Iraq: Las Fuerzas de Movilización Popular en la encrucijada

Fuerzas de Movilización Popular | Ari Jalal / Reuters

Desde el asesinato en enero de 2021 de Qassem Soleimani y de Abu Mahdi al-Muhandis, comandantes de las Fuerzas Quds de la Guardia Revolucionaria iraní y de las Fuerzas de Movilización Popular (PMF) respectivamente, la agenda política de las milicias chiíes establecidas en Iraq se ha centrado en el hostigamiento ininterrumpido contra las instalaciones y fuerzas estadounidense que todavía permanecen en territorio iraquí con el fin de forzar su retirada del mismo.

Esta presión, en aumento en los últimos meses, no sólo ha venido desde las fuerzas chiíes, sino también desde los partidos políticos representados en el Parlamento iraquí, quienes han presionado al actual gobierno de Mustafá Kadhimi para que este mantenga diferentes reuniones con cargos estadounidenses y así abordar esta cuestión. Todo ello tras la decisión del Parlamento iraquí aprobada el 5 de enero de 2020, dos días después del ataque aéreo estadounidense, en la cual se solicitaba la expulsión de todas las tropas estadounidense en territorio iraquí, así como la prohibición de usar el espacio aéreo nacional para sus operaciones militares.

En cuanto al papel de las tropas estadounidenses desplegadas en Iraq desde 2014 y en coordinación con las tropas desplegadas por otros 82 países que en su conjunto constituían la Coalición Internacional, estas han realizado desde la fecha mencionada operaciones militares en Siria e Iraq contra las posiciones del DAESH, así como suministrado apoyo logístico y táctico a las fuerzas armadas iraquíes para mejorar su capacidad operativa. De esta manera, la coalición capitaneada por Washington ha tenido como objetivo inmediato la neutralización de la organización yihadista y, de manera indirecta, contrarrestar la creciente influencia que Irán ejerce sobre el país vecino a través de la consolidación y fortalecimiento de un Estado iraquí favorable a Occidente. De ahí que una vez el DAESH fuera formalmente derrotado en Iraq las tropas de la Coalición Internacional hayan permanecido operando bajo el objetivo de mantener la estabilidad en Iraq e “impedir una reemergencia del DAESH” dada la debilidad del Estado para asegurar el orden público.

El entonces Secretario Estado, Rex Tillerson, en la apertura de la conferencia de Ministros de países miembros de la coalición internacional contra el DAESH desarrollada en marzo de 2017 en Washinton | Departamento de Estado de EEUU

No obstante, la reducción de tropas estadounidenses desplegadas en Iraq y anunciadas por Donald Trump el pasado mes de septiembre de 2020 responde no tanto a la efectividad de las quejas del Gobierno y oposición, así como a las presiones de las milicias chiíes, sino a los propios intereses estratégicos de Estados Unidos en un momento caracterizado por el repliegue, reposicionamiento y replanteamiento de sus prioridades geopolíticas. Lo anterior, en un contexto de transición del sistema internacional y descomposición de la estructura internacional inaugurada tras la II Guerra Mundial y consolidada en favor de Estados Unidos con el fin de la Guerra Fría. De tal modo, la nueva estrategia estadounidense diseñada por Barack Obama coloca el centro de atención de la política exterior de Washington en Asia-Pacífico, donde sus esfuerzos deben concentrarse en la contención del Gigante Asiático.

Ahora bien, este desplazamiento del centro de actividad hacia el Pacífico implica abandonar o desatender otras zonas que tradicionalmente han sido consideradas como fundamentales para Estados Unidos, en la medida que no ha sido capaz de asegurar una correlación de fuerzas estable y duradera que mantenga un status quo beneficioso a sus intereses. Esta situación descrita es el principal problema al que Washington se enfrenta, puesto que la confianza de sus aliados regionales, al ver estos como su principal respaldo militar se retira de la región, puede quedar socavada; el vacío de poder que deja puede ser ocupado por países con intereses geopolíticos opuestos a los de Estados Unidos como Irán o Rusia; y asistir a una potencial reemergencia del DAESH ante la inoperancia del Estado iraquí para mantener el control sobre todo su territorio.

Además, junto a la necesidad de destinar cada vez mayores recursos hacia Asía-Pacífico, a ojos de ciertos sectores de Washington el despliegue de tropas en Iraq durante tanto tiempo y una vez el DAESH derrotado resulta contraproducente para los intereses del país norteamericano dado el rechazo que la presencia de tropas extranjera despierta entre la población local, quien las identifican como tropas invasoras cuya tarea es la de limitar la capacidad de actuación de Iraq, violando su soberanía nacional y cooptando las decisiones del Gobierno.

Frente a este dilema, el anuncio de la Administración Biden apuesta por mantener la presencia estadounidense en territorio iraquí dándole un sentido a su presencia una significación alternativa. De esta manera, EEUU logra, de una parte, satisfacer las exigencias del Gobierno de Kadhimi, cuyo perfil es el más pro-occidental desde la época de Saddam Hussein y quien, como hemos visto, exigía desde hacía meses la negociación de un protocolo para la retirada de al menos las tropas estadounidenses destinadas en el país con fines militares y, de otra, un mayor margen de maniobra para destinar recursos hacia Asia-Pacífico sin abandonar a sus aliados regionales ni dejar excesivo espacio a Irán para que se consolide como potencia regional antagónica al bloque estadounidense.

Reunión del Primer Ministro irqaquí Kadhimi y el Presidente estadounidense Biden en julio de 2021 en Washington | Tom Brenner / EFE

Asimismo, esta decisión mantiene cierta consonancia con la tomada por el expresidente Donald Trump, quien en septiembre de 2020 anunció la retirada de 2.200 efectivos desplegados en Iraq, reduciendo el número de tropas desplegadas sobre el terreno a 3.000. Es decir, aunque con ciertas diferencias en cuanto a las políticas específicas a desplegar, desde Obama, las tres administraciones han coincidido en el reconocimiento de que Asia-Pacífico es la región y la contención de China el objetivo sobre lo que debe articularse la nueva política exterior estadounidense.

Ahora bien, el mencionado anuncio de retirar todas las tropas encargadas de realizar operaciones militares para finales de 2021 no afecta a aquellas unidades encargadas del adiestramiento, instrucción y preparación de las fuerzas armadas y de seguridad iraquíes, la cuales permanecerán en Iraq. De este modo, se ha especulado con la posibilidad de que realmente no ocurra retirada alguna, sino que formalmente las tropas estadounidenses cambien su actividad, pero manteniendo el número de tropas desplegadas. Con ello, aunque se abre una nueva etapa en las relaciones entre Washington y Bagdad, está por ver la manera en la que dicho acuerdo es recibido por las milicias chiíes, así como por Irán.

En este sentido, las milicias chiíes en reiteradas ocasiones a través de diferentes comunicados han señalado que cualquier otra decisión que no implique una retirada total y absoluta de las fuerzas estadounidenses implicaría una flagrante violación de la soberanía nacional iraquí y el comienzo de un enfrentamiento abierto entre Estados Unidos y las milicias. Así pues, tanto los ataques de cohetes como las efímeras treguas firmadas se han encuadrado dentro de esta estrategia, aunque no sin perjuicio de la presión que Irán pueda ejercer en beneficio propio sobre estas milicias.

Es decir, las milicias chiíes, aún siendo uno de los principales instrumentos a través de los cuales Irán mantiene su presencia en Iraq y dependiendo mayoritariamente de Irán en cuanto a financiación, no son simples marionetas de Teherán, sino que también estas tienen su agenda propia y se deben a sus bases sociales. Ante la patente debilidad del Estado iraquí, las milicias chiíes se colocan como grupos de presión capaces de influenciar en las decisiones legislativas y ejecutivas, así como para actuar por encima del Estado y satisfacer unas demandas de ciertos sectores de la sociedad iraquí que el Estado es incapaz. En esta línea, la importancia de las diferentes organizaciones chiíes que en su conjunto constituyen las PMF desde 2014, cuando son fundadas en la lucha contra el DAESH, ha sido tal que el Estado iraquí se vio obligado a integrarlas como parte de las Fuerzas de Seguridad iraquíes en 2017.

Esta dualidad de fuentes de poder ha sido origen de distintas tensiones en los últimos meses entre el Estado y las milicias chiíes conforme la situación social en Iraq ha empeorado ante la falta de recursos básicos y el aumento de la criminalidad. El punto más álgido de estas fricciones tuvo lugar el pasado 26 de mayo, cuando las fuerzas de seguridad iraquíes arrestaron a varios miembros de las milicias chiíes, entre ellos al líder de la Brigada Tafuf -Qasim Musleh- por su supuesta vinculación en los ataques contra las bases aéreas con presencia estadounidense y la participación en el asesinato de Ihab al-Wazni, activista antigubernamental asesinado en mayo de este año.

Sin embargo, tras una serie de presiones y amenazas por parte de las milicias chiíes, quienes cortaron carreteras y amenazaron con fuertes represalias, Qasim Musleh y el resto de los miembros arrestados fueron puestos en libertad sin cargos, reflejando la debilidad del Estado iraquí frente a otros actores armados no estatales. De tal manera, lo que pretendía ser un golpe de autoridad pocos meses antes de las elecciones de octubre por parte del Estado contra las milicias chiíes con el fin de reforzar la imagen del Gobierno de Kadhimi, quien había prometido al asumir el poder poner bajo control del Estado a todas las milicias chiíes, tuvo precisamente el efecto contrario.

En este aspecto, las milicias chiíes han estado también implicadas en el asesinato en julio de 2020 de Hisham al-Hashemi, consejero militar y analista del Gobierno cuya especialización eran las propias milicias chiíes. Como resultado, las relaciones entre las milicias chiíes y el Estado son las relaciones con respecto al Estado por parte de un sector chií radicalizado de la sociedad iraquí que, excluido del reparto de poder a través del Estado de manera directa, encuentra en la actividad armada y otros mecanismos de extorsión un medio para forzar al Estado a realizar concesiones en lugar de buscar integrarse en él a través de otros mecanismos reconocidos por el Estado. En esta línea, el margen de maniobra del que gozan las milicias chiíes con respecto al Estado alcanza tal grado que se permiten desfilar militarmente en Bagdad con el fin de presionar al Gobierno para actuar de una manera determinada. Con el desfile militar además lanzan un mensaje para la población iraquí y países extranjeros con respecto a quién ostenta el poder efectivo en el país.

Manifestación de las Fuerzas de Movilización Popular en el Día de Jerusalén, en Bagdad, 2018 | APNews

En cualquier caso, lejos esto de ser una cuestión exclusiva de las milicias chiíes es más bien la norma dentro del sistema político iraquí, tal y como el Movimiento Sadrista ejemplifica, el cual además de contar con su propio brazo armado se estima que actualmente controla, directa o indirectamente, los principales puestos administrativos del Estado. En consecuencia, ante la imposibilidad del Estado iraquí para erigirse como árbitro del juego político y mediador entre las diferentes fracciones políticas iraquíes, así como dada la ausencia de un sector de la clase política capaz de presentarse como dirigente de la clase política iraquí en su conjunto, la presión al Estado a través de fuerzas paramilitares y la creación de redes clientelares que trabajan de forma casi exclusiva en beneficio de una fracción política específica se vuelve parte de la normalidad política del país.

Por otro lado, a la agenda mencionada propia de las milicias chiíes se le suma el papel que sobre ellas ejerce Irán, principal fuente de financiación de las milicias y principal garante de su posición en Iraq. De tal modo, los ataques contra las posiciones estadounidenses han sido un resorte utilizado tanto por las milicias como vía para presionar al Estado, como por parte de Irán frente a EEUU de cara a favorecer una situación beneficiosa, sobre todo con respecto a las negociaciones del JCPOA, y como medio para responder “indirectamente” a cualquier actuación que desde Teherán pueda ser vista como una agresión.

No obstante, tras el asesinato de Muhandis y Soleimani, la capacidad de control de Irán sobre estas milicias se ha visto notablemente afectada y perjudicada. Con el ataque estadounidense Irán perdió dos activos fundamentales en la región en cuanto que sobre ambas figuras descansaba principalmente la tarea de organizar y coordinar la actividad de las milicias chiíes. Muestra de lo anterior ha sido la aparición de un elevado número de nuevas milicias políticamente independientes entre ellas y vinculadas exclusivamente a través de las PMF, pero sin coordinación efectiva.

Así, en términos generales la estrategia de Irán en Iraq se ha visto gravemente entorpecida dada la imposibilidad de mantener bajo control a un número tan elevado de organizaciones con sus objetivos particulares. De tal modo, si bien la influencia de Teherán sobre las milicias actualmente es innegable, esta se ha debilitado notablemente, ahondando en la iraquización de estas organizaciones paraestatales. En este sentido, los objetivos de las milicias se han mostrado tan divergentes entre ellas hasta el punto de apenas existir unidad de acción dentro de las PMF para desarrollar un plan de actuación conjunto salvo en momentos puntuales donde la posición general de milicias chiíes es cuestionada, tal y como ocurrió con el arresto de Qasim Musleh.

En lo que respecta a Iraq, su posición regional se halla constreñida y determinada por su dependencia estratégica con respecto a Washington, sobre todo en materia de inteligencia y apoyo logístico, y por la presencia de las milicias chiíes, así como de Teherán, socio del que Bagdad es dependiente en diferentes sectores como es el energético. Se trata, por tanto de una situación que, aunque problemática, le permite un mayor margen de maniobra al poder aprovechar en su favor la competición regional entre EEUU e Irán. Además, es importante señalar que al contrario de lo ocurrido en Afganistán, es muy poco probable que Washington abandone Iraq en el corto plazo. La posición de Iraq resulta fundamental tanto para contener a Irán, como, dado el perfil pro-occidental del actual Gobierno, para asegurar cierto orden y tranquilidad regional que faciliten el más que turbulento pivote hacia Asia que la potencia global está llevando a cabo. Asimismo, a nivel interno y sumado a la mencionada presencia de las milicias, se añade la profunda crisis política en la que se encuentra inmerso y la creciente desafección política, sobre todo entre la población más joven.

En este sentido, la crisis política no sólo es provocada desde abajo debido al recelo de la población hacia el Estado y su administración, sino también desde arriba, donde ninguna fracción de la clase política iraquí posee la capacidad y voluntad para tomar las riendas de la situación y buscar una salida. De manera similar a Líbano, todas encuentran cierto acomodo dentro del status quo y los riesgos que implicaría una amplia reforma en modo alguno compensan los beneficios obtenidos del modelo político actual.

Manifestantes antigubernamentales se reúnen en la plaza Tahrir durante una manifestación en Bagdad, Irak, el lunes 28 de octubre de 2019 | Hadi Mizban / AP Photo

Lo anterior ha quedado reflejado en las periódicas protestas que han tenido lugar a lo largo del país, donde la fuerte represión con la que el Estado respondió en octubre de 2019 marcó un punto de inflexión en ellas. Así pues, se trata de un movimiento horizontal y netamente espontáneo que ninguna organización política ha logrado capitanear como consecuencia de ese desprecio hacia el establishment y la identificación de los partidos políticos existentes con el mismo. En este sentido, este contexto de desconexión entre partidos políticos y sectores de la sociedad civil explica en gran medida la estrategia seguida por el Movimiento Sadrista y otras organizaciones políticas menores de amenazar con no concurrir a las próximas elecciones del 10 de octubre en cuanto vía para presentarse hacia esos sectores descontentos como diferentes al resto establishment y recuperar cierta confianza, así como para forzar pactos y concesiones que consoliden la posición de, en el caso expuesto, el sadrismo. Como antes se decía, ninguna facción política es capaz de colocarse por encima del resto, pero todas son también consciente del estado crítico en el que el sistema político iraquí se encuentra y la posibilidad de obtener beneficios de ello.

Igualmente, las milicias chiíes tampoco han logrado sacar rédito de este movimiento de protesta debido al carácter secular del mismo, lo cual hace que el discurso religioso enarbolado por las milicias se muestre completamente ajeno. A pesar de ello, su papel continuará siendo fundamental en la vida política iraquí y el desarrollo regional, incluso aunque actúen de manera más autónoma con respecto a Irán. La cuestión, de esta manera, gira en torno al margen de autonomía del que gozarán conforme las tensiones regionales entre Irán y Estados Unidos sigan aumentando y se produzcan nuevas crisis similares a las de enero de 2020.

Estudiante de Relaciones Internacional en la Universidad Complutense de Madrid. Interesado en procesos insurgentes del siglo XX y XXI, así como en el periodo de transición que caracteriza al sistema internacional actual y la forma en que esto se concretiza en Oriente Medio y Asia-Pacífico.

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