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Islas Kuriles: cómo Estados Unidos impidió la resolución del conflicto

Vladimir Putin, presidente de Rusia, y Shinzo Abe, primer ministro de Japón (2012-2020)
Vladimir Putin, presidente de Rusia, y Shinzo Abe, primer ministro de Japón (2012-2020). Fuente: Kremlin. Bajo CC BY-SA 4.0

El archipiélago de las islas Kuriles consiste en una cadena de 32 islas y numerosos islotes que se extienden alrededor de 1.300 kilómetros desde Hokkaido, Japón, hasta la península de Kamchatka en Rusia. En 1945, semanas antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética anexionó dichos territorios con apoyo tácito de Estados Unidos, que aprobó la operación como incentivo para que Moscú entrase en la contienda contra el imperio japonés.

Desde entonces, Tokio reclama la soberanía sobre las cuatro islas más meridionales, los denominados Territorios del Norte: Kunashiri, Etorofu, Habomai y Shikotan. Si bien actualmente el fin de las disputas parece una posibilidad lejana, lo cierto es que, en 1956, en el marco de la normalización de las relaciones diplomáticas entre Japón y la Unión Soviética, se estuvo muy cerca de lograr una resolución. 

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El acuerdo alcanzado en la Declaración Conjunta de 1956 estableció que el país del sol naciente recuperaría dos de las islas reclamadas, Habomai y Shikotan, en el momento en el que se concluyese un tratado de paz entre las partes. Casi siete décadas han pasado y dicho tratado aún no ha tenido lugar. No obstante, Japón pudo haber recuperado las islas directamente.

Pese a que hoy en día su devolución sería insuficiente para resolver el conflicto, en aquel momento se constituía como una opción aceptable tanto para Tokio como para Moscú. ¿Por qué si ambos Estados tenían posiciones compatibles, estas no llegaron a materializarse en el acuerdo? La respuesta podría tener que ver con la influencia de un tercer actor, los Estados Unidos de América.

Las islas Kuriles y Estados Unidos

Desde la ocupación del archipiélago japonés en 1945, el gobierno nipón había conducido una política exterior en línea con las guías y mandatos de la potencia aliada. No obstante, en 1954, un nuevo primer ministro se hizo con el poder, Ichiro Hatoyama, quien, descontento con el proamericanismo del ejecutivo anterior, anunció el seguimiento de una política exterior autónoma (jishu gaiko). En este contexto, el inicio de un proceso de normalización diplomática con la URSS encendió todas las alarmas en Washington.

Además de los inherentes peligros que la aproximación de un aliado clave en la región a los soviéticos pudiera conllevar, a los norteamericanos les inquietaba especialmente que la normalización pudiera sentar un precedente y alentara a Japón a buscar también el mismo proceso con la República Popular de China (RPC).

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Estados Unidos estaba al corriente de que Tokio ansiaba acceder a los mercados chinos en aras de reconstruir su deteriorada economía de posguerra. Sin embargo, el restablecimiento de las relaciones diplomáticas significaría su adscripción al principio de “Una sola China”, en detrimento de sus aliados en Taiwán.

Por tanto, en el marco de la estrategia de contención al bloque comunista, los estadounidenses no podían arriesgarse a que uno de los Estados más peso históricamente en Asia, y afín colaborador con la causa occidental, retirara su apoyo diplomático a la República de China. Tal acción, temían, debilitaría considerablemente la posición del bloque capitalista en Asia Oriental.

Aun asomando estas inquietudes en el horizonte, Estados Unidos era consciente de que, teniendo ellos mismos relaciones diplomáticas normalizadas con la URSS, no podían oponerse directamente a que el mismo proceso ocurriese en Japón. De lo contrario, la interferencia en la política interna del país sería una realidad demasiado notoria, pudiendo aumentar el sentimiento antiestadounidense de una población ya de por sí descontenta, entre otros motivos, por el mantenimiento de la ocupación militar en las Islas Ryukyu.

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Así, Estados Unidos decidió que la mejor manera de dificultar las conversaciones entre su aliado y la Unión Soviética y, en consecuencia, desalentar una posible normalización con la RPC, era presionar a Japón con el objetivo de que adoptara una postura más dura e intransigente en sus reclamaciones sobre las islas Kuriles. De esta forma, se esperaba que las negociaciones quedaran bloqueadas y los japoneses, eventualmente, acabaran desistiendo del proceso. Siguiendo este enfoque, Washington llevó a cabo una serie de acciones que sería adecuado discutir ahora.

Las Ryukyu y el artículo 26

Nada más conocerse el inicio de las conversaciones con la URSS en enero de 1955, el por aquel entonces secretario de Estado John F. Dulles envió un memorándum a la embajada estadounidense en Tokio. El documento contenía una serie de instrucciones que debían ser transmitidas al ministro de Exteriores japonés Mamoru Shigemitsu de cara al inicio de las negociaciones.

Por un lado, se esperaba que, de alcanzarse un acuerdo, este no alterara la naturaleza de las relaciones existentes tanto con Estados Unidos como con la República de China. Por otro, y más importante aún, se advertía al ministro de realizar cualquier arreglo territorial incompatible con el Tratado de San Francisco.  

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Las Kuriles del Sur no eran la única zona que en aquel momento estaba sometida a ocupación extranjera. Las Islas Ryukyu, al sur del archipiélago japonés, se encontraban desde el fin de la Segunda Guerra Mundial bajo el control de Estados Unidos. El Tratado de San Francisco otorgó a los norteamericanos su plena administración por tiempo indefinido, si bien acordó que Tokio retendría cierta “soberanía residual” sobre las islas. Esta fórmula, diseñada con vistas a alinear a Japón con el bloque occidental, constituía la única garantía del Estado nipón sobre la posibilidad de recuperar dichos territorios, cuyo retorno constituía una demanda recurrente dentro de su ciudadanía. 

No obstante, la mención del tratado en el memorándum indicaba que las negociaciones por las islas Kuriles podían poner en peligro la realización de este fin. El Tratado de San Francisco fue celebrado entre Japón y las Fuerzas Aliadas una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, hubo un Estado que nunca llegó a firmarlo: la Unión Soviética.

Consciente de que esta podría tratar de buscar mejores condiciones de paz por su cuenta, Estados Unidos incluyó en el acuerdo una disposición encaminada a contrarrestar dicha posibilidad, el “artículo 26”. Esta cláusula, de gran relevancia, estipulaba que en el caso de que Japón otorgase mayores beneficios a un Estado no firmante, estas mismas ventajas se aplicarían automáticamente a Washington y al resto de países aliados.

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Como era de esperar, la coincidencia de posiciones entre Japón y la URSS respecto a la cuestión de las islas Kuriles se reflejó poco después de comenzar las negociaciones. Tokio obtuvo el compromiso de Moscú de devolver inmediatamente las islas de Habomai y Shikotan. Tal y como se ha mencionado, el gobierno japonés consideraba este como un resultado aceptable. Sin embargo, Shigemitsu sabía que, al aceptar la devolución de las islas, estaría admitiendo el dominio total de la URSS sobre las Kuriles del Sur restantes, Kunashiri y Etorofu.

Tal acción podría ser interpretada como una concesión de condiciones más beneficiosas que la fórmula de “administración con mantenimiento de soberanía residual” reconocida en el tratado para el caso de las Ryukyus. Por tanto, Estados Unidos, si quisiera, podría invocar el artículo 26 y establecer su total soberanía sobre la región, desvaneciendo las posibilidades japonesas de recuperar el archipiélago. 

Ciertamente, resulta discutible que Estados Unidos estuviera dispuesto a llegar tan lejos como para considerar siquiera aplicar el artículo 26. Cabe recordar que una de sus principales preocupaciones era evitar alimentar el sentimiento antiestadounidense entre la población japonesa. Aun así, Shigemitsu decidió rechazar el trato de los negociadores soviéticos y exigió, a modo de contraoferta, la devolución adicional de Kunashiri y Etorofu. Meses después, en una reunión en Washington, el propio Dulles le felicitaría por la forma en que estaba manejando las negociaciones, animándole a seguir manteniendo una línea dura.

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Esta no sería la única vez en la cual los norteamericanos utilizarían el Tratado de San Francisco y la situación de las Ryukyu con el objetivo de presionar al gobierno japonés. De hecho, en agosto de 1956, durante el transcurso de una reunión privada entre Dulles y Shigemitsu. el secretario de Estado aludiría explícitamente a esta posibilidad: “Las islas Kuriles y Ryukyus fueron tratadas de la misma manera en las condiciones de rendición […] si Japón reconociera que la Unión Soviética tiene derecho a la plena soberanía sobre las islas Kuriles, nosotros asumiríamos que tenemos igualmente derecho a la plena soberanía sobre las Ryukyu”.

Más aun, en este caso tales declaraciones fueron filtradas a la prensa, circunstancia aprovechada por aquellos sectores de la clase política japonesa opuestos a la normalización, con el objetivo de hacer ver a la opinión pública las consecuencias que un deterioro en las relaciones con Estados Unidos podría conllevar. Esto se tradujo, a su vez, en presiones internas dentro del gabinete de Hatoyama, urgiéndole a mantenerse inflexible respecto a la reclamación de Kunashiri y Etorofu.

El “caballo de Troya” estadounidense

Como se ha comentado en un inicio, el gobierno japonés era escéptico de las intenciones estadounidenses. El primer ministro Hatoyama buscó, con su política, alejarse de la influencia de otras potencias, especialmente Estados Unidos, y hallar una vía independiente. Aun así, los hilos de Washington supieron llegar hasta un ejecutivo tan adverso como el suyo, instrumentalizando a cierto individuo de gran relevancia en nuestra historia. La potencia norteamericana tenía un colaborador incurso en el gabinete de gobierno. Su nombre era Mamoru Shigemitsu.

A estas alturas, quizás no resulta sorprendente anunciar que Shigemitsu era el ministro más sensible a los intereses norteamericanos. Su sintonía derivaba más de un que de la existencia de algún tipo de afinidad ideológica con la superpotencia. Aun así, ambos coincidían en identificar a Hatoyama como un obstáculo a la consecución de sus objetivos, por lo cual resulta lógico que las sugerencias y consideraciones que los norteamericanos tuvieran a proponer serían mucho mejor recibidas si se realizaban por medio de alguien de su perfil. 

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Este hecho, junto a la naturaleza de las advertencias contenidas en el memorándum de Dulles, explicaría por qué Shigemitsu fue tan complaciente con las instrucciones transmitidas por el embajador estadounidense en enero de 1955.

Probablemente, el ministro esperaba que al desmarcarse de la posición negociadora de su gobierno y exigir a los soviéticos la devolución de Kunashiri y Etorofu como condición mínima para alcanzar un acuerdo, obtendría el favor de Estados Unidos y aseguraría el retorno de las Ryukyu. De esta forma, su protagonismo en ambos hechos le otorgaría el prestigio e influencia necesaria para desplazar a Hatoyama y acabar convirtiéndose él en primer ministro.

Irónicamente, fue precisamente esta decisión la que inició su declive político. En un primer momento, Estados Unidos no respaldó oficialmente la proposición pese haber sido el principal incitador a la toma de esta. Aunque continuó alentándolo desde las sombras, la falta de apoyo político manifiesto desde Washington causó que la posición negociadora del ministro deviniera insostenible. Shigemitsu no tuvo otra opción que retractarse e intentar aceptar los términos soviéticos anteriores.

Mapa del Mar de Okhotsk con Hokkaido, las islas Kuriles, la península de Kamchatka y Sakhalin
Mapa del Mar de Okhotsk con Hokkaido, las islas Kuriles, la península de Kamchatka y Sakhalin. Fuente: Demis. Bajo CC0 1.0

No obstante, debido a las exigencias del mantenimiento de una postura firme por una cada vez más intransigente opinión pública, la facción de Hatoyama aprovechó para desvincularse de esta nueva decisión y presionar para destituirlo. Aun así, este hecho prueba indudablemente hasta qué punto Shigemitsu resultaba de utilidad para Estados Unidos. Tan pronto como se percataron de su inminente pérdida de poder dentro del gabinete, el gobierno estadounidense respondió cambiando de golpe la que había sido una de las piedras angulares en su política, 

Evidentemente, el suministro de este “balón de oxígeno” iba más allá de lo que pudiera ser un simple gesto de amistad para con el ministro. Lo cierto es que, desde Washington, con su objetivo de mantener el proceso de negociación en un punto muerto aun en mente, necesitaban de la influencia de Shigemitsu para evitar que Hatoyama consiguiera imponer su “Fórmula Adenauer”, lo cual, temían, supondría la consecución de un acuerdo. 

Islas Kuriles, un conflicto congelado

Al final, el cambio de posición estadounidense no fue suficiente y la “Fórmula Adenauer”, basada en postergar la negociación sobre la cuestión de las islas Kuriles a un momento posterior, fue el enfoque utilizado en la Declaración Conjunta de 1956. Con esta conclusión, quedaba sentenciado para la posteridad el limbo en el cual Japón se encuentra hoy en día.

Evidentemente, las conversaciones de normalización fueron un proceso sumamente complejo en el cual multitud de factores influyeron en la materialización del acuerdo alcanzado. No obstante, no cabe duda de que la relación Estados Unidos-Japón fue uno de ellos. Actualmente, a pesar de que en los últimos años pudo apreciarse, tanto en Rusia como Japón, una mayor disposición a debatir una posible solución a las disputas, el advenimiento de la guerra de Ucrania y el alineamiento de Tokio con el bando occidental han hecho saltar por los aires cualquier tipo de avance diplomático que pudiera estar desarrollándose.

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Teniendo en cuenta la consolidación de la posición japonesa en torno al retorno de la totalidad de los Territorios del Norte, así como la revalorada importancia estratégica de las islas Kuriles para la arquitectura de seguridad rusa en el Pacífico, las posibilidades de una resolución a corto/medio plazo continúan siendo más bien escasas.

Por su parte, Estados Unidos no consiguió su objetivo de evitar la normalización, pero aun así obtuvo aquello que deseaba. Japón no cayó en la esfera soviética y tan solo buscó la normalización diplomática con la República Popular de China una vez Washington lo hubo hecho primero. A decir verdad, de no haber decidido interferir en las negociaciones, lo más probable es que el devenir de la historia hubiera sido el mismo. La tierra del espíritu del Yamato habría continuado siendo su principal bastión en Asia. Con la pequeña diferencia de que, quizás, hoy habría un conflicto menos en el mundo.

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