
Georgia, ubicado en la costa sudeste de Estados Unidos, es uno de los estados que conforman el denominado Cinturón del Sol, una región que comprende el tercio meridional del país y se caracteriza por haber experimentado un elevado crecimiento económico, demográfico e industrial desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y hasta la actualidad. Junto a Georgia, forman parte de este cinturón los estados de Alabama, Arizona, Carolina del Sur, Florida, Luisiana, Misisipi, Nuevo México, Texas, dos tercios de California, y el sur de Arkansas, Carolina del Norte, Nevada, Oklahoma, Tennessee y Utah.
Georgia, cuya esquina sudeste da al océano Atlántico, limita en sus distintos puntos con Tennessee, Florida, Alabama y las dos Carolinas. Ocupa un área de casi 154.000 kilómetros cuadrados, que albergan una población de más de 11 millones de personas. Su capital y ciudad más poblada es Atlanta, en la que residen el 57% de los habitantes totales del estado. Georgia cuenta, además, con otras grandes áreas urbanas, como son Augusta, Savannah, Columbus y Macon.
El lugar de Georgia en el Sur
Georgia recibe su nombre en honor al rey Jorge II de Gran Bretaña, pues fue durante su reinado (1727-1760) cuando se fundó la provincia homónima. Es una de las Trece Colonias originarias cuya independencia del Imperio británico dio lugar a la fundación de los Estados Unidos de América.
En 1861, Georgia fue también uno de los siete miembros primigenios de la Confederación, la entidad secesionista surgida en el sur del país que se independizó de la Unión a fin de evitar la abolición de la esclavitud en sus territorios. Georgia pertenecía al conocido como “Sur profundo”, conformado por todos aquellos estados cuya economía dependía fundamentalmente de las plantaciones de esclavos.
Tras la derrota de los Confederados en la Guerra Civil (1861-1865), Georgia sufrió una gran transformación: la campaña del “Nuevo Sur”, impulsada por las nuevas élites económicas e intelectuales del estado –sin vínculos con los grandes hacendados que habían dominado las plantaciones de esclavos–, potenció su desarrollo económico e industrial, lo que le valió el apelativo de “imperio meridional”.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el auge económico y demográfico del estado se aceleró, favorecido, como otros estados del Cinturón del Sol, por la calidez de su clima, el aumento de la productividad en el sur y el declive del Cinturón del Óxido. Además, el movimiento por los derechos civiles logró poner fin a la segregación racial en los años 60.
Martin Luther King, uno de los grandes líderes de este movimiento, nació y pasó la mayor parte de su vida en Georgia. Hoy, la ciudad de Atlanta, que acogió la celebración de las Olimpiadas en 1996, es una de las más pobladas y dinámicas del país, y el estado cuenta además con algunos de los condados de mayor crecimiento demográfico en todo Estados Unidos.
De acuerdo con su peso poblacional, Georgia enviará 16 compromisarios al Colegio Electoral constituido para confirmar al ganador de las elecciones presidenciales de 2024. Durante casi un siglo (1868-1960), el estado formó parte del bloque conocido como “Sólido Sur” y votó demócrata en todas las elecciones celebradas en el período, incluso en las de 1928, en las que muchos estados sureños, movidos por su anticatolicismo, prefirieron apoyar al candidato republicano, de fe protestante.
Sin embargo, a partir de 1964, los blancos conservadores que conformaban la mayoría de la población del estado decidieron darle la espalda al Partido Demócrata –que había apoyado la ley de derechos civiles– y pasar a votar republicano.
En 1968, Georgia concedió la victoria al candidato independiente George Wallace, exgobernador demócrata de Alabama, que obtuvo un 43% de los votos en el estado con una plataforma populista y a favor de la segregación racial. Wallace ganó también las elecciones en Alabama, Misisipi, Luisiana y Arkansas. Georgia fue, junto a Arkansas, el único de ellos donde el candidato demócrata quedó además por detrás del republicano, Richard Nixon. Esta ha sido, además, la última elección hasta la fecha en la que el candidato de un tercer partido obtuvo votos electorales.
Georgia en disputa
Entre 1972 y 1992, Georgia ha votado casi siempre republicano, exceptuando aquellas ocasiones en que el candidato a la presidencia ha sido un demócrata sureño –Jimmy Carter, georgiano, en 1976 y 1980, y Bill Clinton, de Arkansas, en 1992–.
De todos modos, la victoria de Clinton en 1992 tuvo seguramente más que ver con la irrupción de Ross Perot, que se hizo con casi un 13% de los votos en el estado y permitió al demócrata imponerse a Bush por un estrecho margen de un 1%. De hecho, en 1996, Georgia volvió a apoyar al candidato del GOP, al que Clinton derrotó a nivel nacional, y se mantuvo en el redil republicano hasta 2016, año de la victoria de Donald Trump.
Sin embargo, entre 2004 y 2016, la ventaja de los candidatos republicanos había ido reduciéndose paulatinamente. En 2016, Trump venció a Hillary Clinton por una diferencia de apenas 5 puntos, muy inferior a los casi 8 puntos de ventaja de Mitt Romney respecto a Barack Obama en 2012, o los más de 16 que había obtenido Bush ante John Kerry en 2004. Georgia estaba a punto de volverse un estado plenamente competitivo.
En 2020, Biden derrotó a Trump por una diferencia de apenas 11.779 votos y un margen del 0,23%. Curiosamente, este fue uno de los pocos estados en que las encuestas sobreestimaron al candidato republicano, que sobrepasó las expectativas en casi todos los demás, pues se le atribuía un estrecho margen de victoria de entre el 1% y el 2%.
En todo caso, los estudios demoscópicos sí habían detectado esa lenta transformación que terminaría por favorecer a los demócratas en el medio plazo, consecuencia del rápido crecimiento y diversificación étnica de Atlanta y de sus suburbios, donde los republicanos siempre habían sido dominantes, pero en los que Biden mejoró ampliamente los resultados de su partido. Así, Georgia se convirtió en el único estado del antiguo “Sur profundo” conquistado por los demócratas en 2020.
De acuerdo con los datos del último censo, la población de Georgia se distribuye de la siguiente manera: más o menos la mitad de sus habitantes son blancos; un tercio, negros; una décima parte, latinos; y un 5%, asiáticos. La población blanca ha disminuido notablemente en proporción desde 1990, cuando suponía más de dos tercios de la total del estado.
Por otro lado, el nivel educativo de sus ciudadanos sitúa a Georgia a mitad de tabla entre los demás estados, pues algo más de un tercio (34,63%) cuentan con un título de educación superior, lo que ratifica su condición de territorio disputado, con una serie de tendencias demográficas que favorecen a los demócratas y otras muchas que deberían ser positivas para los republicanos. En los últimos tiempos, el área metropolitana de Atlanta ha atraído a muchos ciudadanos procedentes de estados demócratas y ha sido testigo de un notable incremento del número de afroamericanos, latinos y asiáticos.
Los datos de las encuestas poselectorales muestran una clara división racial en el voto, patrón que se repite en los demás estados: Trump ganó el voto blanco por 39 puntos de ventaja –si bien, entre aquellos con estudios universitarios, su margen se redujo a un 9%, inferior al de cuatro años antes–, mientras que Biden obtuvo el 88% del voto afroamericano. Además, el demócrata ganó entre los votantes independientes y logró el apoyo masivo de los jóvenes.

De este modo, la fortaleza electoral de Trump, que, gracias al aumento de la participación, logró 400.000 votos más que en 2016, se debió a su éxito entre los blancos sin estudios universitarios y entre los residentes en las áreas rurales, situadas en el norte y el sudeste del estado. En resumen, Biden ganó en las zonas urbanas por 35 puntos, mientras que Trump se impuso en los suburbios por una diferencia de apenas 3 puntos. En las ciudades y sus conurbaciones es donde reside el 85% de la población total, mientras que el otro 15% vive en las zonas rurales, en las que Trump ganó por 39 puntos.
Al igual que en otros estados bisagra, Trump mantuvo una sólida ventaja a lo largo de la mayor parte del recuento y durante toda la noche electoral. Esto se debió a que los primeros votos en contarse fueron los que se habían emitido de manera presencial durante la jornada, provenientes en su mayoría de votantes republicanos que desconfiaban del voto anticipado, sobre el que Trump había sembrado numerosas dudas en las semanas previas. En cambio, muchos demócratas, a fin de evitar las aglomeraciones de la jornada electoral y protegerse del coronavirus, sí habían votado por correo o en persona durante los días anteriores.
Así, cuando se confirmó la victoria de Biden en el estado, tres días después de las elecciones, Trump trató por todos los medios de subvertir los resultados. El republicano Brad Raffensperger, secretario de Estado de Georgia, ordenó un recuento manual, que solo sirvió para ratificar la derrota del presidente en ejercicio. El 2 de enero, pocos días antes de la fecha prevista para la certificación de los resultados en el Congreso, Trump llamó a Raffensperger para urgirle a “encontrar 11.780 votos”, el número exacto de papeletas que necesitaba para ganar en el estado.
La llamada, filtrada por el Washington Post, fue utilizada en el segundo impeachment contra Trump, que fracasó, y –junto a otras estratagemas diseñadas por sus aliados para tratar de modificar el resultado electoral– ha llevado a su imputación en el caso Georgia v. Trump, pendiente de resolución. Desde aquellos acontecimientos, que culminaron en el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, las relaciones entre Trump y el Gobierno de Georgia –presidido por el republicano Brian Kemp– han sido de una gran hostilidad.
Aunque el GOP mantiene su dominio a nivel estatal, pues controla la gobernaduría y las dos cámaras legislativas desde el primer lustro del siglo XXI, es evidente que Georgia se ha vuelto un estado clave en las elecciones federales. De hecho, en 2018, el republicano Brian Kemp estuvo a punto de perder las elecciones a gobernador frente a la candidata demócrata.
Además, desde 2021, los dos senadores del estado pertenecen también a las filas azules. Las encuestas para las elecciones de 2024 han mostrado a lo largo de la campaña una ligerísima ventaja del candidato republicano (1%-2%), similar a la que le adjudicaron en 2020 y, por lo tanto, la situación es en realidad de empate técnico, pues esa diferencia se encuentra dentro del margen de error de los sondeos.
Sin embargo, aunque los números de Harris son algo mejores en otros estados del Cinturón del Sol, como Carolina del Norte, lo cierto es que las tendencias demográficas apuntan a que debería tener mayor facilidad para ganar en Georgia, donde el área metropolitana de Atlanta –en continuo crecimiento– votó a favor de Biden por 16 puntos de diferencia. Esta metrópoli alberga, además, un 57% de los habitantes del estado, frente a las dos grandes áreas urbanas de Carolina del Norte –Charlotte y el Research Triangle–, en las que Biden ganó por solo 14 puntos de diferencia y en las que reside únicamente el 42% de su población.
No obstante, al igual que en Carolina del Norte, la potencial erosión del voto afroamericano al Partido Demócrata podría acabar por devolver el estado al campo republicano. En cualquier caso, el 5 de noviembre, el destino de Georgia –y, con ella, quizá el de todo el país– quedará sellado para los próximos cuatro años.
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