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Crisis en Francia: cae el cuarto gobierno en tres años

La caída del primer ministro François Bayrou intensifica la crisis política y de gobierno que arrastra Francia desde verano de 2024.
La caída del primer ministro François Bayrou intensifica la crisis política y de gobierno que arrastra Francia desde verano de 2024. Fuente: redes sociales de Bayrou

¿Era esperable que el gobierno en Francia volviera a caer? Sí, sin duda. Y así ocurrió: el lunes 8 de septiembre, la mayoría de la Asamblea Nacional rechazó la moción de confianza presentada por el primer ministro, François Bayrou.

Bayrou, alcalde de Pau y jefe del gobierno por sorpresa desde diciembre de 2024, se ha enfrentado al mismo desafío que su predecesor, Michel Barnier. Y, aunque distinto en forma, ambos han caído por el mismo motivo: los presupuestos.

Ahora, las miradas están puestas en Emmanuel Macron, que es quien debe dar el siguiente paso, y no tiene muchas salidas. Pero antes de ir hacia adelante, veamos cómo Bayrou ha intentado resolver lo que parece imposible para los demás.

El antecedente a no repetir

El 4 de diciembre de 2024, el efímero Michel Barnier vio que sus presupuestos no tenían posibilidades de pasar el debate ordinario. Cargado de determinación, usó una prerrogativa constitucional para aprobarlos sin que la Asamblea Nacional pudiera votar en contra. Pero la jugada del 49.3 tiene un contrapeso. A cambio de ratificar la ley, el gobierno debe someter su continuidad ante los parlamentarios.

Elisabeth Borne hizo lo mismo en 2023 y le salió bien: una diferencia de nueve diputados salvó su puesto y permitió aprobar el retraso de la edad de jubilación ordinaria a los 64 años. No obstante, en el caso de Barnier, el convulso contexto político nacional y el tiempo –solo permaneció tres meses en el cargo– jugaban en su contra.

En 2023, los partidos macronistas aún contaban con una mayoría relativa que les permitía seguir adelante. No obstante, todo cambió en verano de 2024, cuando Macron disolvió la Asamblea Nacional en lo que creyó que era una jugada maestra. Pero el pueblo francés le recordó al presidente que antes que estratega, es impopular.

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Los comicios produjeron una nueva aritmética parlamentaria, desfavorable para el gobierno, que anticipaba una inestabilidad constante para Macron y el primer ministro. Una Asamblea Nacional con la coalición de izquierdas a la cabeza y un campo presidencial debilitado.

En el 2000, Jacques Chirac redujo el mandato presidencial a cinco años para hacer coincidir las elecciones presidenciales con las legislativas y garantizar así un mayor apoyo en la Asamblea Nacional. Macron, en cambio, decidió jugar su suerte rompiendo este equilibrio y la estrategia le salió muy mal. Barnier fue el primero en enfrentarse a esta nueva realidad. Y fue el primero en ser derrotado por ella.

En aquella ocasión, Macron no podía disolver la Asamblea Nacional de nuevo, pues la Constitución le limita este poder y le impone un plazo mínimo de un año hasta la siguiente disolución. Como consecuencia, le tocaba nombrar a otro primer ministro. Y, en medio de la crisis, Bayrou, un veterano político, vio la gran oportunidad de su vida.

François Bayrou al frente del gobierno en Francia

Sebastien Lecornu es ministro de Defensa desde 2022. Es uno de esos fieles y más próximos al presidente, con un perfil bajo y alejado de polémicas, aunque proceda del partido Unión por un Movimiento Popular (UMP) –posteriormente refundado como Los Republicanos–. Ya con la dimisión de Borne en enero de 2024 sonaba en las quinielas para ser jefe de gobierno, pero finalmente fue Gabriel Attal quien se quedó con el puesto.

Once meses después, tanto Attal como Barnier fracasan estrepitosamente. En ese momento, Lecornu no solo aparecía como posible sucesor, sino que se le daba por hecho al frente de un gobierno sin presupuestos y sin mayoría. No obstante, el viernes 13 de diciembre de 2024, las cosas se precipitan.

François Bayrou, un perpetuo aspirante a ocupar el Eliseo y jefe del MoDem, no está contento. Después de su reunión con Macron, desaparece estrepitosa y visiblemente enfadado. Él sabe que el presidente pretende nombrar a Lecornu. Pero él quiere ser primer ministro desde 2017.

El desafío es claro. Bayrou amenaza con retirar el apoyo de su partido –que forma parte del núcleo macronista– si no le nombra primer ministro. El alcalde de Pau no responde a llamadas hasta que recibe la del secretario del Elíseo. Horas después, en una nueva reunión con Macron, este anuncia su designación para el cargo. Bayrou consigue alcanzar sus objetivos personales, pero hereda un país ingobernable que, antes que nada, necesita unos presupuestos.

Bayrou y las vacaciones

Bayrou no tiene una gran afinidad con el presidente. Sin embargo, en febrero de 2025, el primer ministro –y también alcalde de Pau– consigue pactar con el Partido Socialista (PS) su apoyo frente a una moción de censura para aprobar unos presupuestos de emergencia mediante el 49.3. Así, el gobierno sobrevive al día a día hasta el verano.

En este contexto, en julio de 2025, Bayrou presenta su plan financiero para 2026, un giro respecto a la política económica aplicada hasta entonces. Recortes sin subidas de impuestos, defiende, son la fórmula para ahorrar 40.000 millones de euros al erario francés. El problema está en el cómo.

Las grandes líneas de su plan maestro: congelar pensiones y ayudas –respecto la subida del IPC–, eliminar 3.000 cargos de funcionarios y suprimir dos días festivos del calendario: ni pascua ni el 8 de mayo, cuando se celebra el Día de la Victoria. A nadie le gusta, pero hay posibilidad de negociación. 

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Tanto el PS como Los Republicanos saben que los dos días festivos son un caramelo para atacar al gobierno. Medida que llama la atención y que puede ser anotada como una victoria personal del primer ministro, ya que, mientras tanto, nadie habla de congelar los subsidios. Pero Bayrou, en su cerrazón, ha querido ir más allá.

Llega el receso de verano. El primer ministro lanza un podcast para explicar unos presupuestos desagradables, pero recordando que se debe poner fin al crecimiento de la deuda pública. Macron asiente. El elefante de su gestión económica durante los últimos siete años no aparece en los medios. Las críticas se dirigen a Bayrou, no a él.

Reagrupamiento Nacional (RN) envía una carta al gobierno con sus proposiciones y nada. Le Monde recoge que Bayrou llama a François Hollande por su cumpleaños, pero en ningún momento quiere hablar de los presupuestos. En cualquier caso, Hollande tampoco tiene poder real en su partido tras la elección de Olivier Faure como secretario del PS unas semanas antes. Pero tampoco, nada.

Ante la pregunta de por qué no se reunió ni respondió a los otros actores políticos, Bayrou, sin reparo alguno, afirmó que era “porque estaban de vacaciones”. Evidentemente, eso no gustó. Pero volvamos unas semanas antes.

“Loco o visionario”

El 25 de agosto, media hora antes de haber convocado a la prensa, François Bayrou anuncia a los ministros de su gobierno lo inesperado: para asegurar los presupuestos de 2026, va a desafiar a los partidos en la Asamblea Nacional. Su mensaje es claro: o presupuestos o caos.

Segú recoge Mediapart, Manuel Valls, ministro de Ultramar y ex primer ministro, le dijo al Bayrou un mes antes: “¿Estamos de acuerdo en que vamos a luchar [por los presupuestos] o quieres morir con las botas puestas?”. Un mes después, Bayrou anuncia que someterá su gobierno a la confianza de la Asamblea Nacional. Durante media hora, en su círculo cercano creyeron que lo tenía todo atado. ¿Va a poner en juego su cargo? Será porque sabe lo que hace.

No obstante, apenas treinta minutos después, según informa el medio Le Monde, los teléfonos empiezan a sonar y los anuncios salen a la prensa. Ni el PS ni RN iban a votar a favor de la moción de confianza. Ese juego de “loco o visionario” se desmoronó antes de cumplir una hora desde que el primer ministro mostrara sus cartas. 

François Bayrou, hasta ahora primer ministro de Francia, y el presidente Emmanuel Macron.
François Bayrou, hasta ahora primer ministro de Francia, y el presidente Emmanuel Macron.

Sin reuniones previas, sin pactos ni negociaciones. Bayrou, quizás como Macron un año antes, hizo una jugada. Una decisión tomada sin consultar ni al partido ni a los miembros de su gobierno. Ambas historias se parecen: figuras políticas que anteponen sus estrategias personales a la estabilidad del país. Y ambas finalizadas en un gran fracaso –aunque el presidente no pagó el precio con poder, solo con popularidad–.

Solo bastaron 30 minutos. Así pues, un 25 de agosto quedó fijada la fecha y la hora de la ejecución de un gobierno que nació prácticamente muerto. Entre visionario y disparatado, el 8 de septiembre la Asamblea Nacional decidió finalmente a qué lado de la historia corresponde la estancia de François Bayrou en Matignon.

Pero el presidente, lejos de preocuparse, consigue sacarse de encima a alguien que osó desafiar su autoridad. Al final, en este episodio, ni Macron ni Bayrou son los perdedores. Los que van a sufrir un quinto gobierno en menos de tres años son los franceses.

¿Un gobierno de Francia socialista?

Durante el preludio de la ejecución política autoinfligida de François Bayrou, los diputados, incluso colegas, lanzaban duras consignas. No hubo palabras de dulzura ante un hombre que ha preferido usar el arma antes de que la usaran contra él.

En sus últimos días, Bayrou se ha presentado ante varios medios para hablar “sin tapujos” de los problemas que atraviesa Francia. Ha atacado a los “boomers” por dejar una deuda que deberán pagar las nuevas generaciones. Sabía que tenía los días contados y quiso plantarse como un hombre íntegro, casi como un mesías que lanzaba las verdades que nadie quiere oír.

Incluso llega a citar a Pierre Mendès-France, quien en 1954 presentó una moción de confianza para poner fin a la guerra de Indochina frente a la oposición de sus colegas. Bayrou se proyecta como aquel Mendès-France: un hombre que, frente a sus iguales, se declara dispuesto a sacrificarse si eso es lo que hace falta para llevar adelante sus ideas.

Sin embargo, Boris Vallaud, presidente del grupo socialista en la Asamblea Nacional, desmontó la épica discursiva con una simple frase: “Usted no es Pierre Mendès-France”. De las declaraciones del PS, las desautorizaciones no son la única cosa interesante. Los socialistas también han anunciado varias veces su predisposición a gobernar.

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Esta idea ronda desde hace semanas, cuando crearon su propio programa donde buscan recaudar 27.000 millones de euros mediante impuestos a los ricos, como el “Impuesto Zucman” –nombrado por el economista francés Gabriel Zucman que propone un gravamen sobre patrimonios superiores a 100 millones de euros–. Este nuevo tributo es solo la reinstauración del antiguo Impuesto Solidario sobre la Fortuna (ISF) que Macron eliminó y sustituyó con uno sobre bienes inmobiliarios.

Ahora, Bayrou ya se ha hecho jubilar. El presidente del MoDem ya ha disfrutado del máximo honor político que su posición le permitía. Y Emmanuel Macron tiene de nuevo tres opciones sobre la mesa: designar a otro primer ministro, disolver la Asamblea Nacional o dimitir.

Evidentemente, no se plantea abandonar el cargo, así que puede volver a enviar a los franceses a las urnas –algo que solo desean la izquierda y RN– o nombrar otro primer ministro, que es, de hecho, lo que anunció que haría poco después de la caída del gobierno. Ahora queda saber quién es el elegido.

Para Macron puede ser una buena estrategia aceptar una cohabitación y permitir la creación de un gobierno con un líder socialista. Un ejecutivo sin presencia de La Francia Insumisa, lo que facilitaría –de nuevo– la fractura del espacio de izquierdas y el desgaste de los socialistas a medio plazo, aunque con el riesgo de fortalecer tanto a Reagrupamiento Nacional como a La Francia Insumisa.

Quizás con un socialista en Matignon, el dirigente francés pueda conseguir que su último año y medio de mandato se focalice en las batallas intestinas de la izquierda francesa antes que en cuestionamientos a su figura. Quizás.

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