
La guerra llegó a México en tromba. Las elecciones federales de 2006 dejaron ver una nación con elevados indicios de polarización política. Esto derivó en toda una crisis política nacional en la que la oposición –liderada por Andrés Manuel López Obrador del Partido de la Revolución Democrática– impugnó los resultados, cayendo sobre ellos el peso de las instituciones panistas. Así, la toma del poder por parte de Felipe Calderón Hinojosa se realizó de noche y de manera apresurada. En paralelo, en el mundo del narcotráfico se estaba produciendo otra crisis de igual virulencia: el Cártel del Golfo (CDG) de Osiel Cárdenas Guillén acorralaba a los “señores del Pacífico” con su brazo armado, Los Zetas, y con el apoyo de los gobernadores priístas –del Partido Revolucionario Institucional (PRI)– del noreste mexicano.
Esgrimiendo el caso de Genaro García Luna como prueba, la alianza entre ambas facciones político-criminales no tardaría en fraguarse –si no se hallaba pactada ya antes de las elecciones–, empujando a que apenas diez días después del bochornoso espectáculo que supuso su investidura Calderón lanzara a las fuerzas armadas de la República contra los enemigos del Cártel de Sinaloa.
Sin embargo, los cañones de los fusiles automáticos del ejército no apuntaron inmediatamente hacía Tamaulipas, bastión del CDG, sino que hicieron en la dirección opuesta. La infame “Guerra contra el narcotráfico” empezaría en Michoacán de Ocampo. Abriendo la incógnita sobre el porqué de esta aparente inusual decisión y desatando un torbellino de violencia, dinero y sentimientos pseudo-religiosos y pseudo-políticos que arrojarían luz sobre la idiosincrasia de la sociedad mexicana.
El corazón de México
Michoacán es una entidad federativa relegada a la marginalidad por el encaje geopolítico contemporáneo del continente americano. En primera instancia, la geopolítica mexicana tiene la particularidad de tener un “trono natural”, el Altiplano Central, desde donde a lo largo de los siglos el territorio mesoamericano ha sido gobernado. Tal situación tiene la ventaja para Ciudad de México (CDMX) de convertirla en una fortaleza natural, permitiendo que las élites allí asentadas expandan cíclicamente su poder por el grueso del territorio de la actual República. Pero, al mismo tiempo, la aísla del mundo, dando el margen de maniobra suficiente a las facciones dominantes del resto de regiones para que actúen independientemente, obligando a las élites chilangas a tener que pactar con sus homólogas para mantener abierto el flujo de suministros a la capital.
Y ese ha sido el caso de Michoacán. Si Veracruz tiene el papel de mantener conectado a la gran metrópolis con el resto del mundo, su contraparte michoacano se desenvuelve en el rol de alimentarla, destacando como uno de los mayores productores agrícolas del país. La problemática para Los Pinos inicia con el hecho de que su “granero” queda fuera de su control directo.
Histórica y geográficamente los territorios de dicho estado se han perfilado como un ente autónomo del control de Chapultepec. Con anterioridad, la actual entidad federativa sirvió como base territorial para el Imperio Purépecha, principal organización política ajena y rival de la Federación de Altépetl, desde la cual extendió su influencia a los actuales Jalisco, Guanajuato, Colima y Guerrero.
A la llegada de los españoles, las élites tarascas pactaron en gran medida con los recién llegados, ayudándoles a conquistar las regiones centrales de la costa del Pacífico mexicano. Y es aquí donde entra otro de los factores fundamentales para la correcta comprensión de la situación actual de Michoacán: su geografía. Tal elemento desgarra por la mitad al estado. En el oriente, se encuentra la meseta purépecha, donde se ha concentrado el poder tanto en tiempos prehispánicos como virreinales e independientes. Esta, a su vez, forma parte de la región conocida como El Bajío, que encuadra también a Jalisco, Aguascalientes, Guanajuato, Querétaro, San Luís Potosí y Zacatecas, estados que destacan por su historial minero.
Así, durante el período virreinal, a la histórica competencia entre las cuencas del lago Texcoco y del Pátzcuaro, se le sumó la colusión de esta última con el pujante negocio de la extracción y exportación de plata en dirección al por aquel entonces mayor mercado del mundo: China. De ello nacería una élite criolla y mestiza que cultivaría, siguiendo la estela de Vasco de Quiroga, las ciencias y el comercio, introduciendo con ello los ideales liberales a México.
Por contra, en el occidente se extienden tres regiones: Tierra Caliente, la Sierra Madre del Sur y la Costa, todas caracterizadas por la poca presencia del Estado, el atraso económico, el mestizaje y la proliferación de caciques locales.
De este modo, cuando el régimen virreinal dio señales de agotamiento, los caudillos de las regiones mineras y de los principales puertos del Pacífico se levantaron con la esperanza de diseñarse un régimen a su medida –tal y como tratarán de hacer sus homólogos norteños un siglo después– con éxito. En el Abrazo de Acatempan, se escenificó el “pacto de caballeros” entre CDMX y las susodichas facciones dominantes.
Sin embargo, pese a ser El Bajío en general y la zona norte de Michoacán el lugar de “alumbramiento” de México, estas zonas quedarían relegadas a un rol secundario por el reacomodo internacional que supuso el ascenso a la cima de Estados Unidos y el inicio del conocido siglo de la humillación en China, acaecido durante las dictaduras de los oaxaqueños Benito Juárez y Porfirio Díaz. Por tanto, si el centro político michoacano había sufrido una pérdida de importancia política sustancial, en las áreas periféricas de este mismo estado, por su naturaleza periférica, empezarían a germinar las semillas de una marginalidad y ausencia del poder gubernamental que darían sus frutos más de un siglo después.
Hijos de la marginalidad
El cambio de la orientación geopolítica de México, acaecido durante el siglo XIX, potenció un escenario michoacano altamente fragmentado en que proliferaban caciques locales, los cuales eran causa y consecuencia de la exacerbación del aislamiento y el atraso económico de las regiones más meridionales de Michoacán. Así, a lo largo del siglo XX se generaría de manera progresiva una coyuntura que a la larga actuaría como una espada de Damocles sobre el establishment de Ciudad de México.
La primera capa de inestabilidad para el gobierno federal sería puesta durante la Revolución Mexicana, bajo la cual, al calor de la conflagración, se formaría una camarilla político-militar liderada por Lázaro Cárdenas del Río y en la que figuran nombres de ex gobernadores como Francisco J. Mújica o Félix Ireta Viveros. El surgimiento de dicha facción dominante no tardaría en colisionar con los intereses de la CDMX, por aquel entonces gobernada por la Tríada Sonorense y serviría de factor potenciador del conflicto Iglesia-Estado que tendría como epicentro tierras michoacanas.
Durante las décadas siguientes, la mencionada camarilla logró alcanzar el éxito político con el nombramiento de Lázaro Cárdenas como presidente de la República y la difusión de su pensamiento y figura a nivel nacional. Sin embargo, esta ascendente trayectoria se vio truncada cuando empezaron a surgir los primeros síntomas de división interna. De este modo, el conocido como Grupo Atlacomulco expulsó del centro del poder político a la dinastía Cárdenas y sus seguidores, forzando incluso su salida del PRI y dando lugar a la fundación del Partido de la Revolución Democrática.
Seguidamente, la modernización priísta de México, con su economía planificada, convertiría a Michoacán en una región eminentemente agrícola, en cuya mayor actividad económica se hallaba altamente regulada y subvencionada por el Estado. Esta particularidad provocó el estancamiento productivo y la imposibilidad de modernización, cosa que alimentó nuevamente la pujante red caciquista asentada en las áreas más marginalizadas, las cuales no tardarían en incursionar en el cultivo de marihuana y amapola. No obstante, la decadencia de Michoacán tuvo como resultado el auge de Jalisco, especialmente de su capital, Guadalajara, a donde se trasladó el poder que otrora se asentaba en Morelia y en la que se desarrolló una pujante industria conectada con los principales puertos del Pacífico.

La "mudanza" del dinamismo económico desde El Bajío de Michoacán hacia Jalisco tuvo repercusiones significativas en el panorama político-criminal. En un primer momento, durante un periodo de 18 años (1970-1988), Los Pinos estuvo ocupado por diversas dinastías políticas originarias de Jalisco o con fuertes vínculos económicos con esa entidad federativa. Entre ellas se encontraban los Zuno –familiares de Luís Echevarría Álvarez–, los López Portillo –predecesores de su tocayo–, y los De la Madrid –históricos gobernantes de Colima–. Dada la estrecha relación entre estos líderes políticos y el posterior encarcelamiento de Rubén Zuno Arce, se formó una camarilla que, a semejanza de su propio cártel, estableció su base en Guadalajara, fortaleciendo así la presencia del crimen organizado en la región.
La fortuna de unos resultó ser la desdicha de otros. Al tiempo que cargos políticos y narcodólares consolidaban el poder de la camarilla tapatía, al sur, Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del mítico Lázaro, aglutinaba alrededor suyo a una maraña de sectores del priismo descontentos con la sede central, ya fuere por los excesos de la Guerra Sucia o por la creciente orientación neoliberal de la política económica.
El litigio tras las polémicas elecciones federales de 1988 escaló, provocando un cisma en el PRI y ganándose un nuevo enemigo, el clan "Salinas de Gortari", quienes durante su administración no dudarían en cercenar la base social del cardenismo en Michoacán mediante la desregularización del sector agrícola. De este modo, la suma de atraso económico y litigios político-personales pusieron las semillas de lo que posteriormente se convertirían en los entramados criminales más célebres de su tiempo. Las pepitas plantadas por la clase política mexicana fueron arrastradas por los flujos económicos hacia el otro lado de la frontera establecida en el Tratado Guadalupe-Hidalgo, donde hallaron un terreno fértil compuesto de grandes masas de individuos racializados relegados a la marginación social.
En este ambiente brotaron dos frutos: en territorio nacional, un extensísimo clan originario de Aguililla –en plena Tierra Caliente michoacana– apodado Los Cuinis desarrollarían toda una factoría de narcóticos; mientras que en Texas, un paisano suyo, Nazario Moreno González alias "El Chayo", proveniente de un contexto familiar caracterizado por un alto grado de desestructuración y fanatismo religioso, florecería gracias a su temperamental carácter como un “valor en alza” dentro del Cártel del Golfo de Osiel Cárdenas Guillén.
A la postre, las políticas de las administraciones republicanas de repatriación de convictos foráneos reubicarían a sujetos con un alto potencial desestabilizador en un Michoacán proclive al surgimiento de entes delincuenciales. Por consiguiente, el regreso al hogar de tales individuos cambiaría por completo el panorama político-criminal de la entidad federativa.
El conocimiento en profundidad del negocio de la dinastía Valencia les llevó a destacar por encima del resto de caciques narcotizados que proliferaban al calor de la desregularización del campo. El conocido como Cártel del Milenio se perfilaría como un proveedor y al mismo tiempo punto neutral entre los por aquel entonces hegemónicos cárteles de Juárez, Tijuana y Sinaloa. El posicionamiento de Los Valencia partía de la premisa de que su organización era un ente puramente empresarial que debido a su rol de suministrador de productos podía permitirse mantenerse neutral ante las disputas de las organizaciones distribuidoras y carecer de fuerza militar puesto que esta no resultaría necesaria.
Y he aquí donde cometieron uno de los errores políticos más graves. Para quien un “príncipe” no debe tener otro objeto que no fuere el arte de la guerra, puesto que el desconocimiento de este es la principal razón de pérdida de un Estado, ya que la falta de acopio de material, entrenamiento e inteligencia en tiempos de paz deja desprotegido al gobernante en época de conflagración.
Por tanto, cuando un Cártel del Golfo híper militarizado se vio impulsado por las dinámicas del sistema económico a una expansión comercial, Michoacán sería entendida como una plaza débil y apta para la conquista, desatando consigo un baño de sangre. Con todo, la subsiguiente masacre carece de sentido sin un retrato achurado de lo que son dos de los principales actores involucrados en esta tragedia: el Partido de Acción Nacional (PAN), con Felipe Calderón Hinojosa y Vicente Fox Quesada a la cabeza, y la Iglesia Católica Mexicana.
Una cuerda bien torcida
El Partido de Acción Nacional (PAN) nació en los últimos años de la década de los 30 del siglo pasado como una amalgama de intereses pequeño-burgueses, católicos y de ciertas regiones de la nación, o bien desfavorecidas por el reparto de poder posrevolucionario –como es el caso del propio Michoacán– o en una situación de prosperidad que se veía mermada por la rigidez de las políticas macroeconómicas planificadas estatalmente impuestas desde Los Pinos –como eran las situaciones de Baja California y Chihuahua–.
Desde un principio los pronósticos resultaban poco halagüeños puesto que la mano dura del régimen priísta tendía a marchitar cualquier tipo de disidencia antes de que floreciera. Sin embargo, fue la marginación de los centros de toma de decisiones los que paradójicamente permitieron el arraigo del PAN. A diferencia de sus homólogos del PRI, la futura cúpula panista se educaría en universidades estatales, creando así un tejido social con las fuerzas económicas locales que les permitió ir permeando la sociedad hasta lograr en los sexenios de Salinas de Gortari y Zedillo alcanzar las gubernaturas de Baja California, Guanajuato, Jalisco, Chihuahua, Querétaro y Aguascalientes. Aquí es donde tratarán de formar su base territorial.
Con todo, las nuevas facciones dominantes que alcanzarían el poder con el cambio de milenio se hallaban al mismo tiempo desconectadas en gran medida de sus predecesoras priístas que habían creado círculos de socialización endogámicos alrededor de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y de las élites industriales asentadas en el noreste, y divididas entre sí. La división provenía de la divergencia de intereses de los diferentes focos de poder.
Así, el PAN se fraccionaría en tres ejes: el primero de corte liberal, representado por líderes como Vicente Fox Quesada, caracterizados por realizar estancias académicas en universidades estadounidenses y cuyo bastión principal es Chihuahua; otro más democristiano, destacando por su apuesta por la inversión en infraestructuras públicas y asentándose principalmente en Baja California; y finalmente una rama ultracatólica, formada al calor de asociaciones católicas juveniles e impulsada por un peso pesado dentro del partido como es el exgobernador Francisco Javier Ramírez Acuña, a la que se inscribe Felipe Calderón Hinojosa.
Todo esto se vio complementado por un necesario pacto estabilizador con las élites tecnócratas priístas en Ciudad de México, como lo demuestra el caso de Francisco Gil Díaz, quien ocupó el cargo de Secretario de Hacienda y Crédito Público durante el sexenio de Fox.

Así, los sucesivos gabinetes del PAN eran una amalgama de intereses contrapuestos y rezumaban una falta de penetración en el elefantiásico y nepótico aparato burocrático mexicano, cosa que les empujó a buscar la alianza de los actores políticos paraestatales. Entre ellos destacaba uno: el narcotráfico. La elección parecía clara y sencilla. En un primer momento, los gobiernos panistas se limitaron a asociarse con los restos del Cártel de Guadalajara, mientras los narcogobernadores priístas hacían lo propio con el Golfo. Pero parecieran no haber caído en la cuenta de que estos estaban igual de divididos que el propio PAN.
El partido blanquiazul era víctima de un constante equilibrio de poderes del cual saldría vencedora la facción ultracatólica, pero no sin sufrir un gran descrédito público y una relativa hostilidad por parte del resto de élites. Y es en este punto en el que los intereses de Ismael “El Mayo” Zambada y Felipe Calderón Hinojosa convergen en Michoacán.
Desde el lado de la legalidad, el mandatario mexicano se hallaba en una situación desventajosa frente a sus adversarios y necesitaba una puesta en escena exitosa en su tierra natal para forjarse una base territorial propia. Casualmente esta región resulta ser la ruta más directa para el arribo de sustancias y precursores químicos ilegales debido a su alto nivel de conectividad tanto con otros estados de la República como con Estados Unidos y el continente asiático.
Desde el otro espectro, la consolidación de Sinaloa como el ente hegemónico en el narcotráfico exigía el dominio de los puntos de abastecimiento y de las rutas de envío a la costa oriental estadounidense. Localizaciones que por aquel entonces eran territorio de sus enemigos. Por tanto, era necesario arrebatar a sus rivales tal privilegio, pero procurando no extender sus fuerzas por un frente que de lo contrario abarcaría desde Ciudad Juárez hasta Lázaro Cárdenas, pasando por La Laguna y Monterrey. Resultaba contingente una ayuda estatal.
Así, mientras el resto de facciones de la clase política mexicana contaba con sus nexos con un cártel en particular, Fox primero y Calderón después hicieron lo propio con el Cártel de Sinaloa, “subvencionándolo” mediante una serie de operativos militares encaminados a fraccionar a los grupos independientes que operaban sobre el terreno, dotando a Culiacán de una posición negociadora fuerte y emitiendo la imagen de que la administración panista era capaz de contener la rampante violencia que asolaba el país. Y la jugada funcionó. Pero sus derivados plantearon un nuevo paradigma político-criminal que llamaría a liza a uno de los mayores motores sociales de la nación: la fe cristiana y su cosmovisión del mundo. Esta contribuiría a filtrar el conflicto que inició como una riña intraelitista por el control de un negocio monopólico hacía lo más profundo del subconsciente de toda una sociedad.
Cruz y yunque
Para Maquiavelo, lo que él denomina “principados eclesiásticos” suponen una “rara avis” puesto que su poder, al contrario que el grueso de instituciones políticas y económicas, nace de los activos intangibles como pueden ser las creencias o los valores y se extiende por la sociedad, permitiéndoles el acceso a otros de carácter material, como por ejemplo los negocios o los ejércitos. Ello hace que la fuerza de dichas instituciones sólo pueda ser minada desde el susodicho plano inmaterial, y, por tanto, las convierte en prácticamente inmunes al resto de actores.
En un imperio que abarcaba desde Nápoles a Filipinas y desde la Columbia Británica hasta Tierra del Fuego, la religión católica junto con sus estructuras jerárquicas servían como un nexo entre la multitud de facciones dominantes que poblaban un imperio tan vasto y diverso, las cuales del catolicismo obtenían un código moral sobre el cual desarrollar sus relaciones. Asimismo, implicaban un espacio en el que el sistema aristocrático podía colocar a sus “excedentes” –principalmente individuos de alta alcurnia no destinados a heredar–, contribuyendo de este modo a su estabilidad y actuando como un campo de disputa política más, y, finalmente, suponiendo la base para el desarrollo de las diferentes identidades hispánicas.
De esta manera, la Iglesia Católica fungió desde un inicio como desarrolladora de la identidad mexicana. Exhibiendo un alto grado de pragmatismo, fue capaz de aunar los valores universalistas del cristianismo con la heterogénea idiosincrasia local, sintetizándolo en un icono: la Virgen de Guadalupe. Se erigió como la madre de la nación mestiza, dotando de unas infraestructuras educativas para la formación de una élite intelectual criolla y realizando acciones de beneficencia y, a la postre, liderando una multitud de comunidades castigadas por las inclemencias del sistema virreinal.
El abanico de funciones cohesionadoras de la sociedad postcolombina que realizaba la Iglesia le otorgó la propiedad de una cantidad sustancial de los monopolios de la época. Cifra que aumentaba a medida que las élites coloniales sufrían un proceso de fragmentación. Por ende, cuando la mencionada circunstancia derivó en la independencia de México, el alto clero mexicano contaba con mayor patrimonio que el recién nacido Estado, hecho que lo convertiría en el mayor perjudicado del cambio de orientación geopolítica.
Las guerras civiles se sucedieron, encuadrándose en las tendencias geopolíticas globales de la época, e incluyeron intentos del Vaticano de poner en vereda a sus discípulos mesoamericanos. Todo para llegar a un gobierno dictatorial de “consenso” en el que la Iglesia recuperó el papel de nexo intraelitista. Sin embargo, el entendimiento porfirista no pudo detener la expansión de la influencia de la burguesía norteña, la cual venía con su propia versión de los dogmas católicos: el nacionalismo.
Esta nueva fuerza recogía la esencia universalista del catolicismo, ejemplificado en la igualdad entre individuos o el “poner la otra mejilla” frente a las injusticias, y cambiaba el sujeto de dichos principios de Dios a la "patria", dando pie a una inevitable confrontación discursiva. Todo ello aderezado con las intrigas políticas de las disputas por rellenar el vacío de poder que había dejado Porfirio Díaz.
Y la guerra estalló. Elías Calles utilizó a un rival político, Luis Napoleón Morones, y a su Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM) para tratar de fomentar un cisma dentro de la Iglesia Católica Mexicana. La reacción no se hizo esperar y la curia católica, empleando su papel de liderazgo de las comunidades más marginalizadas por el gobierno central, levantó a las masas campesinas de El Bajío, especialmente de Michoacán y Jalisco, en las cuales la indivisibilidad de la mexicanidad y el catolicismo era un pilar esencial de su identidad por su carácter eminentemente mestizo.
Los endebles pactos de paz a los que se habían llegado en la década de los treinta permitieron que la Iglesia Católica Mexicana pudiera crear espacios de socialización paralelos a los promovidos por el priismo de Ciudad de México, los cuales se asentaron principalmente en El Bajío, y en los que se cultivaría la élite del PAN. A su vez, los cambios de directriz del Vaticano, fomentaron una respuesta reaccionaria, encabezada por organizaciones cómo El Yunque o Los Tecos, que defendía un “particularismo mexicano” encaminado hacia tesis neofascistas.
El resultado fue agridulce. Las parcelas de poder de ambos contendientes serían respetadas, pero el coste había sido demasiado elevado como para que sus consecuencias pudieran ser paliadas en el largo plazo. El cuarto de millón de muertos que habían dejado tras de sí las conocidas como Guerras Cristeras enviaban el mensaje al México rural de que el régimen priísta suponía una amenaza directa a su estilo de vida, al tiempo que el pragmatismo de la Iglesia Católica –que se desentendió de la causa en cuanto esta dejó de ser útil para sus intereses– dañó irreversiblemente la posición de liderazgo rústico de la institución.
Así, ha medida que el régimen implosionaba, esta nueva facción eclesiástica daba muestras cada vez más públicas de poder, mientras que tras bambalinas tejían una red de alianzas entre las que se encontraban figuras tan prominentes de la política y la religión como Felipe Calderón Hinojosa, Fernando Gutiérrez Barrios, Norberto Rivera Carrera, Onésimo Cepeda Silva y Marcial Maciel Degollado.

El ascenso al poder de esta facción, ocurrido durante las elecciones del año 2000 y ratificado en las del 2006, contaba con una amenaza que apuntaba directamente a la fuente de su poder: “los activos intangibles”. Y es que, la consolidación de la dependencia mutua entre Estados Unidos y México había facilitado la expansión de iglesias de corte protestante por feudos históricos como Chiapas, Tabasco e Hidalgo, donde las novedosas y extremadamente adaptables creencias de estas nuevas ramas del cristianismo contrastaban con la inflexibilidad y la jerarquización que emanaba del catolicismo.
Con tal panorama, personajes como Servando Gómez Martínez “La Tuta” o Nazario Moreno González “El Chayo” supieron comprender las debilidades sistémicas de los diferentes poderes históricos de Michoacán, sacando partido de una manera inédita. La combinación del conocimiento de las doctrinas evangelistas debido a la pasada residencia en Texas y el conocimiento de las estrategias guerrilleras de infiltración social resultaron ser suficientes como para construir una amplia base poblacional.
El fruto de esta unión fue la sacralización de la droga y del narcotráfico. Los sicarios se convirtieron en guerreros santos, equivalentes a sus homólogos de la Edad Media europea, que a punta de cuerno de chivo reimplantaban la “legalidad divina” y purgaban los pecados de aquellos que no participaban o simplemente resultaban molestos en el nuevo “Edén”. Las cunetas de las carreteras se convirtieron en santuarios improvisados para una deformación de la Virgen de Guadalupe con el rostro de “El Chayo” y los puentes en un altar desde el cual, vía pancartas, anunciar los nuevos edictos celestiales.
Michoacán era una parodia. Un esperpento. Una deformación satírica de las instituciones que habían regido el país por centurias. Y, sobre todo, una amenaza, puesto que ahora su valor estratégico trascendía lo material y suponía la pérdida del que otrora fuera el mayor de los feudos católicos a manos de unas fuerzas cuya mera existencia amenazaba los monopolios heredados del mundo colonial. Esta circunstancia requeriría de una reacción virulenta por parte de las facciones atrincheradas en las posiciones de poder. Así, al igual que en las civilizaciones precolombinas, la guerra adquirió tintes ceremoniales, siendo publicitada bajo eslóganes pomposamente vacíos que la enquistaron en la sociedad autóctona y promovieron su expansión.
Éxtasis armado
Todos los elementos políticos, criminales, sociales y religiosos se hallaban dispuestos en Michoacán para desatar un drama. El cambio de milenio fue marcado por la llegada de Los Zetas al puerto de Lázaro Cárdenas, desde donde se expandieron como un cáncer en dirección a la región aguacatera, exiliando al Cártel del Milenio a Jalisco y estableciendo un régimen tiránico y extorsionador basado en el empleo del terror como arma de control social.
El pavor demostró ser una herramienta efectiva pero cortoplacista que dejó un enorme agujero en el tejido social local que fue aprovechado por un grupo de lugartenientes michoacanos de Los Zetas para realizar un alzamiento del que nacería La Familia Michoacana. Esta nueva organización resultó ser una confederación de caudillos del narcotráfico mexicano, entre los que figuraban: Nazario Moreno González “El Chayo”, Servando Gómez Martínez “La Tuta”, José de Jesús Méndez Vargas “El Chango” o el clan Plancarte, estrechamente vinculado al Partido de la Revolución Democrática.
Así, a base de exhibiciones de sadismo público, doctrinas pseudo-religiosas y pseudo-políticas, lograron con el apoyo del Cártel de Sinaloa y del Cártel del Golfo adueñarse de Michoacán y extender sus dominios por el Estado de México y Guerrero, entrometiéndose de lleno en las dinámicas político-económicas de la entidad federativa. De esta forma, al igual que sucedió en Coahuila entre 2006 y 2014, Michoacán se trató de un estado bicapitalino, con el poder compartido entre la gubernatura de Morelia y un cónclave de narcotraficantes asentado en Apatzingán.
Su gobierno fue de todo menos divino. "El Chayo" consolidó su poder a través de la represión indiscriminada y la coacción de todas las actividades económicas, ya sean lícitas o ilícitas, con especial énfasis en la agricultura y la minería. Además, su comportamiento desquiciante, posiblemente inducido por las metanfetaminas que él mismo comercializaba, contribuyó a una gestión caracterizada por la locura. El dinero y la política hicieron el resto.
El reinado del terror y la demencia resultaba imparable. La entrada en tromba del ejército le quitó de encima a rivales internos como El Chango Méndez, con cuyo hundimiento la marca de la Familia Michoacana se vendría a pique para ser sustituida por Los Caballeros Templarios, en la cual, bajo el pretexto de su presunta muerte a manos de las Fuerzas Armadas, Nazario engrandecería su control gracias al gobernador priísta Fausto Vallejo Figueroa, al tiempo que hacía lo propio con su paranoia.
La opresión llegaría a cuotas tan elevadas y las deudas de sangre pendientes de su mandato se acumularían tanto que el estado viviría un déjà vu en el que un grupo de industriales y ganaderos locales se alzaría en armas contra el despotismo más sanguinario, arrastrando con ellos a buena parte de la sociedad. El éxtasis de ira y venganza que se había apoderado de Tierra Caliente no pasó desapercibido por viejos enemigos e individuos arribistas. El Cártel Jalisco Nueva Generación, herederos del Cártel del Milenio y criados bajo el cobijo de Sinaloa, inyectó armas y dinero a los grupos de autodefensas locales. Tal fue la magnitud del suministro que sirvió para reducir a la mínima expresión a Los Caballeros Templarios, cuyos líderes no tardarían en caer como frutas maduras, presos o muertos ante el gobierno federal.
Las autodefensas, como todo movimiento social orgánico, se verían descuartizadas primero por la infiltración en ellas de criminales fieles –tales como Juan José Farías Álvarez “El Abuelo” o Nicolás Sierra Santana “El Gordo”, que posteriormente se asociarían con el CJNG– y por la intervención estatal encaminada a prevenir cualquier disidencia interna. El juego de alianzas, que había catapultado a los tapatías a lo más alto del negocio, no tardaría en derrumbarse, enfrentando nuevamente a lugartenientes contra patrones, esta vez con la fórmula Cárteles Unidos –suma del Cártel de Tepalcatepec, Los Viagras y Los Blancos de Troya entre otros– contra CJNG en una guerra proxy entre los segundos y el CDS.
Nuevamente Michoacán es regado con sangre y metralla y sobre la clase política local sobrevuelan sospechas sobre su colusión con Cárteles Unidos. Pero si algo ha cambiado este siglo XXI es que hoy tal entidad federativa ha transformado todas las capas de marginalidad que recibió en décadas pasadas, y, en un efecto rebote, las ha transformado en una inestabilidad que se ha extendido irrefrenable por el país, llevándolo a las puertas del que promete ser el mayor reto para México. Y es que dicha turbulencia tiene cuatro letras: CJNG, el Cártel Jalisco Nueva Generación.
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