
En el corazón de Tokio se encuentra el santuario Yasukuni, un lugar donde se honra a los caídos por Japón durante sus guerras y conquistas pero que, a día de hoy, tiene gran relación con el nacionalismo japonés. Las visitas al santuario Yasukuni por parte de figuras políticas relevantes –como las de Shinzo Abe– se han convertido en algo usual, en una manera de hacer política a la par que generar divisiones. Cada año, altos funcionarios visitan el santuario reavivando el debate: ¿es Yasukuni un lugar de paz y respeto, o es simplemente un símbolo de un pasado militarista que genera tensiones con países como China o Corea del Sur?
Qué es el santuario Yasukuni
El santuario Yasukuni, cuya traducción al castellano se asemejaría a "pacificar el país", se fundó en el segundo año de la era Meiji (1869) con el propósito inicial de rendir homenaje a las almas de los guerreros que perdieron la vida en la guerra civil que condujo al fin del shogunato Tokugawa (1603-1868). Si bien son muchas las vidas perdidas en ese período, el santuario Yasukuni abarca también otros conflictos, como la Primera Guerra Mundial o la Segunda Guerra Mundial. En total son cerca de 2,5 millones de soldados los honrados en este lugar sintoísta que dieron la vida por el emperador.
Aunque el santuario Yasukuni tiene como objetivo la honra a los caídos en batalla, la controversia surge debido a que también rinde homenaje a figuras altamente polémicas. En concreto, catorce considerados criminales de guerra durante la Segunda Guerra Mundial, junto con otras figuras del período colonial japonés. Todos estos nombres se encuentran en el libro de las ánimas.
Cuando se envío de la lista con los nombres de los criminales de guerra de Clase A, Tokio pretendía que todos ellos fueran honrados de igual manera a los del resto en el santuario. Sin embargo, el sacerdote principal de Yasukuni en ese momento impidió la iniciativa. Tras su muerte, el consejo de gobierno de Yasukuni le reemplazó por Matsudaira Nagayoshi, un antiguo oficial revisionista que había servido en la Marina Imperial. Este sacerdote sí consagró a los catorce criminales de guerra, transmitiendo públicamente que Japón no podía restaurar su espíritu sin negar los Juicios de Tokyo.
La controversia surgida se puede entender, ya que, según los ritos sintoístas, al introducir el nombre de una persona fallecida en el libro de las ánimas del santuario Yasukuni, el espíritu de la persona se convierte en un kami, es decir, una especie de dios o entidad abstracta que merece ser reverenciada por su sacrificio al proteger la nación.
Ejemplo de ello es el de los jóvenes pilotos kamikazes que se inmolaron en la Segunda Guerra Mundial, uno de los episodios más sangrientos de la contienda Indudablemente, lo que no se esperaban los soldados estadounidenses al llegar a la isla de Okinawa es que les iban a estar esperando militares y civiles que estaban dispuestos a "morir matando". Dar la vida por el emperador se consideraba uno de los destinos más honorables para un japonés. En el ambiente de fervor extremo que alentaba a enfrentar la muerte con honor, se creía que, al morir, todos se reencontrarían en Yasukuni como eirei, o "espíritus honorables".
El santuario Yasukuni fue levantado en junio de 1869 por iniciativa del Emperador Meiji en honor a los caídos de la guerra Boshin. Inicialmente llamado Tōkyō Shōkonsha (東京招魂社), fue rebautizado como Yasukuni Jinja en 1879. Desde su construcción, en el edificio se han realizado numerosos rituales sintoístas para albergar los kami de los soldados japoneses y coloniales –coreanos y taiwaneses– caídos desde entonces en las guerras.
Un obstáculo para la diplomacia de Japón
El santuario Yasukuni, inicialmente construido sin controversias, se ha convertido en un punto de tensión en las relaciones entre Japón y países como China y Corea del Sur. Sin ir más lejos, la polémica surgió cuando el gobierno nipón comenzó a emplearlo como símbolo para reforzar la identidad militarista y nacional previa a su Constitución, lo que generó preocupación en sus países vecinos. Estas naciones percibieron el uso de Yasukuni como un intento de minimizar el sufrimiento y la devastación que Japón causó durante la guerra, avivando viejas heridas históricas.
Esta identidad japonesa que se pretendía reavivar con el santuario Yasukuni recordaba a las creencias que llevaron al nacionalismo japonés a sus puntos más extremos, con mitos tales como el que sostenía que el emperador nipón era descendiente directo de la diosa Amaterasu, lo que le convertía en el soberano absoluto del país y líder del shinto.
Tanto para China como para Corea del Sur, el santuario Yasukuni es la representación implícita del nacionalismo e imperialismo japonés. Desde su perspectiva, el edificio es un medio del gobierno para glorificar su pasado en lugar de condenarlo. La omisión de los crímenes de guerra cometidos por el imperio japonés en China y Corea dentro de la narrativa del museo Yushukan –donde episodios como masacres y ocupaciones son minimizados o ignorados deliberadamente– profundiza el resentimiento de estos países hacia el Estado nipón.
Si bien esto genera incomodidad y controversia en el plano internacional, lo que más rechazo causa es el hecho de que los primeros ministros japoneses visiten asiduamente el santuario como una manera de hacer política. El dirigente que lo hizo por primera vez fue Yasuhiro Nakasone en 1985 y, tras él, prácticamente se ha convertido en una tradición de muchos de los dirigentes del Partido Liberal Democrático (PLD).
En el año 2000, el entonces secretario en jefe del gabinete japonés, Hiromu Nonaka, realizó durante una sesión de la Cámara Alta de la Dieta nipona una declaración acerca de las visitas oficiales al santuario: "Debido al método que se implementó en 1985, las visitas oficiales al santuario Yasukuni no violan la Constitución; en esto la opinión tradicional del gobierno, incluso ahora, no ha cambiado”.
La visita de Shinzo Abe al santuario Yasukuni
El Partido Liberal Democrático, de orientación conservadora, integró el tema del santuario Yasukuni en sus políticas durante los mandatos de Jun'ichirō Koizumi (2001- 2006), Tarō Asō (2008-2009) y, especialmente, Shinzō Abe (2006-2007 y 2012-2020). Koizumi realizó visitas anuales al santuario, siguiendo con las controversias. Buscando resolver la polémica generada, Asō propuso nacionalizar y secularizar el edificio, aunque su iniciativa no prosperó.
Durante su primer periodo en el cargo (2006-2007), Shinzo Abe decidió no visitar el santuario Yasukuni, lo que generó duras críticas entre los sectores conservadores japoneses, quienes representaban una base electoral clave. La reacción fue tan intensa que un ciudadano llegó a enviarle su dedo amputado en protesta.
Sin embargo, en 2013, Shinzo Abe realizó la primera visita oficial al santuario Yasukuni, un hecho que generó gran revuelo tanto en China como en Corea del Sur, además de desencadenar una advertencia por parte de Estados Unidos, principal aliado de Tokio, que recomendó al dirigente nipón evitar repetir esas visitas. "Solo cuando Japón se enfrente seriamente con su historia de agresión y haga una clara ruptura con el militarismo, las relaciones entre China y Japón podrán lograr un avance sano y estable", advirtió por aquel entonces el Ministerio de Exteriores chino.

Tras el revuelo generado, Abe se abstuvo de realizar más visitas a pesar de enviar frecuentemente ofrendas en fechas determinadas. No obstante, miembros de su gabinete sí que acudieron a lo largo de los años al santuario Yasukuni, por lo que la polémica no se acababa nunca de erradicar. Con su renuncia en 2020, Abe volvió a crear agitación con las declaraciones que publicó en su cuenta de Twitter: “Hoy realicé una visita al santuario de Yasukuni para comunicar a las almas de los caídos en la guerra que he dimitido como primer ministro”.
Algunos líderes políticos de menor rango o miembros del gabinete japonés también han visitado el santuario Yasukuni, aunque estas visitas no siempre han sido en calidad oficial de primer ministro.
Más polémicas
Aunque muchas de las controversias relacionadas con el santuario Yasukuni tienen un alcance internacional, también existen disputas a nivel personal. Numerosas familias de Japón, Corea del Sur y Taiwán han emprendido esfuerzos para retirar los nombres de sus antepasados del libro de las ánimas del santuario, argumentando que su inclusión perpetúa el recuerdo del yugo colonial y resulta ofensiva para la memoria de sus seres queridos.
La ambigüedad con la que los primeros ministros argumentan sus visitas al santuario Yasukuni, justificándolas como actos personales, aleja progresivamente a China y a Corea del Sur, países con los que mantiene ciertas tensiones en lo relativo a las islas Senkaku/Diaoyu y Dodko/Takeshima. Con el auge de un nuevo militarismo en Japón y frente a la necesidad de retomar una política de defensa activa y fuerte, estas visitas al santuario parecen mirar más al pasado que al futuro.
El santuario Yasukuni refleja los grandes desafíos a los que se enfrenta Japón en su esfuerzo por equilibrar la memoria histórica y la reconciliación con sus vecinos. Aunque el lugar es visto por muchos en Japón como un espacio de homenaje a quienes sacrificaron sus vidas, su conexión con figuras responsables de crímenes que han vulnerado los derechos humanos y su enfoque selectivo de la historia contribuyen a una percepción de falta de responsabilidad hacia las heridas infligidas durante el periodo imperial.
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