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La diáspora marroquí: ¿un activo del Reino o una amenaza para el sistema monárquico?

Una señora sostiene una bandera de Marruecos.
Una señora sostiene una bandera de Marruecos. Fuente: Casablanca Stock

La diáspora marroquí se encuentra extendida por diversos puntos de la Unión Europea, siendo España el segundo país con mayor número de marroquíes, solo por detrás de Francia, donde se concentra el mayor contingente en el exterior. En el mundo actual, la inmigración tiene una gran relevancia por el enorme peso que tienen las diásporas en influir las políticas de su país de origen y en las relaciones entre comunidades, creando lazos entre naciones.

El Reino de Marruecos no es ajeno a ello, por lo que la relación que tiene con aquellos que se encuentran viviendo fuera de sus fronteras ha ido variando en función del contexto histórico. Tras casi 70 años de independencia, Rabat sigue teniendo un gran número de políticas dirigidas específicamente a su población en el extranjero, desarrolladas por el gobierno gracias a la creación de diferentes fundaciones, consejos y ministerios.

Asimismo, hay que prestar atención a las organizaciones creadas por la diáspora marroquí en los países de acogida, que de cierto modo han acabado divulgando mensajes de importancia para el Estado. La diáspora es un instrumento más de legitimación de Marruecos, exportando sus visiones en puntos que se consideran estratégicos, pero también un punto de fuga que puede desestabilizar la política interna nacional. 

Las primeras políticas hacia la diáspora marroquí

Si bien antes de conseguir la independencia en 1956 la diáspora marroquí ya tenía una fuerte presencia en el exterior, no es hasta que se forma oficialmente un Estado-nación soberano separado de España y Francia cuando esta cuestión atrajo una mayor atención por parte de las autoridades de Rabat.

Marruecos veía en la inmigración una forma de reducir el desempleo y de deshacerse de disidentes y opositores políticos, al tiempo que se creaba una cantera de profesionales cualificados con la esperanza de que regresaran años más tarde para poder invertir y contribuir en el desarrollo económico nacional. Gracias a esta forma de inmigración laboral, muy parecida a la que tuvo el régimen franquista con algunos países europeos, el recién creado Estado independiente podía sostener la deuda pública.

Asimismo, la emigración se utilizaba como una forma de eliminar a grupos contrarios al poder, enviándoles a Europa y evitando de esta forma que crecieran en el interior del país demandas democráticas y sociales. De hecho, Marruecos sigue operando bajo este prisma, considerando a los marroquíes residentes en el exterior como ciudadanos, pero sin tener ninguna participación política en las cuestiones del Reino. 

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Las fundaciones que más se destacaron en estos primeros momentos de las políticas diaspóricas fueron las Sociedades Amicales. Copiando los modelos que habían creado Túnez y Argelia, Marruecos estableció las suyas propias, pero con un funcionamiento distinto. Las Sociedades Amicales en el caso de Argelia servían para difundir el discurso del Frente de Liberación Nacional (FLN) durante la guerra de Independencia allí donde había expatriados argelinos.

Marruecos, en cambio, utilizaba estas Sociedades Amicales para incentivar la inversión en el país y para introducir narrativas que evitasen la politización con el objetivo de mantener la seguridad y estabilidad internas. Estas sociedades se crearon especialmente en momentos en los que la organización anti-régimen entre los expatriados crecía.

En España, los estudiantes universitarios marroquíes con ideas de izquierdas, que huían de la represión de su país de origen, fundaron sindicatos para aglutinar a la clase trabajadora de Marruecos con la finalidad de mejorar las condiciones laborales de sus compatriotas. Algunos ejemplos representativos son la Asociación de los Emigrantes Marroquíes en España (AEME) o la Asociación de Trabajadores Inmigrantes Marroquíes en España (ATIME). 

Ya no van a retornar

Durante la década de 1980, Rabat se dio cuenta de que los emigrados no iban a regresar como se esperaba en un principio, por lo que las políticas dirigidas a la diáspora marroquí cambiaron radicalmente. Ya no se centraban de forma tan directa en visiones economicistas, sino que la estrategia empleada empezó a fundamentarse en un enfoque identitario. Es en este preciso momento en el que se comienzan a crear nuevas fundaciones y organizaciones para mantener el vínculo entre la diáspora y el Reino.

Se llevaron a cabo medidas para que los marroquíes residentes en el extranjero pudiesen participar de una forma activa en la política nacional a través de la asignación de cinco escaños a la diáspora, medida que duró apenas unos años. De esta forma, se continuaba con la desactivación política en el exterior, haciéndoles partícipes de las dinámicas del Reino, pero de una manera limitada. 

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Durante estos años, se creó la Fundación Hassan II, cuyo objetivo era desarrollar unos contactos más estrechos con la diáspora y enseñar el árabe y la cultura nacional a los que habían nacido más allá de las fronteras marroquíes. Se buscaba de la misma forma evitar un efecto contagio de islamización radical entre los expatriados, tal y como estaba sucediendo con otras comunidades de países vecinos. Con este fin, se concibió el Consejo Supremo de los Ulemas, que tenía la supervisión directa del monarca, encargado de trasmitir un islam moderado que favoreciese a los intereses marroquíes.

Otra de las organizaciones creadas fue el Ministerio para la Comunidad Marroquí en el Exterior, que buscaba promover tanto la acción social hacia aquellos nacionales que vivían fuera de Marruecos como dar seguimiento a los movimientos migratorios de los marroquíes. Además, participaba en las relaciones y en las negociaciones internacionales de todo tipo relacionadas con la emigración y las condiciones de vida de los marroquíes en el extranjero. En último término, el Ministerio pretendía desarrollar programas para facilitar la reintegración de los emigrantes en el momento de su retorno. 

Nuevo reinado, nuevas políticas

Con la llegada de Mohamed VI al trono de Marruecos a finales de la década de 1990, comienza una nueva etapa en la relación con la diáspora marroquí. Durante su reinado, se ha dado la posibilidad a los marroquíes residentes en el exterior de poder tener la doble ciudadanía, tanto del país de acogida como el de origen. Esto es posible gracias a la Constitución de 2011.

No obstante, que sean ciudadanos no significa que sean participes de la política interna de Marruecos, ya que esto aún se evita desde Rabat para prevenir una transformación de las normas sociales y las dinámicas internas. En este contexto, y como respuesta a la poca implicación en la vida política nacional, la diáspora marroquí ha creado nuevas organizaciones que reclaman una mayor participación.

Es el caso de Daba 2012, Demócratas Residentes en el Exterior y Primer Foro Civil de Marroquíes de Europa que exigen poder participar en la política marroquí. Cabe destacar, asimismo, que este último muestra simpatías hacia las doctrinas del monarca en muchas cuestiones. Se definen a sí mismos como un movimiento con capacidad de influir en las políticas de los Estados miembro europeos en los temas que se refieren a Marruecos. Un ejemplo de esta postura es su compromiso con los reclamos territoriales en el Sáhara Occidental

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A su vez, el Estado reconoce el valor que puede tener la diáspora en los países de acogida como grupos de presión y altavoz de las posiciones políticas de Rabat, así como un activo estratégico para promocionar los intereses nacionales a nivel global.

Durante el reinado de Hassan II, se asignaron cinco escaños a la diáspora marroquí, aunque esta medida solo duró unos pocos años. Así, los deseos de estas organizaciones civiles surgidas en el exterior no se han visto cumplidos, pero Mohamed VI ha comenzado a prestar más atención a sus demandas. La creación del Consejo Consultivo de los Marroquíes Residentes en el Exterior es un intento de satisfacer a estas solicitudes y estrechar lazos con la diáspora con la finalidad de emplearla como un instrumento adicional de legitimación.

Presencia aproximada de la diáspora marroquí. Cuanto más intenso el color, mayor número de personas con ascendencia o ciudadanía marroquí.
Presencia aproximada de la diáspora marroquí. Cuanto más intenso el color, mayor número de personas con ascendencia o ciudadanía marroquí. Fuente: Allice Hunter - bajo CC BY-SA 4.0

El Consejo da una participación a los inmigrantes en las dinámicas internas de la propia organización, pero no en la política del Reino. Los miembros son representantes de 10 Ministerios o departamentos ministeriales y 50 miembros de marroquíes en el extranjero elegidos y nombrados por el propio monarca. Este organismo ha sido fuente de críticas debido a la poca influencia que tiene la diáspora.

Por otro lado, hay que prestar atención a los referentes culturales que han surgido en otros países, como pueden ser los casos del cantante Morad, el futbolista Achraf Hakimi y otros tantos famosos reconocidos. Gracias a la repercusión que tienen, son un punto clave para Marruecos en su legitimación en el exterior, tanto entre su ciudadanos como con el resto de la población. Es decir, son una fuerza de primer orden en cuanto a discursos nacionalistas marroquíes, tal y como lo constatan algunas de sus declaraciones.

El calado de las políticas diaspóricas

La relación entre Marruecos y su diáspora ha seguido una evolución. Como se ha visto en este artículo, ha ido desde unas posiciones economistas hacia un enfoque más identitario. Si bien las cuestiones identitarias han estado siempre presentes, se acentúan en momentos en los que Rabat percibe que puede perder el control sobre la población migrante.

Mantener a los expatriados alauíes dentro de unos cauces identitarios concretos permite que no haya disidencia y que no se cuestione la legitimidad del régimen monárquico. Es eso lo que se busca en último término, que no haya respuestas más allá de las ofrecidas por el propio Estado. 

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Los discursos identitarios calan entre la población alauita en los países de acogida y una muestra de ello puede ser la selección marroquí de fútbol, donde solo 11 de los 26 convocados para el Mundial de Qatar habían nacido o vivido en Marruecos. Incluso el entrenador es hijo de la diáspora. Esto permite al gobierno marroquí a imaginarse una comunidad nacional transfronteriza, afirmando la marroquinidad de los que no son habitantes del país. 

Los objetivos que ha tenido Marruecos con su diáspora son sencillos: preservar la identidad nacional de los marroquíes en el extranjero, protección de sus derechos en los países de acogida y que contribuyan al desarrollo del país con inversiones, todo ello guiado bajo el prisma de la seguridad interior. 

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