
El asesinato de Khalil Ur Haqqani ha desatado una escalada bélica entre Afganistán y Pakistán. El magnicidio, diseñado precisamente para la desestabilización de los equilibrios regionales, ha conseguido su propósito en apenas 10 días. La muerte de Khalil había forzado una pausa en la normalización de las relaciones afgano-pakistaníes, interrupción que trataba de mitigarse con la visita de una delegación pakistaní a la capital afgana y la reunión de esta con importantes figuras del Emirato Islámico.
Sin embargo, la intervención de Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP) dinamitó el proceso. El TTP atacó una base militar pakistaní, provocando 16 muertos y 12 heridos. El ataque sería respondido con el bombardeo sobre supuestas posiciones del TTP en la provincia afgana de Paktika. En el acto, morirían entre 46 y 71 militantes o civiles inocentes, según cada relato.
A esto le siguió una enérgica protesta desde el ministerio de Exteriores afgano, en la cual se reconocía implícitamente la presencia en su suelo de la organización que Pakistán califica como "terrorista". Mientras los cuerpos diplomáticos preparaban la crisis en su ámbito, en la Línea Durand estallaba la violencia. Grupos de hombres armados disparaban contra los puestos fronterizos pakistaníes e intentaban infiltrarse en el territorio soberano de este país.
Desde los primeros disparos, la región pakistaní de Jaiber Pastunjuá está descendiendo al caos en medio de la niebla de guerra. Se informa de una creciente movilización de tropas a ambos lados de la frontera, de frecuentes escaramuzas mortales, de desplazamientos de población civil, de un atentado frente a la sede del Ministerio de Interior afgano, de ataques a políticos locales y de la penetración de fuerzas pastunes a través de la provincia de Khyber Pakhtunkhwa.
La incertidumbre de una eventual guerra regional se cierne sobre un Pakistán asediado por los conflictos entre militares y partidarios de Imran Khan, la insurgencia en Baluchistán y el cambio climático; así como sobre un Afganistán que da señales de profundas divisiones internas entre los dos grandes valedores del statu quo contemporáneo: los talibanes y la red Haqqani.
No obstante, el conflicto, ya sea escalado o sea sofocado temporalmente, trae con su mero planteamiento un debate teórico que contiene el potencial de cuestionar los cimientos de la estabilidad política en Asia Central y Meridional. Y es que, las relaciones entre Pakistán y Afganistán giran en torno a la siguiente pregunta: ¿cuál debe ser el pilar de la construcción de un Estado-nación?
Al norte de la Línea Durand la respuesta fue la afiliación étnica. De este modo, Afganistán es en la práctica un proyecto nacional del pueblo pastún. Contrariamente, al sur, la réplica fue la religión. La razón de ser y existir de Pakistán es el Islam y su contraposición a la India. Durante décadas, los vínculos transfronterizos se han dado a lo largo de esta contraposición de concepciones nacionales y de los intentos de influencia mutua.
Sin embargo, algo ha cambiado. Y ese “algo” tiene sus propias siglas: ISIS-K. Surgido al calor de la internacionalización de la yihad durante la década de los 2010, este actor promueve un cambio radical de lógica. Para estos antiguos subordinados de los señores de la guerra afganos y paquistaníes, el susodicho dilema ha sido resuelto mediante la fusión de las dos respuestas en una sola. La nueva generación muhaiyaddeen solo acepta la militancia activa, sempiterna y sin límites en el Islam como camino a seguir. Senda que no pretende verse interrumpida por nada ni nadie.
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