Sí, es posible un enfrentamiento directo entre las dos Coreas en 2023

Corea del Norte cerró diciembre lanzando tres misiles hacia el mar del Este, confirmando el 2022 como el año con más lanzamientos desde que gobierna Kim Jong-un. Corea del Sur eligió a un presidente de firmes convicciones anticomunistas que ha robustecido los vínculos militares con Estados Unidos y ha abierto la puerta a aumentar el vínculo de Japón con el eje Washington-Seúl. Mientras tanto, China mantiene una posición intermedia. Las condiciones para un conflicto directo están dadas, aunque conviene guardar cautela.

Línea fronteriza entre Corea del Sur y Corea del Norte. Fuente: EPA/EFE

Es innegable: están dadas las condiciones para que el año 2023 sea uno de los peores en lo que a las relaciones intercoreanas respecta. Es una predicción pesimista, pero sin lugar a dudas certera. Para aquellos medios y expertos que siguen (seguimos) de cerca la actualidad de la península coreana, 2022 ha sido un año particularmente intenso. Estados Unidos, Corea del Sur y –parcialmente– Japón han presionado a Corea del Norte con asiduos movimientos militares conjuntos, y en Pyongyang han respondido con la contundencia que les caracteriza: el que acaba de terminar ha sido (por mucho) el año en el que más misiles ha lanzado el país desde que Kim Jong-un asumiera el liderazgo nacional tras la muerte de Kim Jong-il en 2011.

Los hay quienes con franqueza aceptan lo siguiente: «existe una clara posibilidad de confrontación militar directa en la península en el próximo año». Convengamos que entre las dos Coreas nunca ha reinado una paz verdaderamente firme y sostenida en el tiempo. Los años de fundación de la Política del Sol, de la mano de los presidentes surcoreanos Kim Dae-jung y Roh Moo-hyun, y del líder norcoreano Kim Jong-il, fueron con total certeza los más halagüeños en décadas. Y, pese a que Moon Jae-in y Kim Jong-un lograron avances, los puentes se fueron quebrando bastante antes de que el Partido Demócrata de Corea perdiese las presidenciales de 2022 frente al anticomunista Yoon Seok-youl.

La guerra de Corea nunca se cerró –sino que se dejó en stand by– y el armisticio firmado en 1953 luce hoy francamente frágil. La segunda mitad del 2022 confirmó que las dos Coreas caminan sobre una línea muy fina, entre equilibrios que se sostienen en mayor medida por el miedo al otro, y no tanto por las relaciones diplomáticas. Yoon Seok-youl es el nombre propio de la escalada que hemos presenciado durante la segunda mitad del año. Su llegada a la presidencia del país lo cambió todo. Entre los dos grandes bloques políticos en Seúl no existen diferencias orgánicas (aunque sí parciales) en materia de fiscalidad, relación Estado-chaebols, regulación de la vivienda u otros aspectos. Pero la política surcoreana se parte en dos cuando se trata de su vecino del norte: para unos, es un hermano rebelde con el que hay que limar asperezas con el horizonte puesto en una eventual reunificación en la forma de un estado confederal; para otros, el Partido del Trabajo, la familia Kim y el marxismo en general son un elemento a extirpar en Corea. Nada nuevo: el anticomunismo ha tenido un recorrido particularmente intenso en el sur de la Península.

Con Yoon, los vínculos entre Estados Unidos y Corea del Sur se han robustecido enormemente, y los movimientos militares conjuntos han estado a la orden del día. La relación diplomática está en uno de sus mejores momentos en varios años y la suscripción de Seúl a la estrategia de intervencionismo militar estadounidense en Asia-Pacífico es casi total. El Ejército surcoreano bajo la dirección del nuevo presidente se ha estrenado como participante en los ejercicios militares cibernéticos estadounidenses ‘Cyber Flag’. A la misma institución militar se le ha podido ver defendiendo una «estrecha colaboración con Estados Unidos» en multitud de ocasiones. Y, conjuntamente, el secretario de Defensa estadounidense y el ministro de Defensa surcoreano, llegaron a amenazar a Pyongyang con «el fin del régimen de Kim Jong-un».

Por si fuera poco, Japón ha entrado definitivamente en el juego. Sus rifirrafes con Corea del Sur por el no resarcimiento de la violencia ejercida por el imperialismo japonés en la península durante la primera mitad del siglo XX permanecen, pero no impiden que avancen unas relaciones bilaterales fundamentales para entender la correlación de fuerzas de los bloques en disputa en la región. Corea del Norte ha contribuido a la incorporación de Tokio al conflicto con algunos de sus lanzamientos que pasaron (muy) por encima del territorio nipón, aunque es cierto que la posición anti-Pyongyang de los gobiernos japoneses viene de bastante atrás en el tiempo. La misma se ha visto acrecentada en la nueva estrategia de seguridad japonesa, en la que se describían las actividades norcoreanas como «una amenaza inminente». También reconocen desde Tokio en esta nueva estrategia que no sse podrán normalizar las relaciones entre ambos países hasta que Corea del Norte no de pasos en firme hacia la desnuclearización.

Es altamente improbable que Pyongyang se eche atrás. Su convicción es clara: sin persuasión militar y nuclear, su sistema socialista ya habría sido aniquilado por Estados Unidos y absorbido el norte del país por Corea del Sur. La derecha surcoreana en el gobierno insiste en una premisa fundacional de su ideario: para que Corea del Norte se desnuclearice y se desmilitarice, hay que acorralar al país mediante todo tipo de presiones en el terreno bélico… una creencia que choca frontalmente con el corpus teórico de la prioridad militar norteña: la doctrina songun. De hecho, de cara a 2023 Kim Jong-un y el Partido del Trabajo pretenden redoblar la apuesta: «aumento exponencial» del arsenal nuclear y un primer satélite de reconocimiento militar en órbita son algunos de los objetivos inmediatos del país.

Kim Jong-un delante del misil balístico intercontinental Hwasong-17. Fuente: KCNA

Por otro lado, China no parece por la labor de meter los dos pies en el barro del conflicto coreano. Consciente de sus vínculos económicos con Corea del Sur y Japón, cauteloso ante una escalada con Estados Unidos en torno a Taiwán (como la que se vivió con la visita de Nancy Pelosi a la isla hace unos meses) y tímidamente crítico del programa nuclear norcoreano, Pekín prefiere mantener una posición intermedia desde la que llama al diálogo entre las partes. Es complejo afirmar el efecto que tendría un mayor involucramiento del Gigante Asiático en el conflicto. Probablemente, si se colocase nítidamente del lado de Pyongyang, sumaría a la persuasión que per sé genera el armamento nuclear de Corea del Norte (no debe olvidarse, además, que Tokio y Seúl deben guardar las formas frente al China, quien es el principal socio comercial de ambos). Sin embargo, un anuncio pro-norte desde Pekín podría generar una reacción de Estados Unidos que salpicaría en Taiwán.

Corea del Sur ha mostrado debilidades en algunos de sus sistemas de defensa, tal como evidenció el episodio de los drones norcoreanos, y cuenta con un gobierno –que debería durar hasta 2027– que no quiere saber nada de negociaciones de paz con el norte. Pyongyang parece tener las herramientas militares y el convencimiento ideológico para causar un enorme daño a cualquier país que pretenda una confrontación directa. Estados Unidos está decidido a afianzar –y expandir– su influencia en Asia-Pacífico robusteciendo el tridente Washington-Seúl-Tokio. Por su parte, los antecedentes existen. En 2010, los ejércitos de ambos estados se enfrentaron mediante lanzamientos de proyectiles sobre algunas islas de la costa Este de Corea. Por aquel momento, todavía era Kim Jong-il quien guiaba los destinos del norte, mientras en el sur gobernaba el anticomunista Lee Myung-bak.

El tiempo dirá si la confrontación directa se concreta, pero una cosa está clara: hacía muchos años que no existía un contexto tan favorable para ello.


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