
El estruendo de las bombas vuelve a resonar en la Línea Durand, la siempre volátil y hostil frontera afgano-paquistaní. La noche del 28 de junio de 2026, Pakistán llevó a cabo hasta 25 ataques aéreos y cuatro incursiones terrestres en Afganistán que se cobraron la vida de entre 28 y 36 personas, en función de la fuente que se consulte.
La operación responde al ataque del día anterior a la sede en Karachi de los Rangers de Pakistán, un atentado que dejó tres paramilitares paquistaníes muertos y fue reivindicado por Jamaat-ul-Ahrar (JuA), una facción de Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP).
La autoría de la agresión que inició esta nueva escalada de violencia entre Islamabad y Kabul pone de manifiesto la complejidad del conflicto fronterizo. El TTP es una confederación de líderes tribales.
Cada uno con su respectiva base social y territorial, su contingente de hombres armados y sus negocios. Dicho carácter fragmentario genera inherentemente una profunda ambigüedad estratégica en la práctica totalidad de los actores del ecosistema insurgente pastún. Es en esa ambivalencia en la que se mueve JuA.
JuA es, al mismo tiempo, parte del TTP y enemigo del mismo. Nacido en 2014 fruto del rechazo al liderazgo del emir Fazlullah Hayat, JuA planteaba un “modelo yihadista” caracterizado por la descentralización operativa y una apuesta por los atentados contra objetivos civiles en contraposición a la focalización en las fuerzas de seguridad que promulgaba la cúpula del TTP del momento.
Se trataba, en lo fundamental, de la expresión política de la competencia económica entre dos corredores fronterizos: el eje Paktika-Waziristán, feudo histórico del TTP, y la ruta Kunar-Mohmand-Bajaur, bastión de JuA.
Sin embargo, las divisiones quedaron a un lado ante la perspectiva de la conquista del poder en Afganistán. Frente al derrumbe de la República Islámica, Noor Wali Mehsud, el nuevo líder del TTP, apostó por una política de reunificación de todas las fuerzas asociadas al movimiento talibán. Así, la victoria frente a Occidente en 2021 reintegró a JuA en el TTP, pero sin modificar la autonomía operativa adquirida durante la separación.
Karachi en la lucha de la etnia pastún
La imperante ambigüedad política en la frontera afgano-paquistaní puede hacer que sendas capitales se vean arrastradas a las puertas de una nueva escalada por los intereses de un actor menor.
Armas, heroína, combustible y todo tipo de productos atraviesan en una u otra dirección la ruta Kunar-Mohmand-Bajaur para encaminarse, siguiendo el curso del río Indo, hacia el puerto de Karachi. Es así como los complejos equilibrios tribales de la Línea Durand se vinculan con sus equivalentes étnicos en las barriadas de la macrourbe.
Karachi como embudo nacional. Único puerto del país durante décadas, la ciudad se ha desarrollado a marchas forzadas durante los últimos años, en un proceso de expansión que ha configurado un “mapa étnico” compuesto por sindhis, baluchis, muhajirs –exiliados de la Partición de India y sus descendientes– y pastunes.
De hecho, Karachi presenta la mayor concentración de población pastún fuera de las áreas tradicionales de esta etnia. El control de esta diáspora ha sido durante décadas uno de los principales frentes del TTP.
Durante la década de los 2000, el TTP inició una cruzada para eliminar la influencia del Partido Nacional Awami (ANP), la principal fuerza del nacionalismo pastún secular, sobre la mencionada diáspora. Y lo consiguieron.
Empleando sistemáticamente los asesinatos selectivos, el TTP logró crear una gobernanza paralela en los barrios de mayoría pastún. Un éxito que hubiera sido total de no ser por la intervención a gran escala en la ciudad de los Rangers de Pakistán.
Con este contexto, los ataques a un lado y otro de la frontera del 27 y el 28 de junio de 2026 adquieren una significación que va mucho más allá de un choque entre dos Estados. Kabul e Islamabad se envían mensajes en forma de atentados y bombardeos.
Con el ataque a los Rangers, JuA demuestra la fortaleza de sus capacidades operativas frente a la presión de las autoridades paquistaníes y se reafirma frente a todo el ecosistema de grupos armados islamistas pastunes como una organización capaz de competir en un escenario estratégico.
La respuesta de Islamabad ha sido la sobrerreacción. Los cazas de Pakistán no solo han bombardeado Kunar, el histórico bastión de JuA, sino que han extendido sus ataques a las provincias de Paktia y Paktika, bastiones de la Red Haqqani y el TTP, respectivamente, en Afganistán.
Todos dentro. Esa es la consigna que emerge de Rawalpindi, sede del Cuartel General del Estado Mayor Conjunto. Ante cualquier atentado, Pakistán responderá contra el conjunto del movimiento talibán, independientemente de la autoría del mismo. Una proclama que multiplica la presión sobre Haibatulá Ajundzadá, emir de Afganistán, de responder.
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