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¿El final de Joe Biden? El desastre se consuma en el debate electoral con Donald Trump

Donald Trump y Joe Biden participan en el debate electoral organizado por la CNN de cara a las elecciones estadounidenses.
Donald Trump y Joe Biden participan en el debate electoral organizado por la CNN de cara a las elecciones estadounidenses.

La campaña electoral en Estados Unidos apenas tuvo tiempo de arrancar cuando, en la recta final de las primarias, un debate electoral prematuro pudo revolucionarlo todo. En el debate de CNN en Georgia, con los candidatos Joe Biden y Donald Trump, se alcanzó el punto álgido de la contienda. Este evento ofreció un escenario donde cada uno pudo mostrar sus visiones del país y del mundo.

Los republicanos temían enfrentarse a un debate sesgado por parte de la CNN. Se hablaba mucho sobre un "3 contra 1", contando a los moderadores del lado demócrata, y sobre la polémica de los micrófonos silenciados para evitar interrupciones, lo que presumiblemente podría haber beneficiado a Trump. Sin embargo, la estrategia ha podido resultar contraproducente para el demócrata; permitir que hablara sin restricciones ni interrupciones puede que no haya sido la mejor idea.

La encuesta de CNN muestra por casi dos tercios la victoria de Trump en el debate y diluye enormemente el margen de recuperación demócrata si mantienen al presidente como candidato. Hasta unos días antes del encuentro, el equipo de Biden se veía con opciones de ganar en todos los Estados clave: Pensilvania, Míchigan, Wisconsin, Georgia y Arizona; e incluso vencer en otros muy importantes como Nevada y Carolina del Norte. Sin embargo, la situación tras el cara a cara puede ser bien distinta.

La política económica, un tropiezo

Joe Biden ha destacado una de sus principales ventajas al señalar la herencia de crisis económica que recibió de su predecesor, agravada por la pandemia del coronavirus. Mientras Trump proponía medidas pseudocientíficas, su legado se recuerda como el de un presidente que dejó un mayor nivel de desempleo del que había al asumir el cargo, algo que no ocurría desde Herbert Hoover.

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Por ello, Trump ha tenido que enfrentarse a algunas debilidades dentro de su plan económico. Por ejemplo, ha señalado un ambicioso programa para recuperar un proteccionismo que Biden moduló con su ley de inflación buscando atraer a la industria extranjera. De tal modo, cuando el republicano fue cuestionado sobre cómo lograría imponer aranceles del 10% a bienes importados sin hacer crecer más los precios, el expresidente retomó uno de sus mantras de 2016: hacer pagar a otros países por ello. "Haré que los países que han estado estafándonos durante años, como China –y otros muchos, por ser justos con China– paguen y reduzcan nuestro déficit”.

La política fiscal de Trump a nivel interno volvió a apoyarse en argumentos liberales bajo la premisa de que una eliminación de impuestos permite una mayor recaudación, mientras acusó a su rival de querer disparar los gravámenes. Cabe señalar que a ambos presidentes se les ha señalado por la emisión de cifras billonarias de deuda.

El debate fiscal pasó rápidamente al social gracias a un quiebre de Biden, que tuvo problemas para explicar cómo su propuesta impositiva redundaría en servicios sociales para la juventud, los mayores o la sanidad. En este punto Trump aprovechó para llamarle “criminal” y asegurar que las políticas del demócrata, con miles de migrantes llegando al país, destruirían el Medicare, el Medicaid y la Seguridad Social. Biden aseguró que un pequeño impuesto a los más ricos ayudará a sostener la Seguridad Social frente a las propuestas de recortes en prestaciones que adjudicaba a los republicanos.

Por otro lado, los dos candidatos se enfrentaron en el debate sobre el aborto. Trump se mostró a favor de limitarlo a casos como "violaciones, incestos o situaciones de peligro para la vida de la madre", dejando la decisión a cada estado. Mientras tanto, Biden defendía restaurar una regulación previa a que la Corte Suprema de Estados Unidos derogase la doctrina de Roe vs Wade y los derechos al aborto pasasen a quedar restringidos regionalmente.

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El presidente estadounidense defendió así con mucha vehemencia el derecho al aborto y, ante la cuestión sobre sus límites, prefirió apelar a la determinación médica para dirimir cada caso. Frente a ello, se situaba a Trump en una regulación muy restrictiva que podía apenas llegar a las ocho semanas de embarazo para su interrupción.

Asimismo, el candidato republicano mintió sobre que ciertos demócratas estaban a favor de abortar a los ocho o nueve meses de embarazo e incluso matar al bebé después del nacimiento. El principal foco de Trump fue el señalamiento a la migración por las violaciones contra las mujeres y atribuirse el mérito de la eliminación de la doctrina Roe vs Wade gracias al control conservador que facilitó sobre la Corte Suprema.

La migración: la gran carta de Trump

La exageración del argumentario de inseguridad de Trump siguió la línea habitual, ya que no se abordaron las causas de la marginalidad ni de la pobreza en Estados Unidos, ni por supuesto en los países de origen de los flujos migratorios. La línea argumental, no obstante, fue sólida para sus votantes: Biden tiene la culpa porque deja la frontera abierta. 

Teniendo en cuenta la grave crisis constitucional que ha enfrentado Biden en 2024 con respecto a los estados republicanos, encabezados por Texas, Trump tuvo la oportunidad de capitalizar la discusión sobre el uso de la patrulla fronteriza. Mientras el presidente se centró en el factor humanitario, criticando la separación de menores de sus familias y su encarcelamiento durante la administración anterior, Trump afirmó que "terroristas", "presidiarios" y "enfermos mentales" estaban cruzando lo que describió como una de las fronteras más inseguras del mundo.

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Cabe señalar que esta inseguridad ya existía durante el periodo de Trump debido a la dureza de los pasos irregulares y las muertes de los migrantes no asistidos. Además, la política de separación de menores y el enjaulamiento ya se implementaban durante la presidencia de Obama, cuando Biden era vicepresidente. Sin embargo, Trump aprovechó el tartamudeo de Biden para cerrar su intervención, afirmando no haber entendido lo que Biden quería decir y sugiriendo que probablemente ni él mismo lo sabía. La dureza del republicano en el asunto del control migratorio es tal que acuñó el término “crimen migratorio de Biden” como un mal nacional personificado en su rival. "Ahora somos literalmente un país incivilizado", afirmó.

Trump acusó a su oponente de haber llamado a los afroamericanos "superdepredadores" hace décadas. Además, hizo una defensa titubeante del electorado negro y latino, señalando a la migración como culpable de su situación desfavorable. Según Trump, Biden estaría gastando dinero en "estafas verdes", empobreciendo a la población con la inflación y permitiendo la entrada de migrantes que estarían quitando "millones de puestos de trabajo a negros e hispanos".

Para un sector relevante del electorado, este no es el punto que Trump cree que es. Sin embargo, subraya lo esencial: que está considerando compensar sus debilidades con un compañero de fórmula vicepresidencial perteneciente a alguna minoría. Esto contrasta con sus necesidades de 2016, cuando dependía principalmente de sectores ultraconservadores blancos que, en ese entonces, no representaba tan claramente como lo hace ahora. De hecho, elogió al senador Tim Scott por sus políticas de “oportunidades económicas” en Carolina del Sur, asegurando que la población negra fue una de las más beneficiadas. Un candidato firme.

La idea de un gran Estados Unidos en el mundo

En política exterior, Trump se defendió de la acusación del demócrata sobre las muertes en Afganistán durante su administración. La presencia militar en el país asiático representaba uno de los puntos más vulnerables para Biden, algo que su rival no dudó en explotar. El republicano señaló hasta en cuatro ocasiones que la salida de Afganistán, materializada con el colapso de Kabul, fue "el día más vergonzoso en la historia de [Estados Unidos]", mientras reivindicaba que él había organizado la retirada antes de finalizar su mandato, pero que logró hacerlo con "dignidad y fuerza". Biden, por su parte, se consideró a sí mismo como "el único presidente en este siglo que no ha mantenido tropas estadounidenses muriendo en ningún lugar del mundo".

Soldados estadounidenses izan la bandera nacional en Afganistán, 2001.
Soldados estadounidenses izan la bandera nacional en Afganistán, 2001. Fuente: MarineCorps NewYork - bajo CC BY 2.0

El uso de este argumentario, lejos de la línea belicista que se ha visto en los últimos años, dio la oportunidad a su rival para reivindicar que su periodo presidencial sí pasó por –al menos discursivamente– un repliegue de los escenarios eternos donde Washington llevaba años enfangado, incluyendo la vicepresidencia de Biden y su largo historial de apoyo a las intervenciones armadas.

El problema de la capacidad de expresión de Biden volvió a suponer un problema cuando Trump ponía sus sonrisas burlonas ante los errores de su rival. No necesitaba los micrófonos abiertos, que CNN se había ocupado de cortar para evitar que se aprovechasen mediante interrupciones. “Si miras a lo que Trump hizo en Ucrania, le dijo a Ucrania, le dijo a Trump ‘haz lo que quieras’ y es exactamente lo que Trump hizo… a Putin, animarlo”. Biden tenía serios problemas para expresar la evidencia de que el republicano no mantendría el apoyo a Kiev.

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Este asunto, destinado a ser la gran debilidad exterior de Trump, no fue suficientemente explotado por el presidente. Aun así, el magnate cometió el error de regresar al asunto ucraniano cuando el debate estaba bien centrado sobre Israel, señalando su dureza para lograr que los países europeos en el marco de la OTAN aumenten su presupuesto en defensa. Esto fue bien aprovechado por Biden, quien sacó a relucir el plan de su contrincante para abandonar la Alianza Atlántica. Ello llevó al demócrata a reivindicar la utilidad del artículo 5 de defensa de los aliados de la OTAN ante el riesgo de que Rusia pueda atacar Polonia, que mencionó como ejemplo.

¿Quién apoya más a Israel?

Trump rápidamente fue cuestionado por la relación con Rusia y su plan de negociación para la guerra de Ucrania. El republicano insistió en que la invasión de 2022 nunca se habría producido de haber permanecido él como presidente. No obstante, prefirió hablar de Oriente Medio más que de Europa, y mencionó que bajo su mandato tampoco se habrían producido los ataques del 7 de octubre por parte de Hamás, lo cual le permitía reivindicar su política de extrema dureza con Irán.

Biden acusó a Trump de pasar por alto los ataques iraníes contra soldados estadounidenses en 2020 –durante la desescalada tras el asesinato del comandante Qasem Soleimani–. Aunque esta afirmación es cierta, no resulta un argumento contundente si se considera la magnitud de las tensiones de 2023-2024 entre Estados Unidos y el Eje de la Resistencia en el marco de la guerra en la Franja de Gaza.

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El representante demócrata pudo lucir algo más al presentar una propuesta en positivo, como su plan de acuerdo para Israel y Palestina, al tratarse del presidente en ejercicio. “Salvamos a Israel. Somos el mayor apoyo de Israel en el mundo”, hizo gala frente a otra sonrisa burlona de su rival. Trump, curiosamente prefirió hablar de Europa –supuestamente el punto fuerte de la carrera exterior de Biden– durante las preguntas sobre Israel y la posibilidad de un Estado para Palestina. Cabe recordar que las protestas pro-palestinas reprimidas por el gobierno actual han mermado parte de los apoyos de Biden entre árabes, mujeres, jóvenes y otros sectores cuya base le era cercana.

La carta china y rusa

“El Acuerdo de París [del clima] iba a costarnos un billón de dólares y a China, Rusia e India nada”. Así se despachaba velozmente Trump en un ámbito que ha sido poco protagonista del debate a pesar de los intentos de Biden de señalar la gravedad del abandono del acuerdo por parte del republicano.

La acusación de Trump contra Biden a cuenta de la relación con China no dejaba de crecer. “Es el candidato de Manchuria, le paga China”, decía a cuenta de la inacción frente a la crisis del fentanilo. Una vez más, ni se contemplaba aludir a las causas de la crisis sanitaria en Estados Unidos ni a la relación del narcotráfico con otros mercados asiáticos como India, o incluso americanos, en el desarrollo de estupefacientes y el acceso a los precursores necesarios. Aunque también anunció duras negociaciones con México, esta era la carta china.

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Biden mantiene una posición de cerco a China que no difiere demasiado del republicano, pero usa un enfoque notablemente distinto. Sí acudió a la cooperación con los países asiáticos y con México en el control de los precursores, pero con respecto a Pekín su política seguirá la línea de los derechos humanos y la democracia bajo preceptos liberales.

Esta visión dirigista global se evidenció en algunas de sus afirmaciones: “Somos el país más progresista del mundo”. Obviamente, esto es muy discutible y debe entenderse para consumo interno. Al final del debate intentó asociar al expresidente con otro modelo mucho más denostado en Occidente y dijo que Trump se enviaba “cartas de amor con Kim Jong-un”, a pesar de la tensión que caracterizó la segunda parte de su mandato, y le vinculó directamente con Vladimir Putin.

De hecho, la defensa de Trump fue señalar que Estados Unidos con Biden es “una nación fallida” y que los Kim Jong-un, Xi Jinping y Putin del orden internacional no le temen. Por ello considera que el actual presidente está a punto de llevar al mundo a la “Tercera Guerra Mundial”. E insistió en ello, buscando resaltar el belicismo de un líder que ve débil. La respuesta de Biden no pudo ser más clarificadora: “Deja a Putin hacer lo que quiera […] Nosotros somos necesarios para proteger el mundo”. Además, advirtió que, si se permite al líder ruso actuar libremente en Polonia o Hungría, habrá guerra.

El tono bronco de dos perfiles cansados

“Mi hijo no era un tonto ni un perdedor. Tú eres un tonto y un perdedor”. Esta fue la frase que Biden lanzó contra Trump ante un supuesto desplante a los veteranos de guerra, que el republicano calificó de falso e inventado por una revista. No es una novedad que el presidente juegue la carta familiar, destacando la presencia de su hijo en Irak. Sin embargo, esto dio a Trump la oportunidad de sacar a relucir la teoría de la interferencia rusa que los demócratas esgrimen sobre las filtraciones del portátil del hijo de Biden, el cual contenía, entre otras cosas, contenido sexual sensible y detalles sobre su drogadicción.

Más adelante en el debate, Biden retomó el intento por posicionarse firmemente del lado de la institucionalidad. Aprovechó la discusión sobre el asalto al Capitolio para señalar a su rival: “La única persona en este escenario que es un delincuente condenado es el hombre que estoy viendo ahora mismo”, decía haciendo referencia al juicio por pagos a la actriz Stormy Daniels. Trump aseguró tener razón en su versión sobre los hechos del 6 de enero de 2021 en Washington y que los demócratas que eliminaron información deberían ser encarcelados.

Seguidores de Donald Trump asaltan el Capitolio, el 6 de enero de 2021.
Seguidores de Donald Trump asaltan el Capitolio, el 6 de enero de 2021. Fuente: Tyler Merbler - bajo CC BY 2.0

“Cuando [Biden] habla de delincuentes condenados, su hijo es un delincuente condenado, va a ser condenado, probablemente debería haber sido condenado pero su Departamento de Justicia dejó que prescribiera”. Trump sacaba a relucir los negocios de Hunter Biden en Ucrania que le valieron su primer intento de impeachment. Estaba claro que, si el republicano era tan explícito con el hijo del presidente, Biden lo sería con el caso Stormy Daniels. Cuestionó la moral de su rival por su relación con la actriz durante el embarazo de su mujer. Trump lo negó y acusó al demócrata, de nuevo, de utilizar el Departamento de Justicia contra sus rivales políticos.

Por si fuera poco, ambos se señalaron insistentemente por mentir. Trump llegó a decir que las historias que contaba Biden eran inventadas y que no había visto a alguien mentir tanto a la cara, irónicamente apropiándose de una de sus grandes debilidades de estos años: la acusación de apoyar la desinformación. Los dos políticos también aseguraron que su contraparte representaba la peor administración estadounidense de la historia. En lugar de contestar las preguntas, ambos acabaron enzarzándose en una batalla de datos sobre quién era el peor. Sin duda, esta es una de las claves que han movido su lustro de enfrentamientos: la movilización en negativo. Llamar al voto en contra del rival por encima de la movilización en positivo por su propio proyecto.

¿Es este el final o el principio?

Biden abordó directamente la cuestión de su edad, señalando que su rival es solo tres años más joven, "pero mucho menos competente". La CNN, organizadora del debate, no dudó en plantear una pregunta sobre la capacidad de los candidatos debido a su edad, enfocándola en Trump, quien terminaría su mandato con 83 años, frente a los 86 años de Biden. El presidente evitó profundizar en el tema, a pesar de mostrar dificultades para articular su minuto final de manera fluida tras haber dedicado una semana a la preparación del debate.

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Sin embargo, incluso los analistas más cercanos a los demócratas se mostraron profundamente preocupados por el desempeño de Biden. La decisión de cerrar filas en torno a él, optando por un debate antes de la Convención Nacional de los partidos en lugar de hacerlo durante la campaña, parecía no haber pasado la prueba. Si el rendimiento era terrible, cabría la opción de una corrección de emergencia. Sin duda, si este fuera el último cara a cara entre Biden y Trump, los demócratas se encontrarían ante una oportunidad, pero también ante un potencial desastre debido a la dificultad de buscar alternativas de alto perfil en tiempo récord, la imagen de un presidente en ejercicio desestimado y, por supuesto, un terremoto político.

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