
Una de las primeras noticias que llegaban desde Siria a finales de 2024 –entonces uno de los últimos Estados laicos en Oriente Medio– fue la inesperada conquista relámpago de la ciudad de Alepo por parte de milicianos del grupo yihadista Hayat Tahrir Al-Sham, vinculado hasta hace pocos años a la mismísima Al-Qaeda. Tan solo unos días más tarde, Hama, Homs y la capital Damasco caían como un castillo de naipes en manos de la ofensiva militar de este grupo fundamentalista islámico.
Incluso las regiones costeras de Latakia y Tartús, bastiones del baazismo y de las minorías religiosas –y donde se encontraban las bases rusas, principal apoyo exterior del régimen sirio–, se rendían al amanecer del día siguiente y tanto el palacio presidencial como el mausoleo alawita eran saqueados. El presidente Bashar al-Asad se veía obligado a partir hacia el exilio para salvar su vida y la de su familia. Tras casi 13 años de guerra, los islamistas lo habían logrado: caía el último gobierno laico de Oriente Medio.
Sin embargo, si lo analizamos en la larga duración, observamos que la caída de Siria es el último capítulo de una serie de procesos políticos reaccionarios que, combinando la lucha ideológica y la lucha armada, han logrado tumbar uno a uno a los regímenes progresistas de la región, cambiando una concepción laica de las sociedades árabo-islámicas por una concepción en la que el islam político se convierte en el modelo de Estado.
Desde 1979, han caído el Afganistán comunista de Muhammad Najibullah, el Irak baazista de Saddam Husseín, la Libia socialista de Muammar Gadafi, y finalmente, la Siria aconfesional de Bashar al-Asad –a los que tal vez podríamos añadir, con ciertos matices, el caso particular de la Persia del Sha Reza Pahlevi–,
Unido a ello, países que nominalmente continúan siendo la expresión de movimientos revolucionarios laicos y socializantes como Argelia y Egipto han experimentado a lo largo de las últimas décadas una “reislamización desde arriba”, con el objetivo de atraerse a diversos segmentos del islam político moderado para evitar sucumbir a la fuerza sociopolítica de la oposición fundamentalista.
Puede que solo quede Líbano como Estado multiconfesional en Oriente Medio, aunque diste mucho de ser laico, ya que tiene un sistema político basado precisamente en el reparto de cuotas de poder entre las 18 confesiones que componen el complejo mosaico demográfico nacional.
Pero en ningún caso se trata de procesos exclusivamente internos, ya que las potencias externas –tanto regionales como globales– también han sido fundamentales en la expansión del fundamentalismo islámico. Desde las petromonarquías del golfo Pérsico hasta las potencias occidentales, pasando por Israel y por Turquía, los grandes actores internacionales han jugado un papel decisivo en la caída de todos estos regímenes laicos, dentro de la lucha geopolítica por defender sus intereses económicos, energéticos, militares, políticos e incluso ideológicos.
El caso de las primeras, con Arabia Saudí y Qatar a la cabeza, puede parecer a priori más coherente. Son países donde rige una concepción rigorista de islam y, por ende, han tratado de exportar sus propios modelos político-religiosos.
Turquía, la patria del laicismo kemalista en tiempos de Atatürk, ha experimentado un profundo proceso de islamización tras más de 20 años de gobierno del partido islamista AKP del presidente Recep Tayyip Erdogan, por lo que su promoción de movimientos fundamentalistas enlaza con su concepción del neo-otomanismo –la creación de un espacio geopolítico túrquico e islamista que logre extenderse desde Anatolia hasta Asia Central–.
En cambio, en el caso de Occidente se trata de un fenómeno absolutamente paradójico y contradictorio, ya que, desde los atentados del 11-S, Estados Unidos, la OTAN y la Unión Europea han recurrido insistentemente a una retórica antiyihadista, alertando sobre los peligros del fundamentalismo islámico y proclamando la “guerra contra el terror”.
Sin embargo, al mismo tiempo que pregonaban estos discursos civilizatorios, muchas de esas mismas potencias, de forma más o menos encubierta, apoyaban por la vía militar, financiera y logística a grupos fundamentalistas para que sirviesen a sus intereses como actores proxys a la hora de hacer caer a los únicos Estados laicos y progresistas de la región.
El caso de Israel es todavía más significativo, ya que a la par que extermina a la población palestina bajo el supuesto argumento de combatir al terrorismo islámico, lleva años financiando en secreto a grupos yihadistas para que combatan en su beneficio, esencialmente desestabilizando a sus posibles rivales geopolíticos del Eje de la Resistencia. Es decir: Occidente practica un oscuro doble juego en lo que se refiere al fundamentalismo islámico en Oriente Medio, apoyándolo y combatiéndolo según le interesa en cada contexto geopolítico específico.
El auge del fundamentalismo islámico
Los movimientos laicos y socializantes surgidos durante la descolonización a partir de los años 70 comienzan a ser acosados por movimientos fundamentalistas islámicos que, poco a poco, van saliendo de la marginalidad y ganando presencia pública por una doble estrategia electoral-propagandística y de violencia política.
Igualmente, se benefician de la pérdida de la popularidad de los movimientos panarabistas laicos tras las sucesivas derrotas sufridas en el campo de batalla contra Israel –especialmente en la Guerra de los Seis Días–, que los fundamentalistas achacan a las blasfemias cometidas por parte de la yahiliyya –los gobernantes de Oriente Medio que en realidad son infieles, en un concepto que hace referencia a los paganos de La Meca contra los que Mahoma lanzó la primera yihad desde Medina en el siglo VII–.

La reconstrucción de la umma perdida del profeta, el retorno a los pilares del islam, la aplicación de la sharía y el recurso a la yihad se convertirán en poderosos elementos de acción política y propagandística que fascinarán tanto a masas como a dirigentes, en un panislamismo capaz de llenar de contenido las agendas de colectivos político-sociales muy diversos, desde el Magreb hasta Asia Central.
Todo esto sin olvidar a los inmigrantes musulmanes residentes en Occidente, para los que el islam político supondrá además una revitalización comunitaria frente a la ausencia de identidad, a la falta de expectativas socioeconómicas y a los ataques xenófobos de la extrema derecha.
Doctrinalmente, esta “revancha de Dios” –en la terminología del orientalista francés Gilles Kepel–, aunque sus orígenes ideológicos puedan remontarse a la creación de los Hermanos Musulmanes en Egipto por Hassan El Banna hace ya casi un siglo, sin duda, cobrará especial importancia en su vertiente más yihadista gracias a los trabajos de autores salafistas como Sayyid Qutb (Hitos del Camino), Abd Al-Salam Faraj (El Deber Olvidado), Abdullah Azzam (Únete a la Caravana) y, ya en el siglo XXI, Mustafa Setmarian (Llamada a la Resistencia Islámica Global).
La yihad anticomunista en Afganistán
Con todo, esta “Revancha de Dios” tiene su bautismo de fuego a finales de 1979, en las remotas montañas de Afganistán. Un año antes, fruto de un golpe militar se había creado la República Democrática de Afganistán, un régimen de izquierdas y de carácter prosoviético.
El nuevo gobierno afgano puso en marcha un ambicioso programa de reformas sociales que incluían la alfabetización de las mujeres, el derecho a no llevar el velo, la reforma agraria, la abolición del feudalismo o la prohibición del cultivo del opio. Ello inmediatamente generó la reacción de los sectores más reaccionarios de la sociedad afgana –como líderes tribales, terratenientes y religiosos– que proclamaron una yihad contra los marxistas ateos de Kabul.
Estados Unidos vio entonces la oportunidad de derribar al gobierno comunista afgano y comenzó a financiar a los muyahidín –traducible como "guerreros de Dios"– en su lucha contra la revolución comunista. Ello terminará provocando la intervención armada de la Unión Soviética para salvar y estabilizar al gobierno afgano, asediado por los yihadistas desde fuera y por las intrigas palaciegas desde dentro.
La jugada le había salido bien a Zbigniew Brzezinski, el consejero de seguridad del presidente Jimmy Carter que puso en marcha esta misión encubierta de financiación y entrenamiento de los muyahidín –junto a Pakistán y Arabia Saudí–, ya que ahora podrían “darle a la Unión Soviética su propio Vietnam”.
Al calor de la llamada a la yihad acudieron militantes de todo el mundo árabo-islámico, en una especie de “brigadas internacionales” –entre ellos, un joven saudí de nombre Osama Bin Laden–. La ayuda fue cuantiosamente ampliada tras la llegada de Ronald Reagan a ka Casa Blanca, y al final la estrategia terminó dando sus frutos.
La Unión Soviética sucumbió a la trampa afgana, retiró sus tropas del país en 1989, se disolvió en 1991 y, unos meses después, Muhammad Najibullah, el último presidente comunista afgano, era derrocado por los muyahidín. Afganistán fue entonces convertido en un Estado islámico y fallido que finalmente terminaría siendo controlado por un grupo fundamentalista aún más fanático: los talibanes.
Sin embargo, tan solo unos años más tarde fue ese mismo Osama Bin Laden y su red terrorista de Al-Qaeda, con el paraguas logístico que le proporcionaron los propios talibanes, quien perpetró el mayor atentado contra Estados Unidos al estrellar cuatro aviones comerciales contra el World Trade Center y el Pentágono el 11 de septiembre de 2001.
La invasión estadounidense de Irak
Dos años más tarde, en 2003, la administración neoconservadora de George W. Bush iniciaba la invasión de Irak bajo el dudoso argumento de que el gobierno iraquí poseía armas de destrucción masiva y mantenía lazos con el "terrorismo global", lo cual después resultó ser rotundamente falso.
No obstante, unos años antes, Estados Unidos ya había atacado al país en la que se conoció como la Primera Guerra del Golfo, bajo el pretexto de defender al emirato de Kuwait de la agresión de su vecino mayor. Irak tenía un sistema autoritario liderado por Saddam Husseín, pero era también un régimen laico, progresista y socializante que había experimentado un gran desarrollo económico, en el que las mujeres gozaban de los mismos derechos que los hombres y en donde se había creado una clase media emergente.
El partido gobernante, el Partido Baaz Árabe Socialista –que encarnaba estos valores laicos, buscaba su relato nacional en el esplendor de la antigua Mesopotamia e incluso tenía ministros cristianos en sus gabinetes gubernamentales–, fue completamente aniquilado y prohibido tras la invasión estadounidense de 2003, mientras que el propio Saddam terminó siendo capturado, juzgado y ejecutado.
De este modo, Irak pasó de ser un Estado funcional y centralizado a un Estado fallido y atomizado dominado por la violencia sectaria, los clérigos fundamentalistas como Alí Al-Sistani o Muqtada Al-Sadr y cuyo caos nuevamente creó el caldo de cultivo perfecto para el surgimiento de un nuevo movimiento yihadista: el Estado Islámico de Irak y Levante (ISIS).

Este grupo, nutrido de sunníes descontentos con el nuevo gobierno sectario chií instalado en Bagdad, aprovechó la retirada de las tropas estadounidenses para expandirse territorialmente y conquistar las estratégicas ciudades de Mosul y Faluya, poniendo en jaque a la capital Bagdad e implantando un régimen de terror, tanto en el nuevo califato como en los territorios extranjeros, donde perpetró cruentos atentados.
En esta situación de caos, incluso sonados opositores al anterior régimen de Saddam terminaron añorándole, como el célebre caso de Kadhim Al-Jabbouri. el ciudadano que derribó su estatua de bronce en 2003 y que, tan solo 10 años después, reconocía que se arrepentía de haberlo hecho viendo el actual descenso al caos de su país, controlado ahora por los “matones” de las distintas milicias religiosas que se han repartido el poder.
La “primavera árabe” en Libia
Una década después, ya en el año 2011, al calor de las eufemísticamente denominadas “primaveras árabes”, las potencias occidentales y las petromonarquías aprovecharon la ocasión para combatir otro gobierno antaño aliado de la Unión Soviética y fuertemente vinculado con la causa palestina, y que por ende, siempre les había resultado molesto: la Libia del coronel Muammar Gadafi.
Esta vez el protagonismo de la iniciativa corrió a cargo de Francia y Reino Unido, tomando Estados Unidos un papel algo más secundario. A través de una intensa campaña propagandística, se proyecto en Occidente la imagen de Gadafi como un líder déspota, sanguinario y excéntrico, frente al cual supuestamente estaba el “pueblo en armas” que luchaba por la democracia, representado por el Consejo Nacional de Transición (CNT).
Una resolución de Naciones Unidas de dudosa legitimidad, esgrimida en base al supuesto jurídico de la “responsabilidad de proteger”, terminó dando luz verde a una serie de bombardeos aéreos de la OTAN sobre las posiciones gubernamentales gadafistas, lo cual abonó el campo de batalla para el avance arrollador de los rebeldes islamistas, quienes solo unos meses después tomaban tanto la capital Trípoli como el puerto de Sirte, la ciudad natal del líder libio en la que éste se había refugiado y donde fue finalmente localizado, torturado y ejecutado.
Sin embargo, con la muerte de Gadafi no llegó a Libia la tan aireada “democracia primaveral” patrocinada por Occidente, sino que, por el contrario, el país cayó en un estado de guerra perpetua entre las tribus y facciones vencedoras –incluyendo núcleos yihadistas–, una situación de inestabilidad que al intensificarse tanto ha llevado incluso a la creación de dos gobiernos paralelos: uno en Trípoli y otro en Tobruk.
A su vez, el colapso del Estado libio ha preciptado que el país termine convirtiéndose en un nido del crimen organizado, la inmigración irregular y el yihadismo global, azotado por la consiguiente crisis humanitaria y la falta de infraestructuras básicas.
En contraste, en los tiempos de Gadafi el país poseía el Índice de Desarrollo Humano (IDH) más elevado de todo el continente africano, gracias a la política de desarrollo social de inspiración socialista Yamahiriya –gobierno de las masas–, una política que nacionalizó el petróleo, y con las rentas obtenidas, construyó infrasestructuras, garantizó el acceso al agua, decretó la educación gratuita y amplió la atención sanitaria.
Todas esas estructuras institucionales y niveles de bienestar no solo han desaparecido a día de hoy, sino que además, el gobierno islamista de Trípoli ha anunciado la creación de una policía de la moral que obligará a las mujeres a llevar el velo y tener un tutor masculino, dentro de una política destinada a “purificar” la sociedad libia.
La guerra contra la multiconfesionalidad de Siria
Y finalmente, unos meses después, se inició el largo conflicto de Siria, insertado también en ese mismo contexto geopolítico de las ya mencionadas “primaveras árabes”. La crisis siria, que obedecía inicialmente a factores puramente internos, fue enseguida amplificada por la intervención exterior de las grandes potencias.
Nuevamente, un sistema dirigido por el Partido Baaz buscaba la unidad árabe desde unas bases socialistas y laicas para que la milenaria diversidad cultural de la región fuese garantizada –un elemento aún más esencial si cabe en la propia Siria, una sociedad multiconfesional donde conviven sunníes, chiíes, alawíes, cristianos, drusos y yazidíes–.
Durante los gobiernos baazistas, la ley civil estaba siempre por encima de las leyes religiosas y el Estado velaba por la tolerancia entre todas las confesiones, a las cuales garantizaba su visibilidad en el espacio público –por ejemplo, tanto las efemérides musulmanas como las cristianas eran consideradas fiestas oficiales–.

Frente a esta concepción secularista del Estado, se encontraba la opción confesional de la oposición armada siria, una amalgama de grupos islamistas e incluso yihadistas –desde los Hermanos Musulmanes hasta el ISIS–, patrocinados nuevamente por Estados Unidos, Arabia Saudí, Qatar, Turquía –facilitando el paso de combatientes a través de su amplia frontera– e incluso Israel.
Este último grupo, en paralelo a su expansión en Irak, también logró ocupar grandes porciones de territorio sirio, incluyendo las ciudades de Raqqa y Palmyra, donde llevaron a cabo una macabra destrucción del patrimonio histórico y una limpieza étnica a través de asesinatos masivos de cristianos, alawitas, yaziidíes e incluso sunníes que eran considerados infieles simplemente por ser laicos.
Nuevamente, como había sucedido tras el 11-S, Estados Unidos terminó teniendo que atacar a sus antiguos aliados, aunque no por ello dejó de financiar a otros grupos fundamentalistas alternativos. La consigna general de los rebeldes islamistas era clara: “los alawitas a la tumba, los cristianos a Beirut”.
13 años más tarde, la cruda perspectiva de una interminable guerra con miles de muertos, heridos y desplazados, así como la destrucción de la economía e infraestructura estatal, terminó dando sus frutos para los intereses rebeldes durante las navidades de 2024, momento en el que se produjo el colapso definitivo del régimen baazista, la huida del presidente Bashar Al-Asad y la toma del poder por parte de Abu Muhammad Al-Golani, el líder de Hayat Tahrir Al-Sham (HTS) –la antaño Jabat Al-Nusra, filial de Al-Qaeda en Siria–.
En resumen, las experiencias de Afganistán, Irak, Libia y la propia Siria en los años precedentes invitan a ser muy prudentes con respecto a la posible evolución de la situación política en el país levantino y a los cantos de sirena democratizadores que escuchamos en los medios de comunicación.
Como acabamos de ver, los presidentes laicos Najibullah, Saddam y Gadafi fueron derrocados por insurrecciones armadas y sustituidos en el poder por señores de la guerra islamistas, lo que inmediatamente provocó que los Estados que lideraban colapsasen y se transformasen en Estados fallidos sometidos a la satelización por parte de las grandes potencias.
Por ello, cuando observamos las dinámicas actuales en Oriente Medio y analizamos los discursos de los líderes occidentales, debemos más que nunca desenpolvar nuestros libros de historia, utilizar el pensamiento crítico y tratar de separar la información de la propaganda.
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