
El anuncio oficial el 2 de septiembre de 2016, después de días de incertidumbre y especulaciones, sobre la muerte del presidente uzbeko Islam Karimov –junto con el nombramiento de Shavkat Mirziyoyev como presidente interino y su posterior elección en diciembre del mismo año–, desataron una ola de especulaciones sobre el futuro de Uzbekistán y su política regional en Asia Central.
Algunos especularon con un mayor acercamiento a Rusia, dado el buen entendimiento entre el nuevo presidente y las élites rusas; otros sugerían que Uzbekistán mantendría el camino trazado por Karimov, basado en los 13 años de Shavkat Mirziyoyev como primer ministro; mientras que otros planteaban que el país podría adoptar una política de aislacionismo similar a la de Turkmenistán.
No obstante, la dudas sobre el nuevo rumbo en Uzbekistán se disiparon en el primer año de la nueva administración a través de tres acontecimientos clave que confirmaron la intención de continuar, en esencia, con la política exterior establecida por la administración de Karimov en el concepto sobre la Actividad de Política Exterior de 2012.
El primero momento clave fue el discurso inaugural de Shavkat Mirziyoyev como presidente interino ante el Oliy Majlis –el parlamento nacional–, en el que destacó que los principales desafíos para el nuevo Uzbekistán serían fortalecer las relaciones económicas y consolidar a Asia Central como una región de interés prioritario para Tashkent.
El segundo se dio con la aprobación de la Estrategia de Desarrollo 2017-2021, que subrayaba la importancia de Asia Central como área clave para Uzbekistán y la necesidad de mantener relaciones equilibradas con las principales potencias involucradas en la región. Finalmente, el tercer hito ocurrió en diciembre de 2017, cuando Mirziyoyev se reunió con el personal diplomático y confirmó el enfoque económico de la nueva política exterior.
Ahora bien, aún con la administración siguiendo una línea de acción coherente con los objetivos definidos en el documento conceptual de 2012, la realidad fue una política exterior que difería considerablemente del enfoque de Islam Karimov, tanto en la naturaleza de sus relaciones con Asia Central como en la intensidad de la cooperación con las potencias globales.
Shavkat Merziyoyev pone el foco en Asia Central
Bajo la nueva presidencia, Uzbekistán expresó de manera contundente su objetivo de priorizar la mejora de las relaciones y fomentar una vecindad cordial en Asia Central. Según las palabras de Mirziyoyev, la política regional se basaría en dos principios claves: “No evitar discutir los temas difíciles y buscar compromisos razonables”. Esta visión comenzó a tomar forma durante el funeral de Islam Karimov, donde el presidente dejó claro a sus homólogos regionales presentes su voluntad de redefinir las dinámicas de cooperación.
La nueva administración era consciente de la necesidad de superar la desconfianza y los problemas existentes, así como de promover una cooperación multifacética, para alcanzar el desarrollo económico que se había marcado como prioridad. En este sentido, la elección de Turkmenistán y Kazajistán como los primeros destinos de Shavkat Mirziyoyev como presidente electo fue un gesto cargado de simbolismo, que reflejó las prioridades de la administración y subrayó la importancia de ambos países en el enfoque regional de Tashkent.
La conexión entre Uzbekistan y Turkmenistán
Uzbekistán y Turkmenistán venían de una mejora sustancial en sus relaciones, especialmente tras la llegada al poder de Gurbanguly Berdimuhammedov en diciembre de 2006. Los intereses compartidos en materia de seguridad y energía habían facilitado la reconciliación y una visión positiva mutua, difícil de imaginar en los años anteriores. En suma, intensificar la cooperación con Asjabad se convirtió en una prioridad primaría de la nueva presidencia. Este acercamiento se materializó en la visita de marzo de 2017, durante la cual se firmó un Acuerdo de Asociación Estratégica que estableció las bases de los vínculos renovados.
Además, se alcanzaron una serie de acuerdos en materia comercial y de transporte, destacándose la invitación a Uzbekistán para unirse a los proyectos energéticos TUTAP y TAPI, así como el acuerdo para desarrollar el corredor comercial Uzbekistán-Turkmenistán-Irán-Omán. En esencia, la motivación de Tashkent para establecer unas relaciones funcionales con Turkmenistán respondía a su posición estratégica, la cual es indispensable para la conectividad a puertos y mercados globales, especialmente a través de Irán.
Las renovadas relaciones triplicaron el volumen comercial entre ambos países, pasando de 177 millones de dólares en 2016 a 520 millones de dólares en 2020, impulsado por proyectos conjuntos en manufactura, agricultura y materiales de construcción. Además, en octubre de 2021, estas tendencias se vieron reforzadas gracias a la visita del presidente turkmeno a Tashkent.
Durante el encuentro, ambos mandatarios firmaron 23 documentos destinados a fortalecer la asociación estratégica y que abarcaron desde la gestión hídrica conjunta del rio Amu Darya, pasando por la mejora en materia de transporte y tránsito de mercancías, hasta compromisos de aumentar el volumen comercial a los 1.000 millones de dólares.
Los vínculos con Kazajistán
En cuanto a Kazajistán, aunque las relaciones eran funcionales, también resultaban complejas. Kazajistán es el principal socio comercial de Uzbekistán en Asia Central, ambos países compartían membresía en diversas organizaciones internacionales y, desde 2012, coincidían en la visión de que unas relaciones sólidas eran beneficiosas para ambas partes. Sin embargo, las tensiones persistieron en áreas clave como la delimitación fronteriza, la migración irregular o el respaldo de Astaná a estructuras regionales lideradas por Moscú.
En este contexto, la visita de Estado de Shavkat Mirziyoyev en marzo de 2017, tras las festividades del Nouruz, simbolizaron la intención de renovar y profundizar las relaciones bilaterales. Como afirmó Nursultán Nazarbáyev: “No hay asuntos pendientes entre Uzbekistán y Kazajistán […] Estamos abiertos, como una página en blanco”.
A raíz de este encuentro, ambos gobiernos fortalecieron sus lazos económicos a través de 75 nuevos acuerdos comerciales con un valor cercano a los 1.000 millones de dólares, en los que se incluían la creación de empresas conjuntas, la promoción de sus respectivos productos industriales o la mejora de los corredores de transporte regionales.
Asimismo, se firmaron varios documentos que indicaban el rumbo que ambas capitales preveían para su relación. Entre ellos destacan la declaración conjunta sobre el Fortalecimiento de la Asociación Estratégica y la Buena Vecindad, el acuerdo sobre la Cooperación Interregional y la Estrategia de Cooperación Económica para 2017-2019, así como un pacto relativo al Transporte Internacional por Carretera.
En los años siguientes, la relación entre Astaná y Tashkent dejó atrás la complejidad del pasado. Para finales de 2017, ambos países firmaron un acuerdo de cooperación técnico-militar para reforzar sus capacidades de defensa conjunta y, poco después, en 2019, un pacto para abordar la migración ilegal, reflejando un enfoque integral en materia de seguridad. Paralelamente, el fortalecimiento de los lazos económicos siguió avanzando como una prioridad central.
En 2019, Uzbekistán y Kazajistán establecieron el Centro Internacional de Comercio y Cooperación Económica Asia Central, un proyecto clave para impulsar el comercio regional y fomentar la integración económica. Este impulso se consolidó en diciembre de 2021, cuando, durante un foro empresarial en Astaná, se suscribieron acuerdos por un valor de 5.900 millones de dólares. Como resultado, para finales de ese año, el volumen comercial bilateral había alcanzado los 3.000 millones de dólares.
Rompiendo muros
Uzbekistán demostró que su política de Buena Vecindad no solo buscaba fortalecer la cooperación con sus socios regionales, sino también superar los obstáculos en las relaciones bilaterales.
Uzbekistán y Tayikistán resuelven sus problemas
El caso de Tayikistán fue el ejemplo más evidente y simbólico de este cambio. Durante dos décadas, la hostilidad entre ambos países se había intensificado, en gran parte debido a la oposición de Tashkent a la construcción de la central hidroeléctrica de Rogún, argumentando que afectaría sus recursos hídricos. A partir de 2010, como respuesta al proyecto, Uzbekistán impuso un bloqueo de transporte de facto, perjudicando gravemente a la economía tayika, dado que todas sus rutas ferroviarias hacia el exterior dependían del tránsito por territorio uzbeko.
En 2012, además, Tashkent cortó el suministro de gas a su vecino, lo que redujo el comercio bilateral a solo 2.1 millones de dólares en 2014 y elevó las tensiones al punto de amenazar con una posible guerra por el agua. Sin embargo, los lazos entre Uzbekistán y Tayikistán mejoraron sustancialmente tras la llegada al poder de Shavkat Mirziyoyev. Los esfuerzos de la nueva administración durante 2017 implicaron la reanudación de los vuelos comerciales, la delimitación de parte de la frontera, el reinicio de las exportaciones de gas, e incluso la cooperación en el desarrollo de la polémica presa de Rogún.
Pero fue solo con la histórica visita de Mirziyoyev a Tayikistán en marzo de 2018 cuando se ratificó la restauración formal de las relaciones bilaterales. Finalmente, unos meses más tarde, en agosto de 2018, durante el encuentro bilateral de los Ministerios de Emergencias, Defensa e Interior, los vínculos entre Tashkent y Dushanbe alcanzaron una nueva dimensión con la firma del Acuerdo de cooperación estratégica, convirtiendo a Tayikistán en el cuarto Estado en recibir ese estatus de Uzbekistán dentro de Asia Central.
Incluso durante ese mismo mes tuvieron lugar los primeros ejercicios militares conjuntos en la frontera de Afganistán, reiterando la reconciliación y la profundización de los lazos entre ambas repúblicas.
A su vez, la cooperación económica avanzó con rapidez al compás de la normalización de las relaciones bilaterales. Para 2019, el comercio entre ambos países alcanzó los 380 millones de dólares, recuperando así los niveles previos al enfriamiento diplomático. En ese contexto, los primeros ministros de Tayikistán, Qohir Rasoulzoda, y de Uzbekistán, Abdulla Aripov, acordaron reforzar aún más los lazos económicos.

En 2021, estas aspiraciones se materializaron cuando, durante la visita de Estado de Shavkat Mirziyoyev a Dusambé, se alcanzó el compromiso de aumentar el comercio bilateral de los 471 millones de dólares entonces registrados a 1.000 millones, una cifra que, para ponerla en perspectiva, equivalía al volumen comercial entre Rusia y Tayikistán en ese mismo periodo.
Las tensiones con Kirguistán ponen a prueba a Shavkat Mirziyoyev
Paralelamente, Kirguistán también se vio beneficiada por la nueva política de Buena Vecindad. Tras el funeral de Islam Karimov, comenzaron las visitas de alto nivel entre funcionarios para discutir la normalización y mejora de las relaciones bilaterales, las cuales estuvieron deteriorándose desde 1993 a causa de las continuas disputas fronterizas y la gestión conflictiva de los recursos hídricos.
A raíz de estas interacciones, especialmente después de la participación de Abdulaziz Kamilov, ministro de Exteriores de Uzbekistán (2012-2022), en la Cumbre del CEI en Biskek en septiembre de 2016, comenzó a hablarse de un compromiso para avanzar en la delimitación fronteriza.
Esto se evidenció con la creación de un formato diplomático entre las comunidades locales del Valle de Ferganá con el objetivo de establecer un entorno más favorable de cara a las futuras decisiones políticas. Los éxitos de estos esfuerzos se anunciaron durante la visita de Estado de Shavkat Mirziyoyev a Kirguistán en septiembre de 2017, la primera en 17 años. Durante el encuentro, se anunció un acuerdo de demarcación del 85% de la frontera, la apertura de los puestos fronterizo y el deseo de establecer una relación estratégica entre Uzbekistán y Kirguistán.
Posteriormente, en octubre de 2017, la igualmente histórica visita del presidente kirguís, Almazbek Atambayev, a Tashkent culminó este proceso con la firma de la Declaración de Asociación Estratégica, que comprometía a impulsar la cooperación en seguridad y fortalecer los lazos económicos y comerciales, iniciando así una dimensión en las relaciones bilaterales nunca antes vista. Esta nueva realidad se reflejó en el ámbito económico: durante el periodo 2017-2019, se fortaleció rápidamente, pasando de un volumen comercial de 300 millones de dólares en 2017 a 760 millones de dólares en 2019.
Sin embargo, no quedó reducida a un aumento del comercio, sino que también se trasladó a un renovado impulso del ferrocarril China-Kirguistán-Uzbekistán (CKU), un proyecto ferroviario que se había debatido desde la década de 1990, pero que, debido a las reticencias políticas de Kirguistán y Rusia, así como a desacuerdos técnicos, permaneció estancado.
Para la nueva administración de Tashkent, el demorado corredor ferroviario era una infraestructura clave para sus ambiciones económicas, al evitar el tránsito por Kazajistán y Rusia de sus exportaciones a China. Así pues, para 2017, Uzbekistán había reanudado las negociaciones sobre el CKU e iniciado estudios de viabilidad. Ya en 2018, la iniciativa se incluyó formalmente en la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) de China, reforzando su importancia estratégica.
Pese a los avances, Kirguistán seguía siendo cauteloso debido a la oposición política interna y a la carga financiera significativa que suponía el proyecto, estimado en 4.500 millones de dólares. No obstante, para marzo de 2021, Uzbekistán y Kirguistán finalmente acordaron la ruta ferroviaria y los requisitos técnicos, lo que representó un logro diplomático significativo. Sin embargo, la construcción seguiría sin iniciarse, en gran parte debido a las dificultades financieras de Kirguistán y la resaca de la inestabilidad política de 2020.
De hecho, la solidez de las relaciones entre Uzbekistán y Kirguistán fue puesta a prueba en 2020, no por la crisis política de octubre en Kirguistán, sino cuando el 31 de mayo estallaron enfrentamientos entre aldeanos del asentamiento kirguís de Chechme y el enclave uzbeko de Sokh. Lo que comenzó como una disputa por el acceso al agua derivó en una escalada de violencia, con el lanzamiento de piedras y el incendio de edificios. Sin embargo, la respuesta de ambos gobiernos mostró el nivel de cooperación alcanzado en los años anteriores.
De inmediato, funcionarios locales de Uzbekistán y Kirguistán se reunieron con el objetivo de resolver el conflicto por la vía diplomática. Las fuerzas de seguridad de ambos países acordaron patrullar conjuntamente la zona y llevar a cabo labores de sensibilización para evitar una mayor escalada. La crisis también movilizó a altos funcionarios: el primer viceprimer ministro kirguís, Kubatbek Boronov, y el primer ministro uzbeko, Abdulla Aripov, visitaron el lugar de los hechos, donde dialogaron y se comprometieron a realizar una investigación conjunta, asegurando que los responsables de los disturbios serían procesados.
En este contexto, uno de los aspectos más significativos del incidente fue la reacción inmediata del presidente uzbeko, Shavkat Mirziyoyev, quien contactó directamente a su homólogo kirguís para abordar la situación. Este gesto contrastó con la actitud de su predecesor, Islam Karimov, bajo cuyo mandato conflictos similares solían derivar en respuestas más tensas y distantes. La rápida intervención diplomática reflejó el creciente nivel de confianza y cooperación entre ambos países, consolidando la política de Buena Vecindad que Mirziyoyev ha impulsado desde su llegada al poder.
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