Joe Biden y la insurrección que viene

Joe Biden da su discurso de inauguración después de jurar como 46º Presidente de los Estados Unidos de América | AFP

Escrito por Àngel Marrades

El 20 de enero de 2021 Joe Biden juraba como 46º Presidente de los Estados Unidos de América. La ceremonia no escatimó en fastuosos gastos, dos semanas después del Asalto al Capitolio era imperativo para la clase política hacer una demostración de poder y de falsa unidad. Sin embargo, quedan dudas en el aire sobre el futuro o cómo se ha llegado hasta aquí; en este artículo explicaré desde mi perspectiva algunos de los momentos clave del ciclo electoral 2020 para dar luz a un análisis prospectivo con el que podamos entender mejor qué es lo que viene.

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Ley y orden

El primer punto de inflexión que es necesario analizar es el 1 de junio de 2020. Todos recordamos las protestas por el homicidio de George Floyd el 25 de mayo, el movimiento espontáneo a modo de protesta que surgió —el mayor desde los disturbios de Ferguson en 2014— y los cuadros políticos que salieron del Black Lives Matter (BLM) como fuerza electoral. Pero aquí debemos prestar cuidadosa atención a la respuesta de Donald Trump como presidente. Ese día ordenó a las fuerzas de seguridad que reprimieran la protesta en la Plaza Lafayette de Washington DC para dar un discurso en que llamaba a la “Ley y el Orden” y advertía que invocaría la Insurrection Act de 1807 para desplegar al ejército, a la vez se podían escuchar las cargas policiales y se veía el humo del gas lacrimógeno para, posteriormente, hacerse la foto con biblia en mano en la iglesia de San Juan.

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En su discurso Trump declaró:

Si una ciudad o un estado se niega a tomar las medidas necesarias para defender la vida y la propiedad de sus residentes, desplegaré el ejército de los Estados Unidos y rápidamente les resolveré el problema. También estoy tomando medidas rápidas y decisivas para proteger nuestro gran Capitolio de Washington DC. Lo que pasó anoche en esta ciudad fue una vergüenza total. Mientras hablamos, estoy enviando miles y miles de soldados fuertemente armados, personal militar y agentes de la ley para detener los disturbios, saqueos, asaltos de vandalismo y la destrucción sin sentido de propiedad. Estamos advirtiendo a todo el mundo que nuestro toque de queda de las siete se hará cumplir estrictamente. Aquellos que amenazaron la vida y la propiedad de inocentes serán arrestados, detenidos y procesados ​​con todo el peso de la ley.

Sin embargo, Donald Trump nunca llegaría a invocar la Insurrection Act debido a que la respuesta del estamento militar sería inmediata. El 2 de junio el Jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, Mark Milley, lanzaba un mensaje interno a todas las ramas del ejército en que se daba a entender que no aceptarían las órdenes del presidente de desplegar al ejército para aplastar las protestas y federalizar las guardias nacionales, porque eran órdenes “inconstitucionales”. En los días posteriores varios militares, retirados y en activo, publicarían comunicados contra las palabras de Trump escudándose en la Posse Comitatus Act, que limita los poderes del gobierno federal en el uso del ejército para hacer cumplir las políticas nacionales dentro de los Estados Unidos. También destacados del gabinete de Trump como su antiguo Secretario de Defensa James Mattis diría: Donald Trump es el primer presidente en mi vida que no intenta unir al pueblo estadounidense, ni siquiera pretende intentarlo. En cambio, intenta dividirnos.

Otro de estos militares, John Allen —general retirado de cuatro estrellas—, llegaba a decir: Los objetivos obvios para ser designados como terroristas domésticos son, ante todo, los grupos violentos de supremacistas blancos y aquellos que los ayudan. E incluso si se determina que los antifa también se ajusta al estatuto, déjeme ser claro: los supremacistas blancos han asesinado, linchado, torturado, aterrorizado, oprimido y discriminado contra los estadounidenses negros desde el comienzo de la idea de Estados Unidos. Han matado a miles de estadounidenses negros, a menudo de las formas más horribles imaginables. Estos terroristas —fascistas, miembros del Klan y neonazis— han causado mucho más daño a Estados Unidos que aquellos que se han opuesto a ellos.

Oficiales federales abren fuego contra manifestantes con armas ‘menos letales’ el 16 de julio en el Palacio de Justicia Federal de Portland | John Rudoff / Sipa EE. UU.

De estos hechos se desvelan dos lecturas, en un primer lugar que se ha agudizado la profunda crisis que atraviesa Estados Unidos desde la Gran Recesión de 2008 con la pandemia en 2020; por ello la clase política estadounidense no puede permitirse una insurrección entre los sectores del proletariado negro. Estos estamentos militares que han dado un paso al frente han venido a poner de manifiesto que el “contrato social” vigente necesita un “cambio” que permita acomodar a ciertos sectores para permitir la continuación del orden existente, y no por ninguna verdadera preocupación en la situación de esas capas sociales; no queda muy lejos el despliegue del ejército en 1992 para aplastar protestas muy similares en Los Ángeles. Esto es algo que ha entendido el Partido Demócrata, y que por el contrario quienes representan al trumpismo no han querido. Si Estados Unidos quiere mantener su posición preeminente en el mundo como la conocemos hoy en día necesita abordar esas contradicciones internas, este es el pensamiento del establishment.

En segundo lugar, la base política que representa el trumpismo perdió ese día los apoyos que le restaban, tanto dentro de los sectores tradicionales del Partido Republicano, como en todo este complejo que conocemos como el sector de seguridad nacional. Como ya señalé en el artículo de política exterior, Trump ha ido perdiendo apoyos en esta área a lo largo de su mandato, principalmente de neo-conservadores, estos factores serían de peso en la derrota electoral de noviembre. También hay que entender como estos sectores habían aceptado aliarse con Trump, tuvo un sentido electoral por su potencial movilizador, y a su vez era una cuestión de poder siendo el inquilino de la Casa Blanca. Pero vistas las consecuencias y la oportunidad, la ruptura de este consenso, nada estable, fue inevitable. Esto ha contribuido a que más sectores de esa “clase media” descontenta con la globalización se distancien y desgajen del consenso político, pues por mucho que Trump haya perdido apoyos en ciertos sectores sociales, ha ganado terreno en masas de votantes. Trump es el segundo presidente más votado de la historia con casi 75 millones de votos.

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Los oficiales federales dispersan a una multitud en Portland el 24 de julio. | Nathan Howard / Getty Images

A partir de este momento, después del “correctivo” de los militares, Trump no tuvo más remedio que ir inclinándose cada vez más hacia las milicias supremacistas blancas para mantener su peso político, al igual que necesita envolver su discurso político con teorías conspirativas como QAnon para mantener su influencia ideológica en la arena de juego, pues ha perdido institucionalidad a pasos de gigante. Trump ha carecido siempre, de hecho, de un plan político elaborado. Durante este periodo, de junio a noviembre, Trump se ve desplazado del centro político teniendo que radicalizar su base, se entra en un momento de fascistización, no solo porque elementos de este carácter se integren en el trumpismo discursiva y políticamente, sino porque abiertamente construye una narrativa para rechazar los resultados electorales.

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Portland y Kenosha han sido los mejores escenarios que han ilustrado esto. En el primero la Administración Trump optó por el despliegue de fuerzas policiales y agentes federales sin identificaciones para suprimir las protestas, al no poder utilizar el ejército o la guardia nacional. Mientras en Kenosha fueron las milicias las que tomaron la iniciativa; desde el inicio de la pandemia esta tendencia ha ido en aumento, se vio reflejado en el asalto al Capitolio de Míchigan por parte de milicias armadas exigiendo, a golpe de fusil, que se retiraran las medidas de confinamiento u otras restricciones a la movilidad por la pandemia.

Manifestantes intentan ingresar a la Cámara de Representantes de Michigan y exigen el fin del cierre obligatorio de la gobernadora de Michigan Gretchen Whitmer para contener el Covid-19 | Jeff Kowalsky / AFP

El Capitolio

El 6 de enero Donald Trump decía a sus partidarios:

Sé que todos los presentes pronto marcharán hacia el edificio del Capitolio para hacer oír sus voces de manera pacífica y patriótica. Hoy veremos si los republicanos se mantienen firmes a favor de la integridad de nuestras elecciones (…) Así que vamos a caminar por la Avenida Pensilvania al Capitolio. Vamos a intentar darles a nuestros republicanos, a los débiles, porque los fuertes no necesitan nuestra ayuda, el tipo de amor propio y audacia que necesitan para recuperar nuestro país.

Lo que vino después todos lo conocemos, lo interesante en este segundo hecho clave es analizar la composición de la “turba” que asaltó el Capitolio. Podemos dividir claramente en dos grupos a quienes participaron, a un lado la turba en sí misma, un número indeterminado de personas que marcharon, se hicieron fotos y pasearon por el Capitolio sin ningún plan aparente. Sin embargo, hay un segundo grupo que parecía tener objetivos y que eran reconocibles por su indumentario paramilitar, esposas de plástico, actuar, etc. Aunque desconocemos la profundidad del posible plan esta claro que este grupo tenía la intención de, como mínimo, tomar rehenes. A partir de ahí se puede especular sobre las intenciones si lo conseguían, nivel de organización, objetivos a largo plazo y quien podría haber estado envuelto. Estos datos los ignoramos, pero las investigaciones ya dan a entender que hubo congresistas republicanos que dieron visitas no autorizadas al Capitolio días antes y algunos policías capitolinos están siendo investigados. En el asalto al Capitolio de Michigan también hubo conexiones parecidas, en octubre de 2020 el FBI acusaba a un grupo de 13 hombres de un complot para secuestrar a la gobernadora demócrata de Míchigan, estos mismos habían participado en la Operación Gridlock en que se tomo el edificio federal.

Un manifestante que lleva esposas de plástico con cierre de cremallera dentro de la cámara del Senado, lo que generó teorías de que algunos de los que irrumpieron en el edificio estaban listos y dispuestos a capturar rehenes | Win McNamee / Getty

A pesar de que este segundo grupo estuviera presente, parece bastante claro que Donald Trump no tenía una conexión directa con ellos. De hecho lo que se trasluce del papel del presidente es que no está dispuesto a llevar hasta último término el movimiento al que ha dado inercia. Como decíamos Trump coquetea con elementos fascistas, los ha empoderado y les ha dado voz, pero no reviste esta ideología. Trump sacó la pistola, pero no esta dispuesto a dispararla, sino que prefiere quedarse cómodamente en los márgenes aceptando, aunque la trasgreda en ocasiones, la legalidad democrática de su clase. La escena del Capitolio es la mayor expresión de esto, después de haber señalado adonde debían marchar, Trump volvió a la Casa Blanca; al igual que el 1 de junio, no estuvo dispuesto a ir más allá. Trump no tuvo su 18 de Brumario, empezando porque adonde apuntaba era a 2024, y para terminar carece de apoyos en el generalato de la institución castrense.

Manifestantes pro-Trump cerca del Capitolio de EE. UU. erigen una horca el 6 de enero de 2021 en Washington, D.C. | Shay Horse / NurPhoto – Getty Images

Lo que viene

En el discurso inaugural, en un Washington DC militarizado con 25 mil soldados de la guardia nacional, el nuevo Presidente Joe Biden dejaba bien claro el enfoque que adoptaría:

Y ahora, un aumento del extremismo político, la supremacía blanca, el terrorismo doméstico que debemos enfrentar y derrotaremos.

Superar estos desafíos, restaurar el alma y asegurar el futuro de Estados Unidos, requiere más que palabras.

Requiere lo más esquivo de las cosas en una democracia:

Unidad.

La Administración Biden planea hacer del terrorismo doméstico un foco clave del Consejo de Seguridad Nacional. La Secretaria de Prensa de la Casa Blanca declaraba: El aumento del extremismo violento doméstico es una amenaza grave y creciente para la seguridad nacional. La Administración Biden abordará esta amenaza con los recursos necesarios. Think tanks como Rand Corporation, Council of Foreign Relations o CSIS ya ponen sobre la mesa esta cuestión planteando que tras 20 años del 11-S el enfoque “anti-terrorista” se aplica a la realidad doméstica. Esta es parte de la estrategia del Partido Demócrata para eliminar a Trump (y el trumpismo) de la ecuación, junto al impeachment desterrarán a una parte de la derecha del juego político. Mientras, ocupando el centro político integrará al ala progresista del partido, y al movimiento BLM, en el Estado a través de la lucha contra las milicias de extrema derecha, el supremacismo blanco y, en definitiva, el terrorismo doméstico. Si se cumple, el Partido Demócrata habrá establecido una cómoda hegemonía política.

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Los miembros de la Guardia Nacional se reúnen cerca del Capitolio de los Estados Unidos antes de la toma de posesión del presidente electo de los Estados Unidos, Joe Biden, y de la vicepresidenta electa Kamala Harris, el 20 de enero de 2021 en Washington | Stephanie Keith / Getty Images

Por su parte, el Partido Republicano, con Mitch McConnell a la cabeza, ve la oportunidad de purgar a Trump y todos sus partidarios, como los legisladores pro-QAnon. Es bastante seguro que si lo hacen la cúpula del partido instaure contrapesos anti-democráticos para evitar que las bases vuelvan a desafiar con un outsider, al igual que hizo el Partido Demócrata después de la elección del candidato anti-guerra McGovern en 1972 creando los super-delegados. McConnell está evidentemente debilitado después de haber perdido la mayoría republicana en el Senado tras las elecciones en Georgia, algo que Trump parecería que se aseguró para reforzar su posición en el partido. Aún así la purga no parece muy complicada, seguramente cuente con el apoyo de destacados conservadores como Mike Pence y Lindsey Graham. El problema se encuentra en la capacidad del partido para construir un candidato que pueda retener la base trumpista después de la purga y evite que el partido se mueva hacia el centro siendo absorbido por un reforzado Partido Demócrata que clama unidad.

Por último, están las expectativas del propio Trump y de los trumpistas. En el caso del primero se encuentra gravemente herido al no haber sido capaz de controlar su propia base, Trump no supo reconocer la agencialidad política propia que tenían ciertos elementos con los que alió. Sus opciones por lo tanto son ahora mucho más reducidas, al igual que su capacidad de realizar él su propia purga dentro del Partido Republicano. Por esta razón la alternativa que se esta construyendo es que Trump forme su propio partido político: el Partido Patriota. El 45º presidente podría llevar a cabo esta empresa, pero las probabilidades de tenga éxito son bajas, especialmente si le hieren de muerte con el impeachment prohibiéndole presentarse a las elecciones presidenciales.

El presidente Donald Trump hace un gesto mientras aborda el Marine One en el jardín sur de la Casa Blanca, el miércoles 20 de enero de 2021, en Washington | Alex Brandon / AP

El trumpismo por el contrario, este movimiento de extrema derecha que se balancea entre el Partido Republicano y milicias fascistas, va a continuar jugando un papel central. Qué ocurra dependerá de los actores mencionados arriba, ya sea que se integre en los republicanos moderándose, tome el control del GOP o se transforme en un nuevo partido, la cuestión principal es si se mantendrá dentro de los márgenes del Estado, reconocido como fuerza social legítima. Si esto no ocurre entonces las filas de las milicias van a engrosarse; y la insurrección vendrá.

Graduado en Ciencias Políticas en la Universidad de Salamanca. Hago seguimiento y análisis de procesos electorales, geopolítica, insurgencias y de las dinámicas del imperialismo en Descifrando la Guerra.

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