
El 4 de julio de 2025, una bandera blanca con la shahada en el centro en letras negras –una declaración que reza “doy testimonio de que no hay más dios que Alá y que el profeta Muhammad es su mensajero"– ondeaba en la embajada afgana en Moscú. Rusia acababa de reconocer al gobierno talibán de Afganistán y el proceso de normalización de relaciones se había puesto en marcha.
El acto supone una ruptura con el siglo XX de ambos países. 13 años de guerra sin cuartel entre la Unión Soviética y los muyahidines afganos han sido enterrados por el surgimiento de un nuevo enemigo en común: el Estado Islámico del Khorasan (ISIS-K).
El atentado en la sala de conciertos del Crocus City Hall –ubicada en la ciudad rusa de Krasnogorsk– en marzo de 2024 allanó el terreno para la normalización de las relaciones. Hoy, este acercamiento definitivo viene justificada por la perspectiva del apoyo mutuo entre Moscú y Kabul en la lucha contra el ISIS-K.
Los talibanes refuerzan su diplomacia
Se trata de un terremoto diplomático regional cuyo primer afectado es Pakistán. La emergencia de Tehrik-e-Taliban Pakistan (TTP) como un elemento cuestionador de la hegemonía de Islamabad ha convertido a las relaciones bilaterales en un asunto ambiguo. Las escaramuzas fronterizas y los atentados se suceden a lo largo de la Línea Durand, al tiempo que la diplomacia pakistaní lucha por mantener los canales de comunicación abiertos.
Las tensiones con Islamabad contrastan con la creciente cercanía con la India. A principios de año, el secretario de Relaciones Exteriores indio, Vikram Misri, se reunió en Dubái con el ministro de Exteriores afgano, Amir Khan Muttaqi. Un encuentro al que le sucedió en mayo el reconocimiento de una llamada entre Muttaqi y su homólogo indio, Subrahmanyam Jaishankar. El aproximamiento de Nueva Delhi encuentra un espejo en el de Irán. Este mismo año, Muttaqi acudió al Foro de Diálogo de Teherán, donde se reunió con su contraparte persa y con el presidente Massoud Pezeskian.
Tras los focos de las cámaras, una ristra de países asiáticos se encuentran de facto normalizando sus relaciones con el emirato. La sombra de Pekín se deja ver en todo Afganistán. Mientras los diplomáticos talibanes efectúan visitas oficiales al gigante asiático, la Compañía Nacional de Petróleo de China (CNPC) extrae petróleo de la cuenca del río Amu Daria. La irrupción de China en el país legitima los planes de acercamiento de las naciones de Asia Central.
Uzbekistán se perfila como el principal interesado en la normalización de la región. El único país del mundo rodeado de naciones sin salida al mar observa en su vecino meridional una oportunidad estratégica para romper su aislamiento de los mercados internacionales. En este sentido, Tashkent está proponiendo la construcción de líneas ferroviarias que atraviesen Afganistán y lo conecten con los puertos de Pakistán e Irán.
Finalmente, Kazajistán también secunda el proceso normalizador. A finales de 2023, el movimiento talibán fue sacado de la lista de organizaciones prohibidas por dicho país y, un año después, se aceptó la llegada de diplomáticos talibanes. Para Astaná, Kabul representa dos grandes intereses estratégicos: el acceso a los puertos del océano Índico y, por ende, a los mercados internacionales, y la diversificación de relaciones en un país limítrofe con Rusia y China.
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