
Tras los atentados del 11-S, Uzbekistán se convirtió en el socio preferencial de Estados Unidos en Asia Central. El interés al fomentar una cooperación más estrecha o incluso una alianza con Washington respondía a las prioridades de Tashkent. A diferencia de Rusia o China, Estados Unidos no estaba interesado en ejercer un control político directo sobre la región y, por tanto, ofrecía a Uzbekistán un espacio de maniobra para establecerse como la potencia en Asia Central. Sin embargo, en 2003, se confirmaría la fragilidad de las relaciones. Con la Revolución de las Rosas en Georgia, más el inicio de diversas acusaciones sobre vulneraciones de derechos humanos en Uzbekistán por parte de oenegés cercanas a Washington, las autoridades uzbekas comenzaron a cuestionar la naturaleza de los vínculos bilaterales.
Ruptura con Occidente (2003-2007)
Durante el periodo comprendido entre 2002 y 2003, las relaciones con Estados Unidos vivieron una fase de enfriamiento acelerado ante las presiones internacionales que recibía Tashkent por la situación cada vez más agravante de los derechos humanos. Esta presión externa, que debilitaba el entendimiento con Occidente, renovó el interés de Uzbekistán en enfocar sus vínculos con la Federación Rusa. Así lo reflejó el viaje oficial de Vladimir Putin en agosto de 2003 a Samarcanda, convirtiéndose en la primera visita rusa de alto nivel desde la presencia de tropas norteamericanas en el país.
El cambio se evidenció en dos acontecimientos: en julio de 2004 con la firma del Tratado de Relaciones estratégicas entre Tashkent y Moscú, un acuerdo que estableció el nuevo nivel de cooperación militar e integración regional; y en mayo de 2005, con la retirada formal de Uzbekistán del GUUAM, la alianza política, económica y estratégica a la que Tashkent se unió buscando mecanismos de interacción fuera de la influencia rusa.
Sin embargo, la crisis de Andiján marcó un punto de inflexión en las relaciones entre Estados Unidos y Uzbekistán, ya que la presión internacional sobre las autoridades uzbekas se percibía como una amenaza para el gobierno de Islam Karimov. Por lo tanto, la renovación del acercamiento con Moscú se convirtió no solo en una oportunidad, sino en una necesidad para Tashkent. Los hechos de Andijan comenzaron el 11 de mayo de 2005 con una manifestación pacífica contra la sentencia de 23 empresarios encarcelados en 2004, dentro de las operaciones de la llamada "guerra contra el terror" [en referencia a la campaña militar internacional, posterior a los atentados del 11-S, que perseguía destruir a Al-Qaeda y a otras organizaciones yihadistas afines].
Esta manifestación rápidamente derivó en la toma de edificios gubernamentales y en protestas masivas contra el gobierno. El temor a una revolución de colores, como la que había obligado a huir dos meses antes al presidente del vecino Kirguistán, Askar Akayev, alimentó una desproporcionada represión contra los manifestantes, causando alrededor de 2.000 víctimas, según los defensores de derechos humano, o menos de 200, de acuerdo con la información oficial. La represión en Andijan supuso un punto de inflexión para las relaciones internacionales de Uzbekistán, rompiendo con Occidente y buscando el apoyo de Rusia y China en respuesta.
En julio de 2005, durante la Cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) en Astaná, Uzbekistán confirmó esta nueva orientación de su política exterior reclamando, con el respaldo de Moscú y Pekín, la finalización de las operaciones norteamericanas en suelo uzbeko. Esta decisión mostró la voluntad, no solo de Tashkent, sino regional, de acabar con la influencia de Estados Unidos en Asia Central. Durante los meses siguientes, las declaraciones de autoridades rusas y chinas respaldando a Islam Karimov se volvieron recurrentes, alegando la legitimidad de la reacción de Tashkent como una respuesta a un intento de revolución de colores o a una provocación de grupos cercanos a los Talibán.
Estas declaraciones fueron acompañadas de sendas visitas de Karimov a Rusia, incluso para su participación en las estructuras de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), que derivaron en la ampliación del comercio bilateral y la firma del Tratado sobre Relaciones Aliadas en noviembre de 2005, ratificando el nuevo nivel de relación entre ambos países. En esta misma línea, Karimov visitó China a mediados 2005, culminando con la firma del Tratado de Asociación Amistosa y Cooperativa China-Uzbekistán.
En 2006, Uzbekistán se integró a la Comunidad Económica Eurasiática (CEEA), y simultáneamente formalizó en agosto de ese mismo año su vuelta a la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC). Ambas decisiones confirmaron como Tashkent daba una mayor prioridad a Rusia frente a China en su reorientación estratégica. Aún así, la presencia uzbeka en estos mecanismos de cooperación dentro de la influencia rusa estuvo acentuados por un mínimo interés de integración.
Reconstrucción de la ambición regional (2008-2016)
La voluntad de continuar en la sombra de la hegemonía rusa no fue indefinida; el acercamiento a Moscú fue una necesidad de Tashkent para garantizar su seguridad mientras la presión internacional pudiese ser un problema. Pero ya en 2008 estaba preparado para volver a intensificar sus relaciones con Occidente, una vez Estados Unidos y la Unión Europea mostraron su inclinación a abandonar sus reclamaciones con lo sucedido en Andijan años atrás. Así pues, Uzbekistán comenzó a disminuir su interés en las organizaciones y estructuras derivadas de la influencia rusa. En diciembre de 2008, suspendió su pertenencia a la CEEA, calificando a la entidad de ineficaz y carente de perspectivas. Por otro lado, su ausencia en las cumbres de la OTSC y OCS se volvieron habituales.
La presencia de Uzbekistán en la OTSC se mantuvo en una compleja fragilidad que quebró por los cambios en las bases del organismo en diciembre de 2010 y diciembre de 2011. Estas modificaciones suponían una mayor integración política y un mayor alineamiento con Rusia, al establecerse que los miembros debían mantener una política exterior más coordinada y que el establecimiento de bases militares de terceras partes debía aprobarse por unanimidad de todos los integrantes.
Esta nueva realidad provocó el rechazo total de Uzbekistán ante la posibilidad de una mayor influencia de Rusia, y le generó fricciones con otros actores de la alianza, como Bielorrusia. De esta forma, en enero de 2012 quedó suspendida su membresía en la OTSC, pero su anuncio se retrasó ante las negociaciones entre las autoridades rusas y uzbekas en ese mismo mes. Tashkent estaba dispuesto a permanecer si Moscú se comprometía a garantizar la seguridad del país frente a Afganistán tras el fin de la misión de la OTAN en 2014. Ante la negativa de Moscú de ejercer ese papel, se confirmó definitivamente la segunda salida de Uzbekistán –la primera fue en 1999-.
Nuevas perspectivas de seguridad
El abandono de la OTSC convirtió inmediatamente en prioridad para Tashkent la creación de una nueva red de seguridad que le permitiera prepararse ante una eventual amenaza proveniente del Afganistán post 2014. Esta motivación impulsó los Acuerdos de Asociación Estratégica con China y Kazajistán en junio de 2012, así como resituó a Estados Unidos como una pieza fundamental para garantizar su seguridad y la estabilidad regional. Afganistán había sido la clave para las buenas relaciones entre ambos países en 2001 y volvió a ser importante en 2012 para el completo restablecimiento de estas.
Así pues, Uzbekistán asumió el enfoque que el subsecretario adjunto americano para Asia Meridional y Central, George Krol, manifestó en 2009: “Asia Central juega un papel vital para nuestra estrategia en Afganistán [...] Un futuro estable para Afganistán depende de la asistencia continua de sus vecinos de Asia Central, de la misma manera que un futuro estable y próspero para los Estados centroasiáticos dependen de volver a traer la paz, la estabilidad y la prosperidad a su vecina Afganistán”.
Bajo esta premisa, Tashkent se consolidó como un pilar esencial en el apoyo regional a la República Islámica de Afganistán, desarrollando infraestructura de transporte y suministrando energía. Uzbekistán veía en esta cooperación una manera de asegurar su propia seguridad, tanto al contribuir a la estabilidad del frágil gobierno de Kabul, como al obtener el compromiso de Estados Unidos para garantizar su seguridad ante cualquier inestabilidad proveniente de Afganistán.

En agosto de 2012 se pudo apreciar otra de las consecuencias de la salida de la OTSC, cuando el Oliy Majlis, el parlamento uzbeko, adoptó el nuevo Concepto sobre la Actividad de Política Exterior de la República de Uzbekistán. Este enfoque no era más que otra forma de articular su política exterior multivectorial mediante cuatro disposiciones: no a las bases extranjeras en territorio uzbeko; no a la participación en bloques militares; no a la implicación en operaciones de mantenimiento de la paz en el extranjero; y no a la mediación de cualquier potencia externa en conflictos de Asia Central.
El vector chino para Uzbekistán
Uzbekistán no consideró a la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) una entidad militar, lo que fomentó la cooperación con China basada en la Asociación Estratégica firmada en junio de 2012. Así, la visita de Estado del presidente chino, Xi Jinping, a Tashkent en septiembre de 2013 reforzó los cimientos de la cooperación bilateral. Durante los encuentros, se firmaron 31 documentos para proyectos por un valor de 15.000 millones de dólares, elevando el total de acuerdos entre ambos países a 20.000 millones de dólares.
Asimismo, las partes recordaron el carácter especial y el alto nivel de su cooperación, entre otras cosas, con la Declaración sobre el Desarrollo y la Profundización de las Relaciones Bilaterales de Asociación Estratégica y el Acuerdo de Amistad y Cooperación, acuerdos que enfatizaron el compromiso de apoyar el desarrollo elegido por cada parte, adecuado a sus propias condiciones internas y a respaldar las iniciativas de cooperación internacional de cada uno. La Declaración sobre la Asociación Estratégica afirmaba que no se unirían a ninguna alianza o bloque que dañara la soberanía, la seguridad y la integridad territorial de la otra parte.
La visita de Xi Jinping a Tashkent coincidió con un aumento de la inseguridad interna debido a la cuestión de la sucesión de Islam Karimov. Durante este periodo, Pekín comenzó a fortalecer sus vínculos con los primeros indicios de la nueva Uzbekistán que se vislumbraba. En estas relaciones destaca el papel de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS). Para China, la OCS ofrece influencia geopolítica en la región, mientras que para Uzbekistán no era tanto un foro multilateral, sino más bien una plataforma para el compromiso bilateral con la potencia asiática. Es decir, Tashkent construía sus vínculos estratégicos con Pekín a través de este organismo.
Así pues, para Uzbekistán la ampliación de la OCS en la Cumbre de Ufa en 2015 representó un desafío de política exterior, ya que contradecía uno de los principios de su Concepción de la Política Exterior, el cual priorizaba las relaciones bilaterales en su actividad internacional. Durante la cumbre, Islam Karimov advirtió contra la transformación de la OCS en una alianza político-militar. Estas declaraciones, relacionadas con las posturas antioccidentales tácitas de Rusia y China dentro de la organización, reflejaban la voluntad de Uzbekistán de mantener una política independiente y equilibrada entre tres grandes potencias: Estados Unidos, Rusia y China.
Suscríbete y accede a los nuevos Artículos Exclusivos desde 3,99€
Si escoges nuestro plan DLG Premium anual tendrás también acceso a todos los seminarios de Descifrando la Guerra, incluyendo directos y grabaciones.







