
Sri Lanka acudió a las urnas el 21 de septiembre de 2024, dos años después de las protestas que derrocaron a la familia Rajapaksa y terminaron con el asalto al palacio presidencial. Tras un breve paréntesis de calma, el país debe decidir su futuro en medio de una grave crisis económica, la ruptura de los lazos de confianza entre élites y población y los intereses estratégicos de India, China y Estados Unidos.
Enclavada en el corazón del Océano Índico, esta nación de 22 millones de habitantes condensa en su territorio las grandes cuestiones contemporáneas que atraviesan la región del Indo-Pacífico y que, por ende, rigen la coyuntura contemporánea internacional.
¿Cómo encajar la diversidad étnica y religiosa en un Estado-nación?, ¿Qué estrategias se deben aplicar para desarrollar un país económicamente? ¿Cuál es la orientación geopolítica más efectiva para una nación pequeña frente a la competición entre potencias? A todas estas problemáticas ha dado una respuesta parcial la sociedad esrilanquesa. Pero antes de analizar su réplica es preciso abordar los factores que la han llevado a dicha encrucijada.
Sri Lanka, un país moldeado por la geopolítica
Ceilán, la isla sobre la cual en el siglo XX se erigió Sri Lanka, es un nodo logístico de primer orden en el Océano Índico. Las costas de esta ínsula, de apenas 66.000 kilómetros cuadrados, absorben al mismo tiempo los influjos comerciales que emanan y arriban del subcontinente indio como sus homólogos que transitan entre Europa, Oriente Medio, África Oriental y Asia-Pacífico. Para los primeros actúa a modo de plataforma a través de la que expandir y proteger sus intereses, mientras que para los segundos es una parada obligada en su trayecto.
El carácter estratégico que la geografía ha dado a la actual Sri Lanka ha sido, y es, el principal motor de las pulsiones políticas del territorio. Este factor, al constituir al país demográficamente a base de sucesivas oleadas migratorias, ha creado la mayor división sociopolítica: la rivalidad entre la etnia cingalesa y la tamil. Los cingaleses son un pueblo indo ario y budista, mientras que los tamiles son hindúes y pertenecen a la familia dravídica. Así, sus concepciones de Ceilán se han manifestado históricamente desde prismas antagónicos.
Los tamiles fueron la base demográfica del imperio costero Chola, mientras que los cingaleses mantuvieron estrechos lazos con los sucesivos imperios que se forjaban a orillas del Ganges. El choque de visiones y la diferenciación etno-lingüística llevaron a una crisis que cristalizó en la partición de la isla en dos focos de poder. Colombo, cingalés y budista, al sudoeste; Jaffna, tamil e hindú, al nororiente.
Pero el potencial geopolítico no interacciona positivamente con la división. Trescientos años después de la fragmentación política de la isla, las potencias europeas se abalanzaron sobre ella. Portugal, Países Bajos y Reino Unido se la disputaron hasta que terminó incluida en el Raj Británico. Esto último transformó la simple división étnica en un crisol de problemáticas complejas. La soberanía de Londres disolvió las estructuras tradicionales de poder y cooptó las aptitudes geopolíticas de la ínsula en su favor.
Durante el Ceilán Británico se instauró una economía latifundista que despojó de propiedad a las castas más bajas de la etnia cingalesa y transformó en burguesía nacional a las más altas, multiplicó la población tamil al importarla desde el sur de India para emplearla en el monocultivo y redujo el comercio a la simple producción de té, caucho y café. Sin embargo, la propia asimetría demográfica del control anglosajón del subcontinente indio impondría una temprana fecha de caducidad a este sistema.
En 1948, India y Pakistán nacieron al unísono, cambiando violenta e irreversiblemente las lógicas políticas del subcontinente indio. Pero Sri Lanka, todavía Ceilán, se mantuvo ajena a estas dinámicas debido a que sus élites coloniales lograron el consenso a través del liderazgo de la familia Senanayake y de la creación de una alteridad compuesta por la minoría musulmana y los movimientos marxistas. Así, durante treinta años, el país se convirtió en un remanente de la influencia británica en la región.
Con todo, este idilio no soportó el peso de las tensiones sociopolíticas. La necesidad de consolidar un Estado-nación activó fuertemente el conflicto cingaleses-tamiles, favoreciendo a los primeros. Los vestigios de la era colonial impulsaron la sublevación del movimiento marxista Janatha Vimukthi Peramuna (JVP) y Reino Unido fue desplazado por India, la Unión Soviética y Estados Unidos. La geopolítica retornaba para reclamar su histórico protagonismo.
Tigres contra leones
La década de los 70 fue un preludio de la tragedia. Las políticas de los gobiernos cingaleses encaminados a la obstaculización del acceso a la administración pública de los tamiles fueron contestados con la creación del brazo armado Tigres de Liberación del Eelam Tamil (LTTE), en contraposición simbólica al empleo del león como emblema nacional cingalés. Estos años de tensiones soterradas impusieron paulatinamente la racionalidad del “ojo por ojo”.
Para cuando en 1983 el LTTE emboscó a una patrulla del ejército esrilanqués, la mencionada lógica ya contaba con el suficiente asentamiento como para actuar independientemente de los cálculos políticos. De este modo, el ataque fue correspondido con pogromos anti-tamiles en Colombo, tan solo para que estos fueran emulados en Jaffna en la dirección opuesta. En el espacio de cuatro años, Sri Lanka se hallaba dividida por la mitad siguiendo líneas étnicas e imbuida en un ciclo de violencia.
La implosión de Sri Lanka, dada su relevancia geopolítica, no pasó inadvertida entre las potencias del Indo-Pacífico. Temiendo que esta situación derivara en una ventana de oportunidad para la intervención de potencias rivales, y que contribuyera a la desestabilización de la entidad federativa de Tamil Nadu, India, a través del Departamento de Investigación y Análisis (R&WA), dio apoyo material y entrenamiento al LTTE. Convirtiéndolo en la principal fuerza tamil de la isla.
El involucramiento de India forzó a Colombo a buscar la paz y acudir a la mesa de negociaciones. En ella encontraron como interlocutor al primer ministro Rajiv Gandhi, quien apostó por el desarme de las facciones tamiles y su incorporación a la vida política bajo el tutelaje de la Fuerza de Mantenimiento de la Paz de India (IPKF). La propuesta se topó con un error de cálculo fundamental: el LTTE no había sido incluido en las negociaciones.
Nueva Delhi había hablado por los tamiles esrilanqueses sin tenerlos en cuenta y pagaba las consecuencias viviendo su propio “Vietnam”. Las fuerzas indias, insuficientemente equipadas, sufrieron un hostigamiento constante por parte del LTTE que culminó con el asesinato del propio Rajiv Gandhi y la retirada de tropas.
India, se retiró para apoyar desde su territorio al bando cingalés. Si bien esto no logró revertir la dinámica de derrotas en la que estaba sumida esta facción en el corto plazo, supuso un cambio de tendencia en el largo plazo al permitir la adhesión de terceros actores sin el riesgo de entrar en confrontación con la superpotencia asiática. De esta forma, las industrias armamentísticas de todo el mundo se apresuraban a nutrir a Colombo de provisiones, mientras que Estados Unidos, China, Francia e Indonesia lo trataban de cohesionar bajo un esfuerzo de guerra unificado.
El momento de la victoria llegó entre 2006 y 2009. Tras cuatro años de proceso de paz auspiciado por Washington, el LTTE rompía el alto al fuego unilateralmente en una campaña llena de derrotas. Durante tres años, un ejército esrilanqués revigorizado por la ayuda externa lanzó ofensiva tras ofensiva hasta forzar a los Tigres de Liberación de Eelam Tamil a admitir públicamente la derrota.
El fin de las hostilidades solucionaba la cuestión étnica imponiendo la supremacía de los cingaleses y la protección a minorías damnificadas durante el conflicto como los musulmanes. Sin embargo, las incógnitas de cómo desarrollar económicamente el país y qué alineación internacional implementar estaban todavía por responder. Y, frente a ellas, una familia en concreto logró erigirse: los Rajapaksa.
La dinastía Rajapaksa
La historia de la familia Rajapaksa es fruto de las sucesivas coyunturas históricas que han formado la Sri Lanka contemporánea. Provenientes del distrito meridional de Hambantota, se integraron en las élites cingalesas, aunque desde una posición secundaria. Relegados de los principales asuntos nacionales por las grandes familias de Colombo –Senanayake y Bandaranaike–, tejieron desde su feudo una red de alianzas y corpus teórico que los llevó a obtener el apoyo de buena parte de las masas campesinas cingalesas y musulmanas.
Nacionalismo cingalés, lucha contra las desigualdades sociales y desarrollismo económico fueron los ejes del ideario que les llevó al poder en 2005, en un contexto en el que el capital político de los partidos tradicionales se hallaba agotado tras décadas de guerra civil y privatizaciones, mientras que el LTTE se lanzaba en una última carga contra un enemigo respaldado por las principales superpotencias del mundo.
La victoria militar fungió como fuente legitimadora por sí misma. Los Rajapaksa proponían una nueva era para Sri Lanka en la que las heridas de la guerra civil serían subsanadas por el desarrollo económico que, a su vez, tendría como principal motor el aprovechamiento del potencial geopolítico de la isla. Con esta premisa, la línea divisoria entre los proyectos personales y políticos quedó difuminada al no existir un contrapeso real a sus sugerencias, formándose con ello un sistema fuertemente nepótico que se cimentaba sobre un clima de total impunidad.
El nuevo país se empezó a construir en Hambantota, ubicado en la costa meridional, que ofrecía con su puerto un refugio seguro a escasas millas náuticas de las principales rutas marítimas de la región. Además, su infrautilización permitía la eventual formación de un centro de poder alternativo a Colombo y Jaffna. La nueva tesitura fue interpretada por una China enfrascada en la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) como una oportunidad estratégica, y los excedentes de capital chino se volcaron en financiar la “nueva Sri Lanka”.
Parecido a lo que había ocurrido décadas antes con la intervención de Nueva Delhi en la guerra civil, la puesta en escena masiva de Pekín alteró las dinámicas internas. La entrada de China alimentó una vorágine desarrollista en la cual India, Estados Unidos, Japón e instituciones financieras inundaban de préstamos e inversiones la economía local –flujos de dinero que usualmente acababan empleados en “elefantes blancos” no rentables–. En consecuencia, el PIB de esta nación asiática se disparó, al tiempo que su modelo económico pasaba a depender completamente de un creciente déficit presupuestario.
Para 2015, año en que el patriarca de la familia, Mahinda Rajapaksa, perdía las elecciones frente a Maithrilapa Sirisena, la crisis ya era sencillamente previsible. Pese a todo, Sirisena, representante de las élites tradicionales y con propuestas de austeridad, no hizo nada para revertir la dinámica, en gran medida como consecuencia de dos grandes factores de la política esrilanquesa: la “cobertura estratégica” y la ausencia de un proyecto alternativo.
El término "cobertura estratégica" hace referencia a la necesidad de las naciones pequeñas de no alinearse totalmente con una superpotencia, lo cual condujo a Colombo a equilibrar los préstamos de una con sus homólogos provenientes de la rival, política que rápidamente traspasó los colores partidistas para adquirir el adjetivo de “estatal”. Seguidamente, el poco capital político de Sirisena hizo su presidencia inestable al no poder encontrar un término medio entre el “modelo Rajapaksa” y las exigencias del Fondo Monetario Internacional (FMI), personificadas por el primer ministro Ranil Wickremasinghe, de una mayor austeridad.
Las tensiones llevaron a Sirisena a despedir a Wickremasinghe y aliarse con los Rajapaksa, en una jugada que terminó con Gotabaya Rajapaksa en el poder. Su estrategia era simple: revertir todas las medidas de austeridad y volver a la política de impuestos bajos con el fin de revitalizar su peso en el electorado. Esta medida fue implementada en los últimos meses de 2019.

La pandemia del COVID-19 afectó notablemente a la Sri Lanka de los Rajapaksa. El turismo se desplomó, los acreedores reclamaban su dinero ante el clima de incertidumbre generalizado, las remesas del exterior se hundían y la posterior guerra entre Rusia y Ucrania generó una crisis en el sistema alimentario mundial que abocó a la pobreza extrema a cientos de miles de agricultores.
En este contexto, asediados por las vicisitudes y desconectados de la realidad microeconómica del país, Gotabaya y el resto de su familia decretaron la prohibición de la importación de fertilizantes, pesticidas y herbicidas químicos con el objetivo de alcanzar una transición ecológica. Esta medida fue percibida por el campesinado cingalés como un ataque a sus economías y fue respondida con importantes protestas en las que los manifestantes asaltaron el palacio presidencial y pusieron fin a 15 años de hegemonía de los Rajapaksa.
Dissanayake, la contestación de la sociedad civil de Sri Lanka
En las elecciones de 2024, Anura Kumara Dissanayake ha logrado erigirse como una voz con capacidad de representación. Líder del National People's Power (NPP) y heredero ideológico del marxismo del JVP, ha catapultado a su partido desde un 3% de los votos en las elecciones generales de 2020 a un 42,2% en el primer conteo de las presidenciales, habiendo obtenido la victoria en el segundo por un 55,9%. Este éxito ha venido dado por su popularidad entre las masas cingalesas y musulmanas.
El nepotismo, la corrupción, la crisis económica y los ajustes presupuestarios, el terrorismo, las tensiones étnicas, la pobreza estructural, la falta de expectativas de futuro y las intrigas geopolíticas han constituido el clima en el que el líder del NPP ha alcanzado la presidencia. El outsider Dissanayake y el NPP, con un discurso basado en la erradicación de la corrupción y un proteccionismo económico orientado a la renegociación de los préstamos y la reducción de la austeridad, ha logrado sustraer a los Rajapaksa su tradicional base electoral, lo que les ha llevado a que su candidato, Namal Rajapaksa, haya obtenido un pírrico 2,6%.
Una de las cuestiones ahora es si Dissanayake también hereda los compromisos geopolíticos de la dinastía Rajapaksa. Ferviente crítico de la intromisión de India en los sectores económicos estratégicos, el nuevo mandatario era visto como el candidato más cercano a Pekín. No obstante, los legisladores chinos mantienen sus suspicacias al respecto debido a la percepción de que la clase política esrilanquesa no es un socio fiable –ya que se encuentra plagada de intereses indios– y al énfasis en la vecina Maldivas, donde China está obteniendo mejores resultados.
Por su parte, Sajith Premadasa, hijo del antiguo presidente Ranasinghe Premadasa y representante de las élites cingalesas tradicionales ha quedado en segunda posición. Con un programa reformista y extensos vínculos con Nueva Delhi, ha sido interpretado por el electorado en Sri Lanka como una opción inmovilista, lo cual lo ha dejado 10 puntos por detrás de Dissanayake tanto en la primera como en la segunda vuelta. Paradójicamente, su estrategia lo ha llevado a triunfar entre la población tamil, misma base demográfica a la cual pertenecían los asesinos de su padre.
India suma a Sri Lanka a la lista de naciones vecinas con complejas relaciones bilaterales. En el transcurso de un año –excluyendo las tradicionales enemistades con Pakistán y China–, Nueva Delhi ha perdido posiciones de manera acelerada. Las caídas de Pushpa Kamal Dahal y Sheikh Hasina en Nepal y Bangladés respectivamente, la victoria de Mohamed Muzu en Maldivas y, ahora, el giro de Sri Lanka, dibujan un entorno hostil para India.
Pero si los intereses indios se han visto damnificados por estos comicios, los estadounidenses han visto caer a su candidato en la irrelevancia. Ranil Wickremasinghe, con un perfil tecnocrático y cercano a Washington, ha obtenido un 17%. La fama de técnico ha venido acompañada de suspicacias acerca de su proximidad al FMI, mientras que su absorción de buena parte de la red clientelar de los Rajapaksa con el fin de granjearse su propia estructura política ha terminado de hundir su candidatura.
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