
En agosto de 1984, en plena guerra contra Irak y apenas un lustro tras la creación de la República Islámica de Irán, una delegación de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) visitó Libia y Siria con el objetivo principal de adquirir misiles balísticos.
Uno de los integrantes de dicha comisión era el entonces joven Mohammad Bagheri, quien acabaría ascendiendo al cargo de Jefe de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas iraníes en 2016. El 13 de junio de 2025, cuarenta años después del nacimiento del programa de misiles balísticos de Teherán, Bagheri era confirmado víctima mortal de los ataques israelíes que marcaban el comienzo de la llamada Guerra de los 12 Días.
La muerte de Bagheri posee un innegable valor simbólico al tener en cuenta los objetivos especificados por Tel Aviv como justificación para el inicio de la campaña de bombardeos a lo largo y ancho del oeste del país persa. Los medios prestaron especial atención durante el conflicto, de manera comprensible, a la importancia del programa nuclear iraní, el alcance de su amenaza y el grado de su destrucción.
La campaña israelí, sin embargo, no se centraba únicamente en la neutralización de la amenaza nuclear. Las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) apuntaban, asimismo, a la degradación del otro brazo de las capacidades militares estratégicas iraníes: su extensivo programa de misiles balísticos.
Desde su inicio en la década de los ochenta, el hasta el momento en constante desarrollo de misiles balísticos de corto y medio rango de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica ha jugado un papel crucial en la posición iraní en Oriente Medio. Al principio, era concebido como un efectivo método de disuasión y compensación de falta de activos aéreos.
Con el tiempo, pasó a ser considerado como medio de proyección de poder a través de la extensiva red iraní de milicias en la región. En cualquier caso, las capacidades aéreas tierra-tierra de Teherán han formado parte indispensable de la historia militar de la República Islámica y, tras el reciente conflicto con Israel, se encuentran ante una delicada coyuntura estratégica.
El origen de los misiles balísticos de Irán
Las capacidades misilísticas iraníes tienen sus antecedentes en el periodo prerrevolucionario. A través de mecanismos de cooperación con diversos actores –entre ellos, Israel, mediante el Proyecto Flor–, el Irán de Pahlavi ya buscaba en la década de los setenta ampliar su desarrollo en este ámbito.
Tras la creación de la República Islámica en 1979 y la inmersión del nuevo Estado en la guerra contra Irak hasta 1988, Irán se planteó la necesidad de encontrar una manera de compensar sus limitadas capacidades aéreas de ataque. Así pues, nació el programa de misiles balísticos tal y como lo conocemos en la actualidad.
Las ofensivas iraquíes con misiles de tipo Scud estaban suponiendo un obstáculo en el campo de batalla contra el que Irán no tenía capacidad simétrica de represalia. A ello se le unía la creciente barrera estratégica de las sanciones estadounidenses, si bien la primera tanda de escarmientos económicos había sido resuelta junto con la crisis de los rehenes en 1981.
Sin embargo, la designación por parte de la administración Reagan de la República Islámica como "país patrocinador del terrorismo" en 1984 supuso un mayor y más estructural revés para las fuerzas iraníes. La denominación vino acompañada de prohibiciones con respecto a la exportación de material y asistencia militares a Teherán, las cuales serían extendidas en 1995 mediante un embargo exhaustivo del comercio bilateral.
Las restricciones iban a significar un difícil mantenimiento, expansión y modernización de los activos de la rama aérea iraní. El F-4, el F-5 y el F-14, aviones de guerra estadounidenses que conforman hoy en día la mayor parte del inventario de la República Islámica, dejaron de producirse hace más de treinta años y llevan décadas retirados por la Fuerza Aérea de Estados Unidos (USAF).
Además, el porcentaje de dichos aviones que continúan operativos es limitado, en parte dada la dificultad en términos de adquisición de piezas de repuesto. El inevitable envejecimiento gradual de su aviación de guerra obligaba a Teherán a adoptar rutas alternativas para contrarrestar la obsolescencia programada de sus capacidades aéreas.
En este contexto, Irán se ponía en contacto con la Siria de Hafez Assad y la Libia de Gadafi. Del primero conseguiría obtener tan solo lecciones técnicas con respecto a la utilización del equipo y materiales. El segundo, sin embargo, accedería a proveerles, en diciembre de 1984, de su primer cargamento de misiles balísticos de corto rango, conformado por ocho Scud-B soviéticos y dos lanzadoras.
En marzo de 1985, Irán usaba misiles balísticos por primera vez en un ataque contra una instalación petrolífera en Kirkuk. A lo largo de la Guerra Irán-Irak, la República Islámica emplearía un total de 121 proyectiles en sus operaciones.
En 1987, Estados Unidos acusó a China de suministrar misiles antibuque a Irán tras los ataques contra infraestructuras petroleras en el golfo Pérsico. Ese mismo año, la República Islámica recibió cerca de un centenar de Scud-B procedentes de Corea del Norte, a cambio de financiar el programa norcoreano de misiles de largo alcance.
La cooperación militar con China, Corea del Norte y Rusia continuaría siendo un rasgo principal del desarrollo del programa iraní de misiles balísticos, facilitando la transferencia de capacidades, conocimiento y tecnología militar. Estos esfuerzos serían respondidos con repetidas sanciones estadounidenses contra instituciones industriales y de investigación militar asentadas en esos tres países.
En el año 2000, la CIA destacaba en un informe el avanzado desarrollo del programa de misiles balísticos iraní, nombrando específicamente a Moscú, Pyongyang y Pekín como los tres principales proveedores. Estas relaciones contribuyeron al desarrollo de la visión neoconservadora de política exterior que pasaría a dominar el subconsciente occidental durante buena parte del siglo XXI, reforzando la noción de la amenaza de una alianza de "países revisionistas".
El desarrollo del programa iraní
La producción de misiles balísticos a nivel doméstico no tardaría mucho en hacer su aparición, dada la necesidad de frenar el impacto de las sanciones estadounidenses. Mediante procesos de ingeniería inversa aplicados a su arsenal disponible de misiles de tipo Scud –en colaboración con Corea del Norte–, Teherán inauguró a principios de la década de 1990 la producción del Shahab-1. Este misil de corto rango actuaría como piedra fundacional del programa.
En 1998, Irán hacía un lanzamiento de prueba del Shahab-3, su primer misil de rango medio, con un alcance aproximado de 1.200 kilómetros. Basado en el diseño de misiles norcoreanos y desarrollado con ayuda rusa durante el proceso de producción, el Shahab-3 significó un importante cambio en el nivel de amenaza representado por el rango de los misiles balísticos producidos de manera doméstica por la República Islámica.
Con el tiempo, los Shahab-3 evolucionarían hacia la línea de misiles Ghadr y Emad, con un alcance aproximado de 1.800 kilómetros, menor tiempo de preparación para el lanzamiento y una maniobrabilidad superior.
Ese mismo año, con la creación de la Organización de las Industrias Aeroespaciales (AIO), el programa de la República Islámica pasaría a conformarse con plena estructura institucional. La AIO, afiliada al Ministerio de Defensa, es el principal responsable de la producción de proyectiles.
Dos organizaciones subsidiarias de la AIO, los grupos industriales Shahid Hemat y Shahid Bagheri, se encargan de los programas de propulsión líquida y propulsión sólida, respectivamente. Por su parte, la Organización de la Yihad de Investigación y Autosuficiencia, adscrita a los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica, se ocupa de los procesos de investigación y desarrollo.

Con el impulso de esta maquinaria institucional, Irán desvelaría en 2008 haber realizado un lanzamiento de prueba del Sejjil, el primer misil balístico de rango medio que utiliza exclusivamente combustible sólido, con un recorrido de hasta 2.000 kilómetros. Esto representaba un avance importante, pues, aun no poseyendo el mismo nivel de fuerza y control en el aire, los misiles propulsados por combustible sólido son mucho más sencillos de almacenar y rápidos de lanzar.
Asimismo, el Sejjil señalaba que Irán estaba tomando los pasos necesarios para poder desarrollar y producir domésticamente modelos con motores de considerablemente mayor tamaño. Aun conociendo el supuesto límite autoimpuesto de 2.000 kilómetros de rango para sus misiles balísticos, dicho desarrollo parecía poder tener consecuencias con respecto a un potencial futuro programa de misiles intercontinentales.
Irán ha continuado desarrollando sus arsenales de misiles balísticos de medio alcance en los últimos años con una nueva generación de proyectiles. Esta incluye desde el Haj Qassem –y su evolución, el Qassem Bassir–, de propulsión sólida, pasando por el más preciso y maniobrable Kheibar Shekan, hasta el Khorramshahr, aparentemente capaz de transportar hasta 1.800 kilos de carga útil.
En este sentido, en febrero de 2025, se detectaba la llegada de un cargamento de elementos químicos necesarios para la fabricación de misiles de propulsión sólida al puerto de Bandar Abbas.
El desarrollo balístico de Teherán ocurrió a lo largo de la última década en tándem con la configuración de una red de milicias que actúan como “proxies” para la República Islámica en la región: el conocido como Eje de la Resistencia. Esto ha posibilitado a Irán ampliar el rol estratégico de su programa de misiles más allá de una herramienta de disuasión y aplicación de la doctrina del castigo mediante represalia.
La cooperación militar y la exportación de misiles a grupos como los hutíes en Yemen y Hezbolá en Líbano han permitido a Irán, hasta hace muy poco, utilizar la evolución de su programa como herramienta de proyección regional de poder. Asimismo, ha aprovechado la involucración de sus proyectiles en conflictos regionales –por ejemplo, en ataques contra objetivos estadounidenses en Oriente Medio– para perfeccionar el avance de sus capacidades tecnológicas.
La Guerra de los 12 días y sus consecuencias
Previamente al reciente conflicto con Israel en junio de 2025, las estimaciones del número de misiles balísticos de la República Islámica rondaban en torno a unos 3.000 activos, convirtiéndolo en el mayor arsenal de la región. Antes y durante las hostilidades, sin embargo, el discurso oficial israelí buscó exacerbar el alcance potencial y la cantidad de los misiles en posesión iraní.
Esto respondía en parte a un ejercicio de justificación de sus propios ataques, pero principalmente a una campaña de convencimiento dirigida hacia Donald Trump para provocar su involucración en el conflicto. Las primeras represalias iraníes contra el Estado sionista respondían al manual esperado por la mayoría de analistas, constando de un elevado número de misiles cuyo objetivo era saturar las defensas antiaéreas israelíes para conseguir impactos puntuales.
En el transcurso del conflicto, sin embargo, esta estrategia se vio notablemente alterada. Israel aprovechó su casi absoluta superioridad aérea sobre territorio iraní para lanzar ataques no solo contra sus numerosas bases de misiles balísticos, sino contra las lanzaderas necesarias para propulsarlos, inutilizando al menos un tercio de las mismas.
Así pues, Irán se vio obligado a disminuir drásticamente la cantidad de misiles empleados en sus oleadas de represalia. No obstante, el porcentaje de impacto contra territorio israelí no empeoró, sino que pareció incluso mejorar ligeramente a medida que avanzaba el conflicto, indicando un agotamiento de los sistemas de defensa israelíes, aparentemente confirmado desde entonces por declaraciones de oficiales estadounidenses.
Esto permitió a Irán continuar con un discurso público que, aunque de carácter claramente propagandístico, se centraba en su autoproclamada habilidad para resistir un conflicto prolongado. Más allá de las cifras difundidas por fuentes oficiales israelíes, la censura militar impuesta por Tel Aviv dificultó conocer el alcance real de los daños causados por los ataques iraníes a objetivos estratégicos y militares.

Sin embargo, son públicos informes de impactos contra edificios institucionales del gobierno e instalaciones energéticas, así como grandes disrupciones causadas de manera indirecta en el sistema portuario del Estado hebreo. Estas afectaciones se unen a una imagen de la economía de guerra israelí que no parece mejorar sus posibilidades de salir airoso de un conflicto de larga duración.
Irán empleó alrededor de 500 de sus misiles balísticos de medio rango en los ataques contra Israel, de los cuales al menos treinta lograron impactar exitosamente. La mayoría de ellos fueron de tipo Ghadr, Emad y Kheibar Shekan, aunque medios de comunicación iraníes informaron del uso del Sejjil durante los enfrentamientos.
Sumando estos a los “cientos” que han sido destruidos por bombardeos israelíes y a la severa degradación de su capacidad de lanzamiento, el programa de misiles balísticos iraní parece haber sufrido daños considerables de cara a futuros conflictos. A ello hay que sumarle el desmantelamiento de un Eje de la Resistencia que, más allá de los hutíes yemeníes, se ha mantenido notablemente inactivo durante las confrontaciones.
La mayoría de analistas, por lo tanto, parecen haber declarado una victoria inequívoca para Israel en términos militares. Sin embargo, el papel clave de Donald Trump y Estados Unidos en una hipotética futura reanimación de la contienda puede jugar a favor de una posible reconstrucción paulatina del arsenal iraní de misiles balísticos.
La atención de Trump parece centrarse exclusivamente en los activos nucleares de Teherán, mencionando los misiles iraníes únicamente para elogiar su efectividad al afirmar que “ambos países fueron fuertemente golpeados”. Así pues, el republicano no parece concebir el programa de misiles de la República Islámica como una justificación para una posible violación unilateral del alto el fuego por parte de Israel.
Asimismo, si finalmente considera que vale la pena proceder a una negociación con el bando iraní, resulta poco probable que Trump introduzca límites al programa de misiles balísticos como parte de las mismas. En este caso, la mera supervivencia del Estado representa una posibilidad de reconstrucción a futuro, sin perjuicio de las evidentes complicaciones y costes materiales de dicho proceso.
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