
El 25 de septiembre de 2024, desde la isla de Hainan, la República Popular China efectuó el lanzamiento de un misil balístico intercontinental (ICBM) que impactó en aguas pertenecientes a la Polinesia Francesa. Los 12.500 kilómetros que recorrió el proyectil han puesto en suspenso a toda la región de Asia-Pacífico y cuestionan las anteriores afirmaciones sobre la actual correlación de fuerzas militares entre China y Estados Unidos.
Asia-Pacífico hierve en reacciones y aseveraciones acerca de las motivaciones de Pekín al efectuar este movimiento. Las primeras han provenido de aquellas naciones y territorios que presentan una alineación contraria en este teatro de operaciones. Australia, Nueva Zelanda, Fiyi, Palaos, Japón y Taiwán han emitido comunicados poniendo el acento en el riesgo que esta acción supone para el mantenimiento de la paz en la región. A ellos se han sumado los candidatos republicanos y demócratas al Congreso de Estados Unidos en representación de Guam, un territorio clave en el despliegue naval norteamericano en el Pacífico.
Fuertemente contrastante ha sido la disparidad de reacciones en Francia. El alto comisionado de la república en la Polinesia Francesa aseguró que el Elíseo recibió una notificación anticipada y se reservó su postura acerca del acontecimiento. Por su parte, Moetai Brotherson, presidente de la Polinesia Francesa y miembro del partido independentista de izquierdas Tāvini Huiraʻatira, se sumó a la oleada de recriminaciones a la acción china. La divergencia de actitudes entre las autoridades públicas galas es atribuida a la intención de Emmanuel Macron de marcar una línea propia frente a Washington y a la precariedad de la situación en Nueva Caledonia.
Tras las respuestas políticas se abre un amplio abanico de conjeturas alrededor de las preguntas de sí Pekín está tratando de mandar un mensaje o no; y, en caso de que la respuesta sea afirmativa, a quién y por qué. Las autoridades del país asiático resolvieron asegurando que la prueba tenía un carácter rutinario y, por tanto, falto de connotaciones políticas. La causa del acontecimiento, según está versión, sería la recopilación de datos científicos y la elección del lugar correspondería a la voluntad de evitar riesgos diplomáticos.
Sin embargo, hay un aspecto que apunta en la dirección contraria: una operación de este calibre en el Pacífico Sur no se realizaba desde 1980, siendo efectuadas usualmente o en Xinjiang o en el mar de Bohai, siempre en territorio nacional. Ello reabre el debate acerca de las motivaciones. No así el de a quién va dirigido. Estados Unidos y los Estados adheridos a su estructura de seguridad regional son mencionadas como receptores naturales de un mensaje de índole política.
¿Cuál es el mensaje que quiere transmitir? En este punto las teorías toman el control del análisis. El planteamiento más común es que el Zhongnanhai pretende advertir que el territorio continental estadounidense sería vulnerable a un ataque en caso de que Washington se decidiera por intervenir militarmente en una eventual invasión de Taiwán. Otra hipótesis, igualmente popular, es que esta prueba está orientada a contrarrestar los informes que señalan que la Fuerza de Cohetes del Ejército Popular de Liberación sufre de graves carencias debido a la corrupción endémica.
No obstante, hay un supuesto que destaca por encima de los demás a su concatenación con hechos recientes: la advertencia a Filipinas. Desde la llegada al poder de la administración de Ferdinand Marcos Jr, Manila ha virado hacía Washington, incrementando los choques en el mar del Sur de China, reforzando los ejercicios navales conjuntos y permitiendo a la potencia norteamericana el uso de bases militares que sirvan como punto de apoyo a Taiwán. Al parecer, el culmen de la paciencia de Pekín ha sido el sistema de misiles de mediano alcance Typhoon.
El reciente despliegue de este sistema en las costas filipinas condujo a una oleada de críticas en Pekín, situación que no hizo más que agravarse cuando el general Romeo Brawner Jr., jefe del Estado Mayor de las fuerzas armadas de Filipinas, afirmó que el Typhoon se iba a “quedar para siempre” en su país.
Finalmente, los interrogantes se posan sobre la autoría del disparo. La falta de claridad en este punto se debe a la regularidad de la descoordinación entre los diferentes componentes del aparato burocrático y político chino. El presidente de la república, Xi Jinping, enarbola un discurso orientado a convencer a Estados Unidos de su falta de voluntad de atacar Taiwán. Estrategia que se ve desacreditada por este suceso, a lo cual hay que sumar las posibles repercusiones negativas en la disputa por la hegemonía en Oceanía.
Ante esto, las explicaciones tornan a bifurcarse. Algunos atribuyen esta contradicción interna a una táctica empleada para desorientar y desconcertar al enemigo. Otros ponen en valor la relevancia de las disputas internas entre facciones del Partido Comunista de China (PCCh) y los rutinarios choques de ambiciones entre los diversos perfiles de la administración. En cuanto a esta última explicación, destaca el hecho de que la provincia de Hainan y el sector aeroespacial son los pilares de la facción militar-industrial, que consolidó su influencia durante el XX Congreso Nacional.
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