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Las siete claves geopolíticas de 2025

En esta entrada recopilamos siete claves geopolíticas para entender qué ha ocurrido en cada una de las regiones del mundo en 2025.
En esta entrada recopilamos siete claves geopolíticas para entender qué ha ocurrido en cada una de las regiones del mundo en 2025.

2025 ha sido clave en la política internacional. Lejos de ser una simple acumulación de crisis, los principales acontecimientos del año han reflejado la consolidación de dinámicas que llevaban tiempo gestándose: guerras que se cronifican, equilibrios regionales que se erosionan y una competencia geopolítica entre potencias cada vez más intensa.

Para comprender lo ocurrido en 2025 no basta con atender a cada episodio por separado. La evolución de la guerra en Ucrania, el recrudecimiento del conflicto en Sudán, la escalada entre India y Pakistán, el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, el repliegue hemisférico de Estados Unidos, el papel de Israel en Oriente Medio o los enfrentamientos entre Tailandia y Camboya forman parte de un mismo contexto de reordenamiento internacional.

Por este motivo, en esta entrada recopilamos siete claves geopolíticas que permiten entender qué ha ocurrido en 2025 y con qué tendencias de fondo se abre 2026, un año que se perfila marcado por la continuidad –y posible intensificación– de muchas de estas dinámicas.

Rusia consolida sus avances en Ucrania

En la guerra de Ucrania, 2025 estuvo marcado por una clara dinámica de erosión acumulativa de las fuerzas ucranianas, incapaces de mantener líneas estables en varios sectores del frente ante la combinación de la superioridad artillera rusa, el uso de drones con capacidad de atacar la logística y un agotamiento progresivo de sus reservas. 

Rusia logró consolidar varios avances tácticos y operacionales en múltiples ejes, ampliando el control territorial y generando nuevas realidades estratégicas en el este y el noreste de Ucrania.

En el frente norte, Moscú expulsó a las fuerzas ucranianas de la región de Kursk, revirtiendo la ofensiva ucraniana del año anterior y estableciendo una zona de seguridad que avanzó en el óblast de Sumy, obligando a Kiev a redistribuir sus recursos para frenar nuevos intentos de penetración. En paralelo, a finales de año, Rusia capturó Vovchansk, en el norte de Járkov, aprovechando la creciente presión sobre las defensas de la región.

El eje Kupiansk volvió a ser un punto crítico. La zona fue escenario de una nueva batalla prolongada, con avances significativos de las fuerzas rusas y contraataques ucranianos que, aunque lograron frenar el colapso total y recuperar la ciudad de Kupiansk, no impidieron la consolidación de posiciones rusas más favorables en la ribera oriental del río Oskil.

Para ampliar: La guerra de Ucrania: todos pierden, menos Estados Unidos

En el norte de Donetsk, el otoño trajo una intensificación de las operaciones rusas, con avances en dirección a Limán y Síversk. Esta última quedó prácticamente bajo control ruso a finales del año, abriendo la puerta operativa hacia Sloviansk, un núcleo estratégico del Donbás cuya defensa se complica ante la pérdida de profundidad en las líneas ucranianas.

Un hito especialmente relevante fue la caída de Chasiv Yar en julio, tras un año y medio de combate de desgaste. La localidad, ubicada en alturas dominantes, ofrece a Rusia un terreno más favorable para proyectar la ofensiva hacia Kostiantynivka, un centro clave en la defensa ucraniana del Donbás occidental.

También se registraron combates de alta intensidad al norte de Pokrovsk, en Dobropyllia, donde Rusia rompió temporalmente las defensas ucranianas, generando un saliente que obligó a Kiev a emplear múltiples reservas. Aunque Ucrania logró recuperar la zona tras meses de lucha, el esfuerzo provocó el colapso defensivo en Pokrovsk, el cerco estratégico de la aglomeración y, finalmente, el aislamiento de más de 1.000 soldados en Myrnohrad.

En el sur, las operaciones rusas avanzaron sobre Dnipropetrovsk y Zaporiyia, impulsadas por la toma de Velyka Novosilka a comienzos de año. Desde noviembre, el flanqueo casi completo de Huliahpole debilitó aún más la capacidad ucraniana para sostener el frente meridional.

A esta situación en el campo de batalla se han sumado los intentos de poner fin al conflicto por parte de la administración de Donald Trump, que busca redirigir los recursos destinados a Europa para impulsar su repliegue hemisférico. No obstante, pese a las negociaciones, estas no han llegado a buen puerto, ya que las posiciones de Ucrania, Rusia y la Unión Europea siguen estando muy alejadas.

Sudán, al borde de la fragmentación territorial

Sudán está a punto de cumplir su tercer año de guerra con una virulencia igual o incluso mayor que al inicio del conflicto y sin señales claras de que vaya a terminar. El país está completamente devastado, con decenas de miles de muertos, más de 14 millones de desplazados y la mitad de la población enfrentándose a niveles altos de inseguridad alimentaria. 

Así, el enfrentamiento entre las Fuerzas Armadas (SAF) –lideradas por Abdelfatah al Burhan– y el grupo paramilitar Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) –encabezado por Mohamed Hamdan Dagalo “Hemedti”– ha convertido a Sudán en la mayor catástrofe humanitaria del mundo, según Naciones Unidas.

Si 2024 acababa con las Fuerzas Armadas en plena ofensiva con la toma de algunas de las ciudades más importantes en el valle del Nilo, en las últimas semanas de 2025 las RSF han conseguido una de las victorias más importantes y simbólicas de la guerra: la caída de El Fasher

Con ello, han logrado un control prácticamente total de Darfur, la región que las vio nacer cuando aún eran las milicias janjaweed y desde la que perpetraron, junto al gobierno sudanés, el genocidio de comienzos de siglo.

Control territorial de Darfur, en Sudán, a día 17 de diciembre de 2025. En granate, las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF); en azul, el Movimiento de Liberación de Sudán; en verde, las Fuerzas Armadas de Sudán (SAF); en amarillo, el Movimiento de Liberación del Pueblo de Sudán; en rojo, Darfur Joint Force (DJF).
Control territorial de Darfur, en Sudán, a día 17 de diciembre de 2025. En granate, las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF); en azul, el Movimiento de Liberación de Sudán; en verde, las Fuerzas Armadas de Sudán (SAF); en amarillo, el Movimiento de Liberación del Pueblo de Sudán; en rojo, Darfur Joint Force (DJF). Fuente: Suriyakmaps

Tras ser expulsados de la Jartum, la capital, por parte de las Fuerzas Armadas, las decenas de miles de combatientes que se estima que aún conservan las RSF centraron sus esfuerzos en Darfur, donde están cometiendo una limpieza étnica contra la población de origen africano. 

Una vez conquistado El Fasher, el siguiente objetivo es Kordofán, donde se están registrando los combates más intensos en las últimas semanas de 2025. Con su dominio total sobre Darfur y una posible toma de Kordofán, las RSF controlarían la práctica totalidad de la parte occidental de Sudán, lo que acrecienta los temores de una posible fragmentación del país. 

En previsión de este escenario, las RSF anunciaron en febrero la instauración de un gobierno paralelo con capital en Darfur. Lo hicieron en alianza con el Movimiento de Liberación del Pueblo de Sudán-Norte, un grupo armado liderado por Abdelaziz al Hilu y que controla gran parte de las Montañas Nuba.

Al mismo tiempo, la dimensión internacional de la guerra sigue contribuyendo a prolongar y complejizar el conflicto. El ejemplo más claro es el de Emiratos Árabes Unidos, cuya ayuda a las RSF es el principal motivo que explica su resistencia hasta la fecha. Por otro lado, Rusia se encuentra cada vez más alineada con las Fuerzas Armadas y más cerca de lograr su objetivo estratégico de acceder a un puerto en el mar Rojo.

En un intento por frenar la contienda, este año ha surgido la iniciativa Quad, integrada por Emiratos Árabes Unidos, Estados Unidos, Arabia Saudí y Egipto. No obstante, la presencia emiratí lleva a pensar que podría convertirse en un nuevo fracaso de las iniciativas de paz.

La competición regional entre India y Pakistán

Entre el 7 y el 10 de mayo de 2025, India y Pakistán protagonizaron la mayor escalada militar entre ambas potencias desde la guerra de 1971. Durante 96 horas, ataques con misiles, drones y cazas se sucedieron a lo largo de la Línea de Control en Cachemira y en la profundidad de ambos territorios, hasta que la mediación de Estados Unidos, apoyada por las monarquías del golfo Pérsico, forzó un alto el fuego in extremis.

El detonante fue el atentado de Pahalgam, en la Cachemira administrada por India, que dejó 26 muertos y que Nueva Delhi atribuyó a grupos militantes respaldados y vinculados a Pakistán. 

La respuesta india fue contundente: suspensión del Tratado de Aguas del Indo, amenazas directas sobre la seguridad hídrica pakistaní y el lanzamiento de la Operación Sindoor, con ataques aéreos en territorio pakistaní. Islamabad respondió con drones, misiles y la operación Bunyan-u-Marsoos, llevando el enfrentamiento a una dinámica claramente bélica, aunque cuidadosamente calibrada para evitar un cruce del umbral nuclear.

El alto el fuego no puso fin al conflicto, sino que lo congeló. Desde entonces, India y Pakistán han entrado en una fase de preparación estratégica. Nueva Delhi ha reforzado su capacidad militar, aprobado compras de emergencia y avanzado hacia un mando unificado, dejando claro que considera el episodio armado como inconcluso.

Mapa de la división territorial en el conflicto de Cachemira.
Mapa de la división territorial en el conflicto de Cachemira. Fuente: Descifrando la Guerra

Islamabad, por su parte, ha aumentado el gasto en defensa, reforzado el papel político del estamento militar y consolidado una narrativa de resistencia frente a India. No obstante, el verdadero alcance del choque va más allá de la rivalidad bilateral. La crisis se inscribe en un reordenamiento regional mucho más amplio. 

India, decidida a afirmarse como potencia hegemónica del océano Índico, se enfrenta a un entorno cada vez más inestable: cambios de régimen en Bangladés y Nepal, una fragilidad persistente en Sri Lanka y tensiones en su periferia nororiental como consecuencia de la guerra birmana. Pakistán, apoyado por China y cada vez más activo diplomáticamente en el mundo islámico, trata de capitalizar ese malestar para erosionar la primacía e influencia indias.

Por tanto, la escalada de mayo de 2025 pone de relieve las dinámicas geopolíticas que atraviesan la región. En una Asia Meridional marcada por crisis internas, competencia entre grandes potencias y el debilitamiento de los mecanismos regionales, el conflicto indo-pakistaní vuelve a actuar como un eje central de desestabilización.

El alto el fuego ha silenciado las armas, pero no ha resuelto las dinámicas que empujan a la región hacia una competencia cada vez más abierta entre India y Pakistán.

El regreso de Trump a la Casa Blanca

Si 2025 tuviera un rostro reconocible en la política internacional, sería difícil que no se pareciera al de Donald Trump. El regreso del mandatario norteamericano a la Casa Blanca ha estado marcado por un presidente que, en comparación con su primer mandato, tiene ahora menos paciencia por los procedimientos, menos interés por el consenso y más inclinación a usar la presión –económica, legal o administrativa– como herramienta de gobierno dentro y fuera.

El ámbito donde el regreso de Trump ha dejado una huella más visible ha sido el de la inmigración. El primer día tras volver a la Casa Blanca, la administración proclamó como prioridad “asegurar las fronteras” y puso en marcha una batería de medidas controvertidas, comenzando por el intento aún infructuoso de restringir el jus soli por orden ejecutiva. 

Tras esto llegaron las redadas, las deportaciones masivas y la presencia cotidiana de los agentes del ICE en las calles de las ciudades santuario. Luego vino la externalización cuando, en marzo, Trump invocó la Alien Enemies Act para expulsar a venezolanos acusados de vínculos con el Tren de Aragua y enviarlos a El Salvador. El último compás del año añadió una vuelta de tuerca más con la ampliación del travel ban y con nuevos litigios sobre las deportaciones a terceros países.

Pero si lo migratorio es lo que más titulares produce, lo comercial es lo que más ha sacudido la estructura del orden internacional. Si bien la guerra comercial no es una herramienta nueva para Trump –al fin y al cabo la palabra arancel es su favorita, o eso dice él–, la escala de la misma en 2025 sí lo ha sido.

Para ampliar: Estados Unidos abandona el orden liberal

Tras unos aranceles iniciales a China, Canadá y México, establecidos entre febrero y marzo, el gran salto cuantitativo y cualitativo llegaría el 2 de abril, cuando Trump anunció el “día de la independencia económica” y presentó la arquitectura de los aranceles recíprocos: un arancel base general y recargos adicionales por país, aplicados a escala prácticamente global. 

A partir de ahí, la lógica se extendió por sectores y cadenas de suministro, dando lugar a una dinámica de guerra comercial global con China, el gran rival sistémico, en el centro. 

El resultado ha sido un nivel de aranceles que Estados Unidos no veía desde la Gran Depresión que en 2026 se enfrentaran a su mayor desafío hasta la fecha: una sentencia del Tribunal Supremo que debe pronunciarse sobre los límites del poder presidencial en el ámbito arancelario.

Por último, también cabe mencionar que el año se caracterizó por una avalancha de órdenes ejecutivas –220 publicadas en el Federal Register– y por un sistema político al límite, simbolizado por el shutdown federal de 43 días, el más largo de la historia. En conjunto, 2025 dejó un patrón claro con un Estados Unidos más imprevisible y transaccional.

La crisis del Caribe

El continente americano se ha visto sacudido por diversas crisis políticas nacionales e internacionales a lo largo de 2025, pero ninguna con el potencial de provocar un terremoto político tan grande como la “Crisis del Caribe”. 

Enmarcada en la política de America First y el regreso de la Doctrina Monroe a la primera línea de la política exterior estadounidense, con el “Corolario Trump”, la región termina el año con la sensación de que el regreso de la diplomacia de cañoneras puede provocar una tempestad. La retórica de la “guerra contra el terrorismo” se ha reciclado para el continente americano convirtiendo lo policial en estratégico y dando lugar a medidas de excepción. 

El “narcoterrorismo”, engendrado en décadas pasadas y olvidado en el fondo del armario, sirve ahora a la narrativa estadounidense como un nuevo concepto sobre el cual articular su estrategia de seguridad nacional en la que el Caribe y su entorno se transforman en una suerte de frontera avanzada que se debe controlar para asegurar la predominancia de Washington. 

Bajo el paraguas de la nueva doctrina hemisférica, Estados Unidos ha presionado, a lo largo de 2025, a aliados y puesto en vereda a socios, alineando gobiernos a base de palancas económicas, cooperación en materia de seguridad y advertencias públicas. Sin embargo, la situación cambió a partir de agosto, cuando a la presión diplomática más convencional se le sumó el comienzo de una campaña militar.

En el último tercio del año, Estados Unidos ha llevado a cabo una importante movilización militar, incluyendo el primer despliegue de un portaaviones en operaciones de combate en América Latina en el siglo XXI, en paralelo a una polémica campaña de ataques aéreos contra embarcaciones acusadas de tener vínculos con el narcotráfico. 

Para ampliar: El regreso de la diplomacia de cañoneras: Estados Unidos y la amenaza de intervención en Venezuela

Los ataques, extendidos desde el Caribe hasta el Pacífico, se han cobrado cerca de un centenar de vidas en una demostración de fuerza orientada a subrayar el control operativo de Washington sobre el espacio marítimo regional.

Mientras tanto, y en paralelo al despliegue militar, la atención de Washington ha ido enfocándose progresivamente en Caracas con medidas tales como la designación del Cartel de los Soles como organización terrorista y el incremento de la suma ofrecida por Nicolas Maduro. 

La presión sobre Venezuela solo ha ido yendo a más según se acercaba el final del año, especialmente con medidas como la amenaza estadounidense de cerrar el espacio aéreo venezolano, hasta alcanzar su pico en diciembre con el anuncio, por parte de Donald Trump, de un bloqueo naval parcial orientado al petróleo venezolano. 

El cierre de 2025 deja al Caribe bajo una calma tensa. El bloqueo naval parcial y la campaña militar han ido acompañados de una amenaza constante por parte de Trump de ampliar la escalada con ataques directos sobre territorio venezolano. 

Esa opción, aunque aún no se haya materializado, pesa por sí sola puesto que mantiene a Caracas acorralada, eleva el riesgo de incidentes y hace que la sombra del cambio de régimen planee sobre toda la región de cara a 2026.

El genocidio en Gaza y la guerra regional de Israel

Durante 2025, Israel ha sido capaz de avanzar en sus objetivos imponiendo, por medios militares y diplomáticos, su poder. Dos años después del 7 de octubre, el Eje de la Resistencia se encuentra desarticulado como alianza regional, con cada grupo –e incluso Irán– divididos en sus propias batallas.

La “unidad de las arenas” ha dado paso a una nueva realidad en la que Israel, con el apoyo clave de Estados Unidos, puede intervenir impunemente en la mayor parte de los países. La República Islámica se encuentra paralizada, habiendo sido incapaz de imponer la disuasión. Su indecisión en la guerra ha tenido como resultado quedar expuesta abiertamente a la agresión israelí, tal y como ocurrió en junio. 

Es cierto que la denominada Guerra de los Doce Días permitió a Teherán conservar parte de su compostura: sus capacidades convencionales de misiles balísticos demostraron ser operativas y, en un escenario de guerra de desgaste, Tel Aviv difícilmente podría imponerse sin una intervención directa de Washington.

Sin embargo, todo su futuro ha quedado hipotecado a Rusia y China, mientras Occidente vuelve a imponer las sanciones internacionales de Naciones Unidas. La cuestión nuclear, además, ha entrado en un nuevo limbo no resuelto: unos escalan su agresión; Teherán, por su parte, sigue sin dar respuesta, pues no se atreve a dar el paso que sería necesario.

Mapa de las instalaciones nucleares, yacimientos de hidrocarburos y situación estratégica de Irán.
Mapa de las instalaciones nucleares, yacimientos de hidrocarburos y situación estratégica de Irán.

Hezbolá será la clave para 2026. La guerrilla libanesa se encuentra igualmente atrapada en un alto al fuego que no sirve a sus intereses y que da libertad a Israel para continuar sus ataques. 

De nuevo, no hay una estrategia clara y no se trata de ninguna paciencia estratégica. Lo que guía las acciones del Partido de Dios es su incapacidad de presentar una respuesta realista ante el temor de que estalle una guerra civil. No obstante, el desarme de Hezbolá no es una posibilidad, ya que esa decisión sería un suicidio y abriría la puerta a una nueva agresión contra Irán. 

Por esta razón, la parálisis vuelve a ser la respuesta y la ha sido durante todo 2025. La excepción a esta regla la encontramos en Yemen, donde el gobierno liderado por el movimiento Ansar Alá –conocido como los hutíes– ha sido capaz de imponerse a los ataques israelíes y estadounidenses.

En el caso de la Franja de Gaza no han sido las armas las que han impuesto la posición israelí, sino el aislamiento regional que han ejercido los países árabes sobre la resistencia palestina, especialmente Hamás. 

Con un alto al fuego muy parecido al de Líbano, el genocidio de Gaza entra en una nueva fase, más silenciosa, mientras los colonos de Cisjordania redoblan su asalto con la complicidad del gobierno israelí. 

En este contexto, el plan colonial de Donald Trump es de nuevo la pieza frágil de todo el tablero: tiene demasiados agujeros y problemas que son incapaces de resolver. Al mismo tiempo, la victoria del Estado hebreo ha tenido un coste enorme, tanto en reputación como aislamiento diplomático, lo que con seguridad tendrá graves consecuencia a futuro para el país.

Tailandia y Camboya al borde de la guerra

Un “cisne negro” ha sacudido el Sudeste Asiático y, por ende, toda la región de Asia-Pacífico. A finales de mayo de 2025, una escaramuza en el disputado templo de Preah Vihear dejó un soldado camboyano muerto. Tras ello, las tensiones escalaron súbitamente.

Sin embargo, las buenas relaciones entre las familias Shinawatra y Hun, gobernantes en Tailandia y Camboya respectivamente, auguraban una pronta y pacífica resolución de la crisis.   

Paradójicamente, las negociaciones de paz se transformaron en el preludio del choque armado. La necesidad de la administración de Hun Manet de obtener legitimidad mediante la defensa de la soberanía nacional hizo que Nom Pen se mostrase intransigente frente a los reclamos de sus interlocutores. 

El punto de inflexión llegó en julio. La filtración de una conversación con Hun Sen –en la que la primera ministra tailandesa, Paetongtarn Shinawatra, criticaba al alto mando tailandés– hizo colapsar al gobierno del Pheu Thai. Con los puentes diplomáticos agotados, una nueva escaramuza fronteriza condujo al Ejército Real Camboyano (RCA) a bombardear localidades tailandesas. 

Para ampliar: Los intereses tras el conflicto armado entre Tailandia y Camboya

Las siguientes 96 horas estuvieron marcadas por la Operación Yuttha Bodin. Soldados, blindados y aeronaves tailandesas realizaron operativos en territorio camboyano, con la correspondiente reacción del RCA. Para cuando la administración de Donald Trump y la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) lograron imponer un alto al fuego, los combates ya se extendían por toda la frontera.

La coyuntura se sumergió en una nueva paradoja: el perdedor militar era el ganador político. El apoyo incondicional de Camboya al plan de paz de Washington les permitió consolidar las relaciones bilaterales con dicha superpotencia. No obstante, la paz nunca se llegó a instaurar en Bangkok. La administración del nuevo primer ministro, el conservador Anutin Charvirankul, acudió con suspicacia a las reuniones de octubre de 2025 en Kuala Lumpur.  

Aproximadamente dos semanas duró el flamante tratado de paz. Las reticencias tailandesas hicieron que un nuevo incidente fronterizo provocase la suspensión por parte de Tailandia del susodicho tratado. El ruido de los tambores de guerra no haría más que aumentar cuando la ausencia de reacción estatal frente a unas devastadoras inundaciones en el sur del país pusieron las perspectivas electorales de Charvirankul en jaque.  

De este modo, la enésima escaramuza provocó un ataque tailandés generalizado en territorio camboyano. Los combates regresaron con mayor intensidad que en julio. Asimismo, la incapacidad de la ASEAN y Washington de imponer un nuevo alto al fuego está propiciando un aumento del protagonismo de China en los esfuerzos diplomáticos. 

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