
La comitiva diplomática del clérigo y antiguo militante yihadista Fazlur Rehman Khalil ha fracasado. El 12 de marzo, el mismo día de su retorno a Pakistán, la “tormenta” volvió a estallar. Los cazas paquistaníes bombardearon la zona residencial de Pul-e-Charkhi, en Kabul, dejando cuatro civiles fallecidos.
Simultáneamente, las aeronaves paquistaníes efectuaron sendos ataques en Paktia y Kandahar, donde destruyeron los depósitos de combustible del aeropuerto de la ciudad. Los bombardeos reactivaron los enfrentamientos a lo largo de la frontera.
Una nueva oleada de combates se registró en las provincias afganas de Kunar, Nangarhar y Paktika. Mientras ello sucedía en tierra, un enjambre de drones cruzó el paso de Khyber dejando una ristra de derribos por parte de las baterías antiaéreas que llega hasta la propia Islamabad. Al mismo tiempo, un ataque similar se registró en Quetta, la capital de Baluchistán.
Pakistán respondió con la misma moneda. La noche del 14 de marzo, sus jets golpearon nuevamente Kandahar. Esta vez sus objetivos fueron las oficinas del servicio de inteligencia y la base del Batallón Badri 313.
El Batallón Badri 313 es algo más que una unidad de élite del Ejército Nacional Islámico de Afganistán. Dicha unidad es uno de los baluartes de la Red Haqqani, que a su vez es el principal contrapeso al emir. De este modo, el bombardeo supone llevar las históricas relaciones de la organización con Islamabad a su punto más bajo.
En las siguientes 48 horas, el conflicto entró en su fase más sangrienta desde su inicio. Mientras los combates continuaban en Khost, los cazas paquistaníes atacaron de nuevo. Esta vez los objetivos declarados fueron edificios pertenecientes al Ministerio de Defensa en Kabul y Nangarhar.
Supuestamente, en sus ataques a la capital afgana, la aviación militar paquistaní bombardeó el Hospital de Tratamiento de Adicciones Omar, dejando, según los talibanes, 400 muertos y 250 heridos. Horas después, nuevos drones afganos fueron abatidos en las inmediaciones de Islamabad.
El recrudecimiento del conflicto magnifica el riesgo de su extensión a Baluchistán. El 16 de marzo, el Ejército de Liberación de Baluchistán (BLA) dio los primeros signos de movimiento.
En una emboscada en el puerto de Gwadar, sus militantes mataron a dos soldados de la guardia costera paquistaní. Paralelamente, un coche bomba estalló en las carreteras circundantes al municipio de Dukki, dejando cinco militares más fallecidos. En este contexto, Pakistán ha ordenado el cierre de los pasos fronterizos con Irán en el distrito de Gwadar.
La importancia del pashtunwali
Kabul e Islamabad se encuentran en un sangriento bucle. Incapaces de contrarrestar la superioridad militar paquistaní, los talibanes apuestan por tácticas de guerra asimétrica con la esperanza de minar la cohesión interna en dicho país.
Pakistán, por su parte, hace uso repetidamente de la misma con el fin de agotar las capacidades bélicas de sus rivales y forzar la rendición. Sin embargo, esta última táctica choca frontalmente contra un elemento teórico clave en el movimiento talibán: el pashtunwali.
El pashtunwali es el “corazón” de la sociedad pastún. Se trata de un código de conducta que orbita alrededor del principio del honor, un concepto que a su vez obliga a quien lo practica a regir su comportamiento en función de tres grandes principios: la melmastia –hospitalidad–, el nanawatai –asilo– y el badal –venganza–. Así, el actual conflicto evoca de forma explícita a la idiosincrasia pastún.
Las acciones de Islamabad atentan directamente contra este código de honor. Las exigencias al Emirato de Afganistán de poner fin a la presencia de Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP) van en contra tanto de la melmastia como del nanawatai. Asimismo, cada muerte que deja el conflicto es vista como una “deuda de sangre a saldar”, cuyo “cobro” no puede ser eludido.
En este contexto, agotadas las vías diplomáticas bilaterales y con la intermediación clerical demostrándose como inoperante, solo quedan dos grandes canales diplomáticos abiertos para lograr el fin del conflicto: la intermediación de una potencia externa y su equivalente por parte de los “ancianos pastunes”.
Según fuentes chinas, el enviado especial del Zhonanghai, Yue Xiaoyong, se ha reunido con los ministros de exteriores de Pakistán y Afganistán. Con Oriente Medio en llamas, el gigante asiático se ha erigido como el principal actor internacional en los esfuerzos de pacificación. No obstante, la diplomacia china por sí sola no tiene la capacidad de diluir el conflicto.
La verdadera presión sobre Kabul debe venir desde el interior de Afganistán. Son los caudillos pastunes locales quienes, con su influencia en la base sociológica del movimiento talibán, tienen en su mano el forzar a la cúpula a negociar.
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