
California es uno de los cincuenta estados que, junto a Washington, DC, conforman el territorio de los Estados Unidos de América. Ubicado en la costa oeste del país, comparte frontera con los estados de Oregón, Nevada y Arizona, y limita al sur con México. Abarca una superficie de casi 424.000 kilómetros cuadrados, un área similar a la de Suecia, y cuenta con una población de 40 millones de personas, los mismos que Canadá.
Es, por lo tanto, el estado más poblado y el tercero más extenso de Estados Unidos. Con un PIB de 4,1 billones de dólares –un 15% del total del país–, sería, además, la quinta economía del mundo, por delante de Francia, la India y el Reino Unido y de cualquier otra entidad subnacional. El tamaño de su PIB también es mayor que el de África y casi tan grande como el de Latinoamérica.
La importancia de California
La capital de California es la ciudad de Sacramento, pero, como sucede en muchos otros estados, la sede de sus instituciones políticas no coincide con su centro económico, que se encuentra repartido entre las áreas metropolitanas de las ciudades costeras de Los Ángeles, San Francisco y San Diego. La primera es famosa por su pujante industria mediática, especializada en el sector del entretenimiento, con Hollywood como uno de los mayores centros de producción cinematográfica del mundo; la segunda lo es por sus grandes universidades y sus empresas punteras en los sectores tecnológico, financiero e inmobiliario.
En San Francisco se encuentra la región de Silicon Valley, que alberga las sedes de muchas de las grandes corporaciones tecnológicas del mundo, entre ellas Google, Apple y Facebook. Por último, San Diego destaca por su industria militar, su sector manufacturero y sus múltiples start-ups. Las tres ciudades cuentan con sendos puertos de gran actividad, responsables del transporte de cerca del 40% de las mercancías importadas al país. Además, aunque solamente representa un 1,5% de su PIB, su industria agrícola es la más productiva de Estados Unidos, favorecida por la fertilidad del Gran Valle que se extiende por el interior del estado.
Gracias a su diversidad geográfica –cordilleras, desiertos, costas, bosques de secuoyas, etcétera– y a sus otras atracciones turísticas –como Disneyland–, es también el estado más visitado del país. No obstante, California sufre también de numerosos problemas; sobre todo, la desigualdad. Un 18,9% de su población vive por debajo del umbral de pobreza –en contraste con la media nacional del 11,1%–, entre quienes se encuentran 180.000 personas sin hogar, casi la mitad de los que hay en todo el país.
El desarrollo socioeconómico de California comenzó a partir de 1848, cuando México se vio obligado a cedérsela a los Estados Unidos tras su derrota en la guerra de 1846-1848, consecuencia de las veleidades expansionistas de los segundos. La fiebre del oro desatada entonces impulsó la llegada de cientos de miles de inmigrantes nacionales y extranjeros y propulsó la construcción de carreteras, iglesias, escuelas, líneas de ferrocarril y nuevas ciudades.
La pequeña aldea de San Francisco pasó de contar 200 habitantes en 1846 a unos 36.000 seis años más tarde. En 1850, California fue admitida en los Estados Unidos como el trigésimo primer estado de la Unión.
En consonancia con su población, California envía a la Cámara de Representantes una delegación de 52 miembros y dispone de 54 compromisarios en el Colegio Electoral, más que ningún otro estado. Entre 1888 y 1952, se le consideró un estado púrpura o swing state; algunos analistas le atribuyen incluso el calificativo de bellwether –como el que han recibido Ohio, Nevada, Florida o Nuevo México–, pues solo votó por el candidato perdedor de las elecciones presidenciales en una ocasión durante todo ese intervalo temporal.
Evolución electoral: de swing state a dominio demócrata
No obstante, las elecciones de 1952 marcaron el inicio de un período de dominio republicano, interrumpido solo por la victoria de Lyndon B. Johnson en 1964. Después, los presidentes Nixon –exsenador por California–, Ford, Reagan –que había sido gobernador– y Bush ganaron de manera consecutiva todas las elecciones presidenciales de 1968 a 1988. En cualquier caso, California nunca fue un estado excesivamente conservador. Durante su etapa republicana, se situó a la vanguardia de grandes reformas sociales, como la flexibilización del divorcio en 1969.
Finalmente, a partir de 1992 –con la derrota de Bush a manos de Clinton–, California se ha consolidado como un estado claramente demócrata, el más sólido baluarte de ese muro azul compuesto por 18 estados de las costas este y oeste y del Midwest, infranqueable para los republicanos entre 1992 y 2012, pero que se derrumbó ante la irrupción de Donald Trump en 2016. California, sin embargo, resistió, y hoy los demócratas cosechan en este estado mayorías cada vez más abultadas.
Joe Biden ganó en 2020 a Trump por treinta puntos porcentuales, casi la misma distancia que le sacó Hillary Clinton en 2016; en los años previos a Obama, la ventaja azul nunca había superado los quince puntos. La importancia de California para el Partido Demócrata es fundamental; sin ella, Clinton ni siquiera habría ganado el voto popular en 2016, y Biden habría estado mucho más cerca de perder las elecciones en 2020. Además, los demócratas controlan la gobernaduría del estado desde el año 2011 y han ganado todas las elecciones a su asamblea legislativa desde 1996.
La paulatina transformación de California en un estado nítidamente azul obedece a los múltiples cambios económicos, culturales y demográficos vividos en el estado desde la Guerra Fría. En la década de los sesenta, la inmigración procedente de Asia y Latinoamérica, así como el auge de una serie de movimientos contraculturales –beatnicks, hippies, la revolución sexual, etcétera– había convertido el área urbana de San Francisco en el epicentro del activismo liberal –es decir, progresista– en Estados Unidos.
Sin embargo, los republicanos continuaban siendo muy competitivos en Los Ángeles y en el interior del estado, cuyos habitantes vivían sobre todo de la agricultura y de la pujante industria militar y aeroespacial, con fuertes vínculos con el Partido Republicano y el movimiento anticomunista. Empero, tras el fin de la Guerra Fría, esta industria dejó de recibir inversión pública y decayó con rapidez, lo que motivó una dura crisis económica que llevó al éxodo de más de un millón de californianos, predominantemente blancos. En 1992, Clinton ganó las elecciones, inaugurando así una era de hegemonía demócrata cuyo fin no parece próximo.
El impacto socioeconómico de la decadencia de la agricultura y la industria de defensa se vio atenuado por el auge de la industria de alta tecnología y la expansión de las universidades californianas –entre ellas, Stanford, que tuvo un papel clave en el desarrollo inicial de Silicon Valley–. A partir de los años 90, ambos fenómenos transformaron profundamente la economía californiana, que atrajo con fuerza a miles de estudiantes y jóvenes profesionales y emprendedores de muy diversos orígenes. Al mismo tiempo, el proceso de urbanización en torno a las grandes ciudades se aceleró.
En el siglo XXI, a medida que la polarización ideológica ha ido en aumento y el Partido Republicano ha ido adoptando posturas más conservadoras en cuestiones como la inmigración, los derechos reproductivos o el movimiento LGBT, los demócratas han asentado su dominio sobre el electorado californiano, de cariz inequívocamente liberal.
Por otro lado, desde la aprobación de la Ley de Inmigración y Nacionalidad de 1965, que abolió las cuotas que restringían la inmigración proveniente de ciertos países en vías de desarrollo, la llegada de inmigrantes latinos y asiáticos se ha incrementado notablemente. En 1970, la población blanca suponía un 76% de los residentes en California; en 2000, ya era inferior al 50%, y en 2020, apenas representaba un 35% del total.
California se ha convertido, junto a Hawái y Nuevo México, en uno de los tres estados donde los blancos conforman ya menos de la mitad de la población. Y, mientras que los negros han pasado de un 8% a un 5%, los asiáticos han ascendido de un 3% a 15%, y los latinos, de un 13% a casi un 40%, lo que hace de ellos el mayor grupo étnico del estado, en un porcentaje 10 puntos superior al de Florida. De hecho, 16 de los 74 millones de latinos de todo el país –es decir, un 25%– residen en California.

Seguramente, el mayor punto de inflexión en la historia política del estado haya tenido lugar en 1994, cuando el Partido Republicano –que aún ocupaba la gobernaduría– decidió impulsar un referéndum para la aprobación de la Proposición 187, una iniciativa que pretendía denegar a los inmigrantes en situación irregular el acceso a servicios públicos como la sanidad y la educación.
Aunque la proposición, que fue ratificada por un 59% de los votos, acabó por ser declarada inconstitucional, provocó la movilización de grandes masas de votantes latinos y de otros orígenes étnicos, que pasaron de la abstención o de identificarse con el Partido Republicano a engrosar las filas demócratas.
Hoy, como en el resto del país, las minorías étnicas votan mayoritariamente azul: Biden se hizo en 2020 con un 75% del voto hispano del estado, porcentaje superior al que obtuvo en Texas (en torno al 60%) o en Florida (54%). Aun así, es preciso subrayar que la coalición electoral demócrata tradicional muestra signos de comenzar a resquebrajarse, pues las nuevas generaciones de votantes negros, latinos y de otras minorías étnicas votan cada vez más republicano, fuga que los demócratas están logrando taponar con el aumento de su base de apoyo entre los blancos con estudios universitarios.
En efecto, la segmentación racial del voto ha ido desdibujándose en favor de una nueva línea de división bipolar que es cada vez más clara: la que enfrenta a los ciudadanos con estudios universitarios, que votan cada vez más demócrata, con los que no los tienen, que apoyan firmemente a Trump y al Partido Republicano.
De todos modos, el debilitamiento del voto hispano al Partido Demócrata –que ha convertido Florida en un feudo republicano y podría inclinar Arizona y Nevada hacia el lado de Trump– no parece ser tan pronunciado en California, que, en cualquier caso, cuenta con el crisol demográfico perfecto para asegurar años de hegemonía liberal.
Se trata de un electorado urbanita, compuesto por jóvenes universitarios, profesionales con estudios superiores y una gran proporción de inmigrantes, particularmente latinos. La candidata demócrata a la presidencia, Kamala Harris, proviene de California, donde ejerció como fiscal general (2011-2017) y a la que representó como senadora (2017-2021), lo que le ha valido los recelos de muchos ciudadanos residentes en el interior del país que la identifican como perteneciente a una "élite costera" que no comprende los problemas del estadounidense medio. Y es que California es una excepción, una isla liberal que poco tiene que ver con los otros estados del país.
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