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Golpe de Estado en Bangladés: la caída de la "dama de hierro"

Manifestantes asaltan el Parlamento durante las protestas del 4 de agosto y poco antes de fraguarse el golpe de Estado en Bangladés contra Sheikh Hasina.
Manifestantes asaltan el parlamento durante las protestas del 4 de agosto y poco antes de fraguarse el golpe de Estado en Bangladés contra Sheikh Hasina

Sheikh Hasina, una de las mujeres más poderosas de toda Asia y cabeza de una de las dinastías políticas con un mayor grado de consolidación de todo el continente, huía a toda prisa en helicóptero de su residencia oficial. Afuera, una masa de manifestantes iniciaba el asalto y saqueo del edificio, mientras el ejército se negaba a respaldar a la líder bangladesí. Un momento histórico, una imagen para la posteridad que abre el mayor de los interrogantes acerca del futuro de Bangladés, un país de 170 millones de habitantes y que emana geopolítica por todos sus poros.

¿Cómo se ha llegado a esta situación?

La respuesta se encuentra en la propia narrativa legitimadora de Hasina y su partido, la Liga Awami. Bangladés es un país que nace de un baño de sangre fruto del choque entre dos elementos cruciales de su identidad nacional: la comunidad etnolingüística y la religión. El bangladesí, como sujeto nacional, es diseccionado del bengalí por su estricta adscripción a la fe islámica, al tiempo que es separado del resto de etnias musulmanas debido a sus singularidades culturales y lingüísticas. El choque entre estos dos aspectos se ha dado dramáticamente desde el mero planteamiento de un Bangladés independiente.  

Para ampliar: Bangladés: un cóctel de geopolítica, polarización y religión  

La Guerra de Liberación de 1971 contra Pakistán enfrentó a ambas posturas y alimentó una narrativa polarizadora entre los Muktijoddha –aquellos adscritos a la causa independentista– y los Razakar, término que acabó por erigirse como sinónimo de traidor a la patria. La cuestión de quiénes eran los verdaderos traidores y quiénes los servidores de la nación alimentó una serie de cruentos golpes de Estado que solo ahondaron la división social e intraelitista de cada una de las partes.  

Las muertes de Sheikh Mujibur “Bangabandhu”, padre de la hasta ahora primera ministra, y de Ziaur Rahman, marido de Khaleda Zia –la principal líder de la oposición– allanaron el camino para el perfilamiento de las fuerzas armadas como la mayor fuente de estabilidad para el país. La sangre de uno y otro bando cimentó el ascenso del general Hossain Mohammed Ershard al poder. Sin embargo, el relevo generacional traería consigo la exigencia de cambios y la renovación de la procedencia de la legitimidad.  

Esa nueva generación, criados en un país que funge como uno de los motores esenciales de la economía capitalista globalizada, pugnaban por la caída del régimen militar, abriendo con ello una ventana de oportunidad para ambas facciones. El pragmatismo se imponía y las dinastías políticas colaboraban en la creación de un statu quo en el que la institucionalización de los viejos odios y las heridas no sanadas impulsaría un turnismo democrático. No obstante, el pragmatismo, en conjunción con la polarización, da paso al sectarismo.  

Hasina y Zia, para quienes tras los nefastos acontecimientos de las décadas pasadas el juego político era un asunto existencial, se vieron engullidas por sus propias narrativas. Ambos poderes fácticos chocaron en 2009, en un enfrentamiento que otorgó el cargo de primera ministra a Sheikh Hasina. Desde entonces hasta la actualidad, las lógicas a seguir habían sido las siguientes: por una parte, se trataba de fusionar el Estado con la Liga Awami, mientras que por la otra parte se trataba de convertir al opositor Partido Nacionalista de Bangladés (BNP) en el aglutinador del descontento con el sistema. 

Ambas estrategias se han mostrado fallidas debido a su concepción estrictamente vertical. Mientras Zia encabezaba repetitivas manifestaciones y boicots electorales, la lealtad a Hasina era equivalente a una garantía de éxito profesional en la administración pública. Las medidas, orientadas al mantenimiento y expansión de las bases sociales de las lideresas, eran incapaces de hacer mella en las pulsiones de fondo de la sociedad bangladesí.  

Para ampliar: El sistema de cuotas de la administración pública cuestiona el statu quo en Bangladés

La omnipresencia del ejército y los cuerpos paramilitares prosiguió intacta. La “trampa de las rentas medias” creaba una generación cuyas expectativas profesionales se veían sistemáticamente vilipendiadas por la situación económica y el Islam político, regenerado por una oleada internacional hallaba en la “generación Z” un terreno fértil. Únicamente era necesario un catalizador. Y este llegó en forma del sistema de cuotas para el acceso a empleos en la administración pública. 

Las facilidades para ciertos sectores de la población, especialmente los descendientes de los combatientes de la guerra de liberación, eran vistas como la enésima demostración de la alineación de las élites respecto de las demandas de la población. La revalidación de esta ley por parte del Tribunal Supremo incendió las universidades. Los militantes de Islami Chhatra Shibir (ICS) y Jathiotabadi Chhatra Dal (JCD), secciones estudiantiles del Jamaat-e-Islami Bangladés y el BNP, encabezaban unas marchas que no tardaron en extenderse por amplias capas de la sociedad.  

Crónica de la caída de Sheikh Hasina

Hasina, presa totalmente de su narrativa, oscilaba entre la mano dura y el temple negociador. Los choques entre manifestantes y policía, militantes de la Liga Awami y paramilitares dejaron alrededor de 300 muertos en poco más de una semana de protestas. Pero la medida era de facto retirada con el fin de abrir una puerta hacía la desescalada y la eventual integración del movimiento estudiantil en la estructuras de poder. No obstante, la suerte ya había sido echada. Las reclamaciones ya no versaban sobre una ley en concreto, sino que evocaban a la propia primera ministra.

Ante el grito de “abajo la dictadora” el término “Razakar” volvía a pronunciarse en las bocas de los líderes de la Liga Awami. Pero esta vez, al referirse a un segmento demasiado amplio y difuso de la población carecía de potencialidad significativa. Cada vez que el núcleo duro del ejecutivo pronunciaba dicha palabra, dejaba más en evidencia su debilidad frente a la última salvaguardia de la estabilidad: las fuerzas armadas.  

Para ampliar: Revuelta estudiantil en Bangladesh

El cambio de bando no se hizo esperar. Los 93 muertos que dejaron los choques del domingo 4 de agosto de 2024 hicieron que el alto mando castrense se negara a emplear munición real contra los manifestantes. A la tarde del día siguiente, Waker-uz-Zaman, jefe del ejército, familiar político de la primera ministra y antaño protegido de la misma, le daba un ultimátum de 45 minutos para dimitir y abandonar el país. Al tiempo que la sensación de acorralamiento engullía a Hasina, Daca, la capital, era tomada por una masa de manifestantes provenientes de toda la nación.  

Las instituciones civiles caían una tras otra ante la protesta. La residencia oficial de los primeros ministros bangladesíes, Ganahaban, era asaltada y saqueada. Igual suerte corrían el parlamento y la sede de la policía nacional. Las estatuas de “Bangabandhu”, héroe de la independencia, fueron derribadas marcando el inicio de una nueva era. Y Hasina despegó en dirección a la India dejando atrás más de 135 represaliados esa misma noche. 

Mientras en la calle se realiza historia, en despachos, platós de televisión y redes sociales se negocia el advenimiento de un nuevo equilibrio de poderes para el país asiático. Este pulso por el poder tiene como protagonistas a cinco grandes actores políticos: las fuerzas armadas, el Partido Nacionalista de Bangladés, los líderes del movimiento estudiantil, los partidos islamistas y Nueva Delhi. Por el momento, la correlación de fuerzas es la siguiente.  

La transición a un nuevo poder civil

Tanto Waker-uz-Zaman como el Presidente de la República, Mohamed Shahabuddin, poseen un alto grado de vinculación con la Liga Awami, lo cual les conduce a buscar una transición en la cual la rendición de cuentas se limite a perfiles con una ineludible cercanía a la antigua mandataria. De este modo, han anunciado la formación de un gobierno interino y han disuelto el parlamento con la intención manifiesta de convocar elecciones.  

Es en la conformación de este gobierno provisional en donde se están fraguando las negociaciones. Con una nueva cohorte de líderes provenientes del movimiento estudiantil en nacimiento, como por ejemplo Nahid Islam, que descartan en público la idoneidad de un gobierno militar, las fuerzas armadas han interpretado que el mantenimiento de su rol sociopolítico en las futuras décadas depende de su encaje en el nuevo proyecto político nacional.  

Sheikh Hasina, antigua primera ministra de Bangladés, durante una visita oficial a India.
Sheikh Hasina, antigua primera ministra de Bangladés, durante una visita oficial a India.

Por ello se ha arrestado al antiguo ministro de Exteriores, quien ha sido sustituido por un militar. Hecho que viene secundado por una reestructuración del organigrama de las fuerzas armadas en favor de figuras con un mayor grado de despolitización. Seguidamente, una vez aseguradas ciertas cuotas de poder, se han producido dos grandes movimientos: la liberación de Khaleda Zia del arresto domiciliario al cual fue condenada y la aceptación de la propuesta de los estudiantes de nombrar primer ministro interino al premio nobel de la paz, Mohammed Yunus.  

Las corrientes de fondo apuntan hacia la creación de un consenso entre el ejército, la facción de Khaleda Zia y el liderazgo del movimiento estudiantil. Una unanimidad basada únicamente en su oposición a Sheikh Hasina. En consecuencia, la viabilidad de este nuevo statu quo dependerá tanto del entendimiento entre sus partes como de las actitudes de quiénes quedan fuera de él.  

Para ampliar: Narendra Modi, una piedra en las relaciones entre India y Bangladesh

Desde el Islam político se guarda silencio. Un silencio que encuentra su motivo en la competencia entre Jamaat e Islami Bangladés (JIB), Hefazat e Islami e Islami Oikia Jote. La coyuntura es la siguiente, JIB es la formación con mayor arraigo social e institucional al ser la más antigua. No obstante, su discurso ha perdido combatividad frente a la asertividad dialéctica de sus competidores. Así, Hefazat ha logrado enraizarse entre el estudiantado, pero al coste de convertirse en un partido de nicho. Por contra, Oikia Jote apuesta por ser una formación paraguas.  

Finalmente, la India de Narendra Modi asume el reto de mantener su esfera de influencia en un vecindario con una agudizada tendencia a la desestabilización. Por consiguiente, la superpotencia asiática está tratando de mantenerse en un cómodo punto intermedio que le permita medrar en futuros escenarios. Han denegado el asilo oficialmente a Sheikh Hasina –camino también recorrido por Estados Unidos y el Reino Unido– pero la exmandataria permanecía en su territorio. Por el momento, la mayor apuesta de Nueva Delhi está siendo de corte narrativo. Cuentas vinculadas a India están instrumentalizando los supuestos ataques contra la minoría hindú para tratar de generar una opinión pública internacional contraria a una eventual alza del Islam político.        

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