
La guerra es cara, particularmente para Israel. El gobierno de Benjamin Netanyahu tuvo que afrontar un alto coste por la guerra entre Israel e Irán, gastando cientos de millones de dólares y evidenciando severas complicaciones ante una eventual contienda prolongada en Oriente Medio con el Estado sionista como protagonista. Estos cálculos se tornan centrales considerando que, dado que Tel Aviv no ha logrado sus objetivos estratégicos, no es en absoluto descartable una reanudación en los próximos meses.
Los interceptores, pieza clave para la destrucción de los misiles que Irán lanzó contra varios puntos del territorio israelí, constituyen el elemento más caro. Al menos así lo fue durante la “guerra de los doce días” y, considerando el éxito mostrado por Teherán en este ámbito ⎻mayor del que se le presumía inicialmente⎻, semejante inversión no sería menor frente a una nueva escalada bélica.
Cuánto le cuesta a Israel la guerra
Por sí solos, estos interceptores pueden costar hasta 200 millones de dólares al día, según analistas. Por su parte, los daños causados por los ataques misilísticos iraníes generan altos costes para la reparación de edificios e infraestructuras. Estas reparaciones, en el caso de la guerra de junio, se elevan por encima de los 400 millones de dólares.
A más misiles lanzados por Irán, mayor es el uso que Israel debe hacer del célebre sistema defensivo Honda de David, desarrollado en asociación entre Washington y Tel Aviv. Cada vez que se activa, su coste asciende en torno a 700.000 dólares… como mínimo. Por su parte, el Arrow-3, el sistema de misiles antibalísticos hipersónicos utilizado contra misiles de largo alcance que son interceptados fuera de la atmósfera terrestre, cuesta en torno a cuatro millones de dólares por intercepción.
A estos costes “fijos” han de añadirse los derivados de mantener los aviones de combate en el aire y los de la reposición de municiones y de combustible para las aeronaves, junto a las bombas empleadas durante la campaña militar. Según Zvi Ecstein, un mes de guerra contra Irán supondría un coste aproximado de 12.000 millones de dólares para las arcas del Estado de Israel.
En realidad, el argumento que recae sobre Netanyahu y los sectores más belicistas de la política israelí es tan simple como contundente: cuanto más larga sea la guerra, más costes supone.
Y, pese a que la agresiva política exterior de Tel Aviv, su genocidio en la Franja de Gaza y sus operaciones militares en Líbano o Irán han demostrado amplios consensos internos, el daño a la economía de una guerra que dure meses o años podría poner en jaque al propio Estado sionista. Además, cabe destacar que, desde 2024, en torno a 800.000 israelíes han abandonado permanentemente el país, lo que constituye el mayor proceso migratorio desde su fundación en 1948.
Los daños en infraestructura y edificios, las evacuaciones de población civil, la inestabilidad financiera y la paralización sistemática de la economía doméstica israelí son tan solo algunos de los factores que tensarían internamente el país en el caso de una guerra prolongada. De fondo, por supuesto, la complicada situación política y judicial del primer ministro Benjamin Netanyahu y su partido, el Likud.
Sin ir más lejos, los ataques contra infraestructura crítica, como refinerías de petróleo, amenazan con devenir en problemas estructurales para la economía de Israel. Y, para ello, ni siquiera es necesario que resulten dañadas las instalaciones: la mera amenaza podría obligar a Tel Aviv a detener su producción y evitar que sus trabajadores acudan a las plantas.
Sea como fuere, a pesar de que a Israel le conviene una guerra contra Irán ⎻especialmente si asegura la participación de Estados Unidos⎻, los riesgos de su prolongamiento son severos. En primer lugar, porque Washington no busca enfangarse en Oriente Medio y, en segundo lugar, porque no está claro el grado de resiliencia de la economía y la sociedad civil israelíes frente a un escenario que generaría sendos daños en el territorio.
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