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Texas, un estado clave en plena transformación demográfica

Donald Trump, candidato del Partido Republicano, y Kamala Harris, candidata del Partido Demócrata. Texas otorga 40 compromisarios.
Donald Trump, candidato del Partido Republicano, y Kamala Harris, candidata del Partido Demócrata. Texas otorga 40 compromisarios.

Texas es uno de los cincuenta estados miembros de los Estados Unidos de América. Se ubica en la zona central del sur del país, por lo que limita con México y con los estados de Luisiana (al este), Oklahoma (al nordeste), Arkansas (al norte) y Nuevo México (al oeste). Una gran parte de su frontera sudeste se encuentra bañada por las aguas del golfo de México.

Texas cubre un área total de 695.660 kilómetros cuadrados –lo que lo convierte en el segundo estado más extenso, después de Alaska– y cuenta con una población de más de 30 millones de habitantes, únicamente por detrás de California. Su PIB, de casi 2,7 billones de dólares, es mayor que el de Canadá, Corea del Sur, Rusia y Australia y, dentro del país, solo lo supera también California. Además, es el estado con mayores ingresos por exportaciones. Si fuera independiente, sería la octava potencia económica mundial. 

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La capital de Texas es la ciudad de Austin, que es la cuarta más poblada del estado, precedida por Houston, San Antonio y Dallas. Junto a Fort Worth, situada a pocos kilómetros de Dallas, todas ellas conforman el conocido como Triángulo de Texas, una megarregión urbana en la que residen dos de cada tres de sus habitantes. 

A Texas se le conoce también como el estado de la estrella solitaria, en referencia al símbolo presente en su bandera, una de las insignias estatales más veneradas y con mayor arraigo entre su propia población. Esa estrella blanca sobre fondo azul que ocupa el margen izquierdo de la bandera –compuesta en su margen derecho por dos franjas horizontales, blanca arriba y roja abajo– simboliza el pasado de Texas como una república independiente. Su bandera, junto a la de Hawái, es la única que, antes de servir como símbolo de un estado federado, representó también a un país soberano.

La historia de Texas

El territorio que hoy ocupa Texas fue inicialmente colonizado por España, que lo incluyó entre sus posesiones de ultramar hasta que, en 1821, con las guerras de independencia hispanoamericanas, pasó a formar parte de México. En aquella época, Texas estaba prácticamente despoblada y sufría incursiones constantes de los indios comanches.

A fin de ponerles freno, el nuevo Gobierno mexicano decidió liberalizar sus leyes de inmigración para atraer nuevos colonos. Atraídos por el bajo precio del suelo, numerosos ciudadanos estadounidenses, de origen anglosajón, fueron asentándose en el territorio, donde se les adjudicaron grandes extensiones de tierra que se dedicaron a trabajar gracias al uso de mano de obra esclava, que se autorizó allí de manera excepcional. Si en 1825 el estado contaba con apenas 3.500 habitantes, casi todos de ascendencia hispanomexicana, en 1834 ya había crecido hasta los 37.800, de los cuales solo 7.800 eran de origen español.

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Lo cierto es que muchos angloamericanos consideraban este territorio parte legítima de Estados Unidos, pues, con la compra de Luisiana a Francia en 1803, las autoridades estadounidenses habían pretendido adquirir también Texas. Las difusas fronteras de aquellos tiempos generaban conflictos como este, de difícil resolución.

Por otro lado, las tensiones entre los partidarios del Gobierno mexicano, de carácter centralista, y las facciones federalistas, con las que se alineaban los texanos, tuvieron como resultado la proclamación de la República de Texas como Estado independiente en 1836. México nunca dejó de considerarla una provincia rebelde y mantuvo el control sobre buena parte de su territorio hasta 1845, fecha en la que Estados Unidos se la anexionó. Texas se adhirió entonces a la Unión como el 28.º estado. 

A lo largo de los años siguientes, el estado continuó su crecimiento económico y demográfico gracias al mantenimiento de la esclavitud y la prosperidad de sus plantaciones de algodón. En 1861, fue uno de los once estados confederados que declararon su independencia de la Unión, dando inicio a la Guerra de Secesión estadounidense, en la que Texas fue derrotada.

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Hasta mediados del siglo XX, la economía de Texas se basaba en cuatro grandes industrias: la ganadería –de la que se obtenían pieles y cueros, sobre todo de los bisontes–, el algodón, la madera y el petróleo. El descubrimiento de grandes yacimientos de oro negro a principios del siglo desató un boom que se convirtió en el motor de su economía y transformó por completo Estados Unidos, que comenzó a usarlo de forma masiva como combustible fósil.

Durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, se produjo una diversificación de la economía texana, que hoy es líder en numerosos sectores, como la informática, la electrónica, la industria aeroespacial y la biomedicina. 

La importancia en las elecciones

La población de Texas ha crecido vertiginosamente a lo largo de las últimas décadas, lo que le ha permitido ir sumando votos electorales en cada censo celebrado a partir de 1980. En la actualidad, le corresponde una delegación de 38 miembros en la Cámara de Representantes y, para las elecciones presidenciales de 2024, dispondrá de 40 compromisarios en el Colegio Electoral, superados solo por los 54 de California. 

Tras el fin de la Guerra de Secesión (1861-1865) y del subsiguiente período de Reconstrucción, Texas ha participado en todas las elecciones presidenciales celebradas desde el año 1872. A lo largo de casi un siglo, fue considerado un bastión demócrata, parte del bloque denominado Sólido Sur. Este bloque se componía de los estados que habían formado parte de la Confederación, en los que la política de segregación llevada a cabo contra la población negra aseguró la preservación de la hegemonía del Partido Demócrata, que copaba la práctica totalidad de los cargos públicos electos a nivel local, estatal y federal. 

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Desde 1872 hasta 1952, los republicanos solo lograron imponerse en las elecciones presidenciales de 1928, cuando el electorado texano –en su mayoría protestante– prefirió apoyar a Herbert Hoover antes que al candidato demócrata, Al Smith, católico devoto. El anticatolicismo fue, seguramente, un factor fundamental en aquellos comicios, que llevó a otros muchos estados sureños –Florida, Virginia o Carolina del Norte– a votar republicano por primera vez desde la Reconstrucción. Posteriormente, el dominio demócrata comenzó a llegar a su fin con las victorias de Eisenhower en 1952 y 1956 y la de Nixon en 1972. 

El debilitamiento de la hegemonía demócrata en Texas y los demás estados sureños coincidió con el auge del movimiento por los derechos civiles, que, con el respaldo de los presidentes Kennedy y Johnson, puso fin a la segregación racial en el sur del país.

En respuesta a la transición ideológica del Partido Demócrata –que abandonó muchos de sus postulados conservadores para abrazar el liberalismo social– y al aumento de las tensiones raciales, el Partido Republicano puso en marcha la conocida como "estrategia sureña", que, desplazándose hacia la derecha, se hizo con el voto de muchos ciudadanos blancos y conservadores tradicionalmente demócratas.

En 1980, Reagan ganó en el estado por un margen de 14 puntos porcentuales; los candidatos republicanos han logrado la victoria en todas las elecciones presidenciales celebradas desde entonces. 

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Pese a ello, en los últimos años, las mayorías del GOP han ido disminuyendo. En 2020, Donald Trump obtuvo frente a Biden una ventaja de poco más de 5 puntos, el margen más estrecho desde 1996 –año en que Ross Perot y su Reform Party capturaron un porcentaje muy significativo de votos republicanos–. De este modo, muchos analistas prevén que Texas deje pronto de ser un estado rojo y se convierta en un swing state, altamente competitivo, para las elecciones de 2028.

El promedio de las encuestas realizadas durante la campaña de 2024 otorga a Trump una ventaja de unos 6 puntos sobre Harris, pero, por primera vez en casi tres décadas, se prevé que el candidato republicano no alcance el 52% de los votos y que su resultado oscile más bien en torno a la mitad exacta de los sufragios emitidos.

La posible transformación de Texas en un estado púrpura es resultado de los numerosos cambios demográficos sufridos en los últimos años. Desde el inicio del siglo XXI, el estado ha incrementado su población en 8,3 millones de personas, de las cuales 7,6 pertenecen a minorías étnicas. De acuerdo con el censo de 2020, los blancos representan un 39,75% de sus habitantes, casi empatados con los latinos, que ya son un 39,26%.

El porcentaje de asiáticos ha crecido hasta un 5,36%, mientras que la población negra se ha estancado desde hace dos décadas en el 11%-12%. Y, aunque los republicanos han hecho ciertos avances entre las minorías y se han convertido en dominantes entre los blancos sin estudios, las tendencias demográficas señalan que tales progresos podrían no ser suficientes para evitar la pérdida del estado en el medio plazo.

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Conscientes de la amenaza, los republicanos han redibujado los distritos electorales para las elecciones al Congreso y a la asamblea estatal, de modo tal que los blancos sean mayoría en casi todos ellos. A través de esta práctica, conocida como gerrymandering, se pretende reducir el poder de voto de las minorías y garantizar la continuidad del dominio republicano.

Sin embargo, las presidenciales se deciden por el viejo método the-winner-takes-it-all y, aunque no parece que Trump deba estar preocupado por ahora, todo apunta a que Texas –el segundo estado con más votos electorales del país– se convertirá en el escenario de una de las grandes batallas entre republicanos y demócratas a partir de las próximas elecciones.

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