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La muerte de Alí Jamenei dispara la tensión sectaria en Pakistán

Las tensiones sectarias en Pakistán se intensifican tras la guerra en Oriente Medio y el asesinato del Líder Supremo iraní, Alí Jamenei.
Las tensiones sectarias en Pakistán se intensifican tras la guerra en Oriente Medio y el asesinato del Líder Supremo iraní, Alí Jamenei. Fuente: Depositphoto

La guerra regional en Oriente Medio saca a relucir las tensiones sectarias y etno-religiosas que durante décadas han crispado la política de Pakistán. El abatimiento del ayatolá Alí Jamenei ha desatado una oleada de protestas antioccidentales y antisionistas que han provocado que Estados Unidos haya ordenado la salida del país del personal diplomático no esencial y de sus familiares desplegados en los consulados de Karachi y Lahore.

Ruholá Jomeini sigue proyectando una alargada sombra en el país vecino más de 40 años después de la Revolución Islámica (1979). La islamización del Estado promovida por el general Zia-ul-Haq durante la década de 1980 enfatizó la división sectaria entre chiíes y suníes.

Políticas como la deducción obligatoria del zakat –limosna islámica– por parte del Estado se cimentaron sobre la jurisprudencia teológica suní y fueron percibidas como una amenaza por la minoría chií.

Islamabad estaba consiguiendo recalcar el carácter minoritario de la comunidad chiita en un momento en el que Irán se erigía como el garante internacional de la misma.

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Representando entre un 10 y un 15% de la población total, los chiítas son mayoría en la disputada región de Gilgit-Baltistan y en el distrito de Kurram, en Jaiber Pastunjuá, además de contar con una notable presencia en Karachi, el principal puerto de la nación. Precisamente estas han sido las ubicaciones más afectadas por la muerte de Alí Jamenei.

El 1 de marzo de 2026, tras la confirmación del fallecimiento del Líder Supremo iraní, una multitud de cientos de personas se concentró alrededor del consulado de Estados Unidos en Karachi, rompiendo las ventanas e intentando asaltar el edificio. Entre 10 y 16 personas perdieron la vida en los choques con las fuerzas de seguridad resultantes de dicha acción. Además, se estiman en 60 los heridos.  

Escenas calcadas se vivieron en Gilgit-Baltistan. Miles de manifestantes atacaron las oficinas del Grupo de Observadores Militares de las Naciones Unidas en India y Pakistán (UNMOGIP) –un ente encargado de supervisar el alto al fuego entre ambas potencias nucleares– en la ciudad de Skardu.

Los enfrentamientos dejaron seis manifestantes muertos en esa ciudad y otros siete en Gilgit. Frente a ello, Islamabad ordenó un toque de queda y desplegó al ejército para implementarlo.

Las tensiones sectarias en Pakistán

Y es que el caos en Oriente Medio ha sacado a relucir abruptamente las dinámicas de fondo que alimentan el conflicto sectario en ambos escenarios. Con más de 20 millones de habitantes, Karachi es una megaurbe tan dinámica económicamente como desigual y plural étnica y religiosamente hablando, cuya salud financiera se encuentra íntimamente ligada a las monarquías del golfo Pérsico.  

Sus vínculos a la otra orilla del mar Arábigo y su centralidad en las exportaciones atrajeron a millones de personas a su periferia. Los llamados muhajires –refugiados de la Partición de la India (1948)– dominaron en los primeros compases del Pakistán independiente las instituciones municipales.

Estos, aglutinados alrededor del partido Muttahida Qaumi Movement (MQM), libraron un sangriento conflicto tanto contra los inmigrantes pastunes como contra las autoridades sindhis promovidas por la familia Bhutto. Todo, aliñado con el constante flujo de heroína proveniente de Afganistán. 

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Mientras los ecos de los combates en el golfo Pérsico resuenan en las divisiones sectarias de Karachi, estos mismos acentúan el clivaje centro-periferia entre Islamabad y Gilgit-Baltistán. El programa de “islamización” de Zia-ul-Haq aún resuena en la única región de Pakistán de mayoría chiita. 

La construcción de la carretera del Karakórum supuso tanto la creación de un corredor terrestre con China y el consecuente desarrollo económico como el inicio de un proceso de inmigración al área.

Las tensiones aumentaron hasta la masacre de Gilgit de 1988, cuando muyahidines pastunes y fuerzas de seguridad del Estado masacraron entre 150 y 700 chiíes locales. Hoy, con la teocracia iraní bajo riesgo de defunción y la influencia del deobandismo pastún en auge, el recuerdo de la masacre impulsa las protestas.  

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