
Los últimos informes que monitorizan la investigación en tecnologías críticas sugieren que podemos estar ante el momento histórico en el que la potencia emergente supera a la dominante. De hecho, en muchas de las tecnologías consideradas disruptivas, con potencial para cambiar el paradigma, China parece dejar rezagados a los esfuerzos conjuntos del grupo de seguridad AUKUS (Australia, Reino Unido y Estados Unidos) más Japón y Corea del Sur.
Si esta realidad se consolida y la supremacía tecnológica cambia de manos, los equilibrios del poder geopolítico, económico y cultural seguirán, con toda seguridad, el mismo camino. En el siglo XVI, las tecnologías naval y cartográfica fueron determinantes para que España y Portugal se establecieran como las potencias del momento. En el contexto de lo que se conoce como la cuarta revolución industrial, el liderazgo en campos como la biotecnología, la inteligencia artificial, la computación cuántica, la ciberseguridad o la robótica determinará que Estados se consolidarán como las nuevas superpotencias en un mundo, esta vez sí, multipolar.
El XIV Plan Quinquenal de la República Popular China –comprendido de 2021 a 2025– pone énfasis en lograr la soberanía tecnológica en sectores estratégicos. Esencialmente, se concentra en conseguir una autosuficiencia que reduzca lo máximo posible su dependencia de Washington. Las élites sociales y políticas de ambas naciones son plenamente conscientes de que, a medida que las distancias se acortan, el recrudecimiento de las tensiones entre la potencia establecida y la emergente es inevitable.
Las políticas de presión ejercidas por las distintas administraciones estadounidenses en los últimos años, que han pretendido asfixiar el apabullante desarrollo tecnológico de Pekín, han tenido el efecto opuesto al que se pretendía inicialmente, provocando que el país asiático acelerara con éxito en sus planes nacionales de investigación e innovación.
¿Cómo se ha llegado hasta aquí?
La caída del Muro de Berlín en el año 89 y la desintegración de la Unión Soviética dos años después transformaron radicalmente las dinámicas globales de poder. El fin de la Guerra Fría trajo consigo la disolución caótica del bloque del Este y, con ella, el colapso de gran parte del complejo tecnológico-industrial que durante varias décadas había competido “de tú a tú” con Estados Unidos.
Ambas potencias, una desde la perspectiva socialista y otra desde la capitalista, se habían repartido los éxitos en una feroz carrera por demostrar la supremacía tecnológica y, por ende, poner de manifiesto que su sistema político era “el correcto”. Y es que, como escribió Vázquez Montalbán, desde la Revolución de Octubre, Moscú no sólo había sido la capital de la URSS, sino también el skyline de la sociedad socialista.
En cualquier caso, la transición del sistema planificado soviético a uno dominado por la oligarquía, entre otras consecuencias, acabó con la pujanza y la capacidad de Rusia de competir con la potencia norteamericana. Los nuevos Estados independientes surgidos de la extinta URSS, especialmente Rusia, enfrentaron un periodo de graves dificultades internas, caracterizado por una corrupción masiva, fuga de talentos y un sistema productivo obsoleto y carente de inversión. Con el bloque del Este fuera de juego y con la nueva Rusia inmersa en sus problemas internos, el mundo pasó a funcionar en un sistema unipolar en el que Washington ejercía su poder económico, militar y cultural a nivel global.
Pero los inicios de siglo trajeron consigo la constatación de que una nueva transformación en ciernes iba a agitar los cimientos del poder establecido y daría una nueva oportunidad a las potencias emergentes de redefinir el panorama. El éxito en el mundo globalizado, impulsado por internet y las comunicaciones, lo iba a establecer la capacidad para dominar y adaptarse rápidamente al surgimiento de toda una serie de tecnologías disruptivas. La potencia aspirante que mejor manufacturara alta tecnología y generara los servicios y productos para la nueva economía digital, se posicionaría entre los actores dominantes en la nueva realidad geopolítica multipolar.
Un nuevo competidor: ¿inesperado?
Uno de los primeros choques entre Estados Unidos y la República Popular China se produjo durante la Guerra de Corea, pocos años después de la revolución comunista que tomó el poder en la China continental a mediados del siglo XX. Con el resultado del enfrentamiento en la península de Corea, donde la intervención del Ejército de Voluntarios del Pueblo Chino equilibró la guerra para consolidar el paralelo 38 como línea divisoria del país, Washington practicó la exclusión y el aislamiento de Pekín hasta la década de los 70, cuando reconoció al gobierno a su gobierno y estableció relaciones diplomáticas.
Lo que al principio parecían ser buenas noticias para el bloque occidental capitalista con la apertura de China al mercado global y las reformas económicas con perspectiva capitalista que implementó el mandatario chino Deng Xiaoping, finalmente no lo fueron tanto. Pekín aplicaba una fórmula propia de apertura selectiva y estratégica en lo que se vino a conocer como el “socialismo con características chinas”.
El sistema planificado quinquenal de la República Popular, con características capitalistas pero bajo el control y la supervisión total del Estado, modernizó el país, sacó a millones de personas de la pobreza, disparó la natalidad y la mano de obra e inició un desarrollo tecnológico vertiginoso. La estabilidad política, la conflictividad laboral inexistente y la gran cantidad de mano de obra a bajo coste atrajeron industrias manufactureras al país.
Bajo la fiebre de la globalización y los nuevos sistemas de las complejísimas cadenas de suministro, las grandes corporaciones europeas y estadounidenses y las nuevas empresas tecnológicas que surgían al calor de la digitalización deslocalizaron sus fábricas para llevarlas a las Zonas Económicas Especiales de Xiamen, Zhuhai o Shenzhen.
Pero la realidad es que, a principios del siglo XXI, Pekín aún parecía incapaz de superar el estigma de ser solo un fabricante de productos baratos y de calidad cuestionable. Parecía que sus aspiraciones se limitaban a aprovechar su fuerza de trabajo de bajo coste, nada despreciable sin duda, pero sin capacidad para la innovación. Sin embargo, bajo el radar del bloque occidental, en China confluían una serie de condiciones que cambiarían el paradigma.
El impulso estratégico de fondo para lograr la autonomía tecnológica, la transferencia de conocimiento por la vía de deslocalización de industrias de alto valor añadido, el surgimiento de la nueva economía digital, la acumulación de recursos y la ambición de unos líderes con visión a largo plazo han invertido la realidad, convirtiendo a China, en este primer cuarto de siglo, en una potencia con una extraordinaria capacidad innovadora que compite en prácticamente todos los campos del conocimiento y la alta tecnología.
¿Agotamiento estadounidense?
El desgaste de Washington en Oriente Medio quizás no le permitió vislumbrar a tiempo la amenaza que el país asiático suponía para su hegemonía. Eso solo el tiempo lo dirá. Lo que está claro es que, principalmente, durante la administración Obama surgió la preocupación de que el poder militar y económico de China estaba creciendo más rápido de lo esperado y que, además, estaba utilizando tecnología estadounidense para hacerlo. Y en ese momento el viraje de la política exterior estadounidense hacia Asia-Pacífico fue definitiva.
Después, y a pesar de lo excéntricas que hayan podido parecer las políticas de Trump, la política exterior proyectada desde la Casa Blanca no se ha movido ni un ápice en lo sustancial. Incluso mostrando un nivel mayor de agresividad retórica, Trump continuó con la estrategia que inició su predecesor por intentar “mantener la mayor ventaja posible” y la presión sobre China no ha hecho más que incrementarse. Ahora, en un momento histórico de retroceso de las tendencias globalistas, ambas potencias pretenden desacoplar mutuamente sus economías.
Sin embargo, la irrupción constante de nuevas tecnologías obliga de nuevo a las naciones a hacer un esfuerzo permanente por mantener el sprint innovador. Y con un Washington en una cierta tendencia al repliegue interno e inmerso en sus problemas políticos domésticos, Pekín ha aprovechado la situación para ampliar su influencia más allá de su región.
Un poder blando que está llevando su tecnología y sus ingenieros a regiones antes inéditas como África y Latinoamérica, y está estableciendo alianzas con decenas de países que encuentran en China la financiación para el desarrollo de sus infraestructuras y su economía digital. El declive y el aparente agotamiento de Estados Unidos hace que las medidas de presión que aplica sobre el país asiático, las cuales este replica sin complejos, no sean suficientes para evitar que siga aumentando sus capacidades innovadoras y de investigación. Y es que la historia nos ha demostrado que las potencias emergentes no se quedan de brazos cruzados cuando las hegemonías dominantes interrumpen su acceso a los recursos necesarios para continuar mejorando su posición.

China ya muestra liderazgo en varios campos de nuevas tecnologías, como la ciberseguridad, los sistemas de comunicaciones avanzadas por radiofrecuencia o la inteligencia artificial. Este liderazgo se refleja en el mayor número de publicaciones científicas, en los rankings de universidades y en la cantidad de estudiantes que alcanzan posteriormente logros científicos relevantes. Y que Pekín supere a Washington en este tipo de tecnologías de última generación no es superfluo. Las herramientas civiles y militares del futuro más inmediato se basarán principalmente en ellas, por lo que la nación que las domine ejercerá el poder efectivo global en las próximas décadas.
¿Y Europa?: Un futuro incierto
Europa ha basado el desarrollo de su economía digital y su industria mayormente en la tecnología estadounidense, con dependencias en áreas como los sistemas informáticos empresariales, las telecomunicaciones, la inteligencia artificial o los semiconductores. Y, a pesar de ser una región desarrollada con un alto nivel de penetración tecnológica, Europa no es autosuficiente y depende en gran medida de productos y servicios tecnológicos de las empresas del otro lado del Océano Atlántico.
En la gestión de riesgos es conocido que la cadena de suministro es uno de los aspectos más críticos y en el que más complejo es gestionar cambios. Cualquier empresa sistémica o institución acumula hoy decenas de proveedores tecnológicos estadounidenses en su cadena de suministro. Esta absoluta dependencia lleva aparejada una falta total de autonomía estratégica. Y es que difícilmente una empresa europea podría sobrevivir a la falta de los servicios y productos estadounidenses, que son la base de su operativa diaria.
El avance tecnológico de Pekín, en ocasiones opaco, puede dar lugar a una serie de productos y servicios que superen en calidad y seguridad a los estadounidenses, relegándolos a un segundo plano. Esto, además de implicar la disponibilidad de las herramientas más modernas y productivas, ciertamente afecta a la seguridad nacional de los países dependientes.
Para un Estado es fundamental que sus infraestructuras críticas, instituciones, industria militar y grandes empresas usen los sistemas de defensa cibernética más modernos. Si el software estadounidense sigue teniendo el monopolio absoluto en empresas e instituciones europeas y el que desarrolla China, con apenas penetración, se convierte en el más avanzado y ciberseguro, dejará al viejo continente expuesto y en una situación vulnerable.
La posición subalterna respecto a la política exterior de Washington deja a Bruselas con poco margen para establecer vínculos estables y de confianza con China. Por ahora, las políticas europeas no dan muestras de promover un acercamiento y las últimas medidas siguen alejando la posibilidad de que Bruselas establezca una formula propia como actor independiente en la que sea capaz de tener vínculos amistosos y una cierta cooperación con ambas superpotencias.
Reconsiderar la estrategia cuando la supremacía tecnológica de China haya sobrepasado con evidencia a la estadounidense, puede ser una partida en la que Europa juegue con las peores cartas. Esfuerzos por aumentar la inversión en innovación, incrementando la soberanía tecnológica, y desarrollar una estrategia centrada en los propios intereses europeos, mientras se mantienen los lazos de colaboración necesarios con Washington y Pekín, puede ser una de las estrategias más sugerentes. Sin embargo, la falta de unidad actual en la Unión Europea y la práctica ausencia de una política exterior común entre los veintisiete impiden tomar decisiones determinantes para enfrentar estos desafíos.
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