La actual relación entre Estados Unidos e Israel no nació como una alianza estratégica plenamente formada. Aunque Washington fue el primer país en reconocer oficialmente al nuevo Estado hebreo en 1948, durante sus primeros años predominó una relación ambivalente, marcada tanto por las necesidades de la política interna estadounidense como por el temor a deteriorar los vínculos con los países árabes.
El presidente Harry Truman no partía inicialmente de una posición favorable a la creación de un Estado exclusivamente judío. Su postura personal se aproximaba más a alguna fórmula binacional o federal para Palestina. Sin embargo, las elecciones presidenciales de 1948 modificaron los cálculos de la Casa Blanca.
Nueva York era entonces un estado electoralmente competitivo y el voto judío de la ciudad tenía un peso considerable. Además, la comunidad judía formaba parte de la coalición electoral construida durante los gobiernos de Franklin D. Roosevelt junto con otros sectores como los afroamericanos y los católicos. La movilización política y electoral terminó convirtiéndose así en uno de los factores que favorecieron el reconocimiento de Israel.
Los inicios de la relación
Durante los gobiernos de Truman y Dwight Eisenhower, Washington trató de mantener relaciones sólidas con los Estados árabes y evitar que estos se aproximaran a la Unión Soviética. El petróleo y su importancia para la reconstrucción europea y el funcionamiento de la economía internacional ocupaban un lugar central en los cálculos estadounidenses.
Israel era visto en ocasiones como un elemento desestabilizador. Estados Unidos llegó incluso a suspender temporalmente ayuda económica cuando consideró que el gobierno israelí había incumplido las condiciones acordadas. En este periodo, el principal aliado exterior de Tel Aviv era Francia.
Paralelamente, las autoridades israelíes comenzaron a reforzar sus apoyos dentro de Estados Unidos mediante organizaciones destinadas a influir sobre el Congreso y la política interna.
Uno de los momentos decisivos llegó después de la masacre de Qibya de 1953, cuando una operación israelí contra una localidad de Cisjordania provocó fuertes críticas a nivel internacional.
A partir de ese contexto se consolidó el Comité Estadounidense-Israelí de Asuntos Públicos (AIPAC, por sus sigas en inglés) como una estructura de presión orientada a construir una base política favorable a Israel más allá de la Casa Blanca, especialmente entre congresistas, votantes y donantes.
No obstante, la crisis del canal de Suez de 1956 volvió a evidenciar los límites de la relación. El Estado hebreo participó junto con Francia y Reino Unido en la ofensiva contra Egipto tras la nacionalización del canal por Gamal Abdel Nasser. Estados Unidos se opuso a la operación y presionó para ponerle fin.
1967 y 1973, años claves
La llegada de John F. Kennedy y posteriormente Lyndon B. Johnson comenzó a estrechar los vínculos, incluida una mayor cooperación militar. Sin embargo, el auténtico punto de inflexión se produjo con la guerra de los Seis Días de 1967.
Israel derrotó rápidamente a Egipto, Siria y Jordania y demostró una capacidad militar muy superior a la esperada. Al mismo tiempo, Estados Unidos estaba profundamente comprometido en Vietnam y tenía dificultades para desplegar nuevos recursos en otros escenarios.
Washington comenzó entonces a considerar a Israel como un actor capaz de proyectar indirectamente sus intereses en Oriente Medio. Su fortaleza militar permitía contener a gobiernos próximos a la Unión Soviética sin necesidad de un despliegue estadounidense equivalente.
La llegada de Richard Nixon a la presidencia terminó de convertir la relación en una política de Estado y no únicamente en una preferencia asociada a determinadas administraciones demócratas. Asimismo, el gobierno de Golda Meir buscó presentarse como un aliado inequívoco de Washington en la Guerra Fría y apoyó públicamente la intervención estadounidense en Vietnam.
Estados Unidos aumentó entonces los créditos, préstamos y transferencias militares a Tel Aviv, consolidando progresivamente el principio de que el país debía mantener una ventaja militar cualitativa frente a sus vecinos.
La guerra de 1973 reforzó definitivamente esta asociación. Egipto y Siria atacaron para recuperar los territorios ocupados por Israel desde 1967 y Washington respondió enviando por primera vez ayuda militar masiva durante un conflicto abierto.
El puente aéreo estadounidense proporcionó a Tel Aviv material decisivo en un momento crítico de la guerra. Posteriormente, Egipto comenzó a alejarse de la Unión Soviética y a aproximarse a Estados Unidos, modificando el equilibrio regional.
Durante los años siguientes también aumentó el peso político de las organizaciones judías estadounidenses y del AIPAC, mientras la cuestión de los judíos soviéticos reforzaba la identificación de Israel y de determinadas organizaciones comunitarias con la confrontación estadounidense frente a Moscú.
En la década de 1980, la cooperación superó además los límites de Oriente Medio. El Estado hebreo participó en operaciones alineadas con los intereses estadounidenses en otros escenarios, suministrando armas, entrenamiento y apoyo a gobiernos y fuerzas anticomunistas en Centroamérica y colaborando en redes internacionales de inteligencia.
La alianza había pasado así de una relación inicialmente condicionada por la política doméstica y las dudas estratégicas de Washington a convertirse en una pieza estable de la estrategia estadounidense durante la Guerra Fría. Su transformación posterior, tras la desaparición de la Unión Soviética, abriría una nueva etapa diferente de esta relación bilateral.
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