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La Yakuza: desde su origen feudal hasta el “ocaso” contemporáneo

Miembros de la Yakuza muestran sus tatuajes en Senso-ji, Tokio, Japón.
Miembros de la Yakuza muestran sus tatuajes en Senso-ji, Tokio, Japón. Fuente: elmimmo - bajo CC BY 2.0

Con más de 400 años de existencia, la Yakuza, comúnmente conocida como la mafia japonesa, ha pasado de ser un actor local del submundo nipón a tener una presencia global en la época moderna.

La Yakuza ha sido una fuerza omnipresente en la sociedad japonesa, participando en una amplia gama de actividades, tanto ilegales como legales. Tradicionalmente asociada con actividades ilícitas como la trata de personas y las ventas de bienes raíces, en los últimos años ha experimentado una significativa disminución en el número y poder de sus miembros, atribuida en parte a una aplicación más estricta de la legislación contra el crimen organizado.

Sin embargo, su presencia sigue siendo palpable en sectores clave de la sociedad, incluyendo los negocios y la política, demostrando su resiliencia como una institución criminal profundamente arraigada en la cultura nacional. Además, la Yakuza ha extendido su influencia a través de la cultura popular clásica y moderna, con representaciones en medios desde el género clásico del "yakuza eiga" –películas sobre la Yakuza– hasta la reciente serie de HBO "Tokyo Vice" o incluso en la exitosa serie de videojuegos "Yakuza" de Sega.

Un recorrido histórico de la Yakuza

La historia de la Yakuza es una saga extensa que abarca siglos de cultura, política y evolución social japonesa. Sus orígenes se remontan al siglo XVII, el período Edo, una época de profundas transformaciones sociales y económicas en Japón. En esta era, grupos conocidos como bakuto –jugadores– y tekiya –vendedores ambulantes– operaban en los márgenes del sistema feudal.

Reconociendo la necesidad de estabilidad social, el sogunato Tokugawa otorgó títulos honoríficos como oyabun –jefe o padre– a algunos líderes tekiya, sentando las bases para la estructura jerárquica de la Yakuza que conocemos en la actualidad.

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A pesar de su marginación en la sociedad, forjaron un fuerte sentido de identidad y lealtad entre ellos. Esto fue especialmente pronunciado entre los descendientes de marginados históricos conocidos como burakumin, quienes encontraron solidaridad y propósito dentro de las filas de estas organizaciones. En el caso de Japón, a principios del siglo XIX, un gobierno central débil no podía mantener el orden de manera efectiva. En consecuencia, los jefes de la Yakuza emergieron como árbitros de facto, mediando en disputas y proporcionando un cierto orden en las comunidades locales.

A medida que Japón entraba en el siglo XX, la Yakuza comenzó a consolidarse en una fuerza más organizada e influyente. Los años tumultuosos en torno a la Segunda Guerra Mundial proporcionaron un terreno fértil para su crecimiento, mientras el país lidiaba con las secuelas de la derrota y la ocupación de las fuerzas aliadas.

A pesar de sus actividades criminales, la Yakuza era vista a menudo como protectora de los débiles y defensora contra las injusticias sociales. Durante estos tiempos de agitación, el papel de la mafia japonesa se expandió, alcanzando el número máximo histórico de miembros en 1963. Fue durante este tiempo cuando figuras clave como Yoshio Kodama y Ryoichi Sasakawa emergieron como líderes influyentes dentro de la jerarquía de la organización.

Aprovechando sus conexiones y riqueza, estos individuos ejercieron una considerable influencia mucho más allá de las actividades criminales, incluyendo la política nipona y moldeando el curso de la reconstrucción y desarrollo económico durante la posguerra. Sasakawa, en particular, también cultivó alianzas fuera de Japón, forjando estrechos vínculos con figuras como Sun Myung Moon, el fundador de la Iglesia de la Unificación. Juntos establecieron organizaciones internacionales destinadas a combatir el comunismo, consolidando aún más la influencia de la Yakuza en el escenario global.

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Mientras tanto, en Japón, la influencia de la Yakuza se entrelazó con el auge del ultranacionalismo, especialmente con organizaciones como la Genyosha, que promovían el expansionismo militarista y glorificaban al emperador. Estos grupos, que incluían a jefes de la Yakuza entre sus líderes, jugaron un papel significativo en la política nacional, alineándose con el gobierno con el objetivo de “mantener el orden” y suprimir posibles levantamientos socialistas que tuvieran lugar en el país.

También expandieron sus operaciones a diversas actividades ilícitas, desde el tráfico de drogas hasta la trata de personas. Durante la Guerra de Corea, la Yakuza actuó, además, como intermediaria para industrias críticas como la construcción y el transporte marítimo, arraigándose aún más en el panorama económico de Japón.

Una figura central en esta dinámica fue Yoshio Kodama, quien emergió como una figura clave en la política japonesa de posguerra. Las conexiones de Kodama unieron la brecha entre el gobierno y la Yakuza, facilitando la cooperación entre las dos entidades. Su participación en la formación del Partido Liberal Democrático (PLD), la fuerza política dominante en el país, subrayó los profundos vínculos que existían y existirían entre el crimen organizado y la política.

A pesar de sus empresas criminales, la Yakuza mantuvo una apariencia de legitimidad a través de su participación en negocios legales y actividades caritativas. Esta doble identidad les permitió operar con relativa impunidad, ejerciendo poder e influencia en las sombras mientras proyectaban una imagen respetable al mundo exterior.

A medida que Japón entraba en la segunda mitad del siglo XX, el auge económico trajo una prosperidad sin precedentes al país, pero también creó nuevas oportunidades para que el crimen organizado prosperara. La Yakuza capitalizó esta nueva prosperidad, expandiendo sus operaciones a inversiones especulativas, bienes raíces y extorsión corporativa.

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Sin embargo, con un mayor escrutinio por parte de las fuerzas del orden y la presión internacional para reprimir al crimen organizado, la Yakuza se enfrentó a desafíos sin precedentes, especialmente en respuesta a la indignación pública desatada por varios casos registrados en los que miembros de la mafia habían usado la violencia. El asesinato de la estudiante universitaria Michiko Kanba durante las protestas provocó la condena pública generalizada, lo que obligó al gobierno japonés a implementar leyes más estrictas, llevando a cabo arrestos y enjuiciamientos de líderes clave de la Yakuza. Esta postura obligó a la organización a adoptar un enfoque menos público en cuanto a sus actividades.

Aunque muchos negocios ahora rechazan su participación, algunos salones de pachinko –máquinas tragaperras japonesas– todavía dependen de la Yakuza para servicios de protección. La construcción también ha sido un campo muy lucrativo para ella. Asimismo, la extorsión, el fraude y nuevos campos como el cibercrimen contribuyen a sus ingresos en la actualidad, junto con la participación en el comercio sexual, el tráfico de drogas y armas y la industria del entretenimiento.

Ideas principales, organización y representación en la sociedad

La cultura yakuza, marcada por sus símbolos y rituales, fomenta un sentido de familia y confianza dentro de la organización, acentuando la importancia de la lealtad y la camaradería en sus filas. Unirse a la Yakuza a menudo surgía del deseo de tener una familia y de sentir un profundo sentido de afiliación e identidad grupal. La adherencia de la Yakuza a los valores tradicionales japoneses, incluidos los del bushido, el código de los samuráis, es clave para su identidad, ya que se ven a sí mismos como guerreros modernos, marcados y guiados por el estoicismo y la resistencia.

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Hablando de sus símbolos más característicos, los tatuajes, que alguna vez fueron un distintivo, han disminuido en la actualidad, debido principalmente al coste, señalamiento y discriminación por parte del resto de la sociedad. De manera similar, la práctica del yubitsume, cortar un dedo como penitencia, ha disminuido debido a la visibilidad y posibles riesgos para la salud. Sin embargo, a pesar de estos cambios, los atributos culturales aún tienen valor estratégico dentro de las operaciones de la Yakuza.

Además, los conceptos de giri –lealtad y sentido de obligación– y ninjo –sentido del deber hacia su organización y sus compañeros–, a menudo priorizando la lealtad sobre los intereses personales, son fundamentales para el sistema de valores de la Yakuza. Rasgos que también están profundamente arraigados en la sociedad japonesa en su conjunto.

En la cultura popular, la Yakuza ha sido romantizada y retratada en varias formas y medios, particularmente en literatura, cine, manga y anime, e incluso videojuegos. Las novelas de autores como Hasegawa han contribuido a moldear la imagen de la Yakuza como individuos honorables y humanos que se adhieren a estrictos códigos de conducta como defensores de la gente común, protegiéndolos de amenazas externas y ofreciendo segundas oportunidades a aquellos que han sido marginados por la sociedad.

La participación de la Yakuza en actos de caridad, como ocurrió tras desastres naturales como el terremoto y tsunami de Tōhoku en 2011, añade otra capa de complejidad a su percepción pública. Aunque su ayuda humanitaria puede parecer altruista, algunos la ven como un movimiento de relaciones públicas calculado para mejorar su imagen. Además, se sospecha que la Yakuza puede estar explotando a personas vulnerables, como personas sin hogar, para cumplir con estas actividades.

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Como curiosidad, Nintendo, fundada en 1889, inicialmente producía cartas hanafuda, que eran populares en los círculos de juego, lo que llevó a una asociación con miembros de la Yakuza. A pesar de estas conexiones no tan nobles, Nintendo prosperó financieramente y, en la década de 1960, la empresa se diversificó, incluyendo incursiones en el negocio de los “hoteles del amor”, lo que reforzó sus asociaciones con la organización y manchó su reputación.

Posteriormente, se distanció de estos negocios controvertidos, marcando el final de su participación directa con la Yakuza, allanando el camino para la imagen moderna de Nintendo como la empresa de entretenimiento familiar que es hoy en día.

El foco sobre la mafia y las leyes anti-Yakuza

La historia de las leyes anti-Yakuza en Japón se remonta a principios de la década de 1960, cuando el descontento público con la creciente influencia de la Yakuza se intensificó. Esta crispación, exacerbada por sus estrechos vínculos con el Partido Liberal Democrático (PLD) gobernante, alcanzó su punto máximo durante las protestas de Anpo, lo que llevó a la policía japonesa a adoptar una estrategia ofensiva dirigida a los más altos niveles de los sindicatos del crimen.

Un desarrollo significativo durante este período fue la aparición de los Sokaiya en la década de 1980. Estos gánsteres, a menudo colaborando con la Yakuza, aterrorizaban a las corporaciones aprovechando información sensible para obtener ganancias. En respuesta, se aprobó una ley en 1982 para frenar la amenaza que representaban los Sokaiya, afectando indirectamente las operaciones de la Yakuza.

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Sin embargo, no fue hasta 1991 cuando se promulgó la primera ley integral anti-Yakuza, conocida como las leyes anti-Boryokudan. Esto marcó un momento crucial, ya que designó oficialmente a la Yakuza como “grupo violento”, y la señaló específicamente con legislación destinada a regular y vigilar sus actividades. A pesar de su importancia, la legislación de 1991 tenía deficiencias, ya que carecía de especificidad con respecto a las estructuras jerárquicas de la Yakuza. Las revisiones posteriores en 2007 y 2012 buscaron abordar estos problemas, introduciendo medidas para criminalizar actos simbólicos de la Yakuza y responsabilizar a los líderes por los crímenes de sus subordinados.

La participación pública y la presión internacional, particularmente de los Estados Unidos, también catalizó los esfuerzos de Tokio para combatir el crimen organizado. Las sanciones económicas impuestas a los clanes yakuza por el gobierno estadounidense obligaron a Japón a tomar medidas más completas contra ellos. La participación de la Yakuza en actividades ilícitas como el tráfico de drogas, la extorsión corporativa y la violencia llevó a su designación como una amenaza para la seguridad nacional, lo que provocó una acción gubernamental adicional.

Imagen coloreada de un grupo de Burakumin en el periodo Edo.
Imagen coloreada de un grupo de Burakumin en el periodo Edo. Fuente: laviedesidees.fr

La promulgación de las Leyes de Exclusión del Crimen Organizado en 2011 enfatizó aún más la participación pública en la lucha contra la organización, apuntando a negocios e instituciones financieras involucradas en transacciones con estos grupos. Las leyes más efectivas, aprobadas como ordenanzas en 2011, hicieron ilegal trabajar con la Yakuza, enfocándose en desmantelar el Yamaguchi-gumi, uno de sus clanes más importantes, lo que asestó un golpe devastador a sus negocios. 

Sin embargo, y pesar de los beneficios sociales de reducir la influencia de la Yakuza, la disminución del crimen organizado también ha planteado preocupaciones sobre las consecuencias no deseadas de la aplicación de estas leyes. La Yakuza, a pesar de sus actividades criminales, jugaba un cierto papel en mantener la baja tasa de crímenes violentos en Japón al imponer orden dentro de sus territorios. 

La aparición de grupos criminales más violentos y menos estructurados, como los Hangure, grupos más jóvenes y tecnológicamente más avanzados, han llenado el vacío dejado por la disminución de miembros de la Yakuza, reclutando a jóvenes desilusionados y contribuyendo a mantener unas ciertas tasas generales de crimen violento.

Situación actual del grupo

Mientras que los políticos de Japón han mantenido históricamente estrechos vínculos con el crimen organizado, en los últimos años se ha observado un cambio hacia una legislación más estricta contra la Yakuza. Estas medidas han prohibido a sus miembros participar en varias actividades legales, como abrir cuentas bancarias, firmar contratos de propiedad e incluso conducir en carreteras de peaje.

A pesar de estos esfuerzos, la presencia de la Yakuza sigue manifestándose en varios aspectos de la vida japonesa, con sus líderes y asociados formando alianzas con organizaciones criminales de Asia Oriental y grupos de extrema derecha que persisten en Japón hoy en día. Por ejemplo, en 2008, un tabloide publicó una foto del entonces primer ministro Shinzo Abe con un corredor financiero vinculado al grupo Yamaguchi-gumi, aunque Abe negó vehementemente cualquier conexión con el crimen organizado. Estos vínculos han llevado incluso al asesinato de altos funcionarios del país.

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En respuesta a la creciente presión social y gubernamental, la Yakuza ha intentado modernizarse y mantenerse relevante desarrollando estrategias no convencionales, incluyendo la participación en esfuerzos de ayuda tras desastres para mejorar su imagen pública, como se ha comentado anteriormente.

Sin embargo, la membresía de la Yakuza ha disminuido significativamente, de 87.000 en 2006 a tan solo 22.400 registrados en 2022, según informa la Agencia Nacional de Policía. Además, algunas facciones de la Yakuza se han disuelto voluntariamente, reconociendo la falta de atractivo del crimen organizado entre las generaciones más jóvenes y el entorno legal cada vez más hostil. Como resultado, la población de la Yakuza está envejeciendo y el reclutamiento se ha vuelto cada vez más difícil.

A través de siglos de evolución, desde sus humildes orígenes hasta sus relaciones con las élites políticas históricamente dominantes en el país, la Yakuza ha dejado una marca indeleble en la historia de Japón, abarcando siglos y reflejando una compleja interacción de tradición, poder, política y economía. Sin embargo, aunque los esfuerzos para disminuir la influencia de la Yakuza son evidentes, las consecuencias no deseadas incluyen el surgimiento de grupos criminales más violentos, lo que plantea nuevos y futuros desafíos para la gobernanza y la sociedad japonesa en su conjunto.

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