Narendra Modi, una piedra en las relaciones entre India y Bangladesh

La figura del primer ministro indio levanta ampollas entre la comunidad musulmana por su retórica nacionalista ‘anti-musulmana’, origen de las violentas protestas tras su visita a Dhaka. Aunque oficialmente las relaciones diplomáticas entre Delhi y Dhaka son cordiales, la presencia del político hindú puede erosionar la confianza entre ambos países.

Reunión entre el Primer Ministro de India, Narendra Modi, y la Primera Ministro de Bangladesh, Sheikh Hasina | Ministro de Exteriores de india

Nuestros manifestantes no estaban contra el Gobierno, sino contra Narendra Modi“. Esta frase, en boca del líder de la organización islamista Hefazat-e-Islam (HIE) en la ciudad de Chittagong -la segunda más grande de Bangladesh-, supone toda una declaración de intenciones en lo que respecta a la persona del primer ministro indio en Bangladesh, cuya visita al país vecino a finales de marzo desató una ola de protestas por parte de la comunidad musulmana que se saldó con la muerte de 12 personas y decenas de heridos.

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Y es que la presencia de Modi despierta recelos entre esta parte del pueblo bangladesí, al que le acusan de promover políticas “anti-musulmanas” y de “incitar al enfrentamiento” entre hindúes y musulmanes. Este rechazo no es nuevo. En febrero de 2020, el anuncio de la visita de Modi a Bangladesh por el 100 aniversario del nacimiento del padre fundador del país, Sheikh Mujibur Rahman, desencadenó una violenta oleada de protestas en la capital, Dhaka, exigiendo la retirada de la invitación de Modi al considerarlo un “insulto a la guerra de liberación de Bangladesh” (1971) y una “falta de respeto” al fundador del país.

La llegada al poder de Narendra Modi en 2014 de la mano del Bharatiya Janata Party (BJP) -un partido nacionalista hindú- intensificó los sentimientos ‘anti-musulmanes’ en La India, un país en el que, desde la partición del subcontinente en 3 países -Pakistán, India y Bangladesh- en 1947 por parte del Imperio británico, la minoría musulmana ha encarado todo tipo de “discriminación sistémica” por parte de nacionalistas hindúes que los ven como “extranjeros sospechosos” a pesar de que muchos de ellos son descendientes de hindúes que se convirtieron al Islam.

El polvorín terminó por explotar tras la aprobación del polémico proyecto de ley de modificación de la ciudadanía (CAA, por sus siglas en inglés). Según señaló el Gobierno indio en su día, esta ley pretende proteger a todas aquellas personas que son perseguidas por sus creencias religiosas, como los hindúes, sijs, cristianos o budistas.

Los más escépticos, no obstante, criticaron que el verdadero propósito de dicha ley es el de “marginalizar” y “deslegitimar” a los musulmanes debido a que ésta se encuentra enfocada exclusivamente hacia aquellos “inmigrantes ilegales no musulmanes” de los tres países cercanos: Afganistán, Pakistán y Bangladesh. Fue curiosamente en las zonas fronterizas con éste último en donde la ley obtuvo más rechazo por parte de la ciudadanía, pero no por la supuesta connotación ‘excluyente’ hacia la comunidad musulmana, sino por el hecho de que el proyecto provocaría una supuesta “invasión” de inmigrantes provenientes del otro lado de la frontera.

A pesar de las amplias protestas y de la preocupación inicial de Dhaka ante el temor de que el CAA pudiera desencadenar un “éxodo” de musulmanes y bengalíes intentando escapar de la persecución, tanto el ministro de Asuntos Exteriores, Abulkalam Abdul Momen, como la primera ministra bangladesí Sheikh Hasina, despacharon el asunto alegando que era un “asunto interno” de India y que, por lo tanto, las relaciones con el país vecino no se iban a alterar en ningún momento.

Para algunos expertos, no obstante, la postura “indiferente” que Dhaka mantenía ante la CAA se había convertido en una “negación demasiado inmensa” para la Liga Awami -el partido secular al que pertenece Hasina y que gobierna en Bangladesh- que podía acabar volviéndose en su contra ante las fuertes reacciones de partidos islamistas u organizaciones como HIE, cuyo auge puede erosionar las relaciones entre ambos países. Un escenario hipotético que, aunque Hasina trate de evitarlo, es cada vez más probable.

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Manifestantes protestan por la visita de Modi a Bangladesh, al que acusan de ser “anti-musulmán” | Getty Images

Una amistad nacida en las trincheras

Las duras secuelas que dejó tras de sí la partición del subcontinente indio tras la marcha del menguante Imperio británico en 1947 se hicieron notar inmediatamente entre Pakistán, India y Bangladesh -antes conocida como Pakistán Oriental-, produciéndose el que es hasta la fecha el mayor movimiento migratorio de la historia. En apenas unos meses, 15 millones de personas que convivieron juntas durante siglos se desplazaron de un país a otro en función de su condición religiosa -principalmente musulmanes e hindúes-, lo que desató a su paso sangrientos brotes de violencia sectaria, masacres, conversiones forzosas y violaciones sexuales entre la población. El saldo que se cobró este oscuro episodio fue de entre 200.000 y 2 millones de muertos.

A juicio de la historiadora pakistaní Ayesha Jalal, la partición significó el “evento histórico central del Sur de Asia en el siglo XX”. Un “momento definitorio que sigue influyendo en la forma en la que los Estados de la Asia Meridional poscolonial conciben su pasado, presente y futuro”, añade. Las palabras de Jalal sirven para entender, en este aspecto, las ásperas relaciones que han mantenido desde entonces Pakistán y La India, fruto de esas heridas abiertas que, a día de hoy, siguen sin cicatrizar. Desde ese traumático suceso, ambos estados vienen protagonizando enfrentamientos y conflictos que envenenan su relación hasta el punto de convertirse en potencias atómicas enfrentadas en una región caliente como es Asia Meridional.

Movimientos migratorios entre Pakistán, India y Bangladesh tras la partición del subcontinente en 1947 | Wikipedia

Fue precisamente en una de las 3 guerras que libraron Islamabad y Delhi (1948,1965 y 1971) en la que floreció la cordial relación que hoy en día mantienen India y Bangladesh.

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La declaración de independencia proclamada por parte de Pakistán Oriental de su hermano Occidental el 26 de marzo de 1971, y el consiguiente cambio de nombre a Bangladesh, derivó en una escueta guerra de 9 meses contra el ejército pakistaní en la que éste último realizó graves violaciones de derechos humanos contra la población bangladesí que nunca ha reconocido ante el temor de Islamabad de que tal reconocimiento signifique asumir que la ‘Teoría de las Dos Naciones’ promovida por Alí Jinnah -fundador de Pakistán- de construir un hogar común para todos los musulmanes del subcontinente ha fallado, lo que desmoronaría el ideario y las aspiraciones políticas que durante años formaron la identidad nacional de Pakistán.

Aplicando la máxima del ‘divide y vencerás’, India vio su oportunidad de ganarse al futuro estado musulmán como un fuerte aliado frente a su vecino pakistaní, y le brindó su apoyo en la guerra que acabó triunfal para Dhaka, la cual obtuvo su ansiada independencia. Bangladesh nunca ha olvidado el papel que La India jugó en la contienda, motivo por el cual Hasina invitó a Modi a los actos del 50º aniversario de la independencia del país y ha señalado en alguna ocasión que La India es el “verdadero amigo” de Dhaka.

Más allá de los gestos, las relaciones comerciales y económicas son el otro terreno en el que los lazos entre Delhi y Dhaka se han impulsado enormemente en los últimos años, empezando por la firma el pasado 16 de marzo del CEPA, un ambicioso acuerdo económico a cinco años que pretende ser “más amplio” que un acuerdo de libre comercio bilateral, puesto que abordará las barreras no comerciales, el comercio electrónico, la inversión en servicios y la facilitación del comercio en la frontera. A este pacto hay que añadirle otro siete acuerdos que sellaron en diciembre de 2020 para expandir la cooperación en diversas áreas como hidrocarburos, agricultura y textiles, así como una serie de proyectos para mejorar las redes de conectividad e infraestructuras.

Por otro lado, conviene destacar la mención particular que el Banco Mundial hace a ambos países, a los cuales señala como los que liderarán la recuperación económica en el Sur de Asia en 2022, a pesar de los duros desafíos que tienen que encarar tras un aumento de las desigualdades -sobre todo en educación- durante la pandemia del coronavirus.

La radicalización de Bangladesh y la eclosión del sentimiento ‘anti-indio’

La mayoría de los musulmanes que protestaron en las principales calles de Bangladesh por la visita de Modi alegaron que el primer ministro indio era un “anti-musulmán”. Curiosamente, y al mismo tiempo que se producían estos altercados, Modi se dirigió a la ciudad de Tungipara para mostrar sus respetos al padre fundador, Sheikh Mujibur Rahmman, en su mausoleo. Un gesto simbólico, a la vez que apreciado, que le convierten en el primer líder indio en hacerlo y que, según apuntaron algunos analistas, fue un “hábil movimiento diplomático” que puede tener “resonancia” en la política interna de Bangladesh.

Modi escribiendo en el libro de visitas en el mausoleo del fundador de Bangladesh | Ministerio de Exteriores indio

Conscientemente o no de la de la autenticidad de dicho gesto, lo cierto es que las motivos que se esconden detrás del brote de violencia que vivió Bangladesh a finales de marzo van más allá de la figura de Modi.

Desde hace tiempo, el país hace frente a un pulso continuo entre el mandato secular proveniente de la Constitución y los embates de un sector islamista cada vez más amplio.

La tramitación del proyecto de ley para un reparto equitativo de la herencia entre hombres y mujeres en 2008 presentado por la Liga Awami prendió la mecha de ese movimiento islámico que hasta el momento permaneció dormido. El ser una ley supuestamente contraria al dictado del Islam y de la ley coránica de la herencia fueron los argumentos principales que grupos como el Movimiento Islámico de la Constitución (ICM, por sus siglas en inglés) o Jamaat e-Islami esgrimieron para rechazarla.

Fue al calor de estas protestas de donde surgió Hefazat-e-Islam -‘protectores del Islam’-, la organización que orquestó las violentas protestas durante la visita de Modi en marzo y una de las máximas responsables de la deriva radical islamista que vive Bangladesh. Este grupo formado por una coalición de grupos islamistas, profesores y estudiantes de madrazas (escuelas islámicas) nació en 2010 en Chittagong contra el proyecto de ley de la mujer y el intento de anular la Quinta Enmienda saliente de la reforma constitucional.

Sin embargo, el evento con el que adquirió notoriedad en la población fue el del “movimiento Shahbagh” en 2013, mediante el cual una multitud de jóvenes estudiantes de madrazas marcharon hacia Dhaka exigiendo al Ejecutivo central el cumplimiento de un manifiesto de 13 puntos que incluía medidas como la pena de muerte para todos los criminales de guerra que cometieron atrocidades durante la lucha por la independencia, la designación de la comunidad ahmadía como ‘no musulmana’, una ley contra la blasfemia o la anulación de la política nacional de desarrollo de la mujer, entre otras medidas. La respuesta del Gobierno de Hasina fue una represión que se cobró 50 vidas.

Logo del movimiento Hefazat-e-Islam | New Age Bangladesh

La dura respuesta estatal para tratar de debilitar o acabar con el grupo acabo teniendo el efecto contrario, ya que éste conservó su fortaleza mediante su red de cientos de miles de madrazas repartidas por el país. Según Mubashar Hasan, especialista bangladesí en comunicación de políticas públicas, las razones detrás de la “resistencia” de HEI se deben a que el movimiento presenta “dos importantes y complejos retos políticos enredados en la seguridad, cultura e historia del país”:

  • En primer lugar, carece de la estructura y organización de un partido político tradicional. Según señala Hasan, la fuerza del movimiento reside en su “arquitectura institucional como organización en red de madrazas que enseñan el Islam ortodoxo”. No presenta un programa político concreto “para tomar el poder” al contrario que cualquier partido o grupo islamista.
  • En segundo lugar, el grupo se ha consolidado como una autoridad sobre la imagen del Islam en la sociedad bangladesí. Su “legado de antiliberalismo” encuentra sus raíces en los profesores y estudiantes de madrazas que apoyaban a los bengalíes que luchaban contra el Imperio británico en la Primera Guerra Mundial, y en las proclamas con las que se declararon “blasfemos” a ciertos poetas y escritores tras la independencia del país. Aparte de esto, los múltiples servicios que las madrazas presentan a los fieles, como ofrecer internado gratuito a cientos de huérfanos, provocan que el grupo esté “socialmente aceptado” en la población, como apunta Hasan.

Asimismo, la retórica nacionalista ‘antimusulmana’ que destila Modi, espoleada tras la aprobación de la polémica CAA, supone tan solo un elemento más -aunque no por ello menos importante- que impulsa a movimientos como HIE, cuya fuerza se hace mayor en un país donde el sentimiento ‘anti-indio’ se expande rápidamente y el Gobierno se muestra incapaz de contenerlo.

En este punto son varias las opciones que algunos expertos barajan para combatirlo. Hasan afirma que, teniendo en cuenta la experiencia de la represión contra el movimiento en 2013, la estrategia habitual de línea dura contra la organización no hará más que “exacerbar los agravios y la tensión en un contexto autoritario antiliberal” propicio para que el extremismo crezca rápidamente. Por lo cual, cree que la “estabilidad” del país será clave en este aspecto.

En el lado opuesto se encuentran los que opinan que Dhaka ha sido demasiado suave con HEI, y que su “política de apaciguamiento” ha conseguido que al final el grupo sea más fuerte y se muestre “más decidido a desafiar el carácter fundamental del país”, tal y como apunta Anam, director del periódico bangladesí The Daily Star.

La ausencia de una estrategia clara sobre cómo combatir al grupo le está suponiendo un auténtico quebradero de cabeza al Gobierno de Hasina, el cual, a pesar de que en un principio considero a Hefazat como un problema menor que otros grupos como Jamaat e Islami -partido cuyos líderes fueron condenados por crímenes de guerra en 1971-, no ha tenido reparos en calificar a HEI como una “desgracia” que está “menospreciando” el Islam. Acto seguido, Estados Unidos ha instado a que se declare al grupo como “organización extremista” por tener “acciones similares” a los talibanes o el Estado Islámico.

Es sin lugar a dudas toda una declaración de intenciones para una organización que ha visto en la visita de Modi la ocasión idónea para volver a caldear los ánimos entre la población. Una situación lo suficientemente molesta como para generar inquietud entre las autoridades de Delhi y Dhaka, temerosas de que estos episodios puedan desestabilizar las, hasta ahora, idílicas relaciones entre ambos países.

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