
Los Estados de Asia Central apenas habían asimilado los resultados de la cumbre C5+1 con Estados Unidos cuando fueron escenario de un nuevo acontecimiento significativo.
La Séptima Reunión Consultiva de Jefes de Estado de Asia Central, celebrada en Tashkent los días 14 y 15 de noviembre de 2025, se convirtió en un punto de inflexión en la evolución del regionalismo en Asia Central a causa de dos hechos clave: la incorporación formal de Azerbaiyán como miembro de pleno derecho en este formato consultivo y el lanzamiento de una nueva propuesta regional, la denominada “Comunidad de Asia Central”.
Impulsos al regionalismo en Asia Central
El presidente de Uzbekistán, Shavkat Mirziyoyev, aprovechó su discurso inaugural como anfitrión del encuentro para hacer un enérgico llamamiento a la creación de una nueva organización económica que brotara de la institucionalización de las reuniones consultivas:
“En el contexto de procesos políticos internacionales complejos e impredecibles, fortalecer nuestra unidad y apoyo mutuo reviste particular importancia. Estoy convencido de que hoy nos encontramos en el umbral de un renacimiento histórico de la región como una Nueva Asia Central […] El momento mismo exige que transformemos nuestras reuniones desde una forma consultiva de diálogo regional a un formato estratégico: la Comunidad de Asia Central”.
Esta iniciativa promovida por Tashkent ha supuesto reabrir explícitamente la cuestión de institucionalizar la cooperación regional en Asia Central, una ambición relegada desde los intentos de los años noventa.
El planteamiento resultó más llamativo en cuanto que la tendencia observable no había dejado entrever una inclinación clara de los Estados centroasiáticos hacia la creación de una nueva organización regional; por el contrario, tanto el discurso imperante durante la Sexta Reunión Consultiva de 2024 como la adopción entonces del concepto de cooperación regional “Asia Central – 2040” evitaron deliberadamente cualquier referencia a procesos de integración.
No obstante, la última cumbre de noviembre de 2025 sí reflejó un cambio de tono y ambición, al contemplar dotar al formato de una arquitectura institucional más definida. Este replanteamiento no debe interpretarse como una apuesta por la integración regional en sentido estricto, sino como un esfuerzo por consolidar la cooperación existente.
Tal como expresó el propio Mirziyoyev en un artículo publicado días antes de la cumbre: “La cooperación [en Asia Central] debe desarrollarse sobre una base sólida de soberanía, igualdad y no injerencia en los asuntos internos. Nadie debe imponer modelos extranjeros […] ni crear estructuras supranacionales”.
Asimismo, este renovado impulso no puede desvincularse de un contexto regional particularmente favorable en 2025, marcado por avances concretos en la resolución de tensiones interestatales y por un fortalecimiento sostenido de la cooperación política.
Un buen ejemplo de esto fueron la firma del acuerdo fronterizo entre Kirguistán y Tayikistán, la histórica Cumbre de Khujand, la inclusión de Dusambé al Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación para el Desarrollo de Asia Central en el Siglo XXI, así como la intensa actividad del formato C5+1.
En conjunto, estos acontecimientos han rehabilitado la aspiración de superar la naturaleza informal de las Reuniones Consultivas y avanzar hacia un marco más estructurado que garantice el cumplimiento de los acuerdos alcanzados.
En este sentido, la iniciativa de Uzbekistán no solo evoca una visión continuista de la cooperación regional, sino en sí una revisión de la experiencia histórica de Asia Central institucionalizando sus relaciones.
La integración regional en Asia Central
Los primeros pasos hacia una suerte de cooperación regional se dieron incluso previamente al colapso definitivo de la Unión Soviética, con la iniciativa de Nursultan Nazarbayev, entonces presidente de la RSS de Kazajistán, de celebrar en Almaty, en 1990, una primera cumbre consultiva entre los líderes de las cinco repúblicas de Asia Central.
Este encuentro marcó el inicio de un formato informal que permitió a la región afrontar los últimos años del periodo soviético y las consecuencias de su desaparición, pero, además, contribuyó a forjar una conciencia común de la necesidad urgente de buscar modelos viables de cooperación regional capaces de garantizar tanto el desarrollo económico como la preservación de la recién obtenida independencia.
Esta temprana toma de conciencia regional no se desarrolló exclusivamente ante la necesidad, sino que estuvo profundamente influida por referentes externos, entre los cuales el proceso de integración europeo ocupó un lugar destacado. El Tratado de Maastricht de febrero de 1992 y el establecimiento formal de la Unión Europea resultaron una influencia ideológica significativa.
El proceso europeo, que avanzó desde una comunidad económica hacia una unión política y económica más profunda, fue asumida por amplios sectores de las élites centroasiáticas como una referencia valiosa para la región, e incluso líderes como Nazarbayev recurrieron con frecuencia al ejemplo europeo como una visión convincente para el desarrollo regional de Asia Central.
En este contexto, los esfuerzos multilaterales comenzaron a avanzar, impulsados por el tándem Kazajistán-Uzbekistán y su rol en la profundización de la integración económica.
En enero de 1994, los esfuerzos bilaterales de ambos Estados se materializan en la firma del Tratado sobre la Creación del Espacio Económico Único (SES), una visión ambiciosa inspirada en las denominadas “four freedoms” del modelo europeo: libre circulación de mercancías, servicios, personas y capitales.
La iniciativa tuvo rápidamente resonancia en Kirguistán. El presidente kirguís, Askar Akayev, incluso llegaría a manifestar su frustración por la exclusión inicial de su país en la confección del SES, dada su voluntad de profundizar los lazos económicos con la región.
En abril de 1994, Kirguistán se unió formalmente al Tratado sobre la Creación del Espacio Económico Único, conformando así lo que pasaría a conocerse como el núcleo de la integración regional: el denominado “Trío de Asia Central”. La región atravesaba un momentum único.
Los Estados miembros del SES aspiraban a implementar una agenda de integración ambiciosa, respaldada por la creación de un marco institucional relativamente robusto, y favorecida por un contexto ideal. Los líderes regionales se mostraban abiertos a escuchar la opinión occidental, favorable a la cooperación, mientras en las élites locales y la opinión pública persistía la creencia común en el desarrollo liberal y en la noción del “fin de la historia”.
Este impulso interno coincidía, además, con un entorno internacional permisivo. Rusia, consumida por profundas reformas económicas, la Crisis Constitucional de 1993 y la Primera Guerra de Chechenia, encontraba limitaciones en su capacidad de influir en su "extranjero cercano", conformado por las antiguas repúblicas soviéticas, lo que abrió una ventada de oportunidad para que Asia Central explorara modelos de cooperación.
El fin del idealismo
A pesar del notable impulso alcanzado a comienzos de la década de 1990, los esfuerzos de integración comenzaron a mostrar claros signos de desgaste a finales de ese periodo.
Si bien el denominado “Trío de Asia Central” continuaba proyectando una imagen de unidad, empezaron a aflorar tensiones vinculadas tanto a la divergencia de intereses nacionales como a rivalidades personales, especialmente entre los presidentes Islam Karimov y Nursultan Nazarbayev. El líder de Uzbekistán aspiraba a preservar una amplia libertad de maniobra con un fuerte énfasis en la independencia del país.
No para menos, el concepto central de la política uzbeka se comenzaba a articular entorno a la idea de mustaqillik –autosuficiencia–, entendida como la negativa a depender política, económica o culturalmente de otros Estados.
Por el contrario, Nursultan Nazarbayev sostenía que la primacía de los intereses nacionales, sin considerar los intereses comunes, suponía una amenaza potencial a la soberanía y estabilidad de Asia Central y, de ahí, la necesidad de avanzar hacia una integración más profunda. Estas diferencias no sólo acabaron erosionando la implementación del Espacio Económico Único (SES), sino a futuro la conciencia común de la necesidad de modelos de cooperación regional.
Para inicios de 1998, la integración se encontraba en un punto crítico. El entusiasmo inicial daba paso al pragmatismo, y el Espacio Económico Único, en su ansiedad por no alcanzar sus ambiciosos objetivos, se reconstituía como la Comunidad Económica de Asia Central (CAEC), a la cual se le daría la bienvenida a Tayikistán tras el fin de su guerra civil (1992-1997).
Con la Declaración de Tashkent (1998) se reafirmó la continuidad de la cooperación económica como núcleo de la nueva organización, si bien esta sería menos ambiciosa que la planteada por su predecesora.
Incluso con una agenda más moderada, la CAEC enfrentó serios obstáculos en su implementación, agravados por las diferencias internas y la coexistencia de modelos económicos divergentes: Uzbekistán mantenía una economía fuertemente estatificada, Kazajistán y Kirguistán avanzaban hacia reformas de corte más liberal y, mientras tanto, Tayikistán apenas comenzaba a reconstruir su economía.
Paralelamente, los Estados de Asia Central mantenían desacuerdos en torno a la gestión de los recursos hídricos, la delimitación fronteriza y las respuestas frente a amenazas compartidas, como el caso del Movimiento Islámico de Uzbekistán (IMU), que acabaron deteriorando las relaciones bilaterales y generando un clima de desconfianza.
Estas tensiones internas se desarrollaron, además, en un momento de incremento de las capacidades de actores externos de influir en las dinámicas regionales. A comienzos de la década de los 2000, Moscú adoptó una postura más decidida en su denominado "extranjero cercano" promoviendo bloques de cooperación económicos y de seguridad que afianzaran su influencia en la región.
En octubre del 2000, la firma del Tratado constitutivo de la Comunidad Económica Euroasiática (EurAsEC) por parte de Rusia, Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán ofreció un modelo de integración alternativo a la Comunidad Económica de Asia Central. Esta nueva organización debilitó la cohesión de la CAEC, no solo al generar solapamientos de miembros y de objetivos, sino también al erosionar la identidad centroasiática en la construcción regional.

Para 2001, resultaba evidente como la Comunidad Económica de Asia Central había fracasado en sus ambiciones. Los desafíos acumulados, sumados a la creación de formatos de integración más sólidos, plantearon serias dudas sobre la viabilidad de la CAEC.
En este contexto, comenzó a consolidarse un consenso creciente, alentado por Uzbekistán ante la creación de la EurAsEC y el aumento de la influencia del radicalismo islámico en la región, en torno a la necesidad de ampliar la cooperación fuera de la agenda económica, que mostraba claros signos de estancamiento.
En consecuencia, en diciembre de 2001, los Estados miembro acordaron su reformulación. Así, en febrero de 2002, nacía la Organización de Cooperación de Asia Central (CACO). Esta nueva entidad aspiraba a la diversificación del diálogo político, la creación de una zona de seguridad única, una revaluación de la integración económica y la elaboración de una estrategia conjunta de seguridad.
Sin embargo, la CACO heredó muchos de los problemas sin resolver de sus predecesoras: la falta de voluntad política, la prevalencia de los intereses nacionales sobre las ambiciones regionales, la persistente rivalidad entre sus líderes o la ausencia de Turkmenistán. A estas limitaciones se añadió, en 2004, la decisión de admitir a Rusia como miembro de pleno derecho, un paso que alteró de manera sustancial la naturaleza de la organización.
Sólo un año más tarde, en octubre de 2005, los Estados miembro de la Organización de Cooperación de Asia Central (CACO) acordaron la declaración sobre la Evolución de los Procesos de Integración en el Espacio Euroasiático, la cual certificaba la disolución de la CACO en la Comunidad Económica Euroasiática (EurAsEC).
Esta decisión simbolizó tanto el fin de los esfuerzos regionales iniciados en la década de 1990 para articular un modelo centroasiático de cooperación como el inicio de una década de profundas tensiones y divisiones.
Avanzar hacia la formalidad de nuevos impulsos
Si bien Asia Central ha experimentado en el pasado diversas iniciativas regionales, las Reuniones Consultivas de Jefes de Estado de Asia Central, impulsadas por el deshielo de las relaciones en 2017, introdujeron un enfoque sustancialmente distinto.
El formato recuperó una renovada cooperación y retorica regionalista, mayormente gracias a dos hitos fundamentales: la regularidad, aunque informal, de sus encuentros y la inclusión de Turkmenistán, históricamente reticente a involucrarse en aventuras multilaterales.
Asimismo, el formato ha favorecido el creciente éxito de la red C5+1, ilustrando la recalibración de Asia Central en el escenario internacional y reconociendo a la región como una agrupación especial de cinco Estados, al menos hasta la inclusión de Azerbaiyán en noviembre de 2025.
No obstante, a pesar de demostrar la existencia de una voluntad regional por avanzar en la cooperación, las Reuniones Consultivas no han quedado exentas del escepticismo respecto a su alcance real. La naturaleza mayormente ceremonial y declarativa, así como la cautela de sus miembros por asumir compromisos perceptibles de socavar su soberanía, han limitado sus opciones estratégicas.
En consecuencia, la Comunidad de Asia Central aspiraría a superar dichas limitaciones, especialmente en lo relativo a la implementación efectiva de los acuerdos, al tiempo que garantiza una continuidad, más institucionalizada, de un formato de naturaleza voluntaria, pragmática, y orientada a resultados tangibles, en la cual los Estados miembros se han sentido cómodos.
De este modo, se evita tanto la frustración derivada de expectativas excesivamente elevadas, como la pérdida de autonomía en el desarrollo de sus prioridades nacionales. Cualquier iniciativa regional, como ha demostrado la historia reciente, ha de garantizar ambas condiciones para contar con oportunidades reales no solo de éxito, sino también de alcanzar el consenso necesario para su creación.
Esta visión se refleja en la iniciativa concreta de Uzbekistán, la cual se ha limitado a plantear la elaboración de un reglamento que prevea el fortalecimiento de las bases institucionales del formato, la creación de una Secretaría de carácter rotatorio, la elevación del estatus de los coordinadores nacionales a Representantes Especiales de los Presidentes y el establecimiento de un Consejo de Ancianos.
En conjunto, estas medidas apuntarían a la consolidación de instituciones regionales estables, capaces de impulsar un nivel cualitativamente nuevo de cooperación económica, pero sin perder de vista la creciente interacción en seguridad, desarrollo de infraestructuras y cuestiones medioambientales surgidas en el seno de las Reuniones Consultivas, mientras se evita el rechazo frontal de los Estados más reticentes a la integración.
Hasta el momento, los líderes de los demás Estados de Asia Central no han compartido, en su mayoría, ninguna impresión sobre el llamado a la creación de la Comunidad de Asia Central.
La única reacción clara ha procedido de Kazajistán, cuyo presidente, Kasym-Jomart Tokayev, se manifestó favorablemente: “Quisiera expresar mi apoyo a las propuestas del presidente de Uzbekistán, Shavkat Mirziyoyev, para fortalecer las bases institucionales de nuestro formato. Creo que podríamos debatir estos temas en el curso de nuestro trabajo y acordar las propuestas pertinentes”.
No obstante, aunque no hubo otras referencias directas a la iniciativa, los discursos pronunciados durante la Séptima Reunión Consultiva por los presidentes Emomali Rahmon (Tayikistán), Sadyr Japarov (Kirguistán) y Sedar Berdimuhammedov (Turkmenistán) sí ofrecieron indicios sobre su posible postura, al mostrar su disposición a una acción más coordinada. En tal sentido, reforzando la posición de consolidar la cooperación sobre la idea de profundizar la integración.
Asia Central más Azerbaiyán
Ahora bien, como oportunamente publicó el asesor presidencial azerí Hikmet Hajiyev: "A partir de ahora Asia Central se convierte en 6”, lo cuál supone extender los contornos de un formato originalmente pensado para ser centroasiático, con las implicaciones que de ello derivan.
Los vínculos de Azerbaiyán, en muchos sentidos, son más estrechos con los países al otro lado del mar Caspio que con sus vecinos del Cáucaso Meridional, lo que dota de legitimidad a su inclusión.
Asimismo, los extensos intereses compartidos en transporte, energía y conectividad refuerzan la inclusión como una decisión estratégica, y más si se enmarcan dentro del acercamiento de la región a Occidente. No obstante, incorporar formalmente a Azerbaiyán también podría plantear desafíos para la futura Comunidad de Asia Central.
Si bien Bakú no es un actor comparable a lo que supuso la entrada de Rusia en la Comunidad Económica de Asia Central (CACO), su incorporación puede desequilibrar los consensos actuales entorno a la consolidación de la cooperación o, especialmente, hacer que la organización sea considerada como una plataforma ampliada del espacio túrquico, en línea con los planteamientos ya promovidos desde la prensa azerí y oficiales cercanos a Ilham Aliyev.
Una derivada que correría el riesgo de marginar a un actor regional como Tayikistán o condicionar una eventual aproximación de Afganistán, cuyo encaje en la arquitectura regional es recurrentemente planteado desde Astaná y Tashkent.
Hasta el momento, Uzbekistán ha evitado asociar la construcción de la nueva organización con una lógica pan-túrquica, una postura que han compartido los demás Estados centroasiáticos.
Sea como fuere, la iniciativa de crear una nueva organización hará que la integración regional se mantenga como un tema de agenda futura, cuyo avance dependerá de muchos factores, incluidos la voluntad política de sus líderes.
Pero antes de alcanzar dicha agenda, los países centroasiáticos, y a partir de ahora también Azerbaiyán, deberán avanzar en la consolidación de la cooperación actual, misión que parece que recaerá en la nueva Comunidad de Asia Central.
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