El fin de una era

“Se trata de poner fin a una era de grandes operaciones militares para rehacer otros países”. Así cerraba Joe Biden el 31 de agosto de 2021 una época con la retirada de tropas del país centroasiático, cuestión que ya venía sintiéndose desde hace años. La salida de Estados Unidos de escenarios clave como el Gran Oriente Medio –sensu lato– era una decisión inevitable y arduamente prorrogada. Desde 2016 se viene viviendo una transición hacia el mundo multipolar con el cambio definitivo de un momento geopolítico caduco al menos desde 2008.

El momento unipolar

Por Alejandro López.

La Gran Recesión de 2008 acentuó de manera abrupta el salto hacia una dimensión desconocida de Fukuyama y su “Fin de la historia” con el consenso posmoderno tras la desaparición del Bloque socialista. George W. Bush es, probablemente, el último gran “hacedor” de países sin contemplar las consecuencias que se respirarían en otro tiempo. Irak y Afganistán serían tomados como tantas otras veces Estados Unidos pudo imponer regímenes afines por el mundo. Pero Joe Biden daba cierre en este discurso a una época donde la historia estaba lejos de terminar. Y la transición tras el quiebre de 2008 se hacía visible ante los ojos del mundo en 2021, tras varios años de derrotas geopolíticas no tan claras a nivel mediático como Siria. Todos estos escenarios volverían a ser importantes. “Esta decisión sobre Afganistán no es solo sobre Afganistán”, decía Biden dando fin a algo más que la guerra más larga de Estados Unidos.

Para saber más: 19 años, 10 meses y 25 días.

Barack Obama había mantenido los coletazos del viejo tiempo aún con fuertes reyes desnudos en Occidente que no sabían ver los problemas del liberal intervencionismo. La Primavera Árabe sería una catástrofe aún realizada con vehemencia gracias al apoyo de líderes como Sarkozy en Libia.

La Administración Trump supuso el síntoma más claro de ese fin de ciclo: la muerte cerebral del Atlántico Norte, la guerra comercial con China, la ruptura iraní, el nuevo acuerdo con Canadá y México, la salida de Somalia, la ruptura de los consensos en el Sáhara e Israel, el relanzamiento de Arabia Saudí, el acuerdo de Doha y el America First. Por seleccionar algunos de los iconos más rupturistas, esta política buscaba darle una vuelta a la intención de Obama de salir de Oriente Medio para ir hacia Asia-Pacífico.

Cumbre G7 de junio de 2018. Jesco Denzel/Handout / Reuters

Sin embargo, el proyecto trumpista quedó a medias con la única salida de Somalia y una serie de acuerdos de paja en Oriente Medio y los Balcanes. La llegada de Joe Biden puso en cuarentena la salida de Somalia pero finalmente precipitó en abril la salida de Afganistán sin condiciones. El proyecto inacabado de negociación con los talibanes bajo mediación catarí había legitimado a los susodichos frente al ausente gobierno afgano de Ashraf Ghani. La falta de coherencia en el proyecto estadounidense permitió que la normalización de los talibanes que realizó Donald Trump no sirviera para lograr concesiones sino para convertir su futuro régimen en una fuerza legítima a ojos internacionales. Y el proyecto de los halcones intervencionistas de Biden –con Antony Blinken a la cabeza de la Secretaría de Estado- se truncó: Estados Unidos ya no buscaría la promoción de “regímenes democráticos” y la política de derechos humanos en cualquier parte del mundo y por la fuerza, simplemente la defensa de sus aliados. Estados Unidos parecía querer volver con Biden al momento de Barack Obama como si los cuatro años de Trump no hubieran sido más que un mal sueño, pero el mundo había cambiado mucho y a Joe Biden le ha costado un Afganistán entenderlo. Pero el trascendental paso dejaría a los aliados de Washington cada vez más preocupados por su propia defensa. La siempre descolocada Unión Europea ya no tendría a Macron esperando con su exótica propuesta de la autonomía estratégica.

Para saber más: ¿“América ha vuelto” o “América ha cambiado”?

La autonomía europea

Por Pablo del Amo.

La actuación de Estados Unidos en Afganistán y el posterior discurso de Joe Biden ha causado un gran revuelo en Europa. Durante días, los medios europeos se han hecho eco de declaraciones muy duras sobre lo ocurrido en Afganistán, sorprendentemente las mayores críticas han provenido de Alemania, país que veía con esperanza la “vuelta a la normalidad” tras cuatro años de Administración Trump. El candidato de la CDU, Armin Laschet afirmaría lo ocurrido en Afganistán como “la mayor debacle en la historia de la OTAN”. El Ministro de Exteriores alemán, Heiko Maas se preguntaría sobre las lecciones que nos deja la intervención de Afganistán; “¿Cuál es el objetivo de las operaciones militares? ¿Es necesaria una guerra para acabar con una amenaza terrorista? ¿Vamos a exportar nuestra forma de gobierno preferida? Esto obviamente ha fallado en Afganistán”.

Lo cierto es que muchos en Europa pueden sentirse “alarmados” por las palabras de Biden, recordemos que es el mismo presidente que en febrero enarboló el grandilocuente mensaje de “América ha vuelto”. Los hechos afirman lo contrario, e incluso el propio Biden en sus últimas declaraciones. Estados Unidos ya no va a ser el escudo protector de Europa, al menos no como antes. La Unión Europea no está preparada para el escenario que se está abriendo en el sistema internacional, el de la competición entre potencias. El proyecto europeo no goza de herramientas para poder realizar una política exterior común, y mucho menos de defensa, la acción exterior europea se caracteriza por una lenta toma de decisiones adoptada tras las deliberaciones de los 27. La UE no es un actor único, sino más bien, un conjunto de estados con intereses más o menos comunes. En ese sentido, Europa no puede sentarse en la misma mesa que Estados Unidos, China y Rusia.

Bien es cierto que, dentro de Europa, varias figuras han salido reforzadas, por ejemplo, el Alto Representante para la UE Josep Borrell, que siempre ha abogado por reforzar la autonomía estratégica europea para que la Unión hable el “lenguaje del poder”. En el New York Times, Borrell afirmaría que “los acontecimientos en Afganistán deberían ser una llamada de atención. Europa debe mejorar su capacidad para pensar y actuar en términos estratégicos”. De hecho, el mismo Borrell defendería la idea de crear una fuerza operativa europea de 5.000 miembros para que pueda actuar en momentos de crisis. En el otro lado, los franceses, a la cabeza de su Presidente Emmanuel Macron, también salen reafirmados de esta situación, siendo de los mayores defensores de una Unión Europea más geopolítica.

Tras lo ocurrido, muchas voces en Europa están demandando nuevamente la necesidad de un ejército europeo, el comisario francés Thierry Breton declararía que: “La tragedia en Afganistán también pone de relieve la dependencia de Europa de la política exterior y de seguridad de Washington. Hemos llegado a un punto de inflexión. La defensa común europea ya no es una opción. La única pregunta es cuándo”. Aunque los defensores de la necesidad de un ejército europeo tengan razón, lo cierto es que el proyecto europeo aún no puede poner en práctica una defensa común. Es inviable por cómo está organizada la Unión, recordemos que las competencias en política exterior están supeditadas a 27 estados miembros que tienen que votar en unanimidad. Quizás antes se debería avanzar en otras áreas, por ejemplo, la integración fiscal y bancaria, para luego cambiar los mecanismos de la política exterior, y ya sí, defensa. Fiscalidad común facilita objetivos comunes y abre paso a gastos comunes. Exterior consolida esos objetivos comunes y permite el perfilado estratégico con los cambios que esto supone a nivel de gastos. Y eso permite una defensa autónoma. Por ejemplo, la propuesta de la Task Force europea de 5.000 miembros, esta evidencia grandes problemas, primero por la capacidad logística europea (se tuvo que depender completamente de Estados Unidos), y sobre todo qué tipo de misión pueden llevar a cabo. Es decir, es necesario pensar antes en términos de proyecto de política exterior común, capacidades de las fuerzas armas y organización de la industria militar. En ese sentido lo que puso sobre la mesa Josep Borrell, es quizás, empezar la casa por el tejado.

Sin embargo, hay otro problema que debería ser necesario resolver, y es la existencia de ciertos estados miembros que confían más en la protección que les brinda Estados Unidos que Bruselas, o Alemania y Francia. Estamos hablando claramente de Polonia y los países Bálticos, los estados más atlantistas de la UE por sus difíciles relaciones con Rusia y su espacio. Estos estados miembro perciben que la autonomía estratégica significaría un alejamiento con Washington, además de que podría suponer un mayor poder para Francia dentro de la Unión. En ese sentido, los defensores de la autonomía estratégica deberían pensar en convencer a estos estados miembros de los beneficios que supone para el proyecto europeo. Un obstáculo sin duda difícil de superar.

Para saber más: La autonomía estratégica de la UE y la OTAN.

La Unión Europea tiene que reflexionar y tomar una decisión sobre qué dirección desea tomar en el futuro, si no quiere volverse irrelevante en el actual sistema internacional. En cualquier caso, aunque el proceso es lento, parece ser que cada vez es más popular la idea de que es necesaria una Unión más geopolítica. Como hemos visto, las declaraciones de actores europeos relevantes van en esa dirección.

El pivote asiático

Por Alejandro López.

El final de la Pax Americana dejaba a los socios de Estados Unidos buscando alternativas. Como se ha visto, la autodefensa europea adolece de grandes retos entre los que destacan la falta de proyecto común y la fuerte dinámica de algunos de sus miembros orientales con Washington o Moscú antes que con Bruselas. Ante la enorme complejidad del cambio interno europeo, es probable que Estados Unidos logre mantenerse hegemónico en Europa. Sin embargo, la estrategia de Estado sigue siendo avanzar con la salida de Oriente Medio hacia Asia Pacífico –con la vertiente Indo-Pacífico desde la etapa Trump-. Para ello aún quedarían piedras en el camino como Siria e Irak.

La apresurada salida de Afganistán dejó noqueado al gobierno afgano pro-occidental, quedando atrás incluso las personas que habían ayudado directamente a los extranjeros. De esto han tomado buena nota en Bagdad. El país del Tigris y el Éufrates llevaba pidiendo insistentemente la salida de Estados Unidos desde principios de 2020, logrando arrancar en julio de 2021 a Joe Biden el anuncio del fin de las “operaciones de combate”. A continuación Irak se movería hacia Turquía de manera insólita. Los cambios vividos en el Kurdistán iraquí dejaban, por primera vez en mucho tiempo, alineadas a las autoridades de Erbil-Suleimaniya-Bagdad en torno a la tolerancia de la intervención turca en Irak para combatir al PKK. Al tiempo que se daban estos cambios entre los kurdo-iraquíes, se debilitaba la posición de los grupos kurdo-sirios.

Para saber más: Tensiones en el Kurdistán iraquí: crisis en el PUK.

Cabía la posibilidad de que una retirada “a la afgana” de Estados Unidos en Irak dejase el país en una encrucijada de colapso gubernamental o de realineamiento. Las milicias chiíes cada día se encontraban más fuera del control de Teherán y el nuevo gobierno principalista iraní no hacía sino encender los ánimos en Irak, de modo que en caso de salida estadounidense algunas milicias podrían hacerse con el control del sur de Irak –sin alcanzar el norte suní de Mosul-. El signo del hipotético régimen post-EEUU en Irak sería incierto, a diferencia de lo ocurrido en Afganistán, además de alimentar los ánimos turcos en el norte si Irán reforzara su posición en Bagdad, ya que sería poco probable un mantenimiento del statu quo interno entre Bagdad y Erbil-Mosul con las milicias chíies en el poder.

Para saber más: Iraq: Las Fuerzas de Movilización Popular en la encrucijada.

La otra posibilidad, más dolosa si cabe para Estados Unidos, consiste en la supervivencia del régimen iraquí actual bajo la gestión regional de la seguridad interna, es decir, con actores cercanos que puedan suplir a los norteamericanos evitando el vacío que ocurrió en Afganistán. Este escenario, en el que trabajaba a marchas forzadas Bagdad desde la caída de Kabul, se aceleraría con la importante cumbre regional de Bagdad y el acercamiento a Turquía o el interés en armamento ruso y turco. De hecho, Irak ya realizó la compra de drones turcos durante el último año.

Estados Unidos había dado alas a la época de las potencias regionales desde 2016 y dejó de suponer un actor imprescindible en las dinámicas de Oriente Medio. Si Joe Biden no logra arrancar un cada vez más lejano acuerdo nuclear a Irán, la salida de Oriente Medio será menos garantista si cabe para Estados Unidos, con un potencial enfrentamiento armado entre Irán e Israel. Por lo pronto, Irán acaba de entrar en la Organización de Cooperación de Shanghái. Y Turquía hace años que desarrolló su política exterior propia, alejándose de la Unión Europea primero y de Estados Unidos después, cuestión que se habría acentuado en las primeras etapas de la Administración Biden. Este caso puede ser al mismo tiempo una preocupación y una oportunidad en la gran competición de Estados Unidos con Rusia debido al tamaño de Turquía como segundo mayor ejército dentro de la OTAN.

La retirada de Estados Unidos de Siria, por lo tanto, ni siquiera suponía un riesgo acrecentado para el colapso del país, ya que su presencia es reducida gracias a que su intervención no pudo cumplir fuertes papeles en Siria. El formato conjunto de Irán, Turquía o Rusia –ya reducido a los dos últimos en Idlib- había sido el verdadero motor de los acontecimientos en Siria. Si Irak tenía que articular estrategias de futuro al contar con Estados Unidos como socio no confiable, Siria no depende de las mismas dinámicas. Y los grupos kurdo-sirios aliados de Estados Unidos tampoco adolecerían de una retirada que llegaría en algún momento, dado que ya en su momento Donald Trump les dejó a merced de Turquía y sus sucesivas intervenciones. Esto empujó a los kurdo-sirios a negociar con el gobierno de Damasco y redujo la influencia de Estados Unidos a Deir Ezzor y el reducto desértico sureño de Al-Tanf. La presencia de Washington en Siria e Irak se encaminaba a su final, aunque Biden negaba ambas salidas –especialmente la siria-, uniéndose previsiblemente a la salida sin lograr la consolidación de un gobierno como en Afganistán y Somalia. Aunque en Somalia siguieron los ataques aéreos estadounidenses, Estados Unidos no garantizó que fueran a mantenerlos en Afganistán. Y en cualquier caso parece que pasaron de combatir a los talibanes a compartir información con ellos para tratar de frenar a Estado Islámico, responsable del gran atentado del 27 de agosto en el aeropuerto de Kabul, broche a una desastrosa retirada de Afganistán.

Para saber más: Mapa de seguimiento de Siria e Irak.

El objetivo yihadista probablemente seguiría en un perfil bajo en los escenarios mencionados del Cuerno de África, Asia Central y Oriente Medio. Pero la importancia de Estados Unidos para mover dinámicas en conflictos se terminó cuando las potencias regionales tomaron el control en conflictos como Nagorno-Karabaj, Libia o Etiopía. Ni siquiera se puede decir que Estados Unidos lograse mantener su fuerza en la lucha contra el terror fuera de sus esfuerzos somalíes: ni en Mozambique, Mali, Chad, Níger, Burkina Faso, Costa de Marfil o Nigeria. Y tampoco Estados Unidos ha podido evitar el nuevo impulso de Rusia fuera de su área de influencia tradicional como en Sudán, Libia o República Centroafricana. Muchos de estos puntos habrían sido improbables antes de la Primavera Árabe e impensables si nos remontamos al final de la Guerra Fría.

Y mientras Estados Unidos mantiene los esfuerzos diplomáticos en Asia Central con países como Kazajistán o Uzbekistán, la relación con los talibanes no será sencilla y deja a Pakistán en una encrucijada, perdiendo su carácter estratégico. Esta pérdida sería aún mayor con el otro gran foco estadounidense a mantener junto con Europa: India. El gobierno nacionalista indio mantiene una potentísima disputa con Pakistán y China en la región y ha mostrado una hostilidad con los talibanes mayor que la de algunos socios de la OTAN incluso. La actuación estadounidense en Afganistán ha sentado profundamente mal en La India. Aunque su cercanía con Estados Unidos es notoriamente mayor que con China, el tablero indio se inclina más en favor de Rusia, especialmente ante el potencial desestabilizador de Cachemira –mejorando lo presente- desde la caída del gobierno afgano. India no ha dudado en sumarse a varios ejercicios militares rusos, incluyendo los importantes ejercicios en el frente occidental Zapad. Y es que Rusia se ha erigido como un garante de la seguridad de sus aliados con mayor o menor proyección como en los distintos pero importantes casos de Tayikistán, Bielorrusia y Armenia.

También parece posible que naufraguen las esperanzas de una administración demócrata para potenciar el Quad y los movimientos del Indo-Pacífico iniciados por Trump, convirtiéndolos en un foro de democracias con Australia, Japón e India. La intención de atraer hacia este grupo a países circun-occidentales como Corea del Sur o Nueva Zelanda y países con relaciones complejas con China como Filipinas, Vietnam o Tailandia no era nada sencilla. También se encontraba la propuesta de crear un foro de democracias con los países del G7 (Francia, Alemania, Canadá, Reino Unido, Italia, Japón y Estados Unidos) junto a Australia, Corea del Sur e India.

Por un lado, la desconfianza india al papel de Estados Unidos en Afganistán solo era comparable al inédito ánimo autonomista de Bruselas y Londres. Por otro lado, la creciente influencia rusa en India se unía a que muchos de estos países se apoyaban en un fuerte componente iliberal y/o nacionalista que solo les acercaba por su carácter anti-sino en disputas fronterizas: es el caso de Filipinas, India o Vietnam. Ni Filipinas ni India ni Tailandia son países sencillos para promocionar desde el ideario demócrata. Corea del Sur dio problemas incluso a Donald Trump por su guerra comercial con Japón. Australia sí mantiene una importante tensión con China pero Estados Unidos no ha logrado en ningún caso arrancar a Nueva Zelanda una postura anti-China. No solo se empañarían así las posibilidades estadounidenses en el foro de democracias sino que tampoco funcionaría de esta manera el grupo de los Cinco Ojos (Five Eyes) con Australia, Reino Unido, Canadá y Nueva Zelanda, debido a la autonomía que este último ejerce sobre sus intereses.

Para saber más: Japón y Corea del Sur: Guerra comercial, trabajo forzado y esclavitud sexual.

Japón, por último, sería el último baluarte de Estados Unidos junto a la Europa del Este. Pero el papel japonés se podría comprometer debido al incrementado apoyo que estarían ofreciendo a Taiwán. Incluso en Estados Unidos la opinión sobre el apoyo a Taiwán es favorable a la isla frente a una hipotética invasión de la China continental. Si la salida de Estados Unidos del Gran Oriente Medio prosigue tan atropellada como hasta ahora, quizá para cuando Biden decida descongelar las tensiones con China que Trump dejó en el cajón, sus aliados se hayan preocupado de manera más generalizada por sus intereses o buscar otro actor que los pueda defender. India y la Unión Europea son los primeros síntomas de la visibilidad internacional que ha recibido el fin de la hegemonía unipolar tras Afganistán, pero según vaya haciéndose más visible podrían aumentar las consecuencias.

Consecuencias de la retirada estadounidense de Afganistán

Retirada estadounidense de Afganistán Vía ABC News

Por Jorge González Márquez

Durante estas dos semanas transcurridas desde la caída de Kabul han corrido ríos de tinta sobre las implicaciones de la retirada estadounidense de Afganistán. La proliferación de artículos, editoriales y tribunas nos ha hecho dudar sobre si deberíamos escribir algo porque, ¿qué podríamos aportar que no se hubiera escrito ya? La respuesta llegaría tras leer decenas de artículos sobre uno de los debates más recurrentes, y cuestionados, de estas semanas que ha girado en torno a los posibles efectos que pueda tener la retirada estadounidense de Afganistán sobre otros aliados del gigante norteamericano.

En una esquina, por así describirlo, están aquellos que argumentan que la salida de Estados Unidos de Afganistán demuestra que el gigante norteamericano no es un aliado fiable y que todos sus aliados deberían replantearse su relación ante la posibilidad de ser abandonados en un momento de crisis. Algunos de los defensores de esta visión, como todos aquellos vinculados al aparato estatal chino, tienen un claro interés político en defenderla y, comprensiblemente, poco les importa cuánto se pueda ajustar a la realidad.

En la esquina contraria nos encontramos a férreos atlantistas afirmando que la retirada no tendrá efecto ningún efecto significativo en los aliados, que nadie está cuestionando nada o que incluso tendrá efectos positivos, especialmente en Asia Oriental. Al igual que en el caso anterior, resulta evidente que buena parte de estas afirmaciones tienen una intencionalidad política, especialmente la mayoría de aquellas proferidas desde el entorno del establishment estadounidense, que debe tenerse en cuenta a la hora de valorar la situación.

Sin embargo, y como es habitual, la realidad tiende a encontrar un punto intermedio en el que ni tanto, ni tan poco. Afirmar que todo está bien y que una decisión de este calibre no tendrá efectos significativos evoca fácilmente al famoso “This is fine”, un conocido meme que muestra a un perro sentado tranquilamente mientras toda la habitación arde a su alrededor, no tanto por lo dramático de la situación sino por la desconexión aparente con algunas de las realidades que parecen estarse formando tras esta retirada y de las que hablaremos en breves momentos. Por otro lado, creer que la retirada de Afganistán, por muy caótica que esta haya sido, supone “la caída del imperio estadounidense”, o cualquier otro tipo de eslogan semejante, supone una desconexión del mismo o incluso mayor calibre y que además puede acarrear enormes peligros para los rivales del gigante norteamericano en caso de que actuaran en consecuencia.

Pero ¿por qué afirmamos esto? ¿Qué es lo que nos hace pensar que la realidad está en un punto medio?

Por un lado, no podemos hacer oídos sordos a las numerosísimas críticas proferidas desde actores clave para Estados Unidos. En Reino Unido, conocido por su “relación especial” con Estados Unidos”, son muchas las voces críticas que hablan de un “momento fundamental” en las relaciones con EE.UU., que señalan que el desarrollo de la situación en Afganistán ha debilitado la relación bilateral e incluso, en palabras del secretario de defensa británico, que la retirada de Afganistán demuestra que Estados Unidos ya no es una superpotencia.

En India, uno de los actores más relevantes de Asia y que resulta fundamental para la estrategia estadounidense de contener a China, las críticas son aún más feroces. “La Pax Americana murió en Kabul”, “El desmoronamiento de la Pax Americana”, “Kabul muestra a Biden como un cordero en piel de cordero” son algunos de los titulares que podemos encontrar estos días de la mano de analistas y autores indios. El alineamiento de India, que no alianza, con una u otra gran potencia será sin duda alguna uno de los desarrollos más importantes de esta década y todo parece indicar que Estados Unidos acaba de tener un importante tropiezo en esta carrera. Especialmente cuando tenemos en cuenta que tan solo dos días después de la salida de las últimas tropas estadounidenses de Kabul, nos encontramos con que India anunciaba su participación en los ejercicios Zapad 2021 llevados a cabo por Rusia y Bielorrusia durante las primeras semanas de septiembre.

Por último, y ya para finalizar, debemos señalar que hay un elemento en concreto en el que coincidimos hasta cierto punto con el análisis atlantista: No, los grandes aliados de Estados Unidos, especialmente aquellos en Asia Central, no deberían preocuparse, al menos en principio, porque Estados Unidos “les haga lo mismo”, pero ¿qué pasa con los aliados menores?

Hay toda una serie de estados débiles, como Iraq, y socios no estatales locales, como las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF), que deberían haber recibido un mensaje claro de Estados Unidos. El mismo Joe Biden afirmaba en su discurso sobre la retirada en Afganistán que “Esta decisión sobre Afganistán no concierne tan solo a Afganistán. Se trata de poner fin a una era de grandes operaciones militares para rehacer otros países”, pero Afganistán no es el primer “abandono” de un aliado menor/secundario que ha llevado a cabo Estados Unidos en estos últimos años. Mucho ha llovido desde entonces, y la decisión se revirtió parcialmente después, pero en 2019 la administración de Donald Trump abandonaba a su suerte a sus aliados sirios ante el avance turco permitiendo que el ejército turco lanzara la Operación “Fuente de Paz” en el noreste de Siria.

Para saber más: Guerra en el Este del Éufrates.

No será hoy y tampoco mañana, especialmente tras el aluvión de críticas a Joe Biden, pero tarde o temprano Estados Unidos saldrá de Iraq y Siria. Y esos aliados SI deberían estar preocupados por lo que sucederá entonces.