
El panorama religioso japonés ha sufrido transformaciones significativas a lo largo de su historia. En Japón, la religión trasciende las nociones convencionales de las doctrinas occidentales. No es un elemento en el que creer, propagar o al que rendir culto. Es un código moral, profundamente entrelazado con valores sociales y culturales, a menudo expresado a través de prácticas privadas y familiares en lugar de exhibiciones públicas.
Las raíces de la espiritualidad nipona se remontan a la antigüedad, cuando el ecosistema y su naturaleza llevó a los primeros filósofos japoneses a creer en un mundo habitado por dioses y espíritus que representaban todos los aspectos de dicha naturaleza. Sin embargo, adelantándonos un poco, el fin de la Segunda Guerra Mundial marcó el inicio del secularismo en el país. Este cambio es evidente en la distribución demográfica de las afiliaciones religiosas actuales, que abarca una amalgama de creencias indígenas y de religiones importadas.
En la actualidad, las discusiones religiosas son muy raras en la vida cotidiana. Aunque la mayoría de la población no rinde culto con regularidad ni se identifica como explícitamente religiosa, los rituales religiosos sí que encuentran su hueco en la cultura japonesa, como su aparición en festividades tradicionales y en ritos relacionados con el nacimiento, el matrimonio y la muerte.
El sintoísmo
Los orígenes del sintoísmo, profundamente arraigado en la historia de Japón, se remontan a tiempos prehistóricos, emergiendo como la religión de una sociedad prealfabetizada centrada en la figura del “clan”. Es un sistema de creencias politeísta que enfatiza la adoración al kami, guardianes o deidades.
Shintō (神道), traducido literalmente como "el camino de los kami", abarca un extenso abanico de mitos religiosos, creencias y rituales autóctonos de Japón. Estos kami, que se cuentan por centenares, exhiben características diversas; algunos son naturales o habitan en elementos de la naturaleza, otros también son asociados con malas intenciones, lo que requiere de su pacificación a través de rituales. Entre todos ellos destaca la diosa del sol, Amaterasu, de la cual la nobleza japonesa se declara descendiente.
La influencia del sintoísmo se extiende, entre otros, al arte, la arquitectura y los festivales tradicionales, a menudo coexistiendo con el budismo. La naturaleza descentralizada del sintoísmo da como resultado una falta de autoridad central formal, lo que contribuye a una amplia gama de creencias, escuelas y prácticas. El sintoísmo, a diferencia de otras religiones como el cristianismo o el islam, no está atado a una doctrina o figura central o a un texto sagrado.
Los santuarios, o jinja (神社), constituyen los principales lugares de oración sintoístas. Estas oraciones son pronunciadas en busca de buena fortuna, salud y éxito. La presencia de estos templos está marcada por los torii, un símbolo de la demarcación donde reside el kami, y se encuentran dispersos por todo Japón, desde santuarios domésticos hasta públicos integrados con el entorno natural o con la arquitectura de la ciudad. La gente los visita regularmente, especialmente durante los eventos del ciclo de la vida (nacimiento, casamiento y muerte) y durante los festivales y rituales anuales.
A finales del siglo XIX y principios del XX, durante la era Meiji (1868 - 1912), marcó la era del Estado sintoísta, combinando la ideología nacionalista de la familia imperial con el sintoísmo. El gobierno vigilaba los santuarios, promovía que que los ciudadanos veneraran al emperador como divino y rechazaba otras religiones. Tras la Segunda Guerra Mundial, a través de diversas directivas y cambios constitucionales, la secularización en 1947 derogó el Estado sintoísta, garantizando la libertad religiosa, separando la religión del poder político y eliminando el estatus divino del emperador. A pesar del declive de las creencias religiosas, los rituales persisten y los legados históricos, todavía en la actualidad, originan controversias, como cuando se usan símbolos sintoístas en las funciones estatales.
El budismo
El viaje del budismo hacia Japón comenzó en el siglo VI d.C., facilitado por el comercio a lo largo de la Ruta de la Seda, que entraba en el archipiélago a través de China y Corea. Hoy en día, se erige como la segunda religión más practicada (66,7% de la población, según los datos gubernamentales), después del sintoísmo (69,0%), moldeando profundamente la cultura nipona. Aproximadamente 77.000 templos budistas, afiliados a diferentes escuelas, salpican el paisaje nacional. Estos templos, con diversas funciones, principalmente monasterios y cementerios, son un elemento cultural básico en la vida cotidiana de los ciudadanos. Un ejemplo de esto son los conocidos como butsudan (仏壇), altares budistas dentro de los hogares japoneses que conmemoran a los antepasados.
La influencia del budismo, una religión que enfatiza la liberación del sufrimiento a través de una nueva comprensión de la realidad, se extiende más allá de la religión en el país nipón. Desempeñó un papel fundamental en el sistema de gobierno cuando se incorporó a la burocracia, incluyendo el sacerdocio en funciones oficiales. A medida que Japón navegaba por el período Muromachi (1333-1573), el budismo dejó una marca indeleble en varios aspectos de la cultura, desde la famosa ceremonia del té hasta la arquitectura residencial de la época.
A pesar del profundo impacto del budismo, el sintoísmo continúa siendo la religión autóctona, y ambas coexisten en armonía. Un claro ejemplo de esta convivencia es que la mayoría de los templos y santuarios nipones a menudo combinan elementos de los dos sistemas de creencias, demostrando la naturaleza sincrética de la espiritualidad japonesa. El budismo sigue proporcionando consuelo en tiempos de luto y dolor, lo que refleja su papel en la formación de las actitudes de los ciudadanos hacia la vida y la muerte.
El sincretismo religioso es evidente en varios aspectos de la vida nipona. Muchas personas participan en festivales sintoístas y budistas. El Año Nuevo y el O-Bon son períodos cruciales en el calendario nacional. Durante el año nuevo, se visitan las tumbas de los antepasados para rezar por ellos, marcando así el inicio de un año próspero. El O-Bon, celebrado alrededor del 16 de agosto, da la bienvenida a los espíritus ancestrales, también con visitas en familia a los cementerios.
El confucianismo
El confucianismo llegó al archipiélago nipón, al igual que el budismo, desde Corea y China. Aunque se conoce en Japón desde el siglo VI, ganó prominencia durante el período Edo o Tokugawa (1600-1868). El gobierno Tokugawa reconoció el potencial del confucianismo para establecer una paz duradera junto con el budismo y el sintoísmo. Al establecer la Shoheiko o "la escuela de la paz próspera" y escuelas similares, las enseñanzas confucianas se generalizaron.
Asimismo, la clase guerrera adoptó el bushido (武士道), el camino del guerrero, un código que sintetiza la disciplina del budismo zen, el patriotismo sintoísta y los valores confucianos como la piedad filial, el decoro, el deber, la lealtad, el aprendizaje y la benevolencia. Se cree que esta mezcla de confucianismo, budismo y sintoísmo contribuyó a la rápida modernización de Japón en los siglos XIX y XX.
El cristianismo
El cristianismo y las nuevas religiones han desempeñado un papel intrigante en el panorama religioso de Japón. La aparición del cristianismo se remonta al siglo XVI, cuando el catolicismo hizo su entrada en 1549 a través de misioneros jesuitas y franciscanos. Sin embargo, se encontró con numerosos desafíos, particularmente durante el período Tokugawa.
El shogunato Tokugawa, en 1635, implementó el edicto de Sakoku, cerrando las fronteras de Japón durante 220 años para eliminar la influencia extranjera. Durante este período, el confucianismo fue sancionado por el Estado, y las familias debían asociarse con un templo budista. El cristianismo estaba completamente prohibido. Pese a las restricciones, algunos restos de la fe católica persistieron, especialmente en la zona de Nagasaki.

Esta supresión duró hasta finales del siglo XIX, cuando la era aislacionista terminó con la Restauración Meiji (1868-1914), en el siglo XIX, y los misioneros protestantes reintrodujeron el cristianismo en el país. En ese momento, todas las religiones se vieron involucradas en episodios violentos que causaron la destrucción de diversos templos e imágenes religiosas.
Algunos afirman que los misioneros mostraron condescendencia hacia la cultura nipona, otros que la religión exige lealtad exclusiva, lo que entra en conflicto con el enfoque tradicional japonés, en líneas generales más inclusivo. Pero el hecho es que, en la sociedad actual, la presencia del cristianismo sigue siendo mínima, constituyendo alrededor del 2% de la población del país. Sin embargo, algunas de sus costumbres han sido importadas: el día de San Valentín, las bodas por la iglesia, la Navidad y Halloween son ampliamente aceptadas, aunque alejadas de sus connotaciones religiosas. Esta fluidez cultural permite que diversas celebraciones convivan armoniosamente hoy en día en el país.
Religiones minoritarias y culto
La historia del cristianismo en Japón se entrelaza con el surgimiento de nuevas religiones en los siglos XIX y XX. Miles de estas religiones afloraron y algunas, como la Soka Gakkai, una nueva escuela derivada del budismo, consiguieron millones de seguidores. Los rasgos más comunes entre estos grupos incluyen líderes carismáticos que prometen beneficios concretos, como la salud y la riqueza. Muchos mezclan elementos de varias religiones, critican las instituciones más antiguas e involucran intensamente a sus seguidores en las prácticas religiosas.
Los observadores estiman que hasta una cuarta parte de la población japonesa puede tener alguna participación en nuevas religiones, en ocasiones tachadas directamente de “sectas”. Estos movimientos, a menudo localizados en áreas urbanas, prometen beneficios mundanos, y algunos llegan a involucrar métodos coercitivos. Ejemplos notables incluyen a Aum Shinrikyo, grupo responsable del ataque con gas sarín en el metro de Tokio en 1995, y a Happy Science, un controvertido grupo que afirma ofrecer orientación espiritual.
Otro ejemplo paradigmático lo encontramos también en la Secta Moon o Iglesia de la Unificación, de origen coreano, y tristemente célebre tras el asesinato del ex primer ministro Shinzo Abe en 2022. Se considera que este culto ha llegado a tener relaciones con algunos miembros del parlamento.
A pesar de esto, los japoneses a menudo se perciben a sí mismos como seculares, involucrándose con instituciones religiosas principalmente durante eventos importantes de la vida. Más allá del cristianismo y las nuevas religiones, el país alberga varias religiones minoritarias, que constituyen alrededor del 6,9% de la población. Entre ellas se encuentran el islam, el hinduismo, el judaísmo, la fe bahá'í y las religiones propias de las islas de Okinawa y Ryukyu, así como la religión de los indígenas del norte en Hokkaido y Honshu, los ainu, centradas ambas especialmente en el animismo.
Historia moderna, política y críticas
Como hemos visto, en la intrincada historia religiosa de Japón, la clase dominante sentó las bases para favorecer al sintoísmo, apoyando también al budismo. Más tarde, esta estructura religiosa se convirtió en una herramienta política, ejemplificada por el gobierno Tokugawa que obligaba a las familias a registrarse en los templos budistas y perseguía a los cristianos.
Durante la era Tokugawa, el budismo nipón se integró en el sistema feudal con el objetivo de detectar y perseguir a las minorías cristianas, percibidas como más leales a su religión que al Estado. El gobierno Meiji se modernizó a través del sintoísmo estatal, otorgándole apoyo financiero y un estatus privilegiado que debilitaba al budismo, convirtiendo el sintoísmo en una institución gubernamental utilizada para consolidar la lealtad nacional. Durante este periodo, se consideraba que el emperador tenía soberanía divina.
A principios del siglo XX, Japón ejercía un control casi total sobre las religiones que entraban en conflicto con el sintoísmo estatal. Asimismo, el Japón de la época de la guerra vio la elevación del sintoísmo estatal como la "única religión", apuntalando el ultranacionalismo y la persecución de los grupos religiosos disidentes. Al mismo tiempo, la década de 1930 vio el surgimiento de movimientos antirreligiosos, en particular la Liga Atea Combatiente de Japón, que se oponía a la política nacional, al sintoísmo estatal y al sistema del emperador. Otros grupos, como la Alianza Antirreligiosa de Japón, también criticaron las prácticas religiosas blandidas como herramientas de opresión.
Después de la Segunda Guerra Mundial, los cambios constitucionales de 1947 durante la ocupación estadounidense desmantelaron los lazos entre la Iglesia y el Estado, separando el sintoísmo de la educación obligatoria. De hecho, la carta magna nipona de 1947 garantiza la libertad de religión, prohibiendo a las organizaciones ejercer autoridad o privilegios políticos. El país asiático, actualmente, es parte del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, y subraya su compromiso con los principios de derechos humanos. Sus leyes laborales nacionales previenen la discriminación basada en la religión y sus leyes educativas fomentan la tolerancia religiosa e instan a una “consideración cuidadosa” al enseñar religión a los estudiantes, si bien no siempre se cumple esta normativa.
En 1995 se revisó la Ley de Sociedades Religiosas, que otorgaba al Gobierno mayores poderes sobre estas entidades, oficialmente enmarcado como una respuesta a las actividades delictivas, pero reconocido por algunos como un movimiento político contra grupos religiosos específicos. Sin embargo, en los últimos años se han producido intentos de revivir las políticas de gestión anteriores a la guerra, como se ha visto en los esfuerzos legislativos que favorecieron al Santuario Yasukuni, lugar donde se venera a los caídos en la contienda, incluyendo a criminales de guerra.
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