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Una mirada crítica al Ejército Árabe de Liberación

La creación del Ejército Árabe de Liberación revela cómo las rivalidades entre las élites árabes marcaron la guerra de Palestina de 1948.
La creación del Ejército Árabe de Liberación revela cómo las rivalidades entre las élites árabes marcaron la guerra de Palestina de 1948. Fuente: Wikimedia Commons

Lejos de la simplificación propagandística de la primera guerra árabe-israelí (1948) como una reedición del mito semita del David israelí derrotando al Goliat árabe, este fue un conflicto complejo movido por distintos intereses políticos y en el que participaron, en mayor o menor medida, múltiples actores. El Ejército Árabe de Liberación fue una de las facciones militares que combatió en el bando árabe durante la contienda.

El análisis del contexto de su emergencia y de sus limitaciones en el campo de batalla no solo ayuda a entender su reducido impacto en el transcurso de la guerra. Al tratarse de una de las primeras formaciones militares –y, por tanto, políticas–, también permite plantear reflexiones más profundas sobre el movimiento de liberación nacional palestino, su proceso de transnacionalización y su relación con el resto del mundo árabe, particularmente con sus élites políticas.

El contexto del Ejército Árabe de Liberación

El Ejército Árabe de Liberación (EAL) surge en un contexto apremiante para el pueblo palestino. A finales de 1947, las victorias diplomáticas a nivel internacional del sionismo hacen del enfrentamiento militar a gran escala en Palestina un escenario cada vez más probable. En septiembre, Reino Unido afirmó que se retiraría del territorio independientemente de la resolución de las Naciones Unidas.

Tan solo dos meses después llegó la Resolución 181 de la Asamblea General de la ONU o, lo que es lo mismo, el famoso plan para la partición de Palestina. Con este documento, el nuevo equilibrio mundial de fuerzas surgido tras la Segunda Guerra Mundial sentenciaba que la cuestión judía debía resolverse con la implantación del Estado de Israel en parte de la Palestina bajo el mandato británico.

Esto acelera el curso de los acontecimientos. Los Estados árabes llevaban desde hacía más de un año mostrando su frontal rechazo al proyecto sionista mediante una creciente retórica bélica. Con la aprobación del plan de partición, pero, sobre todo, presionados por la ola de manifestaciones que este acarreó alrededor de gran parte del mundo árabe, las élites dirigentes de los países de la región tuvieron que pasar del dicho al hecho.

Las primeras medidas consistieron en facilitar canales para la recepción de donaciones e iniciar el registro de voluntarios. Fueron varias las nacionalidades de los voluntarios que se alistaron en el ejército: palestinos, sirios, iraquíes, libaneses, egipcios, jordanos, bosnios y, curiosamente, algunos desertores británicos y alemanes.

Para ampliar: La Primera Guerra Árabe-Israelí

La recientemente fundada Liga Árabe se postulaba como el foro mediante el cual articular una respuesta cohesionada y colectiva al avance sionista. Esta era precisamente la misión de la cumbre de diciembre de 1947, celebrada en El Cairo. Sin embargo, en el cónclave prevalecieron los intereses fraccionarios de las élites árabes de la época.

Cabe recordar que nos encontramos en plena descolonización. El carácter extraño y ajeno de las fronteras trazadas por las potencias coloniales es más vívido que nunca para la población; un fenómeno que, contradictoriamente, es susceptible de ser explotado por las élites políticas para ampliar estas mismas fronteras estatales heredadas y reforzar así sus proyectos de Estado-nación. Más aún en un contexto en el que el territorio palestino se presenta como un río revuelto en el que pescar.

Cabe advertir también cierto vacío de poder en la sociedad palestina del momento. La revuelta árabe del 1936 al 1939 se saldó con el exilio de gran parte de las élites locales palestinas. Este fue el primer paso de un proceso de transnacionalización del movimiento de liberación nacional palestino, que tuvo su correlato en la conformación del Ejército Árabe de Liberación, y que aún pervive en nuestros días.

Conviene señalar que, durante las negociaciones para sellar el "plan de paz" para la Franja de Gaza, la posición de Turquía, Catar o Egipto es tanto o más importante que la de Hamás, autoridad de facto sobre el terreno.

Volviendo a la conformación del EAL, si algo había que uniera a las élites árabes circundantes era la voluntad de coartar el ascendente de la familia al-Husayni en Palestina. Su líder era Hajj Amin al-Husayni, claro ejemplo de esta élite local exiliada, que en su calidad de gran muftí de Jerusalén trataba de cooptar el creciente movimiento nacional palestino. El organismo político que canalizaba estos esfuerzos era el Alto Comité Árabe.

En el ámbito militar, la familia al-Husayni tenía la suerte de contar con el comandante Abdelkader, primo de Hajj Amin. Esta destacada figura del movimiento de liberación nacional palestino sí se encontraba sobre el terreno, donde actuaba como un verdadero referente aglutinador para las masas autóctonas.

El comandante Abdelkader al-Husayni (en el centro de la imagen) junto a sus tropas. Enero de 1948.
El comandante Abdelkader al-Husayni (en el centro de la imagen) junto a sus tropas. Enero de 1948. Fuente: Wikimedia Commons

Mediante su amplio conocimiento del terreno y, sobre todo, el profundo respeto y admiración que levantaba en la población local, Abdelkader sí que consiguió fundir su Santo Ejército con las masas palestinas. Este sustrato social no solo engrosaba sus filas de combatientes, sino que también le nutría de ojos y techo para su táctica de emboscadas que casi consigue aislar a la comunidad judía de Jerusalén.

La negativa de la Liga Árabe de suministrarle armas en un momento decisivo desembocó en su muerte en la batalla de Qastal a principios de abril de 1948. Su fallecimiento fue un durísimo golpe moral e incluso estratégico –por su capacidad unificadora– para el bando árabe, y constituyó sin duda un punto de inflexión en el conflicto.

Otra gran figura del momento era el rey Abdalá I de Jordania quien, contando con el mejor ejército regular de la región –la Legión Árabe–, se especulaba que había apalabrado con la Yishuv –la comunidad judía que residía en Palestina antes de la creación del Estado de Israel– anexionarse Cisjordania a cambio de mantener un perfil bajo durante la guerra.

Esto lo convertía en la oveja negra a ojos de los dirigentes árabes del momento. Especialmente para las autoridades sirias, país en cuyo ejército crecía un movimiento monárquico pro-hachemí que abogaba por la unión de ambos Estados. Estas disputas y tensiones internas contrastaban con el sentir de las poblaciones árabes que, mayoritariamente ajenas a estas intrigas, presionaban por una acción militar conjunta que rescatara al pueblo palestino.

El reclutamiento de voluntarios se vio espoleado por un fervor inicial. Este fenómeno, si no se le daba salida, amenazaba con convertirse en un problema interno para los Estados árabes colindantes, que veían a los sectores más radicales de la región –aquellos dispuestos a empuñar el fusil por Palestina– juntos y revueltos dentro de sus fronteras.

Es en este contexto que en la cumbre de la Liga Árabe de diciembre de 1947 se llega a la conformación del Ejército Árabe de Liberación como solución intermedia. Esta organización paramilitar dotaba de una fachada de acción a los Estados árabes; les permitía desprenderse de estos sectores incómodos dentro de sus fronteras; coartaba el ascendente de la élite local encarnada en la familia al-Husayni; y constituía un revés a los planes expansionistas del rey Abdalá I de Jordania.

Esta suerte de tercera vía estaba encabezada principalmente por la naciente República Siria. Muchas de las decisiones tomadas respecto la configuración del EAL nos hablan sobre la correlación de fuerzas del momento y sobre esta organización militar como un artefacto –como no podía ser de otra manera– eminentemente político.

Es el caso, sin ir más lejos, de la elección del comandante del ejército, el beirutí Fawzi al-Qawuqji. Formado en las filas del ejército otomano, al-Qawuqji era un veterano de las guerras árabes anticoloniales de la primera mitad del siglo XX. Entre otras peripecias, participó en la mencionada revuelta árabe de 1936-1939, cuando ya trabó rencillas personales con la familia al-Husayni.

Si la familia al-Husayni representaba la élite local palestina, más bien recelosa de la injerencia extranjera –aunque fuera árabe– en el conflicto, al-Qawuqji, avalado por su trayectoria, encarnaba el emergente nacionalismo panárabe. La Liga Árabe se aseguraba así de que no hubiera colusión alguna entre el Santo Ejército y el Ejército Árabe de Liberación.

Limitaciones logísticas y organizativas

Si algo caracteriza a las soluciones de compromiso es que no suelen ser muy eficaces. Ya no es solo que la familia al-Husayni –que tuvo que ver cómo el financiamiento, armamento y voluntarios que pudiera conseguir de la Liga Árabe iban a parar al Ejército Árabe de Liberación– y el rey Abdalá I no estuvieran contentos.

Es que a excepción de Damasco y Bagdad –el presidente sirio había convencido al regente iraquí Abd al-Ilah para contribuir principalmente con voluntarios–, el resto de Estados miembro de la Liga Árabe tampoco estaban particularmente ilusionados con el proyecto. Líbano envió una modesta cantidad de armamento y Egipto y Arabia Saudí se conformaron con una limitada asistencia económica.

La situación derivó en una escasez de suministros, unos condicionantes logísticos que no solo afectaron al armamento y la munición, sino también a la comida o el combustible. Estos problemas se veían agravados por un acuciante desorden organizativo y jerárquico, que para nada se vio resuelto con la fundación oficial y entrada en acción del Ejército Árabe de Liberación entre enero y febrero de 1948.

Atendamos a la situación sobre el terreno. A inicios de 1948, el grueso del poder armado palestino recaía en las milicias locales espontáneamente organizadas en cada uno de los entre 700 y 800 pueblos de Palestina. Su dimensión variaba enormemente –desde 10 a más de 100 guerrilleros dependiendo de la población–, así como su armamento, que además en algunos casos estaba obsoleto.

Por otro lado, encontramos las bandas de irregulares palestinos, de mayor dimensión –entre 200 y hasta 500 guerrilleros– y grado de organización. En esta categoría podemos clasificar al Santo Ejército de la familia al-Husayni; pero no solo, ya que había otras bandas similares operando bajo el mando de Ali Hassan Salameh o Abu Ibrahim al-Sghir, por ejemplo.

Sin perjuicio de acciones puntuales, el Ejército Árabe de Liberación no consigue articular coherentemente estas distintas fuerzas armadas diseminadas por el territorio palestino de forma unitaria a nivel nacional. En el caso del Santo Ejército, la rivalidad era evidente, y las relaciones establecidas con el EAL se asemejaban más a la competición que a la cooperación.

En efecto, la elección de Yab'a –enclave palestino en la zona de Belén– como emplazamiento inicial del cuartel general de al-Qawuqji se ha interpretado como un esfuerzo por captar el apoyo de los clanes de la zona enfrentados a al-Husayni. Por su parte, al-Husayni trató de incorporar a los oficiales iraquíes del Ejército Árabe de Liberación a su Santo Ejército.

Para ampliar: Diez claves históricas del conflicto palestino-israelí

Pero es que también la política seguida respecto las milicias locales –una fuerza, en principio, más políticamente neutral que el Santo Ejército– fue hasta cierto punto dudosa.

En vez de organizar esta desestructurada y fragmentada fuerza insurgente, la visión táctico-estratégica de la cual se limitaba necesariamente a su aldea y, como mucho, a las aldeas vecinas, al-Qawuqji siguió el camino inverso: disolvió su coordinada y mínimamente disciplinada fuerza de combate en las distintas milicias locales.

Así, y sobre todo al inicio de su despliegue, era una práctica habitual que los voluntarios pasaran inicialmente por Tubas –donde estaba acuartelado el batallón Yarmuk I del Ejército Árabe de Liberación– para posteriormente dispersarse para reforzar las distintas milicias locales de pueblos y ciudades.

La caótica situación forzó una reunión de alto nivel en Damasco a inicios de febrero de 1948 en la que se trató de establecer cierto orden organizativo y jerárquico. La sesión no abordó las profundas divisiones internas y los intereses cruzados de las distintas élites políticas en liza.

El resultado no pudo ser otro que la adhesión completamente formal –sin correlato a nivel práctico– al mando unificado de Isma’il Safwat, a la sazón presidente del comité militar de la Liga Árabe.

Este mando unificado se combinó, paradójicamente, con una institucionalización y sistematización del estado de fragmentación que atravesaba a las distintas fuerzas árabes sobre el terreno. Es decir, la adhesión reglada a las órdenes de Safwat se acompañó de una división territorial de Palestina en distintos comandos totalmente independientes.

Galilea y Samaria quedaron asignadas al Ejército Árabe de Liberación de al-Qawuqji, Jerusalén y sus alrededores y la zona de Lod a Abdelkader al-Husayni y Ali Hassan Salameh, respectivamente, y el Néguev a un comandante egipcio llamado Tariq Bey.

Balance de su actuación en el campo de batalla

Es este contexto el que explica en buena medida el exiguo desempeño en la guerra del Ejército Árabe de Liberación. Sin voluntad de entrar en detalle a la cuestión, basta decir que este no consiguió tomar ningún asentamiento colono de la Yishuv. Uno de sus intentos más destacados fue la batalla por Mishmar HaEmek en abril de 1948.

Se especula que el fallido asedio –de casi tres días– y asalto al kibutz acabó de convencer a los Estados árabes de la necesidad de desplegar sus ejércitos regulares sobre el territorio.

La intervención panárabe se materializó finalmente el 15 de mayo de 1948, un día después del fin del Mandato británico y la declaración de independencia israelí. Esta fecha marca un punto de inflexión en el conflicto: la guerra civil iniciada a finales de noviembre de 1947 deriva en la primera guerra árabe-israelí (1948-1949).

El Ejército Árabe de Liberación estaba tocado –había quedado demostrada su incapacidad para liderar y afrontar por sí solo la resistencia al avance sionista–, pero no hundido –retenía aún cierta capacidad de combate–. Así que continuó batallando en esta nueva etapa del conflicto.

A finales de octubre de 1948, tras una defensa encarnizada de sus últimas posiciones en la Galilea centro-norte, la Operación Hiram de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) forzó la neutralización operativa del Ejército Árabe de Liberación. Se emprendió la retirada hacia Líbano, desde donde gran parte de los voluntarios supervivientes abandonaron la lucha y volvieron a sus respectivos países. Algunos contingentes siguieron batallando bajo el paraguas del ejército sirio.

Soldados israelíes capturan un coche blindado del Ejército Árabe de Liberación tras su conquista de Nazaret. 16 de julio de 1948.
Soldados israelíes capturan un coche blindado del Ejército Árabe de Liberación tras su conquista de Nazaret. 16 de julio de 1948. Fuente: Wikimedia Commons

El recorrido del Ejército Árabe de Liberación nos invita a varias reflexiones. Una de ellas es la referente a la relación entre el mundo árabe y la cuestión palestina o, más concretamente, el movimiento de liberación nacional palestino.

El hecho de que exista cierto debate en la historiografía sobre hasta qué punto los conflictos con Israel deben denominarse guerras árabe-israelíes –y no simplemente palestino-israelíes– nos da una idea de las distintas perspectivas que sustentan esta discusión.

El estudio del Ejército Árabe de Liberación no tiene la respuesta a todas estas preguntas. Pero sí nos proporciona algunas observaciones relevantes, como el alto contraste percibido entre una parte de las masas árabes que, haciendo suya la causa palestina, se unieron a la lucha contra el avance sionista; y, por otro lado, unas élites políticas que, enfrascadas en sus luchas de poder internas, fueron incapaces de canalizar ese auge popular y articular una respuesta coherente y organizada.

En este sentido, se puede identificar, ya no en la fundación del Ejército Árabe de Liberación, sino en general en toda la intervención de los Estados árabes en la primera guerra árabe-israelí, unos objetivos de carácter primordialmente negativo.

Evidentemente, se quería evitar la implantación del Estado de Israel, pero también la viabilidad de un Estado palestino encabezado por la familia al-Husayni y, en general, el éxito de cualquier proyecto que desestabilizara el equilibrio de poder reinante –como las aspiraciones expansionistas del rey Abdalá I de Jordania–.

Y he aquí la razón que convierte a la cuestión palestina en el eje vertebrador de todas las profundas contradicciones que, aún hoy en día, atraviesan al mundo árabe. Israel es un injerto colonial, la vívida imagen del estado de dominación que padece la región. Y es un artefacto colonial particularmente peligroso, ya que la indefinición de sus fronteras y el estado de guerra permanente en el que vive amenaza la estabilidad y propia existencia de los Estados árabes circundantes.

Para ampliar: Cómo la dinastía hachemí reconfiguró Oriente Medio y moldeó Jordania

Esto es evidente, y no solo para las masas árabes. También para sus dirigentes políticos que, en una reedición ad eternum del patrón que los ha llevado a tantas derrotas militares, combinan una vocal pero hipócrita crítica a Israel y a sus políticas más despiadadas con una cómplice inacción.

¿Y por qué, entonces, la inacción? Porque los Estados árabes nunca podrán conciliar y transformar esta oposición a Israel en tanto injerto colonial en un apoyo firme y auténtico al pueblo y la causa palestina. Porque el triunfo de la causa palestina –léase el derrocamiento del Estado de Israel– supondría el cuestionamiento del mismo ordenamiento colonial sobre el que se sustenta y del que se sirve esta misma élite política.

Porque Israel no es parte de una estructura de poder ajena, al que los Estados árabes puedan oponerse genuinamente, sino un producto del mismo concierto imperialista en el que los dirigentes políticos árabes están ya plenamente asentados.

Y por todo ello, la cuestión palestina no es una contradicción más, sino la gran contradicción del mundo árabe contemporáneo Ya que el contraste entre el firme apoyo del pueblo árabe a la lucha palestina y la pasividad de sus Estados es la forma que toma una tensión más profunda: el rechazo de las masas árabes al dominio colonial que se les ha impuesto y el lugar que ocupan sus élites políticas como parte estructurante del mismo.

Finalmente, el ejemplo del Ejército Árabe de Liberación –y, en general, el de las fuerzas armadas árabes durante la primera guerra árabe-israelí– refuerza la célebre máxima del prusiano Carl von Clausewitz que caracteriza la guerra como la continuación de la política por otros medios.

A la luz de la fragmentación existente entre unas élites árabes que, en principio, debían dirigir la respuesta al proyecto sionista en un momento crítico, no sorprende que las fuerzas militares surgidas de ellas reflejaran esas mismas divisiones: escasez de recursos, una cooperación deficiente y una visión táctico-estratégica limitada y descoordinada.

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