
Antes de que los franceses se fueran de vacaciones, el primer ministro François Bayrou, acompañado de Emmanuel Macron, presentó un plan presupuestario que desató una nueva crisis en Francia y no convenció a nadie. Bueno, quizá un poco a los diputados del “bloque común”, es decir, los partidos afines al macronismo.
Un plan de recortes que consistía, principalmente, en congelar la actualización de pensiones y subsidios conforme al coste de vida, eliminar 3.000 puestos de funcionarios y suprimir dos días festivos del calendario. Sin embargo, durante el verano ha comenzado a organizarse la oposición al proyecto, que culmina en un nuevo calendario de movilizaciones sin líderes definidos y con fecha de inicio el 10 de septiembre.
Unas protestas que podrían poner en riesgo las negociaciones presupuestarias y derivar en manifestaciones descontroladas en las calles que, en caso de disolverse el gobierno, podrían quedar en stand by.
En este contexto, el primer ministro ha decidido jugárselo todo y ha convocado para el 8 de septiembre –dos días antes de la movilización– una moción de confianza donde va a someter la continuidad del ejecutivo a una Asamblea Nacional polarizada. Y, para sorpresa de nadie, ha perdido la apuesta antes incluso de poder jugar su carta.
François Bayrou, contra las cuerdas
Tanto el bloque de izquierdas como la derecha radical ya han anunciado que votarán en contra de un gobierno que, si bien parece que no alcanzará el año, durará más que sus dos últimos predecesores: el de Gabriel Attal, que resistió 240 días, y Michel Barnier, con tan solo 99 días.
A la derecha, Marine Le Pen, lideresa de Reagrupamiento Nacional (RN) y que hasta ahora había salvado al gobierno de ocho mociones de censura, ve como única opción votar en contra de un ejecutivo cuya única misión es sobrevivir, aduciendo un proyecto injusto para los franceses y los “fracasos que ponen en peligro la supervivencia de nuestra nación”.
En el bloque de la coalición del Nuevo Frente Popular (NFP), el Partido Socialista (PS) no puede defender más el “voto de Estado” y va a dejar de salvar un gobierno que ha decidido jugar a la ruleta rusa con todas las recámaras cargadas y que, al fin y al cabo, defendía unos presupuestos que a nadie gustaban. Así se despeja la duda del sentido de voto de un PS que ha jugado a dos bandas, pero que ya no ve ningún activo a seguir aprobando presupuestos contrarios a su línea.
Más a la izquierda, el líder de filas de La Francia Insumisa (LFI), Jean-Luc Melenchón, ha llamado directamente a la dimisión del presidente francés. Además, ha advertido que va a lanzar –otra vez– un procedimiento de destitución contra el jefe de Estado el próximo 23 de septiembre. No obstante, es improbable que dicho procedimiento pase el margen de voto, ya que requiere de mayorías de dos tercios del senado y la Asamblea Nacional.
Los únicos fuera del bloque común que van a mostrar la “confianza” al gobierno son Los Republicanos, capitaneados por el ministro del Interior, Bruno Retailleau. No es sorprendente teniendo en cuenta que la dimisión del ejecutivo podría apartar a Retailleau de su cargo –si no es renovado– y hacerle perder el atril mediático que perfilaba su posición como presidenciable.
Retailleau, que pasó de la noche al día a la fama política hace menos de un año, puede ver truncado su plan de llegar al Elíseo en 2027. Y no lo tenía mal, pues estaba ganando simpatías de votantes de RN, los cuales tienen a su lideresa inhabilitada, y entre sectores centristas-macronistas que, por ahora, no tiene un sucesor claro a su actual presidente.
Francia, la crisis política sinfín
Y, entonces, ¿quién gana con la dimisión del gobierno? Pues nadie. Si el gobierno cae, Macron puede nombrar a otro primer ministro y esperar su caída, y seguir así hasta 2027.
La opción más lógica es la disolución de la Asamblea Nacional, pero Macron salió escaldado de la última que decretó en 2024, cuando la coalición de izquierda salió vencedora. Sin embargo, si la disolución se produce como consecuencia de la moción de confianza del primer ministro, al menos el presidente puede lavarse las manos y seguir adelante sin mirar atrás.
Hace unos días, Macron anunció que no tiene la intención de disolver la Asamblea Nacional, pero no descarta usar sus “poderes constitucionales” –lo que, en la práctica, equivale a hacerlo–. Así que la idea de unas nuevas elecciones legislativas en otoño toma fuerza.
Será entonces cuando se verá si la coalición de izquierdas logra reeditarse o si Reagrupamiento Nacional consigue imponerse por primera vez; si Macron optará por nombrar a un primer ministro de izquierdas, de RN, o si, una vez más, el país llegará al nuevo año sin presupuestos. Todo ello en el ocaso del segundo quinquenato de Emmanuel Macron, marcado por una inestabilidad política que se ha convertido en el día a día de los franceses.
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