El Partido Republicano tras el asalto al Capitolio: milicias paramilitares, juicio político y trumpismo en la Era Biden

Escrito por Alejandro López.

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Manifestación pro-Trump en torno al Capitolio de Washington DC. Fuente: Olivier Douliery/AFP.

Dos procesos de impeachment contra el mismo Presidente. Y en un único mandato. Esta es la inédita cuestión que se vive en Estados Unidos desde el asalto al Capitolio. Donald Trump enfrenta un juicio político por el apoyo a una “insurrección” armada que tomó la sede parlamentaria del país en Washington DC el día 6 de enero. Hecho que ha marcado un antes y un después en varias dinámicas internas de la política estadounidense.

La nueva Era Biden

El 20 de enero llega a Estados Unidos un nuevo presidente, con ideas antiguas pero que inevitablemente se implantan en un nuevo escenario. El globalismo y el intervencionismo dirigista ponen a Joe Biden frente a la continuidad de la Administración Obama. Sin embargo el saliente Donald Trump ha dejado una herencia envenenada en las relaciones exteriores de Estados Unidos: la guerra comercial, el proteccionismo interno, la ruptura del eje atlántico, el fin de la globalización y la agresividad incrementada con los enemigos clásicos, a los que se suma China. Joe Biden tiene la capacidad de continuar con la tendencia diplomática de Obama pero deberá hacerlo en este escenario pos-trumpista. De ahí que la Era Biden pueda calificarse como un periodo propio con sus singularidades políticas. Para unir lo que Trump desunió, con los actores internacionales desintonizados, será necesario primero apaciguar el interior, donde Trump también ha trastocado todos los esquemas.

Para saber más: La crisis de la política exterior estadounidense.

El movimiento racial de 2020 dio alas a la reivindicación transversal en la que se apoyó el Partido Demócrata para poner la agenda identitaria sobre la mesa y evitando acudir a las bases de clase, apostar por políticas redistributivas o mejoras de las condiciones materiales de vida como reivindicaba el ala izquierda –marginada durante el proceso electoral-. La estrategia de ganar por el centro triunfó en esta ocasión, a diferencia de cuando Hillary Clinton se enfrentaba al outsider Trump. En noviembre de 2020, Donald Trump perdió precisamente ante una débil campaña como era la lucha por el centro. Y esto se debió gracias a las enormes grietas que Trump fue dejando en el Partido Republicano según pasaban los años de gobierno.

Fue determinante para el Partido Demócrata la presencia de republicanos descontentos con Trump y de republicanos moderados que buscaban una política conservadora fuera del ala dura y sin estridencias. Especialmente destacado fue el apoyo de figuras republicanas como el clan McCain –familia del candidato republicano contra Obama- en Arizona o Colin Powell –Secretario de Estado con Bush- en la Convención Nacional Demócrata, así como otras personalidades como el exgobernador republicano de Ohio, John Kasich. La ampliación del target demócrata funcionó por las mencionadas fisuras republicanas. Donald Trump había creado grandes enemigos internos con sonadas salidas de puestos clave como la de John Bolton, el neoconservador que fue su asesor de Seguridad Nacional, y quien declaró que no votaría por el entonces Presidente. Biden podría forjar un gobierno más derechista del que anunció en precampaña sin oposición de un importante ala del partido de oposición parlamentaria, acercándose más a lo que anunciaba en la campaña electoral.

Para saber más: Año electoral 2020 (IV): Debate en el fango.

La vieja Era Trump

El Trump político cayó en noviembre de 2020 ante la colusión de los factores sociales y económicos, ya que los datos macroeconómicos se vieron truncados por una negligente gestión de la pandemia basada en el negacionismo. La polarización social venía creciendo desde años antes pero la explosión del Black Lives Matter, aunque fuertemente iconoclasta, tenía una connotación contestataria a la violencia policial considerable. De aquella reacción a la violencia policial y al racismo surgió una contra-reacción: el Blue Lives Matter y la confluencia de grupos paramilitares con la defensa de “la ley y el orden” que representaban las fuerzas policiales.

Donald Trump comenzó criticando al Black Lives Matter persiguiendo sus protestas, lanzando a sus seguidores contra los gobernadores demócratas y contra las medidas de confinamiento. Un fuerte punto de inflexión fue la declaración del movimiento Antifa como organización terrorista. Este alineamiento de intereses aumentó con la llegada de la vacuna: los movimientos negacionistas de la pandemia, los que aseguraban que el virus SARS-CoV-2 era creación de China y los antivacunas conformaron una base de apoyo social contra las medidas de confinamiento y se sucedieron choques cada vez más frecuentes con seguidores del BLM y Antifa. La proclama común centraba la figura de Donald Trump como único político capaz de luchar contra un establishment corrupto y que controlaba el Estado profundo. Un extremo de estas teorías era la conspiración QAnon que calificaba a ese establishment de satánico y lo situaba en el centro de un entramado de pedofilia.

Chamán de QAnon durante el asalto al Capitolio de Washington DC. Fuente: Getty Images.

La teoría QAnon sucede a la Pizzagate que se empleó contra Hillary Clinton en 2016 a raíz de la filtración de sus correos y se retroalimenta con tramas que sí son reales pero se desconoce su profundidad como es el caso Epstein. En esos claroscuros es donde reside el éxito viral de sus postulados entre los apoyos de Donald Trump. En Europa también destaca la extensión de estas teorías entre el movimiento anti-5G. Y por si fuera poco, en toda esta red de protestas pro-Trump también se encontraban símbolos confederados, grupos religiosos conservadores, algunos liberales anarcocapitalistas, numerosos defensores acérrimos de las armas y grupos milicianos de ultraderecha como los Proud Boys, los Boogaloo, los Oath Keepers o los Three Percenters. Donald Trump evitó condenar la violencia ejercida por miembros de estas milicias.

Para saber más: QAnon, las milicias estadounidenses y el supremacismo blanco.

Trump muere políticamente

La estrategia postelectoral de Donald Trump fue un fiasco. El Presidente llevaba meses anunciando que jugaría la carta del fraude electoral que tantos réditos le ha dado en el exterior. La anticipación permitió que los demócratas y el ala republicana moderada se alinearan en contra de la misma, movilizando el voto y apuntando a una votación postal masiva. La victoria para Biden no tuvo paliativos: ganó en voto electoral –el que conformaría el Colegio Electoral que decide la elección- y en voto popular, dejando fuera cualquier posible ilegitimidad. A pesar de las peculiaridades del sistema electoral estadounidenses, Donald Trump había logrado la victoria en 2016 sin haber vencido en voto popular. El anunciado fraude no contó con un panorama ajustado que hubiera permitido la adscripción del aparato republicano a la tesis para la impugnación de puntos concretos. La derrota republicana en Georgia, Arizona, Wisconsin, Michigan y Pennsylvania era difícilmente revocable y mostraba una aparente pérdida de apoyo en puntos clave como el Rust Belt del medio-oeste. Esto no era del todo cierto.

Para saber más: Año electoral 2020 (VI): Los votos que importan y los que no.

El bluf electoral fue absoluto, a pesar del crecimiento en votos, al perder con tan amplio margen ante Biden. Ni siquiera sus acérrimos durante otra época como el Fiscal General, William Barr, apoyaron la teoría del fraude. Además, Trump previó el escenario al situar a la Corte Suprema en su favor con un 6-3 republicano tras la muerte de la juez Ruth Bader Ginsburg. De hecho, la mitad de los jueces republicanos de la corte –un tercio del total- fueron designados personalmente por Donald Trump entre 2016-2020. La huida del barco de numerosos republicanos fue importante mientras el magnate se quedaba a solas con las presiones políticas, como se vio en el audio con el Secretario de Estado de Georgia. Además, la soledad de Trump y la desorganización republicana hizo que la desbandada se materializase en la pérdida en enero de 2021 de los dos senadores por Georgia, tras la repetición de las elecciones. Con ello, los Demócratas pasaban a controlar el Gobierno, la Cámara de Representantes y el Senado.

El trumpismo está más vivo que nunca

Joe Biden lograba el mayor apoyo popular que ha recibido ningún candidato en la historia de Estados Unidos: 81,2 millones de votos. Pero Donald Trump, lejos de perder apoyo, ha logrado un resultado superior al de 2016. Muy superior: 74,2 millones en 2020 frente a 62,9 millones en 2016. El de Trump sería también el mayor apoyo recibido por ningún candidato republicano hasta la fecha, o el mayor de cualquier tipo si no fuera por la gran movilización que retroalimentó con Biden en el clima de polarización explicado previamente. El anterior record de voto popular data de 2008, con la primera y mítica victoria de Barack Obama: 69,5 millones de votos.

Desde la pérdida del control institucional y el debilitamiento orgánico, la lucha de Trump ya no buscaba convencer a los republicanos de mover a los demócratas del sillón sino que trataba de garantizar la supervivencia de ese trumpismo que seguía siendo tan movilizador aun sin contar con el ala moderada, sin los descontentos por la situación económica y con la situación epidemiológica y la contestación social ya amortizadas. Por lo tanto esos 74 millones de votos eran un respaldo extraordinariamente alto a Donald Trump. Y un mensaje al partido que continuaría en enero de 2021 y continuará presumiblemente hasta 2024.

Donald Trump siguió quemando cartuchos según se acercaban las fechas clave de enero. El 6 de enero debían certificarse los resultados por vía parlamentaria y Mike Pence, como Vicepresidente de Estados Unidos, también era el Presidente del Senado; encargado de dar paso a dicha certificación. Trump buscó retrasar la votación mediante la presentación de objeciones puntuales por los parlamentarios y quiso que fuera Pence quien declarara ilegales los votos electorales que necesitaba atribuyéndole competencias que realmente son procedimentales. Pence se negó a esta suerte de funambulismo constitucional y prefirió no arriesgarse a caer ante una más que segura persecución posterior, ya que el Gobierno y el Partido se encontraban muy alejados en la estrategia postelectoral. Donald Trump claramente tensaba la política hasta comprobar si el extremo permitía legitimar una estrategia de fraude dentro del país, mientras el aparato republicano confiaba en el turnismo que le garantiza el sistema, por lo que apostaba por el traspaso pacífico de poderes. “Mike Pence no tuvo coraje para hacer lo necesario para proteger nuestro país y nuestra Constitución”, decía Trump mientras la última marcha de sus seguidores rodeaba el Capitolio. Ante la negativa de Pence, Trump se quedó prácticamente solo en el poder.

El Capitolio en el retrovisor

Y este es el gran punto de inflexión. Trump tenía mucho apoyo y quedó demostrado en las elecciones con un dato superior que en el 2016, cuando ya se consideraba un revulsivo. Pero la turba se lanzó sobre las paredes del Capitolio para asaltarlo. La literalidad es absoluta. El Capitolio de Washington DC era asaltado el día 6 de enero de 2021 en mitad de la sesión que debía certificar la victoria de Joe Biden para proceder a su posterior toma de posesión el día 20 de enero. De hecho, los seguidores de Trump presuntamente contaron con la connivencia de parte de las fuerzas policiales que debían retener su avance. Se publicaron vídeos donde se les veía confraternizando –posteriormente se investigaría- aunque un policía disparó a una de las manifestantes hiriéndola de muerte.

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Asalto al Capitolio, Washington DC, 6 de enero de 2021. Fuente: Facebook.

Así se tomó la sede de la Cámara de Representantes y el Senado, se evacuó a todos los legisladores y la sesión tuvo que ser pospuesta hasta su desalojo horas después. Se requirió la intervención de los SWAT del FBI y de los Servicios Secretos, junto a una incesante llamada a la Guardia Nacional desde diferentes Estados cercanos. Después se sabría que fue Mike Pence quien habló con las autoridades militares sobre el despliegue de la Guardia Nacional, frente a las reticencias de Trump.

Para saber más: Fotogalería – El asalto al Capitolio.

Pero el asalto no fue una manifestación más de demostración de fuerza de la derecha dura. Hubo una colocación de artefactos explosivos en las sedes de los partidos Republicano y Demócrata. Salvando el detalle de que se trata probablemente de la toma literal de la sede legislativa más importante del mundo, esta marcha supuso la independencia del trumpismo. Y estos ya pensaban en nuevas acciones en la calle tras el éxito del Capitolio. De hecho, el mismo Joe Biden lo calificó de “terrorismo doméstico”, llevando al debate público una advertencia que ya lanzó el FBI de cara a 2021. El tiempo diría si la potencia lograda por el movimiento es suficiente para aspirar a un nuevo hecho de las dimensiones del Capitolio o su potencia sería tal que dejaría al trumpismo adelantando a sus propias expectativas y mirando al Capitolio por el retrovisor.

Su líder estaba en las horas más bajas, perdiendo todo el poder y, a continuación, se sucedió la persecución censora de las empresas tecnológicas sobre su persona y sobre decenas de miles de seguidores ultraderechistas, así como sobre la capacidad de alojamiento de sus aplicaciones alternativas. Una vez abierta la veda de la censura, presidentes de tan distinto signo político como Merkel o López Obrador condenaron la medida que sentaba un precedente muy peligroso para la libertad de expresión o lanzaba la carrera por la división ideológica de las redes de comunicación.

¿Trump amortizado?

La cuestión política se seguiría moviendo en los términos capitolinos hasta que finalicen los intentos por destituir a Donald Trump. Desde el día 6 hasta el 20 resultaba materialmente inabarcable un proceso de impeachment, por los dilatados plazos que Trump conoce de primera mano. Su primera apertura de juicio político no le perjudicó excesivamente ya que le sirvió para dar pábulo al Ucraniagate que implicaba personalmente a Joe Biden.

Para saber más: Conspiración en América.

Los demócratas eran conscientes de estos plazos y, ante la inconveniencia de eliminar pasos consultivos para aligerar el proceso, surgió la idea de aplicar la 25ª enmienda de la Constitución como vía alternativa. Este artículo desarrolla el procedimiento para destituir al Presidente en caso de incapacidad, de manera rápida aunque con un proceso donde Presidente y Vicepresidente –con una mayoría del Gabinete- deben argumentar sus posturas. No obstante, el procedimiento no era tan sencillo de llevar a cabo ya que, tras esta notificación al legislativo, se requiere de una mayoría de 2/3 en las cámaras. Además, las sucesivas dimisiones en el seno del Gabinete por parte de varios Secretarios de Trump complicaban que su voto permitiera implementar la 25ª enmienda, por lo que la estrategia careció de todo viso de coordinación política. En cualquier supuesto, Mike Pence, igual que no estuvo dispuesto a realizar movimientos estrambóticos para salvar a Trump, tampoco estaba por la labor de derribarle. Así que los demócratas pusieron en marcha el impeachment el día 13 de enero de 2021 por “incitación a la insurrección” a causa de su discurso alentando la marcha de Washington DC.

Un juicio político contra Trump cuando éste ya se encuentre fuera del cargo se realizaría meramente con un ánimo simbólico para poder cambiar la retórica: Trump no se fue, se le echó. Y además, no fue derrotado solo políticamente sino socialmente. Y esto es necesariamente así ya que la inhabilitación para una futura candidatura en 2024 no va asociada a dicho juicio sino que requiere un articulado ad hoc complementario. Por ello, el texto de petición de la destitución hacía referencia también a la 14ª enmienda de la Constitución sobre que “ninguna persona podrá ser Presidente de Estados Unidos si ha incurrido en insurrección o rebelión contra [EEUU]”.

La remoción de Donald Trump fue contando con apoyos iniciales dentro del mismo Partido Republicano: el gobernador de Vermont, Phil Scott; la congresista de Wyoming, Liz Cheney; el congresista de Nueva York, John Katko; el congresista de Illinois, Adam Kinzinger; el congresista de Michigan, Fred Upton; o la congresista de Washington, Jaime Lynn Herrera. Finalmente serían 10 los congresistas republicanos que votarían a favor de la apertura del impeachment contra Donald Trump.

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Aprobado el inicio del segundo impeachment contra Donald Trump el 13 de enero de 2021. Fuente: C-Span.

El Partido Republicano está roto. Y si no se cose pronto mediante una pacificación o una absorción de un ala a la otra, la ruptura puede ser grave ya que aunque no quiera el aparato, el trumpismo sigue ahí con o sin Trump. Las encuestas de YouGov y Axios entre el electorado republicano tras el asalto al Capitolio mostraban un 45% de apoyo al asalto, un 85% pensaba que Trump no debía ser destituido del cargo, un 64% apoyaba el comportamiento de Trump y un 57% opinaba que debería ser el candidato en 2024.

El martirio de Donald

El castigo del establishment demócrata a Trump no se redujo a sus redes, pieza angular de su estrategia de marketing desde 2016, sino que llegó a la política. Por un lado, cabe señalar que el ensañamiento contra Trump por la llamada a la “insurrección” de la que le acusaban los demócratas podría redundar en un mayor apoyo de sus bases cuanto mayor sea el castigo. Y no solo los demócratas. Figuras como Mitt Romney –candidato republicano contra Obama en 2012- y el ex Presidente George Bush también lo calificaron de “insurrección”. También se puede observar cómo hasta la ausencia de Donald Trump sirve para que el líder lance fuertes mensajes a sus seguidores sobre el devenir político y la forma de actuar, siguiendo el denominado como efecto Streisand sobre la censura. Trump acabó cediendo ante la necesidad de una transición ordenada aunque se negó a acudir a ceder el testigo a Biden el día 20 de enero a un Washington DC militarizado por más de 25.000 efectivos de la Guardia Nacional, dividido en zonas de seguridad siguiendo el ejemplo de Bagdad y en Estado de Emergencia.

Pero esta suerte de martirio podría ayudar precisamente a movilizar aún más a sus seguidores, viendo la destitución como una persecución política contra lo que representa el movimiento. En cualquier caso, las bases trumpistas –que no republicanas- ya se han independizado de su líder y persiguen objetivos cada día más radicales. La expulsión de las redes sociales mainstream ha facilitado que millones de personas se muevan hacia ambientes donde la radicalización es más rápida y profunda. Exista o no un Trump 2024, el trumpismo en general y las milicias en particular ya han comenzado su campaña en las calles para estos 4 años de la Administración Biden-Harris. Una campaña que podrá intensificarse cuanto mayor sea el martirio que puedan mitificar. Y promete ser dura.

Antropólogo, profesor y biólogo especializado en gestión de socioecosistemas. Ahora me dedico al análisis de política internacional.

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