
Los quince años de guerra civil libanesa (1975-1990) transformaron por completo al que se consideraba el único Estado cristiano de Oriente Medio. Las claves que permiten descifrar el contenido del conflicto no solo ayudan a entender mejor el Líbano actual, sino que también expresan algunas de las dinámicas subyacentes en la configuración del Oriente Medio contemporáneo.
Una huella colonial que modificó a su gusto los equilibrios de poder, la influencia del conflicto árabe-israelí, que se presenta como la piedra de toque de la región, y una injerencia externa que refleja un sistema de alianzas cambiante; entender la guerra civil libanesa es, en buena medida, entender Oriente Medio.
La huella colonial
Líbano llega al término de la Primera Guerra Mundial siendo una rara avis en el contexto regional de Oriente Medio. La potencia colonial francesa había aprovechado sus incursiones en las refriegas internas otomanas para estrechar lazos con algunas de las comunidades religiosas de la región.
En concreto, la defensa que había proporcionado a los habitantes de la cordillera de Líbano –sobre todo a partir de la Guerra Civil del Monte Líbano en 1860–, principalmente compuesta por maronitas cristianos, le había valido la simpatía de dichos sectores, los cuales veían con buenos ojos una tutela francesa que les permitiera ampliar las fronteras de Líbano y, posteriormente, conseguir la independencia.
Esta realidad convierte a Líbano en probablemente el único país de la región con un porcentaje considerable de población que presionaba a favor de la institución de un mandato francés. Sin embargo, esta no era una posición unánime: las poblaciones costeras tendían hacia el nacionalismo árabe, defendiendo la integración de Líbano en la Gran Siria que propugnaba el emir Faisal, radicado en Damasco.
Ante esta disyuntiva, las autoridades coloniales francesas hicieron lo posible para que la naciente aritmética de poder del nuevo Estado libanés fuera favorable a los sectores francófilos, esto es, a los cristianos. Así, la configuración de la Comisión Administrativa del Estado –la cual, de todas maneras, respondía a los intereses del gobernador galo de la zona– se articuló según el principio del confesionalismo, distribuyéndose los cargos según las distintas comunidades religiosas.
Pese a que, sobre el papel, este reparto debía ser fiel a la realidad demográfica del país, en la práctica las autoridades coloniales manipularon la asignación para favorecer sus intereses. Cabe recordar que la comunidad cristiana era mayoritaria en la cordillera de Líbano, pero si se añade a la ecuación las poblaciones costeras –más favorables a la propuesta nacionalista árabe de la Gran Siria–, la proporción de población cristiana superaba por poco el 50%. Aun así, el reparto de cargos se hizo de la siguiente manera: diez para los cristianos, cuatro para los musulmanes sunitas, dos para los musulmanes chiitas y uno para los drusos.
Los ecos del confesionalismo siguieron resonando en el proceso de independencia. En plena Segunda Guerra Mundial, con el gobierno francés de Charles De Gaulle incapaz de sostener la presión colonial sobre Siria y Líbano y obligado a retirarse por las presiones de su “aliado” británico Winston Churchill, las élites políticas libanesas llegan al Pacto Nacional.
Este viene marcado por el hastío del colonialismo francés: las comunidades musulmanas están dispuestas a perpetuar la predominancia política de los maronitas mientras éstos –que se han dado cuenta que la tutela francesa no tiene por objetivo la independencia de Líbano– acepten el distanciamiento de Francia y la integración en el mundo árabe.
El injusto reparto del capital político se concreta en una repartición de 5 a 6 escaños para musulmanes y cristianos respectivamente, y una distribución confesional de los principales cargos de poder favorable para los maronitas. Éste perdura durante las primeras décadas de independencia. Sin embargo, había una realidad latente: la tasa de crecimiento de la población musulmana era superior a la de la cristiana, haciendo cada vez más obsoleta la configuración confesional.
La guerra civil de 1958 ya cuestiona las bases del sistema, pero la breve intervención de la infantería estadounidense solicitada por el presidente prooccidental Camille Chamoun (1952-1958) salvaría los muebles del régimen libanés. Es en este contexto cuando aparece la gota que colma el vaso: la imbricación del conflicto árabe-israelí.
El conflicto árabe-israelí y el nacimiento de Hezbolá
El número de refugiados palestinos en Líbano venía creciendo desde el inicio de la Nakba en 1948, pero no es hasta el Septiembre Negro y el acuerdo entre Gamal Abdel Nasser y el gobierno libanés en 1969 –que permite los ataques a territorio israelí desde Líbano– cuando la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) pasa a establecer su cuartel general en Líbano.
La consumación de esta realidad termina de alarmar a los sectores cristianos, enfrentados a una creciente población musulmana que aboga por una reforma laica del Pacto Nacional confesional. Sin subestimar la influencia del factor palestino, éste no hace más que galvanizar las tensiones entre las comunidades del país: el sistema confesional había imposibilitado la conformación de una identidad nacional cohesionada.
En una división que recuerda mucho a la producida entre francófilos y nacionalistas árabes al término de Primer Guerra Mundial, más de 50 años después la sociedad libanesa vuelve a quedar enfrentada. Esta división adquiere su forma física en la llamada Línea Verde que separaba los barrios cristianos de los musulmanes en Beirut. Mientras que al principio se presenta como una frontera blanda y difusa, ésta se va tornando más férrea a medida que se suceden las matanzas entre comunidades.
En cuanto a su expresión política, el Movimiento Nacional vino a representar los intereses de musulmanes, drusos, palestinos e izquierdistas defensores del panarabismo laico. La apuesta por el secularismo adquirió especial importancia en el contexto libanés, pues permitiría hacer valer la –cada vez mayor– predominancia demográfica musulmana en el plano político.
Por su parte, el Frente Libanés aunaba los sectores cristianos conservadores –sobre todo maronitas, pero también ortodoxos y armenios– que defendían el fenicismo, una postura ideológico-política que considera la civilización fenicia como la verdadera raíz de la cultura e identidad libanesa contemporánea. Esta es una corriente que, por tanto, niega el arabismo como principal rasgo identitario de Líbano.
La lucha palestina no solo coadyuvó al estallido de las tensiones nacionales, sino que atrajo, casi mediante una ley de gravitación inapelable, las fuerzas israelíes. En 1982, el gabinete de Menájem Beguin vio en los sectores cristianos libaneses un aliado natural y en la invasión del país un movimiento estratégico: la imposición de un gobierno maronita afín en Líbano no solo supondría el fin de la amenaza palestina en su frontera norte, sino que, sumado a los acuerdos de paz de Camp David, asentarían el predominio israelí en la región y allanarían el camino a sus planes sionistas.
Sin embargo, estos objetivos fueron frustrados, ya que la ansiada retirada de los combatientes de la OLP de Líbano fue prácticamente simultánea a la conformación de Hezbolá. Cabe señalar que la ocupación israelí fue un factor fundamental en la creación de la milicia, pues según relatos de algunas de las personalidades más destacadas de la organización –Naim Qassem en uno de sus libros o el propio líder Hassan Nasrallah en varias entrevistas–, gran parte de la población chií del sur de Líbano vio con buenos ojos la llegada de las tropas israelíes en 1982.
Al final, la presencia de las fuerzas de la OLP en la región había traído muchos problemas a la población local, y su expulsión era vista por muchos sectores como la vuelta a la normalidad. No obstante, el brutal asedio de Beirut o la colaboración del ejército israelí en las matanzas de Sabra y Chatila tornaron este apoyo en rechazo.
Así, la lucha contra el “enemigo sionista” se presenta como uno de los principales motores –o el principal– que impulsan la creación de Hezbolá, y se ha mantenido hasta la actualidad como una de sus señas de identidad. La confrontación contra las fuerzas de ocupación –que perduró hasta la retirada israelí de la llamada Zona de Seguridad en el 2000–, su involucración en la Guerra de Líbano de 2006 o la actual presión que desde octubre de 2023 lleva ejerciendo en la frontera septentrional de Israel: la lucha de Hezbolá contra Israel no tan solo le ha valido la fama y reconocimiento de grandes sectores islamistas, sino que ha marcado la historia reciente de Líbano.
La injerencia extranjera en la guerra
Se suele pensar que la invasión israelí de 1982 fue el punto de partida de la internacionalización del conflicto. Si bien es cierto que es un momento decisivo, también lo es que la involucración de actores extranjeros empezó mucho antes. Esta se produce en un momento convulso, en el que los viejos sistemas de alianzas se estaban desmoronando, cosa que hizo de Líbano el escenario perfecto para que las potencias regionales e internacionales resolvieran sus conflictos subvencionando las milicias afines.
La venta de armas se convirtió en un negocio redondo en el cual los actores interesados podían sacar rédito económico del conflicto a la vez que influir en el desenlace de los acontecimientos. Estos factores coadyuvaron a que en las últimas fases de la contienda –sobre todo, efectivamente, a partir de la invasión israelí–, las milicias previamente organizadas en dos bandos bastante definidos quedaran desperdigadas y, en muchos casos, enfrentadas entre ellas.
En un primer momento, el conflicto quedaba encuadrado bajo las lógicas de la guerra fría: los aliados de la Unión Soviética (URSS) en la región –principalmente Iraq y Libia- dotan de armas al Movimiento Nacional; los Estados prooccidentales de Israel y Arabia Saudí –prefiriendo estos últimos el fenicismo a la amenaza comunista– venden sus armas al Frente Libanés.
Sin embargo, ya en estos estadios iniciales vemos la primera alianza contraintuitiva. Siria estaba gobernada, desde el golpe de Estado de 1970, por Hafez al-Asad, miembro del partido panarabista y socialista Baaz y próximo a la URSS. Sin embargo, en 1976 se opone al Movimiento Nacional respaldando la candidatura para la presidencia libanesa del maronita Elias Sarkis.
¿Las razones? En primer lugar, al-Asad también era un líder perteneciente a una comunidad religiosa minoritaria –la alauita– gobernando un país compuesto por una mayoría musulmana sunita. Un liderazgo sunita en Líbano alteraría la aritmética de poder regional y, quizás, facilitaría un efecto dominó que espoleara a los sunitas sirios a tomar el control.

En segundo lugar, al-Asad calculó –correctamente– que la apuesta por Sarkis le facilitaría el despliegue de sus tropas en territorio libanés –realidad que se alargaría hasta 2005– y, consecuentemente, una mayor influencia en el país. La presencia de las tropas sirias en territorio libanés alentó, a su vez, la invasión israelí de 1982.
En cualquier caso, esta alianza “contranatural” del país que un día fuera miembro de la República Árabe Unida enmascaraba dos realidades. Por un lado, que el panarabismo –sobre todo después de la muerte de Nasser en 1970– era, cada vez más, una fachada de cara al electorado. Por otro, cuestionaba las alianzas de una guerra fría que se iba apagando lenta pero inexorablemente. La erosión de estas viejas certezas se da –además de por los intereses de los sectores alauitas gobernantes– a cambio del mejoramiento de la posición siria en la región en un contexto muy concreto: la lucha por el liderazgo árabe entre Siria e Iraq.
A parte de la importancia significativa de esta alianza, una vez neutralizada la amenaza del Movimiento Nacional y conseguido el despliegue de tropas en suelo libanés a través de la Fuerza Árabe de Disuasión, los sirios cambiaron de ropajes y tejieron alianzas con las comunidades chiitas del sur libanés. Concretamente con el Movimiento Amal.
Esta comunidad se erguía como el nuevo “caballo ganador” en la contienda libanesa por tener un significativo y creciente peso demográfico y, a su vez, constituir las capas más pobres y marginadas de la sociedad. Además, y pese a alinearse en un primer momento con el Movimiento Nacional, presentaban serias reticencias hacia palestinos –por usar su territorio como base de operaciones contra Israel– y con el liderazgo del Movimiento Nacional –representado por la figura de Kamal Yumblatt–.
Estas circunstancias hicieron que la comunidad chiita de Líbano tuviera muchos pretendientes. El islam político empezaba a hacerse notar mediante la naciente República Islámica de Irán, la cual también estaba tejiendo lazos con estos sectores en un intento de expandir su doctrina religiosa en la región. En un principio, y en una alianza con futuro, pero en su momento contraintuitiva –entre el Irán persa e islámico y la Siria árabe y laica–, los sirios permitieron la injerencia iraní con el objetivo de sumar fuerzas contra la potencia sionista que amenazaba el sur libanés.
La población chiita fue escindiéndose entre el Amal pro-sirio y el Hezbolá pro-iraní y, con los lances del conflicto, las tensiones entre ambos grupos fueron escalando. Este complejo sistema de alianzas interno en lo que un día constituyó el Movimiento Nacional estalló en la guerra de los Campos (1984 – 1990), considerado expresión de la lucha por la predominancia política entre la OLP y Siria; y la guerra de los Hermanos (1988 – 1990) entre Amal y Hezbolá.
Por último, cabe exponer la peculiar trayectoria de Iraq. En el inicio del conflicto, da su apoyo al Movimiento Nacional panarabista. Sin embargo, la pugna de Saddam Hussein por el liderazgo de la región le había llevado a la confrontación con Siria e Irán, fenómeno que tiene su máxima expresión en la guerra entre Irán e Iraq entre 1980 y 1988. Pese a que Damasco y Teherán estaban enfrentados por la dirección de la resistencia árabe en Líbano, en esta ocasión unieron fuerzas contra su enemigo común: Bagdad. Esto le ganó a Hussein el respaldo estadounidense pese a estar, a priori, bajo la esfera soviética.
En este contexto llegamos a los últimos compases de la guerra, en los que el fin del mandato de Bashir Gemayel ponía a los libaneses en la complicada tesitura de nombrar un nuevo presidente. Líbano acaba escindido en dos ejecutivos: uno liderado por Selim al-Hoss, de familia sunita, y otro por el general Michel Aoun, cristiano maronita.
Iraq optó por dar soporte –en forma de armas– a este último, principalmente por su oposición a la injerencia siria en Líbano que, por otro lado, sí defendía al-Hoss. Este apoyo se alargaría incluso firmado el Acuerdo de Taif –al que Aoun se oponía por ratificar la presencia de tropas sirias en el país–, y solo terminaría por el inicio de la Guerra del Golfo, a la que Iraq tuvo que destinar todos sus recursos.
¿El fin de los problemas de Líbano?
En 1989 se llegó al Acuerdo de Taif, que no solo venía a suponer el fin de la larga guerra civil, sino también la instauración del marco político fundamental que, hasta la actualidad, impera en Líbano. Los partidarios de la reforma no consiguieron tumbar el principio de confesionalidad –lo que para muchos era la base del problema–, pero consiguieron adaptarlo a la realidad demográfica: los escaños del parlamento se dividieron 50/50 entre cristianos y musulmanes, y el primer ministro –sunita– ganó poderes frente al presidente –maronita–.
Sin embargo, mirado con casi 35 años de perspectiva, las dinámicas subyacentes en los años de guerra civil siguen en cierta forma presentes en la actualidad libanesa. El sistema confesional continúa causando estragos tras las jornadas electorales, cuando los complicados equilibrios de poder hacen tarea imposible la repartición de cargos políticos, llevando al país en múltiples ocasiones a la parálisis institucional; las tensiones entre Hezbolá e Israel lo sitúan como epicentro de una posible guerra regional; y la injerencia externa sigue presente con la disputa entre Irán y Arabia Saudí por colocar al país bajo su esfera de influencia.
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