El llamado pivot to Asia atraviesa una etapa de redefinición después de 15 años sin haber cumplido su principal objetivo: preservar la posición dominante de Estados Unidos en Asia-Pacífico frente al ascenso de China.
La estrategia continúa formalmente vigente, pero algunos sectores del segundo gobierno de Donald Trump ya cuestionan su utilidad y proponen concentrar los recursos estadounidenses en el continente americano.
La evolución del pivot to Asia
La doctrina del pivot to Asia fue presentada durante el primer mandato de Barack Obama, quien gobernó entre 2009 y 2017. Su planteamiento consistía en retirar progresivamente recursos de Oriente Medio, reducir la atención dedicada a Europa y América Latina y trasladar capacidades económicas, diplomáticas y militares hacia Asia-Pacífico.
La administración demócrata consideraba que el crecimiento de China había dejado de ser compatible con el orden internacional encabezado por Washington. Es decir, Pekín ya no aparecía como un actor que pudiera integrarse gradualmente en el sistema político y económico occidental, como se creía en un principio, sino como un desafío estructural a la hegemonía estadounidense.
El giro asiático trataba así de corregir un cálculo anterior. Desde las reformas económicas impulsadas por Deng Xiaoping, Estados Unidos había confiado en que la apertura de China al capital internacional provocaría también una transformación política interna. Washington esperaba que el desarrollo capitalista erosionaría el control del Partido Comunista de China (PCCh) y acercaría al país al modelo occidental.
Sin embargo, Pekín utilizó la apertura para industrializarse, captar tecnología, modernizar su estructura productiva y aumentar sus capacidades estratégicas sin abandonar el control político del Partido Comunista. Cuando Obama formalizó el pivot to Asia en 2011, la potencia asiática ya disponía de una base económica y militar mucho más sólida.
La principal dificultad de Estados Unidos para ejecutar el giro asiático ha sido su incapacidad para reducir de forma suficiente su presencia en otros escenarios. Oriente Medio continuó absorbiendo recursos militares, diplomáticos y políticos, especialmente por las guerras de Irak y Afganistán y por la relación con Israel.
Washington pretende mantener a Tel Aviv como principal transmisor de sus intereses en la región, pero el Estado hebreo no dispone de la capacidad necesaria para sustituir completamente la presencia estadounidense, al menos por ahora.
Al mismo tiempo, Estados Unidos tampoco ha mostrado autonomía suficiente para desligarse de su aliado, como quedó patente durante la guerra contra Irán en 2025 y 2026. Esta contradicción ha limitado la posibilidad de concentrar mayores recursos contra China.
Al igual que Obama, las administraciones de Trump y Joe Biden conservaron formalmente la prioridad asiática. Ambas fortalecieron el Comando del Pacífico, aumentaron la presión tecnológica sobre Pekín y reforzaron sus relaciones con actores de la región, como Japón, Filipinas o Corea del Sur. Trump añadió la guerra arancelaria, mientras Biden intensificó las restricciones dirigidas contra la industria tecnológica china.
No obstante, el aumento de recursos estadounidenses fue inferior al crecimiento de las capacidades chinas. Durante la década posterior a 2011, Pekín redujo la distancia militar con Washington tanto en términos cuantitativos como cualitativos. Estados Unidos mantuvo una posición de fuerza, pero terminó el periodo en una situación relativa más débil que cuando anunció el giro.
China y el segundo mandato de Trump
El segundo gobierno de Trump ha introducido un enfoque adicional en la ecuación del pivot to Asia. Algunos sectores consideran que China ya ha consolidado una posición difícil de revertir en Asia-Pacífico y que Estados Unidos debe dejar de intentar impedir lo inevitable. Su alternativa consiste en asegurar el control del continente americano y subordinar a los aliados europeos para construir un orden bipolar frente a Pekín.
Otros sectores mantienen que China debe continuar siendo la prioridad, pero defienden una modificación de los métodos. En lugar de concentrar el esfuerzo en nuevas bases militares, la cuestión de Taiwán o las disputas en el mar Meridional, proponen combatir la influencia china mediante sanciones, presión económica y expulsión de sus intereses de América Latina.
Esta orientación converge con el repliegue hemisférico impulsado desde la segunda administración republicana de Trump. Los acuerdos alcanzados con países latinoamericanos incluyen exigencias dirigidas a limitar la presencia china en puertos, infraestructuras y posibles instalaciones militares.
Panamá aparece como uno de los ejemplos de esta presión sobre los intereses chinos. En Argentina, Washington busca asegurar un posible acceso militar mientras reduce la presencia de Pekín. La política hacia Venezuela y una posible operación contra Cuba también incorporan la competencia con la potencia asiática como elemento de justificación.
El pivot to Asia no ha desaparecido, pero ya no existe consenso sobre su aplicación. El segundo mandato de Trump puede mantener la estrategia original, transformarla en un giro asiático centrado en expulsar a China del continente americano o abandonarla en favor de una aceptación del ascenso chino como primera potencia mundial.
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