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Armenia vota entre Europa y Rusia con la herida de Nagorno Karabaj aún abierta

La política exterior ocupa un lugar central en las elecciones de Armenia, marcadas por la cuestión de Nagorno Karabaj, las relaciones con Rusia, el acercamiento a Europa y la importancia de la diáspora.
La política exterior ocupa un lugar central en las elecciones de Armenia, marcadas por la cuestión de Nagorno Karabaj, las relaciones con Rusia, el acercamiento a Europa y la importancia de la diáspora. Fuente: Depositphoto

12 del mediodía. Miles de armenios llegados de todas partes se agolpan en la puerta de la catedral de Echmiadzin, un pequeño complejo monástico situado a 30 kilómetros del centro de Ereván.

Su ubicación, rodeada de descampados con obras inacabadas y escombros de edificios derruidos, deshonra su título de catedral más antigua del mundo y su designación de Patrimonio de la Humanidad. Ni las altas temperaturas, ni las tortuosas carreteras, ni los planes dominicales disuaden a los feligreses de acudir a su cita con Dios.

Del interior del templo aparece un hombre con una túnica negra, con una capucha puntiaguda y una cruz en la frente. Es Karekin II, patriarca supremo y catolicós de todos los armenios desde 1999. Se forma un enorme pasillo humano frente al portón del monasterio y el sumo pontífice bendice a los devotos haciendo con sus dedos un signo en la frente de cada uno de los allí presentes. 

Reina un ambiente solemne y festivo. Es una experiencia etnológica crucial para comprender la Armenia moderna. La fe cristiana en este pequeño país del Cáucaso sur no es un asunto individual, sino una cuestión de identidad nacional.

Solo hay que mirar un mapa para entender el porqué de la importancia de la religión. Los armenios están rodeados por tres gigantes islámicos: Turquía al oeste, Azerbaiyán al este e Irán al sur. Los tres han sido a lo largo de la historia actores importantes en la reducción de su territorio.

Para ampliar: Las claves del acuerdo de paz entre Armenia y Azerbaiyán

El Imperio persa lo conquistó en numerosas ocasiones. En el siglo XX, los turcos pasaron a cuchillo a un millón y medio de armenios en una matanza cuyo reconocimiento como genocidio todavía es cuestionado por Turquía. Y los azeríes no cesan en pequeñas ofensivas cada cierto número de años, que siempre resultan con ajustes de fronteras que asfixian cada día más a este pequeño oasis cristiano de Asia.

De una gran Armenia histórica bañada por tres mares –el Mediterráneo, el Caspio y el Negro–, el país quedó reducido a un pequeño Estado sin litoral y permanentemente amenazado por sus vecinos. Así, el primer territorio oficialmente cristiano del mundo fue relegado a una entidad que sobrevivirá solo amparada por grandes potencias. La última: la Unión Soviética. 

Un terremoto en 1988 deja desolado el norte de Armenia, con la segunda y tercera mayores ciudades de la república reducidas a escombros. Será el preludio del derrumbe de algo mayor, el coloso soviético, que empujará a los armenios a un nuevo abismo y a la búsqueda de una auténtica identidad nacional que permita mantener unida a una sociedad castigada por todos los infortunios de haber quedado rodeada de enemigos.

Una terrible crisis económica, un bloqueo aéreo azerí y un conflicto territorial por el exclave de Nagorno Karabaj terminarán de configurar la identidad armenia contemporánea. Una identidad nacional castigada por guerras, matanzas, inclemencias y, hasta ahora, casi privada de su propio territorio.

La nueva Armenia quiso huir de todo su pasado y construir un futuro próspero de unas ruinas de las que no quedaron ni cimientos. Y ello lo ha intentado tejiendo una buena relación con todos sus vecinos para no revivir toda su terrible historia pasada. También ha sido una actitud estratégica, ya que, de los 12 millones de armenios que hay en el mundo, ocho lo hacen fuera de su país.

Unas nuevas elecciones en Armenia

Todo esto condiciona el sentir armenio de hoy. Así, el 7 de junio se celebran los novenos comicios en este pequeño país del Cáucaso desde su declaración de independencia. Tres grandes asuntos condicionan el proceso electoral: la paz con el vecino azerí, las cada vez más tensas relaciones con Rusia y el acercamiento a Europa, por un lado, y Estados Unidos, por otro.

Serán, asimismo, las primeras elecciones desde la culminación del proceso de limpieza étnica de los armenios de Nagorno Karabaj. Un desplazamiento forzoso de más de 150.000 armenios –el 100% de su población– del mayor enclave que había en territorio de Azerbaiyán.

Stepanakert, la que fuera su capital, vio desaparecer en apenas una semana a todos sus habitantes. 100.000 stepanakertes, la misma cantidad que tiene Santiago de Compostela. Hoy, la ciudad es una urbe fantasma donde ondea la bandera azerí. Y ahora se llama Jankendi.

Nikol Pashinián es el actual primer ministro, el líder del partido Contrato Civil y el político que encabeza las encuestas electorales. Pashinián ascendió meteóricamente en la esfera pública cuando lideró y puso rostro a las revueltas armenias de 2018, que lograron que el tercer mandato del primer ministro Serzh Sargsián fuera de unos efímeros seis días.

El triunfo de Nikol Pashinián culminó cuando consiguió los apoyos necesarios para ser investido como primer ministro en una elección parlamentaria en la que no contó con rival alguno.

Para ampliar: ¿Quién controla el Cáucaso? La influencia rusa y europea en la región

Armenia comenzará entonces, a medio gas, su propio Euromaidán. Ereván agudizaba su retórica y marcaba fuertes distanciamientos dialécticos con Moscú, pero nunca ha reducido la dependencia del gigante euroasiático. De allí procede, por ejemplo, el 82% del gas armenio. Y allí se dirige también gran parte de su comercio exterior. La ruptura se materializará con gestos más simbólicos que fácticos.

Armenia es uno de los países aliados de Europa que no ha secundado las sanciones contra Rusia. Este país se ha convertido en una pieza fundamental para evadir el bloqueo económico impuesto por Bruselas y Washington. La reexportación, convertirse en un vértice de paso de bienes occidentales, ha supuesto un aumento del 92% del comercio entre ambas capitales que ha beneficiado a todas la partes, menos a la Unión Europea.

Las entidades financieras armenias también han adaptado sus sistemas de pagos y transacciones para adaptarse al sistema monetario ruso después de que este haya sido excluido del sistema mundial SWIFT. Un gesto que busca seguir realizando intercambios financieros y recepciones de divisas rusas con normalidad. Los ademanes de distancia, hasta ahora, han sido más de cara a la galería.

Así, por ejemplo, Ereván prohibió en 2020 la entrada a la directora de RT, Margarita Simonián. Esta medida llegaba después de las declaraciones de la periodista rusa –de raíces armenias– durante el conflicto armenio-azerí, cuando acusó a los armenios de "llevar al poder a un traidor a la patria" que "creó las condiciones para esta guerra" y que cualquier armenio que criticara a Rusia “debería ir a cortarse la lengua".

A golpe de TikTok, como Donald Trump lo hace con sus redes, Pashinián ha tratado de mostrarse a sus seguidores como una persona cercana que se graba utilizando su móvil en mensajes en los que parece no mediar ningún equipo de comunicación profesional.

El actual primer ministro de Armenia, Nikol Pashinián, durante las protestas que sacudieron el país en 2018.
El actual primer ministro de Armenia, Nikol Pashinián, durante las protestas que sacudieron el país en 2018. Fuente: Yerevantsi - CC BY-SA 4.0

A la forma debe añadirse el fondo, marcado por el alejamiento de Rusia, el acercamiento a la Unión Europea o la aceptación de la situación actual con Azerbaiyán como vía de consolidar la paz. La combinación de todas ellas será, salvo sorpresa mayúscula, el proyecto triunfante en las próximas elecciones. 

La oposición no canaliza el descontento. Los principales rivales aparecen fragmentados y con una intención de voto en las encuestas enormemente baja. En ese espacio conviven políticos reciclados de la era socialista, sectores conservadores y nacionalistas, empresarios vinculados al Russkiy Mir y oligarcas de corte populista. Todos comparten el dolor nacional y una falta de propuesta fuerte para redirigir la situación actual.

El que previsiblemente será el segundo partido más votado, Armenia Fuerte, presenta como candidato a Narek Karapetyan, sobrino de Samvel Karapetyan, una figura influyente de doble nacionalidad ruso-armenia, millonario y relacionado con el mundo de los negocios. En el escenario que se plantea, obtendrá solo una tercera parte de los votos de Contrato Civil.

A esto ya han reaccionado todas las partes externas implicadas. Rusia ha manifestado que una deriva proeuropea supondrá irremediablemente la ruptura de los lazos energéticos y comerciales, de los que depende profundamente Armenia.

Europa ha prometido un paquete de ayuda de 50 millones de euros si Moscú cumple sus amenazas. Unas medidas que anuncian el interés de ambas partes por atraer hacia sí mismas el favor de los armenios. Será difícil aún una ruptura total con Rusia, las inercias son muy fuertes aún. Pero la injerencia está servida.

El papel de la diáspora armenia

Ereván exige estar físicamente en Armenia el día de las elecciones. Esta medida impide a dos de cada tres armenios –la composición de la diáspora– ejercer su derecho a voto. El statu quo ha sido justificado por las fuerzas gobernantes por dificultad administrativa, dificultades de verificación o problemas de seguridad. 

Lo cierto es que la diáspora armenia es mayoritariamente antigubernamental y lo demuestra el hecho de que en los últimos comicios de 2021 más de cuarenta organizaciones de los armenios emigrados emitieron un comunicado conjunto pidiendo el voto para Alianza Armenia, la oposición conservadora.

La diáspora rusa ocupa un lugar particular en esta tensión. De tendencia favorable al Kremlin, el sentir mayoritario en este grupo es de la opinión de que Pashinián entregó Nagorno Karabaj a Azerbaiyán y que, sin su vecino del norte, Armenia quedará a la deriva.

La inteligencia estadounidense teme que Rusia pueda organizar y financiar desplazamientos de hasta 100.000 armenios residentes en la Federación para que ejerzan su derecho a voto. 

Para ampliar: Limpieza étnica en Nagorno-Karabaj

La occidental es quizá menos prorrusa, pero en ningún caso permisiva con el actual primer ministro, un valor que comparte con los armenios de Rusia. Hay, por tanto, una fractura de dimensiones entre los que viven dentro y fuera del pequeño país del Cáucaso sur que agudiza el bloqueo, el cansancio y el hartazgo de todos los armenios.

Mientras la diáspora se muestra mayormente crítica con la situación actual, quienes residen en Armenia viven con ilusión el sueño europeo a pesar de que su país no tiene aún siquiera el estatus de candidato.

Sobre esta situación se construye su identidad nacional de hoy: con el cristianismo como frontera espiritual, el genocidio como herida fundacional, Karabaj como amputación reciente, Rusia como protector necesario pero fallido y Europa como promesa que no acaba de llegar.

Quizá por eso todo vuelve a la catedral de Echmiadzin. Al lugar donde, a pesar del sol intenso y las obras inconclusas, los fieles van a esperar la bendición del catolicós. Allí se entiende la realidad del país y allí se encuentra una de las pocas grandes cosas que unen y dan fuerzas a los armenios para seguir sobreviviendo como un pueblo muy grande que vive fuera de unas fronteras muy pequeñas. 

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