
En febrero de 2024, Donald Trump aseguró en un mitin electoral que dejaría a Rusia “hacer lo que ellos quisieran” con los Estados miembro de la OTAN que no alcanzasen el mínimo exigido del gasto en defensa. En apenas unos segundos, Trump parecía quebrar los fundamentos de la defensa mutua de la Alianza Atlántica, algo que causó especial pavor en Europa.
Hay una posibilidad muy grande de que el líder republicano vuelva a ser presidente de Estados Unidos. En caso de ocupar la Casa Blanca tras las elecciones de noviembre, será un Trump más radical, más imprevisible, que buscará cobrar agravios pasados. La Unión Europea aumentó su dependencia de Washington y ahora lo puede pagar con creces.
Estados Unidos ha cambiado
Es muy complicado, por no decir casi imposible, adivinar qué hará Trump en un hipotético segundo mandato. El problema para Europa es que se enfrentará a un Trump mejor organizado, que tendrá más experiencia y que tiene totalmente controlado al Partido Republicano. La vieja guardia ha sido derrotada, y los que quedan son los suyos, muy leales a la causa trumpista. Por tanto, es de esperar un giro más radical.
Es cierto que el expresidente estadounidense se ha caracterizado por tener una política exterior errática e imprevisible. Sin embargo, se pueden dilucidar varias claves analizando su anterior Administración y las declaraciones actuales de Trump y su equipo. En este sentido, cabe recalcar que Estados Unidos hace tiempo que ha dado un giro hacia un mayor unilateralismo fruto del contexto geopolítico de competición entre potencias en un mundo multipolar. Trump es la expresión más radical de ese cambio hacia el America First y una mayor vasalización de Europa. Es importante señalar que con Joe Biden hay reminiscencias de esta dinámica, aunque Bruselas mire a otro lado.
La llegada de Biden a la Casa Blanca fue percibida con alivio en las capitales europeas tras el lapsus del período trumpista marcado por la tensión en la relación transatlántica. “América ha vuelto” pronunciaba Biden en su primer discurso como presidente. Sin embargo, pronto quedaría claro que América más bien había “cambiado”.
El desastre de la retirada de Afganistán de 2021 fue el primer indicio, no solo por la manera unilateral de actuar –sin contar con sus socios europeos–, sino por el posterior discurso de Biden asegurando que el país no tenía interés para Washington. El presidente tendría un ataque de “sinceridad” resaltando que lo que movía a Estados Unidos en Afganistán era el beneficio geopolítico más que el bienestar de la sociedad afgana o la construcción de una democracia. Básicamente, el propio líder demócrata ponía en valor una de las máximas del América First.
Posteriormente, se produjo la asociación militar bautizada como AUKUS y la crisis diplomática con Francia. Washington cerró un acuerdo para proveer a Australia con submarinos nucleares, lo que canceló el contrato millonario que tenía sellado el país galo con Canberra. En París llegaron a hablar de "puñalada en la espalda" de Estados Unidos.
Asimismo, también cabe destacar la Ley de Reducción de la Inflación (IRA), que se basaba grandes subvenciones a la industria estratégica para la transición ecológica. Este movimiento fue duramente criticado por Bruselas y capitales europeas como Berlín y París, ya que Washington regaba con dinero a su industria promoviendo el Buy American. Esta política deja de lado a la industria europea, ya muy golpeada por la crisis energética, además de que fomentaría la deslocalización europea a Estados Unidos.
Más allá de eso, hay que recordar el enfrentamiento entre la Administración Trump y la Unión Europea, a la que el entonces presidente estadounidense consideraba un “rival comercial”. El republicano ya ha prometido que si es elegido volverá a su política comercial del America First para equilibrar la balanza comercial imponiendo aranceles del 10% en todas las importaciones. Según los círculos trumpistas, estos aranceles “liberarán” a la economía estadounidense de estar a merced de la fabricación extranjera e impulsarán el renacimiento industrial nacional.
En suma, Estados Unidos mira por sus propios intereses, aunque sea a expensas de sus socios, en este caso europeos. Trump adopta un discurso más duro con la Unión Europea y sus aliados asiáticos, pero tiene la misma finalidad; mantener la hegemonía estadounidense y contener a China. El plan no es que Europa sea una entidad autónoma, sino que tenga un papel subordinado que siga las directrices de los intereses y política exterior de Washington. Un apéndice del bloque occidental liderado por Estados Unidos.
¿Qué plan tiene Trump para la OTAN?
Hace tiempo que se especula con que el objetivo de Trump es abandonar la OTAN, algo que es bastante improbable no solo por su dificultad interna, sino también porque es más factible que utilice a la Alianza Atlántica para servir a sus propios intereses. Eso no quiere decir que la organización no vaya a cambiar; de hecho, es más que probable que se resienta debido a las exigencias del líder republicano.
En esencia, el hipotético futuro presidente estadounidense exigirá que los países europeos aumenten drásticamente sus presupuestos en defensa. Se acabó que Estados Unidos “subvencione” la seguridad europea. Esto realmente no es una ruptura frente a Administraciones anteriores –tanto Barack Obama como Biden han presionado por una mayor inversión–, sino el carácter transaccional y el tono duro trumpista. Sobre todo, con las amenazas de que los miembros que no aumenten considerablemente sus presupuestos no tendrán las garantías de seguridad.
La estrategia de Trump no es realizar una retirada de Europa, ya que, según analistas próximos al líder republicano, Estados Unidos mantendrá su paraguas, así como las capacidades aéreas y navales. Sin embargo, la carga en infantería, vehículos blindados, logística y artillería pasará a manos europeas. No es un repliegue completo, pero sí un cambio de paradigma en el continente con un papel estadounidense mucho menor en cuanto a la seguridad. Asimismo, se trata de una ruptura con la política adoptada por la Administración Biden, que ha decidido aumentar la presencia militar a raíz de la invasión rusa de Ucrania.
La política trumpista entronca con la necesidad de dejar de gastar recursos en Europa, que la Unión Europea asuma la carga que le corresponde y que se comporte como buen aliado. Esto permitiría a Estados Unidos centralizar los recursos en la contención de China, que es su principal rector estratégico. Esta visión también reconoce la realidad de que la potencia norteamericana no tiene la capacidad de luchar en varias guerras simultáneamente; Washington no puede estar en todas partes apagando incendios.
No pueden a la vez luchar contra Rusia, ayudar a Israel y contener a China. Hay que priorizar, y sobre todo la Unión Europea, con sus grandes recursos, debe ocuparse de su seguridad y defensa y asumir su rol como socio subalterno de Washington. Lo resumiría así Trump en una entrevista a la revista Time: “Yo no daría [seguridad] a menos que Europa empiece a igualarse. Si Europa no va a pagar, ¿por qué deberíamos pagar nosotros? A ellos les afecta mucho más. Tenemos un océano entre nosotros. Ellos no”.
La dura realidad para la Unión Europea es que, sin Estados Unidos, es incapaz de defender el continente. Su fuerza militar depende prácticamente en su totalidad de Washington. La potencia norteamericana es, con diferencia, el mayor contribuyente a las operaciones de la OTAN, con un presupuesto de defensa de unos 860.000 millones de dólares, suma que representó el 68% del gasto total de los países de la Alianza Atlántica en 2023.
Para intentar llenar el vacío estadounidense, los Estados europeos tendrían que invertir más del 2% del PIB en defensa. Cabe destacar que en Washington muchos aplauden a Polonia y su previsión de aumentar el presupuesto al 5%. La cuestión es que, además, gastar más no es suficiente; en Europa debería haber un cambio mentalidad sobre el poder militar y una reflexión sobre la organización y estructura de las Fuerzas Armadas.
Más allá de eso, los propios militares estadounidenses se quejan de que Europa tiene escasez de capacidades de mando y control, como oficiales de Estado Mayor experimentados para dirigir grandes cuarteles generales. Las Fuerzas Armadas europeas carecen de inteligencia, vigilancia y reconocimiento, como drones y satélites; capacidades logísticas, incluido el transporte aéreo; y munición para durar más de una semana aproximadamente. Otro caso aparte merece el estudio de una base industrial débil y poco coordinada junto con el gran número de sistemas de armas y munición que reduce la eficiencia.
Es muy probable que las demandas de Trump sean imposibles de cumplir en el futuro inmediato. No solo requerirían una gran inversión a largo plazo, sino que también serían muy impopulares en Europa. Sin embargo, los líderes europeos no tienen muchas opciones, aunque todavía muchos piensen que Estados Unidos siempre va a estar ahí para protegerles.
El pánico generado por la posible reelección del líder republicano evidencia que los dirigentes europeos no han previsto ningún plan alternativo. La situación se agrava teniendo en cuenta que la Unión Europea carece de la fuerza necesaria para presionar a Trump; el bloque comunitario se ha vuelto más dependiente geopolíticamente de Estados Unidos y es económicamente más débil.
El plan de Trump para terminar la guerra de Ucrania
Otra de las cuestiones que más han salido a la palestra ante la posible vuelta de Trump a la Casa Blanca es la cuestión de la guerra ruso-ucraniana. Para el entorno trumpista, Ucrania es un escenario secundario que absorbe recursos cruciales para la contención de China. Este pensamiento se alinea con la exigencia a Europa de que asuma sus responsabilidades en defensa.

Estados Unidos ha liderado el esfuerzo occidental de apoyo a Kiev, no solo en la dirección estratégica, sino también en el envío de material esencial para el ejército ucraniano y capacidades de inteligencia, reconocimiento, logística o imágenes satelitales, entre otros. Sin el empuje estadounidense, la Unión Europea sería incapaz de respaldar de manera decisiva a Ucrania frente a Rusia. De ahí la gravedad para Bruselas y Kiev de las declaraciones trumpistas criticando la “excesiva” ayuda estadounidense a Kiev.
Por su parte, Trump ha dejado claro en varias ocasiones que tiene la intención de “acabar con la guerra” después de ganar las elecciones. Su “plan de paz” sería negociar directamente con Vladimir Putin y Volodímir Zelenski –sin que Europa tenga un papel clave– y obligarles a un acuerdo. ¿Cuál sería? La cesión de territorio por parte de Kiev y la neutralidad ucraniana. Este último punto es interesante, ya que el líder republicano ha afirmado que la promesa de adhesión a la OTAN hecha a Ucrania fue un “error” y el motivo principal del comienzo del conflicto. Por tanto, dentro de la estrategia de Trump se espera un compromiso estadounidense para cesar la expansión de la Alianza Atlántica al este –específicamente a Georgia y Ucrania–, una línea roja de primer orden para Moscú.
Cabe destacar que, aunque los críticos de Trump afirmen que el objetivo es “abandonar” a Ucrania, el entorno del líder republicano ha especificado que el envío de armas seguirá fluyendo hacia Kiev. Más allá de eso, el propio Trump ha afirmado que la propuesta de Putin –retirada ucraniana de los óblast anexionados– no es tolerable para Washington. Se entiende también que, si Moscú no acepta la oferta de Estados Unidos, este último aumentará considerablemente su apoyo a Ucrania como mecanismo de presión.
Para la Unión Europea el plan de Trump es un mazazo. En los últimos meses la posición europea ha virado para presentar la guerra en Ucrania como una cuestión existencial. Hay algunas voces que aseguran que, en caso de retirada estadounidense, el bloque comunitario deberá llevar el peso del apoyo a Kiev en la contienda. No obstante, este es un pensamiento irreal debido a la incapacidad ya anteriormente mencionada.
Muchas capitales europeas tendrán que ceder porque no les quedará más remedio. Además, Trump puede ejercer más presión con el aumento de los aranceles o el corte de las exportaciones de Gas Natural Licuado (GNL). Cabe recordar que la Unión importa alrededor del 50% de su GNL de Estados Unidos. Mientras tanto, otros Estados miembro, especialmente la Hungría de Orbán, verán con muy buenos ojos la iniciativa de Trump y se sumarán a ella.
En cualquier caso, es probable que la Unión Europea se divida entre los países más contrarios a Trump y los más pro-estadounidenses, algo que aprovechará el líder republicano para presionar a Europa. Trump no ha ocultado su desprecio por la Unión Europea y, como hizo en el pasado, bilateralizará las relaciones pasando por encima de las instituciones comunitarias y dificultando una respuesta colectiva. Sin duda, un bloque comunitario débil tendrá muchas más dificultades para enfrentarse a las amenazas exteriores. Se convertirá en un campo de juego de las grandes potencias si no cambia el rumbo.
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