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El mito de la bomba atómica y la rendición del Imperio Japonés

Imagen aérea de la bomba atómica lanzada por Estados Unidos contra Hiroshima, Japón
Imagen aérea de la bomba atómica lanzada por Estados Unidos contra Hiroshima, Japón

Con frecuencia se suele escuchar que las bombas atómicas derrotaron a Japón y que, además, salvaron vidas. Incluso, que constituyeron un mal menor en el contexto de las últimas semanas de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, esta historia, repetida hasta la saciedad, difícilmente se sostiene bajo la égida de la historiografía. Más allá del mito, la realidad fue mucho más compleja, producto de intereses cruzados y de los prolegómenos de la Guerra Fría.

Un callejón sin salida

A comienzos de julio de 1945 el Imperio japonés se encontraba en un callejón sin salida. Aunque todavía conservaba el control de amplios territorios en el continente asiático, su metrópoli estaba siendo arrasada por los bombardeos y su economía estaba al borde del colapso. Para entonces en el seno del gobierno japonés coexistían dos tendencias. Una era partidaria de seguir luchando, no ya por la victoria, pero si para desgastar a los norteamericanos y forzarlos a aceptar un acuerdo de paz favorable para Tokio. La otra tendencia, en clara inferioridad respecto al sector más militarista, aspiraba alcanzar una salida a la guerra lo antes posible.

Desde la Conferencia de Casablanca (1943) la política oficial de los Aliados había sido que no se aceptaría otra cosa que la rendición incondicional de las Potencias del Eje. Pero para entonces la Alemania nazi ya había caído, y en Tokio algunos empezaron a plantear una posible salida negociada. Por esas fechas en Estados Unidos se estaban produciendo importantes cambios. La muerte de Franklin D. Roosevelt, en abril de 1945, había llevado a la presidencia a Harry Truman, una figura con una escasa experiencia en política exterior. No llevaba ni seis meses como vicepresidente y de la noche a la mañana le tocó a él gestionar el final de la guerra. 

Al poco de asumir el cargo Truman se encontró con que los Estados Unidos tenían a su disposición un nuevo tipo de arma que iba a tener una gran influencia en el futuro. A esas alturas ya no se iba a usar contra Alemania, pero podía ser empleada contra Japón. Durante varias semanas en el seno de la administración Truman se debatió qué pasos debían darse. Roosevelt y Stalin ya habían acordado con anterioridad que, una vez que Alemania fuera derrotada, trascurridos unos meses la Unión Soviética se uniría a la guerra contra Japón. Tanto Roosevelt como su secretario de guerra, Henry L. Stimson, lo consideraban un paso clave para derrotar a Japón.

Lo cierto es que Japón disponía de millones de soldados apostados desde Manchuria hasta Indochina, y contaba con las industrializadas Manchukuo y Corea como retaguardia. Paralelamente, en la metrópoli se estaban organizando un ejército de reserva y numerosas milicias con el fin de rechazar una invasión norteamericana del archipiélago nipón. La batalla de Okinawa mostró la dura resistencia que podían ofrecer frente a una potencial invasión de las islas principales.

El nuevo secretario de Estado, James F. Byrnes, quería acabar la guerra cuanto antes. Estaban en curso las negociaciones con los soviéticos sobre la Europa de posguerra y, en ese contexto, quería evitar un posible escenario que implicara hacer cesiones a la URSS en Asia. Para entonces en Washington ya conocían las intenciones de la facción “pacifista“ nipona. John McCloy, adjunto del Secretario de Guerra, propuso a Truman explorar la vía negociadora y ofrecer a Tokio varias condiciones –entre otras, que se podía mantener la figura del emperador japonés–. Pero Byrnes vetó esta posibilidad y recomendó a Truman que se arrojaran bombas atómicas sobre Japón, sin previo aviso. 

Años después tanto James Byrnes como John McCloy reconocerían en sendas entrevistas de televisión que el objetivo de lanzar la bomba atómica sobre Japón no fue otro que usar esta carta para influir en las negociaciones con los soviéticos de cara a construir el mundo de la posguerra. El propio Byrnes llegó a señalar que el objetivo era conseguir terminar la guerra cuanto antes; de esta forma, confiaba en no tener que negociar con los soviéticos cuestiones territoriales o áreas de influencia en Asia.

En la Declaración de la Conferencia de Potsdam (26 de julio) los Aliados lanzaron un ultimátum y exigieron la rendición incondicional de Japón. Cabe recordar que la Unión Soviética no estaba en guerra con Japón y desde 1941 estaba vigente un pacto de neutralidad entre ambas naciones. Tanto Moscú como Washington, cada uno por su lado, se aprovecharon de estas circunstancias de cara al movimiento final de la guerra. Ante esa situación, en Tokio decidieron ignorar la declaración de Potsdam, pues algunos creían que la URSS podía actuar de mediador con Londres y Washington.

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A partir de ese momento, los acontecimientos se precipitaron. En la mañana del 6 de agosto los norteamericanos lanzaron una bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima, situada al sur del país. En contra de lo que esperaban Byrnes y Truman, pasaron dos días y las autoridades japonesas no reaccionaron anunciando la rendición. En la madrugada del 9 de agosto, después de que Moscú denunciara su pacto de neutralidad, sus fuerzas armadas atacaron a los japoneses en China, Manchuria, Corea, Sajalín y las islas Kuriles. Unas horas después, los norteamericanos lanzaron una segunda bomba atómica sobre la ciudad de Nagasaki. A mediodía del 9 de agosto el gobierno japonés ya era consciente de la avalancha que se le venía encima: en pocos días la resistencia nipona en Manchuria se desmoronó. Con los soviéticos avanzando por varios frentes, y con la metrópoli devastada, el sector “pacifista“ en el gobierno logró imponerse a la facción más belicista. El 15 de agosto se anunció que Japón se rendiría; dos semanas después, el 2 de septiembre, se firmó la rendición formal.

Sería después de la guerra cuando desde la administración Truman se empezó a elaborar el mito de que los Estados Unidos lanzaron las bombas atómicas para evitar así una invasión de la metrópoli nipona y una posible matanza de soldados norteamericanos. La narrativa buscaba enmascarar no solo los verdaderos propósitos que movieron a lanzar las bombas atómicas, sino también justificar ante el público mundial las consecuencias que implicaron para los civiles de Hiroshima y Nagasaki.

Una historia oportuna

“La decisión de utilizar la bomba atómica supuso la muerte de más de 100.000 japoneses. Ninguna explicación puede cambiar este hecho y no deseo pasar por alto este hecho. Pero esta destrucción deliberada y premeditada fue nuestra opción menos aborrecible. La destrucción de Hiroshima y Nagasaki puso fin a la guerra japonesa.” 

Estas eran las conclusiones a las que llegaba el Secretario de Guerra Henry Stimson en 1947 sobre los lanzamientos de la bomba en Japón. Con este artículo, titulado “La decisión de utilizar la bomba atómica”, Stimson situaría los ejes esenciales de lo que se conocería como la historiografía ortodoxa, y que sería la piedra de toque sobre la posterior interpretación de la rendición japonesa. El ensayo presentaba el dilema como una elección binaria entre lanzar la bomba o emprender una sangrienta invasión de Japón. La decisión de lanzar la bomba era así presentada como la que provocaría menos muertes, un relato sencillo y coherente que ayudaba a explicar lo sucedido, a darle una lógica. De esta forma, al reducir la cuestión era más fácil simplificar la elección y purgar moralmente las conciencias: la bomba era un mal necesario.

El primero en poner el duda este relato fue Gar Alperovitz con su obra “La decisión de utilizar la bomba atómica y la arquitectura de un mito estadounidense”, que sería seguido por la corriente historiográfica revisionista principalmente en los años de la década de 1960. La administración Truman era consciente, a través de los cables diplomáticos japoneses, de los obstáculos para la rendición, y de ahí los debates internos sobre las condiciones. El 30 de mayo de 1945 el expresidente Herbert Hoover envió un memorándum al presidente Harry Truman instándole a cambiar los términos de la rendición para permitir a Japón conservar a su emperador. Esta era una de las piezas clave por las cuales Tokio se resistía a la rendición incondicional exigida por los Aliados. No se puede decir, por lo tanto, que no hubiera espacio para maniobrar, pues de hecho los términos de Potsdam contenían algunas garantías. 

En los meses clave del verano de 1945 hay varios documentos que discuten sobre la ‘posibilidad de la rendición’. El 6 de julio el Comité Combinado de Inteligencia de los Jefes de Estado Mayor redactó que “los grupos dirigentes japoneses son conscientes de la desesperada situación militar y desean cada vez más una paz de compromiso, pero siguen considerando inaceptable la rendición incondicional […] La entrada de la Unión Soviética en la guerra convencería finalmente a los japoneses de la inevitabilidad de la derrota completa”. El propio Stimson escribió a Truman el 2 de julio: “Creo que Japón es susceptible de entrar en razón en mucha mayor medida de lo que indica nuestra prensa. Japón no es una nación compuesta en su totalidad por fanáticos de una mentalidad totalmente diferente a la nuestra.” Es decir, los argumentos que plantean la necesidad de la bomba por algún tipo de pensamiento irracional por parte del liderazgo japonés no era algo que concibieran los dirigentes estadounidenses. 

La bomba tampoco fue un elemento militar decisivo, los altos mandos del ejército de Estados Unidos lo reconocerían en años posteriores. De los ocho generales y almirantes de cinco estrellas, los oficiales de más alto rango, siete creían que Hiroshima y Nagasaki fueron en última instancia innecesarios, entre ellos el que sería presidente, Dwight Eisenhower. Por ejemplo, el Almirante de Flota Chester Nimitz, Comandante en Jefe de la Flota del Pacífico: “Los japoneses, de hecho, ya habían pedido la paz. La bomba atómica no desempeñó ningún papel decisivo, desde un punto de vista puramente militar, en la derrota de Japón.” En este sentido, el bombardeo nuclear de Hiroshima y Nagasaki no se diferencia en gran medida de otros bombardeos incendiarios que arrasaron completamente ciudades como Tokio, salvo por las consecuencias radioactivas que tuvieron en las siguientes generaciones. Por lo tanto, la idea de que la bomba fue decisiva en la rendición del Imperio Japonés constituyó una historia conveniente que permitía justificar el uso del armamento nuclear. 

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Aunque el uso de la bomba trataba de inducir a los mandos japoneses a la rendición, hubo algo más que explicó los motivos que llevaron a utilizarla: el hecho de que en Washington quería hacer una demostración de su poderío militar y tomar ventaja en la diplomacia posterior a la Segunda Guerra Mundial. Varios altos cargos del proyecto S-1 –nombre secreto del programa nuclear– ya lo indicaban, el físico nuclear polaco Józef Rotblat relata como el general Leslie Groves –a cargo del Proyecto Manhattan– dijo una vez en Los Álamos que “[…] por supuesto, el verdadero propósito de fabricar la bomba era someter a los soviéticos”. Afirmación que respaldaría también el físico australiano Mark Oliphant. Evidentemente, no se trata de que los soviéticos fueran el objetivo desde un inicio, o que la guerra en el Pacífico se retrasara deliberadamente para lanzar las bombas nucleares. Pero sí es cierto que en la administración Truman muchos ya estaban pensando a largo plazo en ese escenario que se abriría con la Guerra Fría, y esto jugó un papel significativo en la decisión de lanzar la bomba. 

Esto mismo es lo que llevó a algunos físicos, que consideraban que la Unión Soviética había hecho enormes sacrificios para asegurar la victoria frente a la Alemania Nazi, a espiar para Moscú. Además, creían que excluir a los científicos rusos sólo conduciría a una carrera armamentística de posguerra. Uno de estos, Theodore Hall, afirmó más tarde que este temor fue lo que le llevó a espiar para los soviéticos. Tras la rendición alemana muchos se cuestionaron la necesidad de continuar con el programa nuclear y de no compartir la información con los aliados soviéticos, Un ejemplo significativo fue el científico danés Niels Bohr, que advirtió que el uso de la fuerza nuclear sin previo aviso sería interpretado como un mensaje a los soviéticos. De hecho, uno de los objetivos más importantes para Groves era asegurar que los soviéticos no consiguieran información clave sobre el programa nuclear, lo que explica no sólo la rígida compartimentación del Proyecto Manhattan, sino también la misión dirigida por él para capturar a todos los científicos atómicos alemanes y llevarlos a Estados Unidos para que la Unión Soviética no hiciera lo propio. 

La bomba atómica: un regalo divino

Por su parte, está narrativa sobre la rendición de Japón por la bomba atómica también fue muy útil para la clase dominante japonesa, que de esta forma podía presentar la rendición como el producto de un arma contra la que era imposible luchar; así se evitaba la percepción de una derrota humillante y el emperador podía salvar su imagen. Esto se puede corroborar en la reunión mantenida entre el emperador Hirohito y el ministro de Marina Mitsumasa Yonai ante la preocupación por los crecientes disturbios civiles: “Creo que el término es inapropiado, pero las bombas atómicas y la entrada soviética en la guerra son, en cierto sentido, regalos divinos. Así no tenemos que decir que hemos abandonado la guerra por circunstancias internas.”

Situación de la ciudad de Hiroshima como consecuencia del lanzamiento de la bomba atómica por parte de Estados Unidos.
Situación de la ciudad de Hiroshima como consecuencia del lanzamiento de la bomba atómica por parte de Estados Unidos. Bajo CC BY-SA 2.0

La bomba atómica, que como decimos en su capacidad de destrucción no suponía una diferencia cuantitativa a los bombardeos incendiarios, se presentó ante el público japonés en el discurso de rendición del emperador como “una nueva y cruelísima bomba, cuyo poder para causar daño es, de hecho, incalculable […]. Si continuáramos luchando, no sólo provocaría el colapso final y la aniquilación de la nación japonesa, sino que también conduciría a la extinción total de la civilización humana”. Sin embargo, al dirigirse a los militares, puso el acento en la entrada de los soviéticos en la guerra como la razón principal que hacía insostenible la resistencia, pues la invasión soviética invalidó la estrategia militar, al igual que invalidó la estrategia diplomática. El emperador pudo utilizar el hecho de los bombardeos atómicos como excusa para la rendición. Así pues, las bombas tuvieron su influencia, pero no fueron la cuestión decisiva en cuanto a por qué los japoneses aceptaron la rendición incondicional.

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Los altos mandos nipones entendían el peligro que suponía para su posición social la entrada de los soviéticos, que en el momento de la rendición ya planeaban el desembarco en Hokkaido. Al temor a que los soviéticos llevarían una revolución en las relaciones de clase existentes se sumaba la posibilidad de una partición del país como la de Alemania, de modo que al adherirse a los términos de la declaración de Potsdam se aseguraba la indivisibilidad de las islas principales del archipiélago japonés. Con esta conclusión las autoridades niponas pudieron moldear en el futuro una nueva conciencia nacional en la que Japón fue presentada como la víctima, lo que permitía ignorar todas las atrocidades cometidas durante la guerra, instalando unas ideas que serían clave para mantener el orden social de posguerra. Por último, tampoco tenían ningún deseo de contradecir a Estados Unidos y su mito, pues las autoridades de ocupación tenían la potestad para cambiar o rehacer la sociedad japonesa; asimismo, muchos dirigentes podían enfrentarse a juicios por crímenes de guerra.

Por todas estas razones es importante comprender los motivos que llevan tanto a Estados Unidos como a Japón a promocionar esta idea. Además, en las circunstancias actuales, este tipo de mitos vienen a crear un clima de opinión pública favorable al uso del arma nuclear. Vienen a depositar la idea de que el uso de las bombas en Japón realmente salvó vidas y que, por lo tanto, era el menor de dos males, consagrando una visión del mundo que informa que la masacre instantánea de cientos de miles de personas está, al menos a veces, moralmente justificada. En otras palabras, esta visión asume que los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki estaban justificados.

Un análisis escrito por Àngel Marrades y Manuel de Moya Martínez

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