
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha ordenado un ataque contra las principales instalaciones nucleares de Irán. Los bombarderos estratégicos B-2 han golpeado con bombas GBU-57 MOP las plantas de enriquecimiento de uranio de Natanz y Fordow, además del Centro de Investigación y Tecnología Nuclear de Isfahán.
La decisión de Estados Unidos de unirse a la guerra iniciada por Israel es el punto culminante de varias décadas de sanciones y ataques contra la soberanía de Irán. Su autonomía como potencia regional siempre ha sido considerada como un obstáculo para los intereses defendidos por Washington y Tel Aviv.
Su programa nuclear civil se ha utilizado como excusa para justificar esta guerra, después de que la primera administración Trump abandonase unilateralmente el acuerdo nuclear (JCPOA) en 2018, a pesar de que todas las agencias internacionales verificaban su cumplimiento.
Estados Unidos y la guerra contra Irán
La medida de Trump de intervenir directamente en apoyo de los esfuerzos de Israel para desmantelar el programa nuclear iraní marca una escalada histórica en Oriente Medio. Ahora Estados Unidos ya no puede jugar a ser una parte neutral en el conflicto y la posibilidad de una salida negociada ha quedado cerrada, al menos a corto plazo.
Podemos hablar que éste es el último episodio de la guerra regional abierta el 7 de octubre de 2023 por la resistencia palestina y que ha arrastrado a toda la región. Este momento marca un antes y un después en Oriente Medio: bien Israel impondrá su monopolio nuclear y su dominio militar o bien el bloque estadounidense-israelí se estancara en una guerra de desgaste con Irán y todo el Eje de la Resistencia.
Por esta razón, el Partido Republicano parecía dividido ante los temores de volver a cometer otro error como el de Irak en 2003. Si Washington es incapaz de conseguir una victoria rápida, es altamente probable una guerra prolongada que vuelva a empantanar a las fuerzas estadounidenses en Oriente Medio, impidiendo completar el famoso Pivot to Asia para contener a China.
La decisión tomada por la Casa Blanca, pretendiendo que Teherán acepte la capitulación, es tan pretenciosa como aventurada. Trump busca repetir el golpe contra el general Qasem Soleimani: un ataque relativamente limpio en el que pueda contener la escalada. Una ofensiva intimidatoria que consiga empujar a los iraníes a rendirse. Una victoria de Estados Unidos facilitaría liberar sus fuerzas hacia la confrontación en el Pacífico, al tiempo que abriría un hueco en la retaguardia de China a través de Asia Central.
Sin embargo, los iraníes no tienen el apetito de capitular y plantean esta contienda como una repetición del conflicto contra Irak entre 1980 y 1988. Los compases finales de aquel conflicto fueron los duros días de la guerra de las ciudades, cuando Sadam Huseín trató de someter a Teherán con repetidos ataques con los misiles Scud sobre las urbes iraníes más importantes.
Esta experiencia, que marcó profundamente a la República Islámica, es lo que motivó al país a buscar armas de destrucción masiva, para que no volviera a repetirse. En redes sociales ya circula el lema “Muerte a la paz impuesta”, un juego de palabras con la expresión que emplean los iraníes para referirse al conflicto Irán-Irak: “La guerra impuesta”.
Mientras a Trump se le llena la boca con la paz, rompe una mesa de negociación tras otra, habiendo demostrado que estas sólo sirven para encubrir el siguiente ataque. La diplomacia ya no es una opción, al menos por ahora. Lo cierto es que, desde 2023, Estados Unidos ha vinculado tan estrechamente su futuro en Oriente Medio al de Israel que le es imposible desplegar una política en la región que no sea una continuidad natural de los intereses del Estado sionista.
El plan de Israel para la partición de Irán
El 18 de junio, el periódico israelí The Jerusalem Post publicó un editorial donde llamaba a Donald Trump a formar una coalición en Oriente Medio para organizar la partición de Irán. Aunque el gobierno israelí no ha declarado esta como su política oficial, esta idea resuenan en Tel Aviv con fuerza. The Jerusalem Post es un periódico dirigido a la audiencia de habla inglesa, cercano a los sectores evangélicos y a la derecha del Likud de Benjamin Netanyahu, por lo que su opinión es influyente entre ciertos círculos políticos.
El cambio de régimen del que tanto se ha hablado no es una línea que realmente interese a Israel. En Tel Aviv no buscan restaurar el baluarte prooccidental del Sah ni un gobierno estable. El objetivo es eliminar cualquier desafío a la hegemonía que desea instaurar el Estado sionista. El Sah sería meramente un vehículo para conseguir esa meta. Si Israel sale victorioso, Irán se enfrentaría a un país inestable, carente de autoridad central, lo que otorgaría al ejército israelí libertad de maniobra desde el Mediterráneo hasta la meseta iraní.
Aquí es donde los intereses de Estados Unidos divergen con Israel, pues sin un apoyo firme en Irán la proyección de Washington se vería comprometida. El plan de participación propone utilizar las fallas nacionales del país para favorecer una revuelta en la periferia de la República Islámica.
Sin embargo, a diferencia de los países árabes, que han sufrido un destino similar –como Irak, Siria o Libia–, la realidad es que Irán tiene una nacionalismo mucho más asentado y no envuelto en las contradicciones post-otomanas. Además, en comparación con esas sociedades, la persa no tiene las divisiones tribales que todavía arrastran las árabes. En las fronteras iraníes conviven minorías baluchis, azeríes, kurdos y árabes, entre otras.
Irán mira a Moscú
La primera medida de la República Islámica ante la escalada que supone la entrada de Estados Unidos ha sido buscar un contrapeso. Las fuerzas iraníes han continuado los ataques contra Israel, pero han evitado por el momento dar una respuesta a Washington. Teherán ha preferido esperar a consultar con Moscú para sondear con qué apoyos cuenta.
Esta decisión refleja el peligro de esta escalada militar en Oriente Medio, que como territorio estratégico de confrontación puede arrastrar al resto de potencias a la guerra. Rusia no esta dispuesta a entrar; por este motivo se opuso a firmar en enero de 2025 un acuerdo de mutua defensa.

No obstante, son aliados de conveniencia y los rusos tienen un interés objetivo en debilitar a Estados Unidos y evitar que envuelvan su retaguardia en el Cáucaso y Asia Central. Moscú puede proveer de ayuda económica y militar para mantener en pie a Teherán y que continúe en la batalla desgastando a los norteamericanos.
En este contexto, las posibilidades que se le presentan en este momento a Irán son las siguientes:
1. La salida del Tratado de No-Proliferación Nuclear (TNP), lo que marcaría la posibilidad de que Irán optara por desarrollar el arma atómica y mandaría una advertencia clara a Occidente de que los ataques sobre su programa nuclear no van a impedirlo si finalmente decide tomar ese camino.
2. El bloqueo del estrecho de Ormuz, arteria clave por la que transita el 20% del petróleo y el 25% del gas mundial. Este movimiento pondría una enorme presión sobre la economía global y los precios de la energía se dispararían. Especialmente afectada se vería Asia, cuyos mercados importan la mayor parte del petróleo de esta región: India y China los mayores consumidores. También Europa, que depende del gas natural licuado de Catar.
3. Represalias militares contra Estados Unidos mientras se mantiene el impulso de los ataques contra el Estado sionista. Irán cuenta con un arsenal amplio de misiles de corto y medio alcance que hasta ahora no ha utilizado, ya que no sirven para alcanzar a Israel, que se encuentra a 1.500 kilómetros de distancia. Sin embargo, podría golpear a las bases estadounidenses en Jordania, Siria, Irak, Kuwait, Baréin, Catar, Emiratos Árabes Unidos o Arabia Saudí. La República Islámica tiene múltiples objetivos que puede elegir.
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