
El deporte, en según qué latitudes del globo, es mucho más que un simple juego. La capacidad de las competiciones deportivas para articular y dar forma a las pasiones colectivas convierte a los ultras en algo más que un grupo de aficionados ruidosos. Su relevancia en ciertos lugares es tal que podrían considerarse el cuarto poder del deporte. Esto explica su posición privilegiada para ejercer presión e influir en el resto de los estamentos. Uno de los espacios geográficos donde estas relaciones son más tangibles es en los países de la antigua Yugoslavia, especialmente en Serbia, donde la presencia y la influencia de estos ultras politizados van más allá de sus fronteras actuales.
En el país balcánico, la interrelación –y a veces tensión– entre Estado, Iglesia y sociedad civil se puede apreciar con cierta claridad presenciando un partido de fútbol o baloncesto en la cancha. Nada funciona de manera independiente y ajena el uno del otro; son estamentos codependientes. Las altas esferas de los clubes son conscientes de que necesitan a estas agrupaciones de fanáticos, pero al mismo tiempo deben mantener una cierta distancia ante la opinión pública, actuando como una especie de cordón sanitario.
La crisis de régimen que marcó el inicio del nuevo siglo en Serbia llevó a un nuevo nivel el afianzamiento y desarrollo de organizaciones criminales con tentáculos en todo el Estado y sus satélites en el espacio balcánico. Este crecimiento, impulsado por intereses políticos y de la sociedad civil en las últimas dos décadas del siglo XX, tiene una relación tan estrecha con los grupos ultras que, a veces, resulta difícil distinguir dónde termina uno y empieza el otro. La politización de estos grupos, no en términos partidistas sino más bien en un sentido movimientista, es su expresión más reconocible; una que da sentido y fundamento a estas congregaciones de aficionados que expresan su identidad política a través de la pertenencia a un grupo humano más grande: el club.
De hecho, fue en las gradas de los estadios donde por primera vez se escucharon cánticos prohibidos hasta la fecha en la extinta Yugoslavia. Banderas nacionalistas, imaginería chetnik o ustacha o bien un discurso excluyente en clave nacional. Tal fue la magnitud de lo acontecido que se realizó un congreso extraordinario de la Liga de los comunistas de Yugoslavia en enero de 1990 para abordar tanto esto como la violencia paralela en los campos.
Partizan y Estrella Roja, el origen de todo
Tanto Estrella Roja (Crvena Zvezda) como Partizan encuentran sus orígenes en el Estado federal socialista surgido tras la II Guerra Mundial. Al igual que el Spartak de Moscú y el CSKA, estos dos clubes eran una extensión ideológica del régimen que servían como vehículos de una nueva sociedad naciente. El primero fue impulsado por la Federación Unida de los Jóvenes Antifascistas de Yugoslavia y el segundo por el propio ejército partisano de Yugoslavia.
Así, ambos clubes belgradenses portarían desde entonces la bandera yugoslava, tratando de ser un mecanismo de unión de los pueblos eslavos del sur en términos deportivos. Sin embargo, Partizan y Estrella Roja no llegaron a culminar esta misión; más bien el camino que tomaron fue distinto. Como sucediese en muchas otras partes de la Europa del siglo XX, estos equipos reforzaron la unidad del pueblo serbio y la articularon a través de ellos. Es decir, la dupla Partizan-Crvena Zvezda representaba todo lo serbio y viceversa. En cierto sentido, su identidad yugoslava se fundamentaba en la identificación por contraposición al nazismo o, en realidad, al colaboracionismo alemán contra el que habían luchado pocos años atrás.
A nivel interno, la cosa era algo distinta, pues el Partizan era visto como el equipo del ejército y el Estrella Roja como el club del pueblo. Y así continuó hasta la década de 1970, cuando al calor de la Primavera Croata el discurso en clave nacional de cada república comenzó a ganar peso en ciertos círculos intelectuales. Progresivamente, conforme la situación económica y el contraste entre territorios se fue haciendo más y más tangible, estas narrativas permearon en los grupos ultras de los equipos deportivos. No fue hasta la crisis de régimen producida tras la muerte de Tito cuando esta dinámica estalló, iniciando una nueva fase que culminó con la archiconocida pelea en 1990 entre el Dinamo de Zagreb y el Estrella Roja.
Para entonces, del espíritu anti-fascista y socialista del Partizan y del Crvena Zvezda solo quedaba el nombre. Fruto de la constante competición deportiva, se fue creando un sentimiento de identificación de todos los avatares culturales serbios con estas dos entidades. Un Estado que no puede controlar el discurso y la narrativa en sus espacios culturales e ideológicos más masivos puede devenir un Estado más débil, y en la década de 1980 la República Federal de Yugoslavia perdió el control total del fútbol. En los estadios fue donde la mencionada crisis de régimen se hizo más tangible y la vertiente secesionista en clave nacional excluyente tomó forma gracias a los ultras de los llamados Big Four, compuesto por Dínamo de Zagreb, Hadjuk Split, Partizan y Estrella Roja.
En los estadios deportivos la voz de las gradas suena como una sola, una ola a la que cuesta poco subirse, pues resulta cómodo y acogedor unirse a una masa despersonalizada. Una integración total del individuo en el colectivo que le da sentido durante unas horas a la semana y que sirve para conformar un ideario del nosotros-ellos sencillo pero efectivo. La historia de las rivalidades entre clubes sigue este relato. Ya sea por ser dos equipos de la misma ciudad, por competir siempre por altos objetivos o bien por cuestiones que vienen de lejos.
El hecho es que, a medida que la República Federal fue perdiendo su capacidad de crear certezas y, sobre todo, de preservar la idea de la unión de los pueblos eslavos del sur bajo un mismo paraguas, surgieron las alternativas regionales como una opción viable, como el siguiente paso en el desarrollo y crecimiento de cada nación. Este proceso nunca está predeterminado y, aunque en los países de la antigua Yugoslavia terminó en un derramamiento de sangre, esto fue el resultado de una manera específica de entender la política y lo político.
A la hora de abordar el proceso de disolución de Yugoslavia siempre se tiende a culpar al nacionalismo como si fuese la semilla del diablo. De este modo se ignora el inacabado proceso de construcción de la identidad de los eslavos del sur, el problema de igualdad territorial y, en especial, de la presencia e importancia de las mafias y el crimen organizado en todo el territorio balcánico yugoslavo.
La llamada ruta balcánica, establecida desde los años 70, surtió de drogas –en especial de heroína– al resto del continente europeo a cambio del enriquecimiento de una sociedad paralela bajo el paraguas del Estado. La libertad de movimiento y la corrupción imperante del país hizo posible que las mercancías cruzasen rápido la geografía yugoslava, dando lugar a contrapoderes con un amplio capital económico que encontraron en el deporte una manera de captar soldados fieles y dispuestos. Unos contrapoderes, además, que se afianzaron y tejieron amistades con funcionarios locales o regionales hasta el punto de ser dos caras de la misma moneda.
El caso de Željko Ražnatović, conocido como Arkan, es probablemente el más ilustrativo. Miembro del grupo ultra Delije del Estrella Roja, este narco-nacionalista con amplios lazos con el crimen organizado articuló un movimiento paramilitar que unía a los ultras del Estrella Roja —que habían completado su proceso de serbianización— en una dirección concreta, la cual tomó forma posteriormente en la Srpska dobrovoljačka garda (SDG) o Tigres de Arkan. Ražnatović conformó su ejército no solo con exconvictos, sino también con hooligans seleccionados personalmente por él. El ejemplo establecido por los Delije sirvió de modelo para otros grupos ultras en el espacio yugoslavo, quienes combinaron un discurso nacionalista excluyente con la toma de armas durante las guerras de disolución del Estado, siendo su principal forma de financiación el narcotráfico y el crimen organizado.
Los lazos con el crimen organizado y la política
La frontera entre los ultras y el crimen organizado en Serbia es muy difusa. En ese sentido, Global Initiative Against Transnational Organized Crime publicó en 2022 un impactante estudio donde exponía las conexiones existentes entre un número incipiente de grupos hooligans con la economía sumergida y el tráfico de estupefacientes. Casi como una sociedad paralela dentro del Estado, estas organizaciones, cuya estructura es jerárquica y piramidal, se articulan en diferentes facciones con tentáculos en las zonas más frágiles de la sociedad.

Tal ha sido el proceso de asentamiento y normalización de grupos como Delije o Grobari dentro del país que hasta el presidente Aleksandr Vucic no ha podido escapar a su influencia. “Cuando Vučić volvió al poder, entendió su importancia [del movimiento ultra] para su supervivencia [política], la implementación del poder y sus intereses”, expresó el exentrenador del KK Partizan, Duško Vujošević, en enero de 2023. Irónicamente, Vucic fue ultra del Estrella Roja muchos años antes de dar el salto al panorama institucional.
La asociación entre los nombres originales de estos clubes –como es el caso de los dos grandes de Serbia– con su pasado comunista da una falsa sensación de que nada ha cambiado desde 1945, pero la realidad es bien distinta.
En 2022 un informe de la Comisión Europea alertaba del peligro que pueden causar los movimientos de extrema derecha en los Balcanes occidentales. Un documento en el cual se exponían las relaciones entre este auge y la presencia de hooligans de diferentes equipos. “Las organizaciones políticas de extrema derecha son marginales en el proceso de toma de decisiones políticas, pero tienen un impacto relevante en la opinión pública y algunas están estrechamente conectadas o cooperan indirectamente con organizaciones políticas que detentan el poder político”, exponía el reporte.
Los grupos ultras, como Grobari, Delije, United Force o Principi, han logrado normalizar su presencia y, gracias a su fuerza social y económica, pueden ejercer presión sobre los poderes legítimos del Estado. Además, tienen la capacidad de influir en la opinión pública y de articular un discurso político masivo en una dirección concreta. Esta narrativa se opone a las aspiraciones de la actual República de Serbia, como su entrada en la Unión Europea. Los mensajes reaccionarios de estos grupos incluyen retórica anti-LGTBQ+, apoyo a la invasión de Ucrania por parte de Rusia, así como antisemitismo y antislamismo, que han estado presentes desde hace tiempo.
La permeabilidad de estos grupos en las capas más bajas de la sociedad explica en gran medida su éxito y supervivencia. La pertenencia a una organización, por pequeña que sea, en un contexto donde el discurso del “no hay futuro” es hegemónico, brinda un sentido de propósito a sus miembros. Al integrarse en estas estructuras, los individuos adquieren una función dentro de la pirámide y un trabajo, ya sea en actividades como el contrabando, la seguridad privada, el transporte u otros aspectos relacionados. Los grupos ultras han creado una sociedad paralela tanto en Serbia como en la República Srpska de Bosnia y Herzegovina, caracterizada por un ideario de extrema derecha, conservador y con un marcado nacionalismo excluyente.
Como escribió Eduardo Galeano, “el fútbol, metáfora de la guerra, puede convertirse, a veces, en guerra de verdad. Y entonces la muerte súbita deja de ser solamente el nombre de una dramática manera de desempatar partidos”. Una afirmación que en el espacio deportivo de influencia serbia gana un significado mayor, casi único, pues los partidos nunca acaban cuando el árbitro pita el final. Escapar del estereotipo que arrastran los Balcanes como tierra de violencia endémica se hace complejo con grupos con unos tentáculos tan extendidos en el mundo del hampa.
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