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Qué es el lusotropicalismo, la doctrina ideológica del Estado Novo portugués

António de Olivera de Salazar, primer ministro de Portugal durante la mayor parte del Estado Novo portugués y recursos de la doctrina del lusotropicalismo.
António de Olivera de Salazar, primer ministro de Portugal durante la mayor parte del Estado Novo portugués y recursos de la doctrina del lusotropicalismo. Fuente: Art Library Fundação Calouste Gulben - bajo CC BY-NC-ND 2.0

¿Cómo una corriente ideológica desarrollada por un sociólogo brasileño sirvió como retórica articuladora de la dictadura del Estado Novo en Portugal, al mismo tiempo que llevó al colapso del régimen?

Esta ideología, que fue bautizada por António Salazar como lusotropicalismo, sintetizaba los principios e ideas del régimen. Esta corriente enfatizaba la integración de las colonias como parte de la identidad nacional portuguesa, sirviendo como nexo con su glorioso pasado de descubridores y navegantes. Pretende distinguir al colonialismo portugués del resto por el fomento del mestizaje, y una supuesta ausencia de racismo.

Así pues, la posesión de estas colonias bien entrado el siglo XX, servía, desde el punto de vista de los portugueses, para conservar un estatus de potencia, que ya hacía tiempo que en el resto del mundo se había desvanecido. La obsesión del gobierno por aferrarse a las colonias supuso una carísima guerra colonial que un país empobrecido y atrasado como Portugal, no pudo mantener.

Para entender el lusotropicalismo es necesario remontarnos al comienzo de su etapa gloriosa de los descubrimientos, pasando por los principales episodios de su historia que nos permiten analizar el Portugal actual.

El salto al Atlántico

Durante el proceso de “reconquista” en el siglo XV, Portugal, que ya solo hacía frontera terrestre con el reino cristiano de Castilla, demasiado poderoso para un enfrentamiento militar, se vio obligado a aventurarse a la exploración marítima. El mar Mediterráneo, además de no bañar sus costas, estaba saturado de otras potencias como los venecianos, los aragoneses o los otomanos, por lo que se lanzó a la exploración del atlántico.

Los viajes de los portugueses practicaban la navegación de cabotaje –navegar sin perder de vista tierra firme–, aunque también realizaron algunas exploraciones mar adentro, que supusieron el descubrimiento de las islas Azores o Cabo Verde.

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Esta navegación de cabotaje fue sembrando la costa africana de pequeños asentamientos, conocidos como factorías, donde comerciaban con los indígenas y explotaban las materias primas del lugar. Poco a poco, llegando un poco más lejos en cada expedición, alcanzaron India, China y, finalmente, las islas Molucas, conocidas como islas de las especias o especiería.

En lenguaje corporativo actual, esto fue un cambio de paradigma, y es que el comercio de las especias en Europa estaba monopolizado por los venecianos, que las traían a través de la Ruta de la Seda y empezaron a ver peligrar su negocio. Este descubrimiento supuso para Portugal una fuente de riquezas que, pese a estar en los márgenes del continente, la situaron como una potencia europea.

Portugal estaba en su zenit. Y todavía podría haber ido a más, pero la realeza portuguesa desestimó la propuesta de una ruta alternativa a las indias de un navegante genovés. Quien no la desechó fue Isabel la Católica, que, exultante por haber conquistado el Reino de Granada, decidió financiar el viaje de Cristóbal. Para no alejarnos del tema que nos ocupa, se descubrió América, y a Portugal le salió el único competidor por la hegemonía del Atlántico al lado de casa.

Viendo que esto podía acabar mal, el Papa Alejandro VI, que era español, sentó a las dos potencias a negociar el Tratado de Tordesillas, que partía el mundo en dos, dejando América para los españoles y África para los portugueses. El problema es que en aquella época América no estaba completamente cartografiada, y ya sea por astucia de los portugueses o desconocimiento de los españoles, el meridiano dejaba para Portugal una porción de América que más tarde sería Brasil. Esa porción, aprovechando la laxitud de las fronteras, pasó a ser el país más grande de Sudamérica y, de paso, la colonia más próspera de Portugal.

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Mientras que Brasil recibía inmigración y se desarrollaban infraestructuras, las factorías portuguesas de África, que seguían siendo poco más que puntos de avituallamiento en el camino de los navegantes hacia las Molucas, pronto comenzarían a ser muy rentables para los portugueses. América ofrecía numerosas riquezas y tenía una gran proyección, pero Portugal era un país poco poblado, y, al igual que le ocurría a España, no había gente suficiente para poblar el Nuevo Continente.

Fue entonces cuando desde esas pequeñas factorías de las costas de África se comenzó a embarcar como esclavos a personas del interior del continente, a menudo con la connivencia de las tribus de la costa, que veían en la relación con Portugal una oportunidad para medrar ante el resto de las tribus locales.

Un imperio en decadencia

Si damos un salto en el tiempo hasta el siglo XIX, nos encontramos con que Portugal está en una situación muy distinta. A Napoleón se le había ocurrido invadir Portugal, y por el camino y con abdicaciones de Bayona de por medio, ocupó España. En vista de lo sucedido, la familia real portuguesa se refugió en Brasil, y para cuando Napoleón había abandonado la península, la corte portuguesa liderada por Juan VI volvió a Lisboa, pero dejó a su hijo Pedro allí, como señal de buena voluntad con la clase alta brasileña.

El hijo le salió espabilado, pero no leal, y declaró la independencia de Brasil, convirtiéndose en el emperador de una vasta extensión de tierra. Esto supuso un gran trauma en Portugal, que veía cómo los días de grandeza se alejaban, mientras que la decadencia se sentía cada vez con más fuerza.

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Cuando las potencias europeas se sentaron a la mesa de la Conferencia de Berlín en 1884 para repartirse África, acordaron que, para quedarse con una porción del pastel africano, había que tener una presencia real en el lugar, y los portugueses, que había sido los primeros en llegar, consolidaron un vastísimo territorio que abarcaba Angola, Mozambique, Guinea-Bissau y Cabo Verde. Estas colonias juntas suponían una superficie equivalente a 22 veces la extensión de Portugal.

Más allá de África, mantenía colonias como Timor Oriental, Goa en la India y Macao en China. La defensa de este enorme imperio necesitaba de un ejército y una armada formidables, pero Portugal seguía siendo un país poco poblado y empobrecido. Es ahí donde entran los ingleses. Estos, que contaban con una alianza histórica con Portugal y eran la potencia hegemónica en los mares de todo el mundo, le propusieron a Portugal la defensa de sus territorios a cambio de retirar la presencia militar entre Mozambique y Angola. La Corona portuguesa aceptó, provocando que la marina portuguesa fuese descuidada, haciendo al país extremadamente dependiente de la voluntad de Inglaterra.

Plan de Portugal para unir por tierra sus colonias de Angola y Mozambique.
Plan de Portugal para unir por tierra sus colonias de Angola y Mozambique. Fuente: Torres

Esta voluntad no tardó en hacerse notar, desbaratando la esperanza portuguesa de unir por tierra sus colonias de Angola y Mozambique, que quedaría plasmada en el Mapa cor-de-rosa, y es que esta idea entraba en conflicto con la proyección británica en África, que pretendía unir sus colonias en un eje Norte-Sur vertebrado por una línea de ferrocarril El Cairo - El Cabo.

Los ingleses, sabiendo que tenían en sus manos la defensa de las colonias portuguesas, hicieron caso omiso de su propuesta. Este acontecimiento supuso un shock para el pueblo portugués, que sentía que su país había sido tratado como una potencia de segundo orden traicionados por su aliado histórico, y al mismo tiempo creció el resentimiento hacia la corona, a la que se achacaba una mal gestión de la situación.

La idea del lusotropicalismo

Este resentimiento culminó con la proclamación de la República portuguesa en 1910, en medio de un período de alta inestabilidad política y económica, donde el déficit público acosaba las finanzas estatales. En este contexto de inminente quiebra, António Salazar, un reputado catedrático de economía de la Universidad de Coímbra, tomó la cartera de economía y consiguió un superávit público que le proporcionó una gran popularidad entre los portugueses, y una imagen de salvador de la patria, de la que se sirvió para ascender peldaños en la escalinata del poder, estableciendo finalmente el Estado Novo en 1933.

Este régimen tenía tintes de fascismo con algunas características propias que lo alejaban del resto dictaduras fascistas del momento, quizá debido a la forma de ser de su líder, reservado y tímido, siempre reticente a los baños de masas.

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El lusotropicalismo, como concepto ideológico, surgió a partir de las ideas del sociólogo brasileño Gilberto Freyre, quien sostenía que la relación de los colonos portugueses con las poblaciones nativas de sus colonias era radicalmente distinta a la de otras potencias coloniales europeas.

Freyre argumentaba que Portugal había promovido el mestizaje y la integración cultural como una práctica inherente a su modelo colonial, construyendo una cultura mixta y supuestamente armoniosa en los territorios bajo su control. Esta visión romantizada de la colonización fue rápidamente absorbida y adaptada por el gobierno de Salazar como un pilar ideológico que justificaba su dominio en ultramar.

Para el Estado Novo, el lusotropicalismo ofrecía una justificación conveniente para la resistencia del régimen a los vientos de descolonización que soplaban tras la Segunda Guerra Mundial. Mientras potencias como Reino Unido y Francia comenzaban a desmantelar sus imperios, Portugal promovía la idea de que sus territorios de ultramar no eran colonias, sino provincias ultramarinas, inseparables de la identidad y soberanía portuguesa.

A través de este prisma, Lisboa afirmaba ser una nación no racista, abierta a la convivencia y al mestizaje, y profundamente vinculada a sus "hermanos" en África, Asia y América del Sur. Esta narrativa, sin embargo, ocultaba realidades de explotación y de desigualdad, que gradualmente alimentaron el surgimiento de movimientos independentistas en las colonias.

En la práctica, el lusotropicalismo presentaba contradicciones significativas. La estructura social en las colonias continuaba siendo jerárquica y racializada, con privilegios reservados para los portugueses blancos y aquellos que, habiendo adoptado las costumbres y la cultura portuguesas, se consideraban "assimilados". En el ejército colonial, estas divisiones eran evidentes: existían soldados de primera clase –blancos de Portugal–, de segunda clase –assimilados locales–, y de tercera clase –nativos–, con marcadas diferencias en sus roles y derechos.

El colapso del Estado Novo

La Guerra de Ultramar, iniciada en 1961, fue un conflicto que se convirtió en una enorme carga económica y moral para Portugal, un país empobrecido en comparación con sus pares europeos.

Aunque el lusotropicalismo buscaba proyectar una imagen de armonía y cohesión, en la práctica, la guerra y la represión de los movimientos independentistas pusieron de manifiesto la incoherencia de esta ideología. La contienda dejó a Portugal cada vez más aislado en la escena internacional y, aunque Salazar continuaba defendiendo la narrativa lusotropicalista, el costo humano y financiero del esfuerzo bélico acabó por minar su apoyo interno y externo.

En última instancia, el lusotropicalismo no pudo sostener la realidad colonial. La retórica de hermandad y mestizaje no lograba ocultar las profundas desigualdades y la violencia inherente en la ocupación colonial. La Revolución de los Claveles en 1974 puso fin al gobierno del Estado Novo, marcando también el colapso de esta visión idealizada de la relación de Portugal con sus territorios de ultramar y precipitando la independencia de sus colonias en África.

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