
En septiembre de 2022, el mundo observaba con atención la contraofensiva de Ucrania y se empezaba a cuestionar abiertamente la hegemonía rusa en el espacio postsoviético. No obstante, dicho planteamiento no iba a materializarse completamente en Europa Oriental. Sería en Asia Central dónde la perspectiva de una derrota rusa haría estremecer las estructuras de poder construidas a lo largo del siglo XIX. El 14 de septiembre, un enfrentamiento fronterizo entre Tayikistán y Kirguistán escaló rápidamente hasta asemejarse al preludio de una guerra a gran escala.
En una semana, Bishkek y Dushanbe desataron una vorágine de violencia que se cobró cientos de vidas y generó más de 100.000 desplazados. Las dos antiguas repúblicas soviéticas, con su pertenencia a la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (CSTO) y la presencia militar eslava en sus territorios, estaban desbaratando en su enfrentamiento el esquema geopolítico de Moscú.
Las intervenciones diplomáticas de Rusia, Irán y Turquía fueron necesarias en aquella ocasión para calmar las aguas. La paz regresaría al Valle de Fergana, pero con el condicionante de la carrera armamentística. La ausencia de iniciativa de la exmetrópoli abría las puertas de Asia Central a potencias rivales y actores de tamaño medio. Tayikistán aumentaba el volumen de sus compras de armamento y se inclinaba geopolíticamente hacia Estados Unidos e Irán. Por el contrario, Kirguistán hacía acopio de material bélico proveniente de Bielorrusia y Turquía.
Sin embargo, 2024 ha cerrado con un cambio radical de paradigma. Ambas partes han llegado a un acuerdo de delimitación de fronteras, sin la aparente mediación de ningún gran actor. Arriba a su fin de forma abrupta un litigio que se ha extendido a lo largo de tres décadas. Pero, ¿por qué ahora? ¿por qué de este modo? Las respuestas radican tanto en las coyunturas internas de los protagonistas como en las tendencias regionales de fondo.
El contexto del acuerdo entre Tayikistán y Kirguistán
Tayikistán se encuentra a las puertas de una crisis sucesoria. Emomali Rahmon, presidente desde 1994, cuenta con 72 años y numerosos problemas de salud. La sombra de la muerte del patriarca del clan Rahmon está generando fuertes tensiones dentro y fuera del núcleo familiar. Los candidatos a la sucesión son Rustam y Ozoda. Él, de 36 años, es el actual presidente de la Asamblea Nacional, y es el heredero designado constitucionalmente. Ella, 10 años mayor, es la jefa de gabinete de su padre y se le atribuye una amplia cartera de contactos en las fuerzas de seguridad y el cuerpo diplomático.
A tenor de las informaciones que han trascendido durante los últimos meses, se puede afirmar que el proceso sucesorio ha empezado. El verano de 2024 se ha caracterizado por las sucesivas detenciones de altos perfiles de la política tayika. Saidjafar Usmonzoda, líder del Partido Democrático, Hamrohkhon Zarifi, ex ministro de Exteriores, y Akbarshoh Iskandarov, expresidente del legislativo, fueron arrestados al unísono. Son encarcelamientos que apuntan a una estrategia enfocada a socavar la base de apoyos de Ozoda.
La paz con el vecino septentrional es interpretada como un facilitador de la sucesión de Rustam. Pero también es una garantía frente a un entorno geopolítico fuertemente volátil. El Estado-nación tayiko se ve estructuralmente amenazado por las divisiones de carácter étnico y regional, en tanto fracturas que se ven catalizadas por el islam político. Este, derrotado tras una cruenta guerra civil, está encontrando una posibilidad de reestructurarse en un Afganistán bajo el dominio de los talibanes. A todo esto, los principales valedores internacionales de Dushanbe, Rusia e Irán, se hallan con “las manos atadas”.
Kirguistán, por su parte, presenta motivaciones igual de acuciantes para acudir a la mesa de negociación. En el frente interno, la lógica para la paz depende de la figura del presidente: Sadyr Japarov. La política kirguisa se caracteriza por el intenso choque entre una activa sociedad civil y unas élites provenientes de la era soviética, dinámicas de las que Japarov está determinado a escapar.
Japarov es un político hecho a sí mismo. Procedente de una familia pobre, forjó su fortuna a través de la asociación con el expresidente Kurmanbek Bakiyev y su círculo cercano. Tras la caída de estos, Sadyr logró invertir el equilibrio de fuerzas al erigirse como un líder de las protestas anticorrupción. Dicha reformulación le valió el ascenso al poder en 2020, pero no así la consolidación del mismo.
Esta pasa por la reforma del sistema político en favor de uno de tipo presidencialista. En esta campaña, Japarov depende de la alianza con Kamchybek Tashiyev, presidente del Comité Estatal para la Seguridad Nacional. Juntos se han embarcado en una campaña de aprehensiones contra miembros destacados de la sociedad civil, los partidos políticos opositores y el crimen organizado autóctono. Actualmente, el tándem Japarov-Tashiyev está rodeado de acusaciones de corrupción y especulaciones sobre golpes de Estado frustrados.
Así, el conflicto con el vecino meridional es entendido como una complicación innecesaria dada la coyuntura interna actual. En adición a dicha percepción, la centralidad de Kirguistán en la Iniciativa de la Franja y la Ruta de Pekín desalienta a Bishkek a apostar por la vía armada. Japarov víncula con este movimiento su continuidad en el poder con un nuevo rol kirguís en la región.
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