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Las elecciones legislativas rusas y el orden político bélico

Edificio de la Duma de la Federación Rusa en Moscú. Fuente: Depositphotos.

Las elecciones legislativas rusas de 2026 constituyen una radiografía de la reorganización del sistema político del país alrededor de la guerra en Ucrania. Cuatro años de conflicto armado han convertido la guerra en el principio ordenador de la política nacional. Bajo su influencia, se están redefiniendo las jerarquías, el marco de la competición electoral y el espacio que ocupa cada formación política. Por ello, comprender la coyuntura actual exige diseccionar los partidos y candidatos que concurren a los comicios a partir de su relación con la guerra.

Rusia unida y la institucionalización de la guerra

Rusia Unida será el claro vencedor. Su estructura de partido aglutinante, amén de los mecanismos de ingeniería electoral que se llevan a cabo en el gigante euroasiático, es la garantía de la victoria en este proceso electoral y en los venideros si nada sustancial hace cambiar las cosas. La candidatura del partido del poder la encabezan pesos pesados de la política nacional rusa como Serguéi Lavrov -actual ministro de Exteriores- o Serguéi Sobianin -alcalde de Moscú-, un claro símbolo de continuismo en las políticas del partido de Putin.

Dimitri Medvédev sigue ostentando la presidencia del partido. El expresidente ruso ha alcanzado enormes índices de popularidad por sus amenazas dirigidas a la OTAN y a los países europeos que están financiando y armando a Kiev. Sus incendiarios mensajes en X anunciando, por ejemplo, que Finlandia “ahora figura en la lista de objetivos nucleares de Rusia”. De cualquier manera, todo parece ser una estrategia propagandista interna en tanto mientras Medvédev se llena la boca de amenazas, Putin mantiene canales diplomáticos con Washington. Así lo demuestra la reciente visita de Witkoff a Moscú

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No obstante, la inclusión de nombres nuevos y sus trayectorias hace pensar en una línea dirigida en un sentido mucho más militarista. Esta situación es una señal inequívoca de que el entorno más cercano de Putin está más que preparado para continuar la guerra y para, también, preparar a toda la opinión pública y a la población para ello.

Son muy significativos de esta idea los nombramientos. Es el caso de Yevgueni Poddubny, corresponsal de guerra, un putinista convencido, defensor de la potenciación del militarismo en la sociedad y defensor de la guerra en Ucrania como una “etapa de confrontación civilizatoria contra Occidente”. Otro nombre quizá más ligado al del ámbito militar, si cabe, es el de Vladislav Golovin, con una retórica no tan centrada contra Occidente sino en la preparación física y en la disciplina de la población. Obtuvo el reconocimiento de héroe de la Federación Rusa a los 25 años y ahora, con 29, ya ocupa el quinto lugar en la papeleta de Rusia Unida.

La oposición dentro del consenso bélico

Sin duda, el mayor partido de la oposición del sistema es el Partido Comunista de la Federación de Rusia (PCFR). Su histórico líder, Guennadi Ziugánov, no ha dudado en enfrentarse públicamente a Putin por muchas de las medidas llevadas a cabo por el Kremlin. Aunque esta oposición ha quedado siempre reducida a una oposición dialéctica no efectiva en la Duma. 

Ziugánov no se ha opuesto a la invasión rusa de Ucrania y ha sido uno de los pocos líderes políticos rusos que se ha referido al conflicto como una guerra a gran escala y no mediante el circunloquio de “Operación Militar Especial”. Precisamente por ello, el líder comunista ha sido uno de los que se ha mostrado más favorable a movilizar recursos y fuerzas para conseguir la victoria en el campo de batalla. Su compromiso con la guerra le llevó a realizar una de sus declaraciones más polémicas, en la que sugirió que los 30.000 billones de rublos de los ahorros de rusos depositados en bancos fueran destinados a sufragar los gastos de las Fuerzas Armadas.

Con respecto a la posición del PCFR sobre el empleo de armamento nuclear, Ziugánov adopta una postura de cautela. “Las armas nucleares no son ninguna broma”, sostiene el líder comunista en una entrevista a Svobodnaya Pressa recogida en la web de su partido. No obstante, la posición de la segunda fuerza política oficialista de la Federación Rusa no es antinuclear y considera esencial la mera tenencia de este armamento, al que le otorga un enorme valor disuasorio.

Más allá de Ziugánov, la lista del Partido Comunista incluye a nombres muy relevantes de la política rusa que pueden construir una idea futura de cómo se renovarán los poderes políticos en el medio plazo. El segundo en la papeleta de la hoz y el martillo se llama Valentín Konoválov, un abogado de 39 años que desde hace casi una década ejerce de gobernador de la República de Jakasia, una pequeña región del sureste siberiano. Konoválov se ha enfrentado al líder jakasio de Rusia Unida y no dudó en tejer alianzas con otros partidos opositores para hacerse con el poder regional.

La actual tercera mayor fuerza política de la Federación Rusa es el Partido Liberal-Demócrata de Rusia (LDPR). Fundado a finales de la década de 1980, la agrupación fundada por Vladímir Zhirinovski respondió únicamente al caparazón del espíritu crítico de los albores de la Perestroika. 

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El corresponsal de La Vanguardia en Moscú durante este período, Rafael Poch-de-Feliu, describe a su fundador en La gran transición como un “político marginal” al que se le veía “vociferando en pequeños corros callejeros y plazas moscovitas”. Su discurso demagógico, ultranacionalista, anticomunista y apartado de la clase política le sirvió para captar una porción nada desdeñable del voto descontento en las elecciones legislativas de 1993. Quedó en primera posición.

Y hasta ahí, puesto que la retórica y la línea ideológica del partido tiene su eje mucho más desplazado hacia el conservadurismo que Rusia Unida. Además de apoyar la “Operación Militar Especial”, su programa político habla de llevar a cabo “las medidas más decisivas y golpes devastadores en el frente” para lograr la “victoria de las armas rusas”. Slutsky habla de “mundo ruso” refiriéndose a Ucrania y del éxito en la guerra para garantizar la seguridad del país.

En política migratoria, uno de sus puntos más distintivos y característicos, sus ideas recuerdan en forma y fondo al concepto de “prioridad nacional” esgrimido por algunos políticos europeos cuando hablan de aprobar “una ley que dé prioridad a los ciudadanos rusos sobre la mano de obra extranjera en los procesos de contratación”.

Elecciones rusas de 2018 en Moscú. Fuente: Depositphotos

La formación Rusia Justa es quizá lo más parecido a la socialdemocracia que existe en la Federación Rusa. Nació con el propósito de ser la alternativa bipartidista de izquierdas a Rusia Unida, aunque un año antes de empezar la guerra de Ucrania se fusionó con el partido Patriotas de Rusia y adoptó una fuerte deriva ideológica hacia el nacionalismo sin abandonar sus preceptos keynesianos económicos.

Aunque ha dado muestras de crítica a la oligarquía rusa, su postura ha sido de apoyo al Kremlin en la guerra y de crítica con Europa, Estados Unidos y la OTAN. Su línea ideológica, no obstante, está mucho más centrada en la conservación del Estado del bienestar -vivienda, subvenciones, regulación de la inmigración procedente de Asia central- y no tanto en promocionar la guerra.

No obstante, el espacio de izquierdas en Rusia lo acapara mayoritariamente el Partido Comunista, que tiene un fuerte arraigo en la sociedad rusa -especialmente en aquellas regiones donde la implantación del capitalismo fue especialmente traumática-. Esta circunstancia, sumada a una ausencia total de tradición bipartidista, hace que Rusia Justa sea un partido marginal en la Duma y sin apenas calado en la opinión pública rusa.

Otra fuerza residual dentro de la Duma es el partido Gente Nueva. De corte neoliberal y proempresarial, el joven partido nacido en 2020 aspira a convertirse en la tercera fuerza política, por detrás del Partido Comunista, en los sondeos actuales. Tanto el New York Times como el medio ruso opositor Meduza sostienen -aunque solo en base a testimonios de expertos y personas próximas al partido- que este fue creado por el Kremlin para canalizar el descontento social y los votos de los simpatizantes de Alexei Navalny.

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Tras el comienzo de la invasión rusa de Ucrania en 2022, Gente Nueva llevó una voz algo disonante en la Duma. Su vicepresidenta Sardana Avksentieva advirtió que el reconocimiento de la independencia de Dotetsk y Lugansk, además de declaraciones y amenazas de Rusia conducirían a “un conflicto real”. Solo una semana más tarde acabó apoyando al Kremlin el reconocimiento de la independencia de ambas regiones ucranianas.  

Yábloko y los límites de la oposición tolerada

El partido Yábloko (“Manzana”) es la gran fuerza antibelicista dentro de las fronteras de la Federación Rusa. Sus posiciones son enormemente distantes respecto a las demás fuerzas políticas del país y llevan como política estrella acabar con la guerra en Ucrania e incluir a Rusia en la Unión Europea. No obstante, la base electoral de Yábloko ha sido siempre minúscula y desde 1999 no logra alcanzar el umbral del 5%. Las encuestas de opinión le otorgaban una intención de voto de entre el 1 y el 3%,.

El pasado mes de agosto, tras una denuncia de un partido minoritario y extraparlamentario, el Tribunal Supremo de la Federación Rusa sentó en el banquillo de los acusados a los líderes del partido. En la sentencia, juez consideró probado el hecho de que Yábloko recibió 80 millones de rublos de financiación extranjera “entre ellas de Alemania, Canadá, el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte y Turquía” a través de 74 miembros del partido. El alto tribunal acabó excluyendo al partido de la lista de candidatos para las elecciones legislativas.

Sea cierto o no, no es la primera vez que Yábloko se enfrenta a problemas relacionados con sus cuentas. En 2003, como ya reconoció el propio partido, recibió financiación de Mijaíl Jodorkovski, el empresario más rico de Rusia en ese mismo año y un firme opositor a Putin. Jodorkovski se encuentra en el exilio en el Reino Unido tras haber pasado diez años en prisión.

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