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Marruecos independiente: inestabilidad política y luchas internas por el poder

Hassan II, rey de Marruecos, en Marrakech en 1966.
Hassan II, rey de Marruecos, en Marrakech en 1966. Fuente: Fritz Rudolf Loewa – bajo CC BY-SA 3.0 DEED

Hasta la declaración de independencia, durante la segunda mitad de los años 40 y la primera mitad de los 50, la sociedad marroquí parecía unida en torno a la bandera de la lucha anticolonial contra el dominio francés. No obstante, en el mismo momento en que se consigue el objetivo secesionista en 1956, las distintas fracciones de la burguesía marroquí comienzan a luchar entre sí por la supremacía dentro del nuevo Estado.

Contradicciones del Marruecos independente

La contradicción principal en esta etapa radica en el interior del bloque dominante, entre la burguesía compradora, terrateniente, y la burguesía nacional. La burguesía compradora busca establecer un Estado de forma piramidal, liderado por las altas instancias del sultanato, apoyándose en un entramado institucional de tipo corporativo y clientelar. Esto implica redes de influencia, intercambio de favores y relaciones políticas basadas en vínculos personales. En contraste, surgen partidos nacionalistas, principalmente el Istiqlal, que buscan desplazar, al menos en parte, el poder de la Corona y reemplazarlo con instituciones desde las cuales puedan ejercer su influencia y proteger sus intereses.

La burguesía nacional, sin embargo, enfrenta limitaciones en su lucha por el poder. Siempre ha estado condicionada por la autoridad y el prestigio del sultán, considerado símbolo de la unidad nacional. La dependencia económica y la proximidad social de este grupo respecto a los terratenientes y la Corona, de quienes nunca se han liberado completamente, son evidentes. Así, en los primeros años, el Marruecos independiente se rige por una alianza incómoda entre el Istiqlal y la Corona, dirigida en todo momento por esta última. El sultán Ben Yusef requiere la capacidad de movilización y la legitimidad democrática que aporta el partido nacionalista, mientras que la formación política no se atreve a salirse de la sombra que arroja su figura, fuera de la cual probablemente estaría condenado a su extinción.

Tal alianza no conseguirá estabilizar el país de manera duradera por dos motivos. El primero es que la tendencia del sultanato a arrinconar cada vez más a los nacionalistas priva al Estado de una base de masas consistente, lo cual se traducirá en varias crisis políticas, con fuertes protestas y una represión brutal. El segundo tiene que ver con el propio nacionalismo: una vez conseguida la independencia, brotan con fuerza las divisiones entre la izquierda –socialdemócratas como Ben Barka, Bouabid o Ibrahim– y la derecha –liberal conservadores de la vieja escuela como Allal el Fassi–.

Para ampliar: El protectorado francés de Marruecos: el ocaso de la sociedad precolonial

La izquierda cuestiona el papel del partido como títere útil de la Corona. Sin pretender el derrocamiento del sultán, defiende una actitud más activa que movilice a las masas obreras y campesinas para aplicar un programa industrialista, realizar la reforma agraria o destruir los signos más visibles de la opresión sobre las mujeres, entre otros objetivos. Representa políticamente las aspiraciones soberanistas de la pequeña burguesía que no duda en vestirse de rojo para defenderlas. Como ejemplo, en 1957 la izquierda organizó el movimiento Carretera por la Unidad, en el que miles de jóvenes construyeron 60 kilómetros de calzada para unir la zona sur y la zona norte del antiguo protectorado. 

La derecha, en cambio, es mucho más cercana a la visión del monarca, para quien la independencia debe legitimar a los viejos poderes con la inclusión parcial de nuevos sectores. Los conservadores como el Fassi encarnan políticamente a tales sectores, sobre todo del capital industrial y comercial medio: grupos como la Unión Marroquí de Comerciantes, Artesanos e Industriales. Para ellos, apoyarse excesivamente en un movimiento popular, de masas, es ir demasiado lejos.

En conclusión, el ala izquierda compartía con la derecha el objetivo de ganar influencia en un gobierno conjunto con la Corona, pero defendía un programa más radical y transformador que dote de fuerza al movimiento. Es decir, aunque ambas compartieran un marco de acción, el contenido de su línea política era muy distinto. La escisión era, pues, de todo punto inevitable. En 1959 los izquierdistas, arrinconados, crean la Unión Nacional de Fuerzas Populares, integrada por el grueso de las juventudes y de las centrales sindicales organizadas anteriormente en el Istiqlal. 

Son tiempos en que lo único constante es la inconstancia, el cambio y el vuelco súbito. Tiempos de crisis que tras la muerte del sultán Ben Yusef y la llegada al poder de Hassan II acabarán desembocando en el periodo más negro de la historia reciente del país: los años de plomo, nombre ganado a pulso por la brutalidad represiva del Estado.

1956-1960, de la independencia a las elecciones locales

Los primeros cinco años de independencia verán desfilar varios gobiernos, todos ellos inestables. El Ejecutivo era designado por el rey. Por lo general, formaba gobiernos pluripartidistas, incluyendo al secularista Partido Democrático por la Independencia o al casi inexistente Partido Liberal, con el objetivo de limitar la influencia del Istiqlal. Además, la Corona siempre se reservaba las carteras de Interior y Defensa. La única institución representativa a parte del Ejecutivo en este periodo fue la Asamblea Consultiva, designada por el monarca en 1956. Este órgano tenía, en teoría, la finalidad de avanzar en el proceso constitucional; en la práctica no disponía de poder real. Pese a su impotencia práctica, los nacionalistas la utilizaron como plataforma de denuncia y propaganda, destacándose en tal empeño el presidente de la Asamblea Consultiva y líder izquierdista, Ben Barka.

En los dos primeros años se suceden hasta tres ejecutivos distintos. Los dos primeros –gobiernos Bekkai– caen rápidamente. En mayo de 1958, el rey forma un gobierno con el Istiqlal a la cabeza como partido mayoritario. Ahmed Balafrej, del ala liberal, será su primer ministro. Durará hasta diciembre en el cargo. El detonante de su caída fue externo: el Istiqlal buscó impedir el registro del Movimiento Popular, que venía a representar a la burguesía rural, ya que temían ver su influencia aún más desplazada. 

Así, el conflicto por la integración del agro y en particular de los territorios septentrionales de la antigua zona española, sumado a una fuerte inflación y paro, acabará provocando una rebelión en el Rif en octubre. Los rebeldes exigían la retirada de las tropas del sultanato y de la influencia del Istiqlal, cuyas oficinas en Eizorén son tomadas por asalto el día 25 de este mes. La revuelta fue sofocada a lo largo del invierno con bombas de fósforo y napalm lanzadas por la aviación, además de un desembarco de 30.000 soldados y diversas unidades acorazadas bajo el mando del Príncipe Heredero Hassan. 

Para ampliar: Primeros pasos del nacionalismo marroquí: orígenes y aspiraciones iniciales

A partir de este momento, la escalada represiva será cada vez mayor, culminando en el Estado de excepción (1965-1970) y la posterior normalización de medidas “excepcionales” como la suspensión de derechos, la tortura o el espionaje político. 

En cualquier caso, la crisis política generada por el conflicto en el Rif dinamitó al gobierno Balafrej. El sultán lo disuelve y forma un nuevo ejecutivo apoyándose en el ala izquierda del Istiqlal, que en este momento vive un fuerte crecimiento –aún dentro del partido–. Con la formación del gobierno Ibrahim –entre diciembre de 1958 y mayo de 1960–, al que se le encarga la preparación de elecciones locales, la Corona busca explotar las diferencias cada vez más agudas entre moderados e izquierdistas en torno a la política sindical o el programa industrializador, así como reforzar su posición concediendo espacio a los populares líderes izquierdistas. 

Pocos meses después, en 1959, la izquierda se escindió para formar la Unión Nacional de Fuerzas Populares (UNFP) bajo el liderazgo de Ben Barka, el presidente de la Asamblea Consultiva, y Bouabid, antiguo ministro de Economía. No obstante, el matrimonio entre monarquía y socialdemócratas era uno de conveniencia. El dirigismo económico del gobierno de Ibrahim y la amenaza de una reforma agraria suscitan desconfianza entre los grandes empresarios. El conflicto entre la UNFP y el monarca pronto acabará desembocando en la persecución de sus cuadros y en la destitución del gobierno. En mayo de 1960, el sultán asume el papel de primer ministro y le otorga la vicepresidencia al príncipe Hassan. 

En 1960 se celebran, por fin, las elecciones locales. La correlación de fuerzas queda clara: el Istiqlal y la UNFP copan las grandes ciudades, mientras que en el ámbito rural la presencia del Istiqlal es escasa y la de los socialdemócratas nula. En cambio, el Movimiento Popular cosecha resultados modestos pero sólidos en el campo. En conjunto, los resultados electorales estuvieron ligeramente a favor de la Corona, que excepto en las grandes urbes consiguió un buen número de regidores –oficialmente “independientes”–. Por otra parte, hubo acusaciones de fraude electoral por parte de Istiqlal y UNFP.  

“El Estado soy yo”. La Constitución de 1962

Totalmente dispuesto a limitar al máximo el contenido democrático de la transición, el rey se dispone a “marchar honestamente por la senda constitucional”. Forma un comité de expertos para redactar la Constitución en lugar de la Asamblea Consultiva, que se confirma así como atrezzo institucional. Pero Ben Yusef no llegará a ver con sus propios ojos el texto. Muere el 26 de febrero de 1961 y será su hijo Hassan II quien otorgue la carta magna en 1962, ratificada en un referéndum plebiscitario.

Mehdi Ben Barka, líder izquierdista marroquí y fundador de la Unión Nacional de Fuerzas Populares (UNFP). 
Mehdi Ben Barka, líder izquierdista marroquí y fundador de la Unión Nacional de Fuerzas Populares (UNFP). 

La Constitución tuvo, como decimos, un carácter otorgado. No fue el fruto de un proceso democrático. El sultanato controló la redacción del texto de principio a fin y éste se presentó al pueblo marroquí como obra del propio rey, prescindiendo totalmente de una Asamblea Consultiva impotente y de los partidos mayoritarios. El referéndum de aprobación vinculaba directamente al pueblo con el sultán. Ante esta situación, el Istiqlal participó con reticencias, y la UNFP llamó al boicot y organizó manifestaciones y huelgas. 

Por otro lado, el texto en sí contenía varios principios que vertebran el edificio estatal marroquí y el sistema político del país hasta la actualidad. El más importante es la primacía del derecho califal. Se basa en la tradición jurídica previa a la colonización, que conceptualiza la soberanía como relación entre la ummah –comunidad islámica– y el monarca, líder espiritual de tal comunidad. Los preceptos constitucionales se tendrán que interpretar de forma que no contradigan los principios del derecho califal, consagrando de esta manera el papel dirigente de la monarquía, superior al resto de poderes constituidos. Además, no se reconoce a los partidos como únicos representantes políticos, dejando espacio implícitamente para aplicar una lógica corporativa totalmente al margen de éstos.

Para ampliar: La lucha por la independencia y los primeros años del nuevo Marruecos

Hasta aquí hemos tratado de mostrar los principales movimientos que se producen en la correlación de fuerzas dentro del bloque de gobierno tras la independencia. Recapitulando, podemos distinguir dos fases.

En una primera fase de coalición entre la Corona y los nacionalistas, la monarquía se respalda inicialmente, entre 1956 y 1958, en la derecha con los gobiernos Bekkai y Balafrej. Posteriormente, tras la insurrección del Rif, busca apoyo en la izquierda. Este periodo llega a su fin con la caída del ejecutivo socialdemócrata de Ibrahim en mayo de 1960, siendo reemplazado por un gabinete encabezado por el sultán Ben Yusef como primer ministro y el príncipe Hassan en la vicepresidencia.

La segunda fase comienza como tal tras las elecciones locales de 1960, y consiste en el intento de la Corona de relegar al nacionalismo lo máximo posible. Con el ascenso al trono de Hassan, se acentúa esta tendencia y la Corona trata de gobernar sin los nacionalistas. Hassan aprueba una Constitución otorgada totalmente al margen de estos –referéndum de 1962– y tras asegurar un marco favorable para la monarquía, convoca elecciones legislativas para 1963. Con la intención de formar un gobierno exclusivamente realista, se atrae a la pequeña burguesía rural del Movimiento Popular con concesiones y forma un frente monárquico. 

Podemos concluir que la Corona consigue desplazar al nacionalismo y erigirse como el Estado en sí misma, como poder dirigente. A cambio paga el precio de que el Estado carezca de una base de masas lo bastante sólida y deberá enfrentarse a manifestaciones masivas, huelgas y el descontento en el ejército. Es decir, la victoria monárquica en la construcción del nuevo Estado socava los cimientos del edificio en su conjunto. En el próximo y último artículo, nos ocuparemos de qué efectos tiene esa falta de solidez y de cómo se estabiliza finalmente el Estado del Marruecos independiente. 

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