidad de una anexión por parte de Israel.



















































































