
28 de febrero de 2025. Una explosión estremece la madraza Darul Uloom Haqqania. En el interior, un suicida adscrito al Estado Islámico del Khorasan (ISIS-K) se inmola llevándose por delante la vida de Hamid ul Haq Haqqani, líder de ese espacio de culto, y de media docena de sus seguidores. La elección del objetivo y el lugar no podría tener más impacto político.
Darul Uloom Haqqania ha fungido durante más de cuatro décadas como una especie de sede no oficial del movimiento talibán y de la Red Haqqani. En plena invasión soviética de Afganistán, entre sus paredes las premisas de la corriente Deobandi del islamismo y el concepto de Pashtunwali –Estado-nación pastún– se mezclaron para dar forma al paradigma político y teológico que rige hoy el emirato afgano y gran parte de la provincia paquistaní de Khyber Pakhtunkhwa.
En la actualidad, todo ello estalla literal y figuradamente. Hamid era hijo de Maulana Sami ul-Haq, quien era conocido como el “padre espiritual” de los talibanes. Progenitor y progenie formaban parte sustancial del ala religiosa y social de Jamiat Ulema-e-Islam (JUI), una formación política islamista cuyo asentamiento a lo largo y ancho del territorio pastún la han convertido en un “partido bisagra” que ejerce como garantía del control de Islamabad sobre la región.
Reina el caos en la Línea Durand –frontera afgano-paquistaní– a raíz del asesinato de Khalil ur Haqqani en diciembre de 2024 a manos del ISIS-K. En los últimos meses, la región está enfrentando un conflicto a tres bandas entre el Estado paquistaní, el movimiento talibán de ambos países y la sucursal del Daesh. La continua escalada de tensiones ha dejado en las últimas semanas incesantes escaramuzas, el cierre de los pasos fronterizos y una campaña para eliminar el uso de la rupia paquistaní en suelo afgano.
El suelo se tambalea bajo los pies del gobierno afgano. El homicidio de Khalil ha enrarecido la relación entre el emir Hibatullah Akhundzada y Sirajuddin Haqqani, líder de la facción homónima. Pesan las acusaciones de incompetencia en materia de seguridad sobre el primero. Y dicho peso ha llevado a la reestructuración de la administración afgana, en la que los más estrechos colaboradores del líder supremo han sido designados como gobernadores de provincias clave, como por ejemplo Kandahar, bastión talibán por excelencia.
Dicho sismo está transformando Khyber Pakhtunkhwa en un campo de batalla. El conflicto entre Tehreek-e-Taliban-Pakistan (TTP) y el Estado paquistaní entró en una nueva dimensión a raíz de la victoria talibán en el conflicto afgano. Bajo el mando de Noor Wali Mehsud, el TTP apostó por una política de absorción de las facciones disidentes del grupo y de conformación de alianzas –con vistas a una eventual unificación– con grupos menores como Hafiz Gul Bahadur Group (HGBG) y Lashkar-e-Jhangvi (LeJ), además de la sincronización con Kabul.
Pero la “confederación talibán” no ha perdurado en el tiempo. La razón: la propia naturaleza del territorio. La geopolítica regional se estructura alrededor de una serie de pasos de montaña que conectan ambos lados del Hindu Kush y que son férreamente controlados por los líderes locales. Así, el resurgir del TTP beneficiaba en demasía a la facción del propio Mehsud, la cual se encuentra en control del distrito de Waziristán del Sur. Este hecho les hace enfrentarse a sus supuestos socios de HGBG, quienes controlan Waziristán del Norte.
Mientras el TTP y HGBG mantienen un pulso por los corredores comerciales y se enfrentan a Islamabad, el ISIS-K fuerza un cambio de paradigma. Renegando de la tradición Deobandi y de cualquier noción de línea divisoria étnica, Shahab al-Muhajir, su líder, está logrando dar golpes certeros y desestabilizadores al resto de actores del conflicto mientras absorbe el creciente malestar popular.
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