
La austeridad vuelve a Francia con un “año blanco” y recortes. Esta es una de las ideas con las que François Bayrou, el primer ministro galo, pretende ahorrar 44.000 millones de euros a las arcas francesas, en un país donde la deuda pública asfixia al alcanzar los 3.345.900.000.000 de euros, es decir, un 113% del PIB.
Fin a recurrir a la deuda, que había mantenido el país económicamente desde la crisis del coronavirus. Este plan de acción implica que los franceses deberán apretarse el cinturón. Las grandes líneas: congelar pensiones y ayudas –respecto la subida del IPC–, eliminar 3.000 cargos de funcionarios y suprimir dos días festivos del calendario. El año que viene, los galos no disfrutarán en casa ni de la pascua ni del 8 de mayo, cuando se celebra el Día de la Victoria.
Esta apuesta arriesgada busca cambiar el mal balance fiscal que Francia arrastra desde hace tiempo y que le ha llevado a recibir un toque de atención por parte de la Comisión Europea, aunque el vicecomisario de economía, Valdis Dombrovskis, seguirá vigilando las cuentas francesas; el agujero de la deuda es demasiado grande.
El hecho que el gobierno proponga una alternativa ya conocida para reducir el gasto ha generado un fuerte rechazo del arco político y social. Y, aunque Bayrou solo haya presentado las líneas maestras del proyecto de presupuestos generales a pocos días del cierre estival de la Asamblea Nacional –para evitar atraer el debate mediático–, ya han surgido las primeras reacciones. Algunos franceses pueden estar ya de vacaciones, pero la política todavía no.
Las críticas frente a la austeridad en Francia
Nadie, absolutamente nadie, está feliz con la vuelta de la austeridad a Francia. Incluso el macronismo y Los Republicanos han presentado sus reservas. En el espectro de la izquierda, uno de los líderes de La Francia Insumisa (LFI), Jean-Luc Melénchon, no ha querido moderar su crítica, calificando de “absurdidad” el plan de recortes y defendiendo que se debe “echar a Bayrou” del cargo.
Respecto al resto de integrantes del Nuevo Frente Popular (NFP), los comunistas han lanzado una petición para mantener el 8 de mayo, el día de la liberación contra el nazismo, como jornada festiva, al tiempo que han arremetido contra el plan de recortes de Bayrou.
A la crítica se han sumado también los ecologistas. Marine Tondelier, su secretaria general, ha expresado su posición declarando que la supresión de los dos días festivos, a su parecer, supone "una distracción", ya que la prensa se está focalizando en esas fechas, especialmente en el 8 de mayo, dejando fuera de los titulares otros recortes más drásticos.
Los socialistas, que dieron su voto de confianza a Bayrou en enero de 2025 aprobando el proyecto de presupuestos in extremis, ahora sostienen que, de ser esta la propuesta, no solo votarán en contra, sino que presentarán una moción de censura. Sin embargo, la primera lectura tendrá lugar en octubre, y no sería sorprendente que volvamos a ver a un Partido Socialista (PS) dividido, como ocurrió en enero, cuando ocho diputados rompieron la disciplina de voto y apoyaron la censura.
Boris Vallaud, portavoz socialista en la Asamblea Nacional, ha calificado el plan de “brutal e injusto” y hace referencia a que estas medidas “son el resultado […] del macronismo”. Pero, ¿qué dice el macronismo sobre la vuelta de la austeridad a Francia?
En el MoDem, el partido del primer ministro, poco se ha dicho sin mucha sorpresa. En Horizons, liderado por el ex primer ministro y presidenciable en 2027, Édouard Philippe, el respaldo a las cuentas ha sido relativo: si bien han mostrado cierto apoyo, Philippe considera que el proyecto no aborda los problemas estructurales de fondo. Además, en una columna publicada en Le Parisien, se desmarca de cualquier responsabilidad sobre las cuentas de su etapa al frente del ejecutivo. Al final, considera que es “mejor un plan de urgencia del primer ministro que uno impuesto por el Fondo Monetario Internacional (FMI)”.
Y, en el partido de Macron, Renacimiento, con el ex primer ministro Gabriel Attal a la cabeza, se ha dado el apoyo, aunque algunas figuras han expresado sus reservas con la idea de la supresión de los dos días festivos.
La mayor disonancia –que no la disidencia– en el macronismo ha venido por parte de un miembro del gobierno. El ministro del interior, Bruno Retailleau, aunque no se muestra contrario, tiene sus reservas. ¿Cuáles? Que los recortes no se centran en su frente personal: la inmigración.
Tan solo un día después de presentarse la medida de recortes, Retailleau consideró que, para ahorrar dinero, se debe limitar la Ayuda Médica de Estado (AME), la cual permite a los extranjeros en situación irregular recibir atención médica gratuita. Aunque el ministro ya es un habitual de este tipo de discurso, sus palabras suponen la guinda que completaría unos presupuestos marcadamente restrictivos.
Cabe destacar que Retailleau se permite estos comentarios no solo por ser el jefe de filas de los republicanos o uno de los ministros más relevantes, sino por ser el ministro con mayor aprobación del gobierno de Bayrou, aunque aún le queda trabajo para posicionarse como candidato con posibilidades de pasar a la segunda vuelta en las elecciones presidenciales.
Según la encuestadora Ifop, tiene por delante a Marine Le Pen –que se encuentra provisionalmente inhabilitada–, Édouard Phillipe –sobre quien pesan diligencias abiertas por un presunto desvío de fondos públicos durante su etapa como alcalde– y Jean-Luc Melénchon –una figura que despierta un fuerte rechazo fuera de su núcleo de simpatizantes–.
Por último, en Agrupación Nacional (RN) tampoco hay consenso respecto a los recortes. Aunque defienden unas propuestas similares a las de Retailleau en cuanto la migración, su líder Jordan Bardella se ha ofendido con la supresión de los dos días festivos. Según su punto de vista, sería “un ataque directo contra nuestra historia, contra nuestras raíces y contra la Francia que trabaja” y, de no haber cambios, la censura sería la consecuencia.
La otra cara de RN, Marine Le Pen, ha sido más contundente contra la congelación de ayudas y pensiones, atacando la contribución de Francia a la Unión Europea, pero sobre todo criticando la ausencia de mención alguna del “coste de la inmigración” para el tesoro francés. Aunque a su manera, RN cierra el grupo del descontento, al que el presidente ofrece una apertura.
Macron asegura que “si los demás tienen ideas más inteligentes”, Bayrou las escuchará. Pero, aunque quizás solo sean oídas, la batalla se va a desarrollar en las cámaras. También puede ser que, como este año, Bayrou recurra al artículo 49.3 de la Constitución para evitar un voto desfavorable en el parlamento.
Sin embargo, al gobierno le corresponde ahora pactar con los distintos actores políticos para evitar una disolución y no correr la misma suerte que su predecesor, Michel Barnier. Y no será fácil cuadrar las cuentas de Francia. Mucho menos, convencer de por qué deben ajustarse.
Macron corrige –discretamente– a Macron
De todas las posibles soluciones a los problemas de Francia, ninguna es lo suficientemente efectiva contra el elefante en la habitación. Este proyecto presupuestario, aún sin papel definitivo, no se dio en 2017, cuando Emmanuel Macron llegó al Elíseo. Y no porque los políticos no puedan cambiar de opinión, sino porque cuestiona de forma directa la gestión anterior. No será la de Bayrou, pero sí lo es la de Macron desde hace ocho años.
Y debe darse la licencia que, entre tanto, Francia y el mundo ha sufrido una pandemia que disparó el recurso a el endeudamiento público, pero que era ya una tendencia antes de 2020.

Sin querer reconocerlo, estos presupuestos son la derrota del plan económico del macronismo, ya que suponen el regreso de la receta neoliberal que siempre ha estado esperando a volver a salir, al menos desde los tiempos de Nicolas Sarkozy.
El presidente y su primer ministro aleccionan a los franceses diciendo que “dependen mucho de ayudas públicas”. Y sí, el RSA o las APL –diferentes subsidios públicos a individuos– no fueron inventadas por el presidente, pero sí el retraso de edad de jubilación. Una medida que debe ayudar a tapar los agujeros de las cuentas francesas. Pero este agujero también puede verse agravado con la política tributaria del propio presidente.
Macron ha “ayudado” a economizar dinero, pero no del Estado, sino de ciertos bolsillos. El gran ejemplo es la eliminación del Impuesto a Grandes Fortunas (ISF), sustituido por un gravamen solo al patrimonio inmobiliario. No obstante, la deuda sigue creciendo aún recortando por todas partes.
Asimismo, desde hace más de un año, a la retórica del presidente se le suma la del rearme militar y la autonomía estratégica en defensa. Pero esta se debilita cuando los sindicatos le reprochan la venta de empresas estratégicas del aprovisionamiento nuclear a otras potencias. Aunque el gobierno asegura que las actividades estratégicas han sido protegidas, en casos como el de Vencorex, la inquietud persiste: ¿es prudente externalizar componentes críticos de la industria de defensa a potencias como China?
El presidente confía en el mercado, pero en todo caso, la deuda pública de Francia aumenta 5.000 euros al segundo. Y, aunque el plan de Bayrou promete ahorro, veremos si a finales de año la propuesta se aprueba, aunque sea con modificaciones, o Francia vuelve a vivir un “Barnier” y se queda sin gobierno y sin presupuestos.
Lo que es seguro es que en verano no se producirá una disolución de la Asamblea Nacional. Más difícil es asegurar lo mismo una vez concluya, sea cual sea el desenlace, el angustioso trámite de los presupuestos. A Macron solo le quedan dos leyes de presupuestos generales antes de abandonar el cargo. ¿Logrará aprobarlas?
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